lunes, 29 de agosto de 2022

Presentación del número 12 de Peña Labra

 

 

Cuando presentamos el número último de PEÑA LABRA, que apareció con retraso, habíamos prometido ponernos al día con este correspondiente al verano y hemos conseguido cumplir nuestra promesa. Verdaderamente que, en una publicación como la nuestra, no es lo más importante lo de la exactitud en su periodicidad; se trata de poesía y a la poesía, como a la música y a las demás artes, les va mejor una cierta bohemia, un cierto trasnochar. Para quienes las horas de pan llevar nos impone una rutina de días fijos, iguales los unos a los otros, nos viene bien, de vez en cuando, este aire fresco de lo impreciso que se cuela en nuestra vida por el costado de lo poético. Pero nos debemos a un público que nos está esperando, a un público a quien queremos no defraudar en ningún aspecto, ni aún en éste de la puntualidad de nuestra aparición. Y ya tenemos en la calle el número 12 de PEÑA LABRA. Son tres años de preocupaciones, pero también de hermosas satisfacciones. Cada vez es más frecuente la llegada a esta casa que alberga la revista, de noticias alentadoras para la labor de la Institución Cultural de Cantabria en este campo de lo poético. Las universidades americanas nos han acogido hasta con asombro y de allí han llegado recientemente expresiones muy halagüeñas, que nos animan a continuar en la empresa que la Institución se ha propuesto.

 

En nuestro propósito inmediatos está el número de otoño, en el que destacarán las páginas que dedicaremos al poeta montañés Jesús Cancio; para el invierno daremos un número monográfico sobre la revista leonesa Espadaña con el que continuaremos la revisión iniciada de las revistas poéticas de la posguerra; tenemos para futuras entregas importantes inéditos de poetas mayores, como Juan Ramón Jiménez y otros. En el verano próximo ofreceremos el necesario recuerdo a Antonio Machado, en el centenario de su muerte. Y entre todo este material, irán oportunamente nuestros poetas montañeses de ayer, de hoy y de mañana.

 

Cómo ya es costumbre, PEÑA LABRA sale al público por la puerta de su “Aula Poética”. Hoy lo hace acompañada por uno de sus poetas más queridos y admirados. José Hierro ha tenido la amabilidad de aceptar nuestra invitación, robando tiempo a su necesario descanso veraniego para estar con nosotros. No preciso decir nada de él; todos le conocéis y, además, lo que yo os dijera llevaría necesariamente un acento tan apasionado que lo haría inapropiado para un acto público. Sus libros son suficiente tarjeta de presentación. Precisamente acaba de aparecer en estos días en las librerías el último de ellos, en el que se recoge toda su obra completa. Crítico de arte justo y agudo, conferenciante de gran talla, nos va a ofrecer hoy una de sus brillantes lecciones.

 

 

Salón del Museo de Prehistoria de Santander, 29 de agosto de 1974



lunes, 22 de agosto de 2022

Jesús Cancio

 

Semblanza de Jesús Cancio

 

 


 

            Hace ya unos años, me toco tomar parte en esta misma fiesta de la poesía de vuestra villa. El acto transcurrió en el delicioso y recatado zaguán del palacio de los señores de Bodega, donde resonaron muchos versos de nuestros poetas cuando aún no disponíais de esta magnífica casa de cultura. Recordaba yo aquel día la suerte que tienen los pueblos como este de Cabezón de la Sal, en el la poesía canta la belleza desde todos los rincones del valle.

 

            Y recordaba también, como vuestros hombres y vuestras mujeres, sintieron desde los lejanos más lejanos años, la vena lírica que se albergaba en sus corazones y que desde entonces no ha dejado de ser cauce continuo. Porque, decía ese día y repito hoy, ¿dónde encontrar más poesía que en esos foramontanos que escucharon la llamada del misterio de la llanura castellana? ¿Queréis mayor lirismo que echar a andar para fundar España? Aquí empieza la historia, de este valle salieron los primeros juglares que llevaron más allá de las montañas, los bellos romances y los recios bailes ancestrales que recrearía después Matilde de la Torre. Tenemos que pensar que entre los foramontanos no pudieron faltar los juglares, llevando en su memoria coplas nostálgicas que harían oír en las largas noches de la guerra y en los afanosos días de la paz.

 

            Aquellos primeros juglares y los que más tarde llevarían a las playas del sur y a las plazas de las Indias el aire de estos romances, vosotros, hombres y mujeres de este Cabezón de la Sal de hoy todos habéis hecho posible que la poesía se tradición en la villa.

 

            Pero también recordaba yo entonces, en el silencio del portal del Palacio de los Bodega, una tarde pasada años antes a lado de los dueños de la casa huéspedes aquel día de Jesús Cancio, de Luis Corona y de mi. Como siempre que Cancio estaba presente en la reunión, suya era la voz y el discurso dominante en la conversación; voz y discurso que llegaban siempre envolviendo nostalgias estremecidas de mar y tierra, de cautiverio y libertad, que desgranaba de una manera ciertamente atropellada, pero siempre sabrosa de contenido y cálida emoción.

 

            No se los años que han transcurrido desde aquella deliciosa reunión; tampoco es preciso tratar de concretarlos, porque, a veces, poner fechas a la poesía es como pretender oponer puertas al mar.

 

            Jesús Cancio, a quien hoy a quién hoy traemos a esta fiesta, el hombre y el poeta, están siempre a nuestro alcance, para volver a él y a su poesía en todos los momentos en que la fuerte presión material de la vida nos pida compensaciones de signo contrario.

 

            Cancio, como sabéis, nació en Comillas, ese puerto cada vez más cercano a Cabezón de la Sal, el día de la festividad de la Purísima Concepción del año 1885. En un libro lleno dc emoción y de bella prosa, cuenta su primo y amigo inseparable Luis Corona los avatares de su vida. Una vida con las limitaciones impuestas por la casi absoluta ceguera, repleta de vivencias personales compartidas. De tal manera compartidas, que cualquiera de los que tuvimos la suerte de ser sus amigos,  podemos recrearla desde nuestro ángulo propio, con los datos y anécdotas que la salpicaron en cada caso. Todos los amigos de él que he conocido tienen algún aspecto nuevo que aportar a su biografía. Cancio fue un hombre nacido para las relaciones en tertulia, que dominaba con su inteligente y afectuosa presencia. Mi experiencia a este respecto, de cuando le conocí, es triste.  Eran tiempos duros para todos, en las que las circunstancias había provocado el que nos echáramos los unos en brazos de otros, pero formando dos círculos los rabiosamente opuestos, que los vientos dominantes parecía que iban a hacerlos resueltamente irreconciliables.

 

            Antes dc esas fechas, antes de 1936, la vida de Cancio tenía una localización, su villa marinera, y una manera de vivirla, de entenderla; para Jesús Cancio, todo lo que le rodeaba se transformaba en poesía: el mar, con sus tragedias y alegrías; los amigos, el paisaje. Aún con la dificultad que le imponía la disminuida visión, sentía el paisaje del mar en toda su grandeza. Eran días aquellos llenos de felicidad, a los que Chus aludiría después de pasado el cabo de las tormentas de la guerra civil, con una recatada modestia siempre y solo cuando se encontraba rodeado de amigos cercanos en el afecto y conocedores de su pasado como si temiera ofender con tanta felicidad vivida. Sus ojos ya dañados, todavía le permitía moverse con soltura y gozar de las cosas que le rodeaban. Es la época de los retratos al oleo que le hicieron Antonio Quirós y Ricardo Bernardo la época de la cabeza de piedra que labrara Jesús Otero. Es la hora hermosa de su primer libro, “Olas y Cantiles”; después, del “Romancero del mar” y del encuentro inolvidable con Federico García Lorca en la playa de Comillas.

 

            De sus gozos entonces, le quedaría muy vivo el recuerdo del homenaje que le dedicaron el año 1930 un grupo importan te de artistas y literatos montañeses. Con motivo de la publicación del “Romancero del Mar, organizaron un banquete en su honor, con la colaboración del Ateneo Popular de Santander y del Ayuntamiento de Comillas. A este banquete acudiría el gobernador civil de la provincia, Sr. Díaz-Caneja, quien en nombre dcl Rey Alfonso XIII hizo público la misión que el Rey le había encomendado de hacer llegar a Cancio cuanto le complacía el homenaje con que Comillas correspondí a su poeta.

 

            Cancio vivió los años de la guerra apasionadamente; entregado con su un amor infinito a defender su causa como militante del partido republicano de Manuel Azaña. Quien le conoció entonces y sabe de sus desvelos en este sentido, sabe también de la honestidad de su comportamiento. Concejal en el Ayuntamiento de Comillas y delegado del gobierno para la protección del tesoro histórico y artístico de la villa y su comarca, desde ambos cargos su gestión fue equilibrada. Merece la pena resaltar la labor desarrollada en la protección de las joyas históricas y artísticas que quedaban bajo su custodia. Su preocupación y desvelos por este camino consiguieron salvar de la destrucción a que estaban abocados por la ignorancia, muchas piezas valiosas, como por fin le han sido reconocido después de que se calmaran los artificiales rencores. !Cómo se tomaron en serio su misión aquellos delegados protectores del arte!. Permítanme que les cuente, relacionada con esta labor, una anécdota que tuvo que ver con Cabezón do la Sal, de la que Cancio fue protagonista.

 

            Era en los momentos en que el apasionamiento no parecía encontrar barrera. Unos mozos del pueblo se presentaron en Comillas con al animo de destruir la iglesia y con este deseo se personaron en el Ayuntamiento para anunciarlo a los compañeros de la corporación. Felizmente se encontraba allí Jesús Cancio que haciendo alardes de sagacidad y fiel a sus principios cristianos y a su formación cultural les de contestó "Me parece muy bien vuestra idea; pero nos vais a permitir que mientras vosotros estáis quemando nuestra iglesia, aprovechemos el automóvil en que habéis venido para ir nosotros a quemar la de vuestro pueblo." Así salvo Cancio, aquel día, la destrucción de la Iglesia de Comillas.

 

            Como esta anécdota de su vida se podrían contar otras muchas que reflejan su comportamiento durante los difíciles años de la guerra. A pesar do ello, sufrió años de cárcel. Fue cuando le conocí yo. Cancio ya no era el mismo física y moralmente estaba destrozado. Me hablaba del heroísmo de aquellos hombres que nos rodeaban en la prisión de la Importadora, de sus tragedias, de la lucha perdida. Yo llevaba muy cercana la lectura de García Lorca y sabía de memoria muchos de los versos de la obra dramática del poeta, que en las horas angustiosas y largas de entonces me hacía; repetirlos. Era “la fuente fresca que manaba junto a él”, solía decirse.

 

            Pasaron estos años, pero no sin dejar huella en su poesía también. Los versos anteriores a 1936 eran fundamental mente narrativos:

 

Mis versos son trovadores

de las serenas orillas

de aquel mar de mis amores.

 

            podemos leer en uno de sus poemas. Describe los tipos de marineros con gracia y ternuras singulares, reflejados magistralmente en el famoso entierro del viejo Chumacera.

 

            Después de tan amargos días la poesía de Cancio se torna melancólica. Son tantas las cosas que han afectado a él y a sus amigos más queridos, que su musa no podría eludirlas. Todos sus poemas, ya casi hasta la muerte, cantarían desde dentro del alma. Su poesía se ha convertido en doloridamente subjetiva.

 

            A Jesús Cancio, como a Manuel Llano, y como a tantos espíritus sensibles, nuestra guerra civil les hirió hondamente y para siempre. Algunos, Llano no pudieron resistir la tragedia y murieron de dolor en ella; dolor de su tierra verde enrojecida por tanta sangre. Otros, como Cancio, sobrevivieron pero heridos de muerte.

 

            Han transcurrido ya veintiún años desde que muriera. Viene a mi recuerdo ahora aquellos finales días de su vida y los no menos emocionantes de su entierro. Tenía las horas contadas cuando hablé con él por última vez, en una habitación de su casa de Polanco, de la cosa de la familia Corona que le había recogido y cuidado desde la misma fecha de la salida de la cárcel en el verano de 1941. Por la ventana de esta habitación se podía ver la arruinada decrepitud de la cagigona de José María de Pereda, en el alto de Cumbrales. Me acompañaban en la visita su inseparable amigo y lazarillo, Luis Corona y el escultor Jesús Otero. Contábamos los tras con la complicidad de su ceguera ya prácticamente absoluta, para que no pudiera sorprender nuestros gestos de amargura. Poco después murió. En su entierro en Comillas, junto al mar de sus versos, como el quería, no faltó el gesto de los marineros que transportaron al hombro la caja, como la del viejo Chumacera del poema. Cuando fue descendido a la tumba, el poeta Julio Maruri le dedicó unas hermosas palabras en las que hacía alusión a una última y reciente visita a Polanco:

 

     “Estabas en la cama de tu cuarto, como uno de esos náufragos que cantaste; habías sido arrojado a la playa por un mar de violencia; poeta tu del acordeón y del alma. ¿Eras el mismo Chus que había caminado tanteado con un bastón de semiciego? ¿Me reconocías por la voz? Y el poeta terminó así su despedida: “Alégrate, Chus, el mar está en tus funerales. Buen viaje, Chus, avante. Dios te salve.”

 

            Otro poeta, también amigo del muerto, José Hierro, le despidió así desde las paginas de una revista madrileña: "Hombre bueno y silencioso, con su aspecto de viejo lobo de mar escorado por las olas y el reuma, por los años y las nostalgias, hizo siempre de la amistad una religión".

 

            Creo que para terminar esta breve semblanza de Jesús Cancio, nada mejor que esta referencia de Hierro al concepto que de la amistad tuvo el poeta de Comillas. A la que supo darle categoría de religión.

 


 

Texto de la conferencia dada en Cabezón de la Sal en la Casa de Cultural “Conde San Diego” el 4 de agosto de 1982 y Publicado en: El boletín “Entre Comillas” nº 18 / febrero 1987/, de la Asociación “Jesús Cancio” de Comillas”

lunes, 15 de agosto de 2022

Fiesta Patronales de Torrelavega

Hoy, día de la Patrona, traemos un escrito publicado en 1969, en donde Aurelio García Cantalapiedra une sus dos pasiones: por un lado; su pueblo natal, Torrelavega; y por otro, la literatura.

  

Para una antología literaria de Torrelavega

 


 

         Cuando a lo largo de nuestras lecturas nos hemos encontrado con el nombre de Torrelavega en los libros, artículos periodísticos o poemas, de escritores famosos, hemos sentido una especie de vanidad colectiva; un tanto pueblerina, si ustedes quieren, pero no hemos podido evitarlo. Ya. sabemos que, en la mayor parte de los casos, no pasa de ser un comentario que sólo se queda en eso, en una frase, en una página o en una estrofa, pero nuestro amor por las cosas del pueblo, por mínimas que estas sean, en aquel momento se siente sacudido y vibra y se transforma en un eco que nos gustaría que se extendiera por todo el valle. Queremos aprovechar hoy las fiestas patronales para voltear alguna de estas citas literarias con las campanas que anuncian el comienzo de 1as fiestas.

 

         Empecemos por José María de Pereda, Pérez Galdós y Amós de Escalante, que son las primeras referencias en el tiempo que tenemos. Los dos primeros llevaron la ficción del relato en sus novelas hasta modificar un tanto la geografía sobre la que le basaban, pero sin llegar a límites que no nos permitan identificarlo. Así, en la obra de Pereda. "Al primer vuelo" nos encontramos una descripción de Torrelavega que el autor enmascara con cosas de otras localidades y a la que dio el nombre de Villavieja. De "Marianela ", de Galdós nos quedaría el nombre de Villamojada con el que bautizó este ilustre escritor a nuestra villa.

 

         Amós de Escalante, consciente de su localismo, llama a las dos cosas por su nombre y en "Costas y Montañas" hace una descripción de nuestro abigarrado y sonoro mercado de la que entresacamos estas líneas:

 

"Así es el cuadro que la plaza ofrece: colmada, henchida, intransitable de curiosos, chalanes, baratillos, tiendas y puestos de géneros".

 

         Más tarde, otro escritor montañés, perista insigne, José del Río Sainz, un día de 1928, inicia su columna diaria de "La Atalaya" con estos renglones:

 

"En este domingo de Torrelavega, los dos motivos montañeses, el pintoresco y el emocional, se dan plenamente: hay feria y hay lluvia".

 

         Y a continuación nos ofrece una bella página del ferial y sus tratantes.

 

         José María de Cossío en "Rutas literarias de la Montaña", hace referencia a Torre1avega y dedica unas páginas al poeta José Luis Hidalgo:

 

"Y yo me acuerdo de él, de su simpatía y su agudeza, de su bondad y de su perfección moral, pero lloro más por nosotros que perdimos un poeta, por los que sentimos la necesidad de consolarnos ante su muerte"

 

En uno de los libros de viaje de Camilo José Cela, "Del Miño al Bidasoa", el autor hace pasar a su personaje por nuestra ciudad con sabrosos comentarios sobre su breve estancia en ella.

 

También dos poetas, Gerardo Diego y Jesús Cancio, cantan a Torrelavega. El Primero en su entrañable libro "Mi Santander, mi cuna y mi palabra", con un poema del que nos resistimos a trascribir los cuatro últimos versos:

 

Si en Santander no naciera

orillas de mi bahía

Torrelavega del campo

por cuna te elegiría.

 

         Y Jesús Cancio, en su obra, "Bronces de mi costa" nos dedica tres emocionados sonetos.

 

         A estas cortas y breves referencias, podrían añadirse algunas más, de Concha Espina; Víctor de la Serna, Vicente de Pereda, etc., pero harían demasiado largas estas notas. Sin embargo, no queremos cerrar estos comentarios sin incluir los que hicieron dos figuras de las letras españolas; proceden de archivos particulares y hasta ahora no habían trascendido al público. Se trata de dos cartas, una de Unamuno y otra de Rafael Alberti. El primero escribía a su amigo el doctor Velarde el año 1930 y en un párrafo de la carta le decía:

 

"..... de esa para mí inolvidable Torrelavega".

 

         Es esta una expresión que nos, puede llenar de orgullo por proceder de tan egregio personaje.

 

         El poeta Rafael Alberti, que había dado un recital en la Biblioteca Popular en la primavera de 1928, escribía en mayo de este mismo año, desde Tudanca, a su amigo don Pedro Lorenzo:

 

"Nos acordamos de nuestros días en Torrelavega. Yo, galanteando con las chicas. Torrelavega nos ha acogido por mitad del pecho. A mi por lo menos. Me acuerdo de esas muchachas tan graciosísimas que, sentaditas ante mi, escuchaban mis canciones de mar y tierra. ¡Un prodigio de niñas! Viviría en tu pueblo. Da gloria pasear bajo los soportales de su plaza. ¡Una delicia! Hay gracia verdadera y, sobre todo, simpatía y no sé qué aire caliente que le atraviesa a uno de parte a parte".

 

         Esto que antecede es un apretado resumen de lo que un día podría constituir una antología literaria de Torrelavega.

 

 


 

 

Publicado en:

El diario Alerta el 16 de agosto 1969

 

  

martes, 9 de agosto de 2022

De Santander a Palencia en diligencia

 

De Santander a Palencia en diligencia

 

 


 

            Hace siglo y medio, la empresa "La Castellana" estableció un servicio de carruajes, que realizaba tres veces a la semana el viaje entre Santander y Valladolid, con parada en Palencia. El anuncio con el que se daba cuenta del servicio, resultaba una verdadera invitación al viaje, con un cierto aire de turismo actual. No se iban a tardar mas de treinta horas, aspecto que se resaltaba como un auténtico record.

 

            El Camino Real de Santander a Reinosa se había terminado ya "en toda su extensión... y salvado el peligroso transito de la cuesta de la Hoz de Bárcena por anchuroso y llano camino, construidos también muros de piedra a la orillas donde podía haber peligro". El anuncio continuaba así: "Se han removido completamente todos los obstáculos que el año último se opusieron a la comodidad y celeridad de los viajes".

 

            Parece oportuno recordar ahora tal efemérides, cuando se han dado ya por finalizadas las obras de mejora de los accesos a Castilla desde Cantabria.

 

            En 1753 había quedado abiertos inicialmente al público este camino, después de una costosa obra, llena de dificultades económicas, de dura realización y de abundantes accidentes laborales. El lucrativo mercado de las lanas se había impuesto sobre todos los obstáculos, con ayuda de la Real Hacienda. El paso era angosto y lleno de peligros; para su utilización se requería el empleo de carros especiales tirados por bueyes; frecuentes inundaciones destruían tramos del camino. Cuando en 1787 se hizo cargo de su conservación el Real Consulado de Santander, se vio obligado a una restauración a fondo, prolongándose hasta Alar del Rey, para enlazar con el Canal.

 

            Hasta 1837 no empezaron a arriesgarse a circular por él los carruajes con viajeros. La duración del viaje era entonces de tres días completos. En un anuncio publicado en el Boletín de Santander del 19 de enero de dicho año, se comunica al público que desde este día "se halla expedito el camino real que cruza por esta villa (Torrelavega) desde Santander a Castilla... " se establecen las primeras paradas de postas a lo largo de la vía, "las casas de los tiros", y empieza la fuerte competencia entre las empresas de viajeros. Ya en 1840, "Víctores López y Cía." realizaba un servicio entre Santander y Valladolid en el que "deseosos de la comodidad de los viajeros, han establecido una galera bien construida, que llevara con toda equidad (sic) a los pasajeros que se presenten". La compañía "Diligencias Montañesas" y "La Castellana", son otras dos empresas que toman parten este nuevo negocio que se abría, bautizando sus carruajes con nombres tan peregrinos como "La Huerfanita" o "La Cibeles".

 

            "La Castellana" parecía dominar el servicio del viaje a Castilla. Como hemos visto, consigue reducir las horas de su recorrido. Estamos en 1842 la mejora es importante: sólo treinta horas dura el viaje. Ofrece seguridad en el transito y comodidad en las paradas. Parece iniciarse la propaganda turística tal y como se concibe hoy: "El país que se atraviesa les presenta también a la vista cuanto de agradable ofrece la Castilla en sus fértiles campiñas, y rico Canal; y la Montaña sus frondosas cañadas y delicioso clima". Los precios son rebajados en veintiséis reales por asiento. Para las 35 leguas del recorrido de Santander a Palencia, el costo en berlina era de 229 reales; en el interior del carruaje, 193. La propaganda turística continuaba: La Castellana comunicaba a sus futuros clientes que habían empleado "cuantos recursos están a su alcance para que esta carretera sea tan bien servida y económica como la mejor de España".

 

            La salida de Santander tenía en las primeras horas de la mañana, llegando a la hora de la comida a Molledo, a "refrescar" a Canduela, a cenar en Osorno y a Palencia a la hora del desayuno, para alcanzar Valladolid, por Cabezón de Pisuerga, entre las 10 y las 11 de la mañana. Las comidas para los viajeros eran abundantes. El desayuno se componía de chocolate de primera calidad, con bizcochos, pan y un vaso de leche de vaca con azúcar o azucarillos. En la comida se podía escoger entre dos tipos de sopa y, detrás, entre otros dos de cocido, tres entradas y otros tantos postres, pan, vino común y generoso y aguardientes. En el de regreso desde Valladolid, se ofrecía un "refresco" en Palencia, a base de chocolate y helado, y en Canduela, chocolate y limón del tiempo a agua con azucarillo. Todo incluido en el módico precio anunciado.

 

            Con la terminación de los accesos a Castilla, estamos, pues, ante una tercera etapa de este trayecto. La primera, nada más abrirse la vía, desde mediados del siglo XVIII hasta el primer tercio del XIX; llena de duras dificultades, a la que siguió otra con mas o menos, modificaciones, por la que hemos transitado los hombres de este siglo XX. La tercera se inicia ahora, en la que no podemos por menos de lamentar la existencia de las funcionales variantes que orillan el paso por algunos pueblos, consiguiendo, sí, que los viajeros hagan sus rutas más deprisa, pero a costa de perderse el encanto de pasar por ellos.

 

 Publicado en: Tiempo de Palencia, el 9 de agosto de 1985

domingo, 31 de julio de 2022

Ricardo Bernardo

 

Mañana, exposición homenaje a… Ricardo Bernardo

  

            El primero abril de 1925, desembarcaba del “Cristóbal Colón”, en el muelle de Santander, el pintor Ricardo Bernardo. Regresaba de cumplir una nueva etapa de su corta vida.  A los veintiocho años de edad su espíritu inquieto había pasado ya por horas subyugantes de París, por la tranquila residencia de El Paular y por la cosmopolita Habana. Ricardo, que era un artista, pero sobre todo un hombre de ojos muy abiertos y de mente sensible, recogería en cada una de estas estancias impresiones que iban a modelar de alguna manera su existencia. París, El Paular y Coba y más tarde Orán y el mediodía francés, aparte de la escapada a Mojácar, constituirían, con la Montaña nativa, el pasto visual; de cada uno quedó reflejo en la obra y en la vida de este pintor. Y separó vida y obra porque, aun cuando la segunda pueda presentar reflejos de la primera -y de hecho los presenta-, la vida del artista, su personalidad, tenía rasgos propios para distinguirle.

 

            El hombre que fue Ricardo Bernardo, el maestro de profundo eco humano, dejó entre los que tuvimos la dicha de tratarle, una Impresión tanto más imperecedera que la de su obra. Si no pareciera un “sacrilegio” ante algunos ojos ahora que se le rinde homenaje con una exposición, yo me atrevería a decir que en sus amigos tuvo más resonancia la atracción personal, fruto de un talento extraordinario.

 

            En unas declaraciones a Gabino Teira,  poco después de llegar de La Habana, podemos rastrear una muestra de la preocupación que le movía: «Es un camelo eso de que podemos observar el alma con solo mirar para adentro. No; el alma hemos de apreciarla proyectada en obra, y yo quiero saber cómo es la mía» (El Cantábrico, Santander, 28 abril 1925). Las obras de Ricardo fueron sus óleos y sus dibujos, pero también fueron obras suyas las amistades que se granjeó; en estas últimas quedó reflejado, de manera admirable, el hombre que conseguiría proyectarse en el espejo claro de la amistad. Alfredo Velarde, Pedro Lorenzo, Gabino Teira, Víctor Serna, José Simón Cabarga, Laureano Miranda, Jesús Otero, Jesús Cancio, Luis Corona, Jesús Alonso Peña... son ejemplo, y testigos algunos todavía hoy, de lo cierto que es cuanto he escrito más arriba.

 

            De la generación siguiente, algunos muchachos tuvimos la suerte de entrar también en su circulo: Ricardo Lorenzo, Leopoldo Rodríguez-Alcalde... , Yo conocí a Ricardo Bernardo cuando realizaba el examen de ingreso en el bachillerato; él forma parte del tribunal examinador. Entre las preguntas que era preciso contestar por escrito, figuraba una en la que se exigía se citaran poemas en los que se detectaran «imágenes» poéticas. Yo llevaba muy fresca la lectura de Lorca y reproduje en el papel algunos versos de la muerte de Antoñito el Camborio; cuando los leyó me preguntó si recordaba alguno más y declamó a media voz ciertos pasajes del mismo romance. Después estuve siempre cerca de él, en el instituto y en la Biblioteca de Torrelavega, hasta que marchó al exilio.

 

            Ricardo era, cronológicamente, de la generación del 27, cuyas obras poéticas conocía muy bien. Nada le era ajeno en su entusiasmo humanístico; su inteligente curiosidad, su vitalidad desbordante mientras se lo permitió la salud, y un espíritu sensible, le llevaron en los pocos años de su vida, a buscar con afán y a entregarse con pasión a la amistad y al arte, que constituyeron quizás los dos renglones más importantes de su existencia.

 

            En la exposición-homenaje que se inaugurará mañana, hemos puesto sus amigos todo el entusiasmo, todo el fervor a que se hizo acreedor. La obra plástica que presentamos, permitirá a las nuevas generaciones conocer su arte, todavía en marcha cuando murió;  a los que convivimos con él, nos traerá a la memoria, con mayor insistencia, el recuerdo del amigo que un día de agosto de 1937 se alejó de nuestro lado empujado por las trágicas circunstancias  de la guerra civil y a quien un día de octubre de 1938, perdimos para siempre en tierras de Francia.

 

 


Publicado en La Hoja del Lunes, el 31 de julio de 1978


domingo, 24 de julio de 2022

La Masa Coral y la Biblioteca Popular de Torrelavega

 

La Masa Coral de Torrelavega

Dos eslabones añadidos a la vida cultural de Torrelavega

 


 

            La Coral de Torrelavega fue fundada en 1925 por el maestro Lázaro. Hemos de interpretar este hecho, así como de la creación dos años más tarde, de la Biblioteca Popular, como nuevos e importantes eslabones que se añadían a la vida cultural del pueblo.

 

            Todo había comenzado en el último tercio del siglo XIX con la aparición de los primeros periódicos que se editaban en la villa y cuando se sucedían con cierta continuidad representaciones teatrales, o conciertos, que congregaban al vecindario. Pero hemos de destacar en este sentido la fecha del año 1892, cuando un grupo de vecinos, con la colaboración decisiva de don Hermilio Alcalde del Río, crean la escuela de Artes y Oficios. En otro lugar he comentado como esta escuela fue una consecuencia de la presión que el progreso constante de la villa venía ejerciendo en todos los aspectos.

 

            La formación de los, alumnos que pasaron por la escuela de Artes y Oficios desde su creación hasta los años de la Guerra Civil, fue decisiva en el desarrollo de la vida cotidiana local.

 

            En este sentido bueno es recordar que en un escrito de la época se puede leer: “... De la ilustración de la clase obrera depende en mucho la solución de los problemas sociales que actualmente a la humanidad civilizada…”.

 

            A lo largo del siglo XX la presencia de la escuela resultó de una trascendencia tal importancia social. El que sus aulas estuvieran nutridas, mayoritariamente, por personal obrero, al que Alcalde del Río abrió las puertas del conocimiento humanístico, tuvo una consecuencia verdaderamente singular para el futuro cultural del pueblo. Aquellas enseñanzas de don Hermilio, en la teoría y en la práctica colaboraron también a remover en cierta forma el amodorramiento con que se vivía la cultura en las demás clases sociales.

 

            Fueron estos alumnos los que con el interés cultural despertado en ellos por las enseñanzas de Alcalde del Rio, se integrarían, en gran parte, en la Coral de Torrelavega primero y en la Biblioteca Popular después. En las dos entidades citadas dejaron clara referencia de su cultivado espiritual y en la vida social, desarrollando a lo largo de nuestro siglo en Torrelavega, señal indeleble de la formación recibida.

Publicado en el diario Alerta, el 24 de julio de 1992

domingo, 17 de julio de 2022

León Felipe

 Los años santanderinos de León Felipe

Las fechas redondas en la vida y los hechos de los hombres, parecen propicias para recapitular sobre estas vidas y sobre estos hechos. La circunstancia cronológica convoca de manera apremiante y, como resultado, siempre se llega a encontrar algún dato nuevo que enriquece lo ya dicho hasta entonces.

 

            León Felipe no ha sido excepción. En el centenario de su nacimiento han tenido lugar aptos conmemorativos, publicándose estudios con perfiles más seguros sobre su biografía o ahondando en la riqueza lírica y humana de su obra poética. Numerosos lugares de la geografía personal del poeta han acudido a la cita: Tábara, donde le nacieron; Almonacid de Zorita, donde maduró su poesía primera; Madrid, lugar frecuente de una vida trashumante; México, refugio y tumba... No podía faltar Santander. Aquí transcurrieron los años de niñez, adolescencia y juventud.

 

            Si en estos años de la vida del poeta no se hubieran producido hechos de singular significado -que se produjeron-, teniendo en cuenta aun cuando no fuera más que lo que aportan normalmente a la formación del ser humano, sería suficiente para prestarles especial atención. Recuerden, para conceder a priori toda su importancia a estos años santanderinos, el verso tan repetido del poeta en que habla de una juventud sombría transcurrida en la Montaña.

 

            Con mis comentarios que siguen a continuación, pretendo que quede debidamente aclarado el significado de este verso, así como otros aspectos de su vida en la época en que residió en Santander.

 

            En el otoño de 1974 ya intente un primer acercamiento a este tema, pero entonces, como me dijo Gerardo Diego, quedaron zonas oscuras. El feliz hallazgo posterior de unos documentos me ha permitido ampliar aquel trabajo de hace diez años, concretando algunos de los puntos que carecían de precisión.

 

            Seré breve, porque todos estamos deseosos de oír a Francisco Giner de los Ríos, estrella invitada de hoy.

 

            La vida de nuestro poeta se presenta al biógrafo llena de pequeños misterios y de grandes dificultades para aclararlos. Fue una existencia larga, azarosa, contradictoria, en la que a quien intenta profundizar en ella, se le van quedando por el camino las posibilidades de concretar fechas y hechos. Cuando se va tras de sus pasos produce la impresión de que se preocupó de borrar las huellas que iban dejando.

 

            La meritoria biografía publicada por Luis Rius en México, en 1968, si bien ofrece datos abundantes, no se ajusta, en ocasiones, a la realidad, a pesar de que la información procede de labios del propio biografiado. O precisamente por eso. Por poco que se conozca a León Felipe, se tiene que pensar que la razón de este desenfoque que se refleja en el texto de Rius, esta en el mismo poeta. Naturalmente, me estoy refiriendo a la época de su vida en Santander, para la que es necesario tener también presente el origen memorístico de esta información a Rius, aportada, además, a tantos años vista. Y, sobre todo, la fantasía con que frecuentemente envolvió León Felipe el recuerdo del itinerario de su vida. El resultado ha sido una serie de precisiones equivocadas que está costando esclarecer.

 

            Por otra parte, el que el libro de Luis Rius fuera escrito sobre testimonios del mismo León Felipe, le concedió visos de una autenticidad absoluta, a pesar de que el autor de la biografía ya puso sobre aviso a futuros estudiosos. Cuando, transcribiendo las palabras del poeta, escribió: “Santander está cerrado a la hospitalidad, es el pueblo más nacionalista de España”, añade a continuación: “En eso exageraba muy a su estilo”. Esta afirmación me parece un feliz hallazgo de expresión para definir al poeta en la faceta de relator de su propia vida y puede ser valida para enfocar múltiples circunstancias de ella.

 

            Los años de residencia en Santander resultaron muy afectados en la recreación del recuerdo, por ser los primeros de su existencia y, por lo tanto, los más alejados en la memoria. Había llegado a Santander, con nueve años de edad, en noviembre de 1893. Con cierta morosidad desgranó ante Rius recuerdos ciertos y recuerdos inventados, velados por el hecho de aquella juventud sombría pasada en la Montaña.

 

            Frases del libro de Rius como “Era un mal estudiante… su caso llegó a juzgarse grave”, o “No le gustaba Santander. No le gustó nunca”, forman parte de una leyenda negra tejida alrededor de estos años santanderinos, que ha continuado rodando en los siguientes a la publicación del libro.

 

            En los diversos trabajos publicados en este centenario que celebramos, las referencias a Santander han sido escasas y no muy felices, y de ninguna manera aclaratorias. El 26 de febrero apareció un artículo en el diario Alerta de esta ciudad, firmado por Andrés Sorel, en el que se lee: “Una estancia en Santander y al fin Madrid, donde concluyó la carrera de Farmacia”. En otro artículo, en el ABC del 11 de abril, escrito por Trinidad de León-Sotelo, se habla del paso de León Felipe por Santander sin concretar nada, y en una cronología que recoge el mismo diario le dedican estas breves líneas: “1908. Viene a Santander para instalarse como farmacéutico. Allí, por su falta de sentido práctico en las finanzas, estuvo tres años en la cárcel.”

 

            Referencias más amplias y con datos más concretos, las he encontrado en el trabajo que firmado por R. Ayala apareció en el diario YA del 15 de abril, en el que se habla de que no fue mal estudiante, en contra de lo que en algunos escritos se ha venido asegurando, y de que no es cierto que odiara a Santander, en lo que también se ha venido insistiendo. Este artículo y la reproducción reciente de otro del farmacéutico santanderino Luis Mateo de Celis, que había visto la luz en 1974, ofrecen información más pormenorizada y fiel a la realidad.

 

            Con los datos que he podido reunir trataré de poner en su sitio algunos de los aspectos que se han venido ofreciendo al público de manera incompleta o equivocada, relacionados con los años santanderinos de León Felipe, cuando todavía se llamaba Felipe Camino Galicia.

 

            El que ha venido suscitando mayor interés en los medios literarios, es el relacionado con los posibles escritos del poeta en estos años de juventud en Cantabria. Con la prudencia con que se pueden asegurar estas cosas, creo que puedo afirmar que León Felipe no escribió poesía en estas fechas a que me vengo refiriendo. Y me atrevo a afirmarlo así después de conocer dos artículos del periodista y poeta santanderino José del Río Sainz, buen amigo de Felipe Camino casi desde su llegada a Santander.

 

            Las aficiones literarias de Río son manifiestas y precoces. Si Felipe Camino hubiera tenido la misma inclinación que su amigo, éste habría sido participe de ella, por lo menos por aquellos del inevitable “me lees y te leo” de los escarceos literarios de la adolescencia y juventud. Pues bien, cuando el periodista montañés acusó recibo del primer libro de Felipe Camino, ya con el nombre de León Felipe en un artículo publicado el 25 de marzo de 1920 en La Atalaya, atribuye la obra a otro amigo que, -singular coincidencia-se llamaba León Felipe Gutiérrez. No le relaciona para nada con Felipe Camino Galicia. Y cuando al día siguiente, advertido del error por amigos comunes, escribe un nuevo artículo rectificando, no hay en él una sola línea en la que haga referencia al conocimiento como poeta del autor verdadero del libro. Por otra parte, en ninguna de las revistas y periódicos de Santander que he podido consultar de aquellos años, he encontrado su firma ni seudónimo que pudiera atribuirse a Felipe Camino como autor.

 

            He pasado por encima del nombre de León Felipe Gutiérrez, solamente citándole, pero creo que merece la pena volver a el para hacernos una pregunta: ¿No estará en este nombre el origen del seudónimo adoptado por Felipe Camino a partir de la publicación de Versos y Oraciones de Caminante? En el primero de los artículos citados de José del Río, con el que acusa recibo del libro, hace una semblanza de León Felipe Gutiérrez en la que se lee” “Recordamos a un León Felipe Gutiérrez, místico, arbitrario, poeta, utopista, tormentoso y visionario, que en nuestra tierra vivió y estudio y que de nuestra tierra marchó un buen día hace ya quince años, sin decir nada a nadie de a dónde iba.” Estos calificativos que repito: místico, arbitrario, poeta, utopista, tormentoso, visionario, creo que nadie vacilaría en atribuírselos a nuestro León Felipe posterior a los años de cárcel; al hombre que purificado por el cautiverio tornó en misticismo su frivolidad mundana anterior.

 

            León Felipe pudo conocer a su homónimo en los años de estudiante y sentirse atraído por aquella personalidad desbordada que, en la descripción de José del Río se ajusta fielmente a la que configuró al poeta de Versos y Oraciones de Caminante. Pero quede esto así, solo en una interrogante, sin que por mi parte disponga de pista alguna que pueda conducir a su confirmación.

 

            Desde la publicación del tantas veces citado libro de Luis Rius, se ha insistido en la mala condición como estudiante de Felipe Camino. Los argumentos que se pueden esgrimir en contra, perfectamente documentados, evidencian lo contrario. Rius dice textualmente; “En Santander y en el colegio empieza ya el malestar, el desasosiego del niño. Era un mal estudiante… Su caso como escolar llegó a juzgarse grave.” Estas frases, referidas a los años de estudio de la primera enseñanza, se repiten para los de Bachiller, que inició en el Instituto de 2ª Enseñanza de Santander, los continuó en el Colegio de religiosos Escolapios de Villacarriedo, terminándolos en el mismo Instituto donde los había iniciado: “Aprobó de mala manera -dice Rius- el primer año de Bachillerato”, insistiendo en que el padre de Felipe tuvo que llevarle interno a Villacarriedo para tratar de enderezarle.

 

            Como se puede comprobar en el libro de actas de exámenes del Instituto, aprobó normalmente tanto el examen de ingreso como los correspondiente al primer curso. En Villacarriedo, donde estudió segundo y tercero, fue calificado en algunas asignaturas con notable y sobresaliente, sin que fuera suspendido en ninguna. Nuevamente en el Instituto de Santander, donde cursó los dos últimos años, se repiten las buenas calificaciones, en las que no faltan notables y sobresalientes.

 

            Al dictado de León Felipe, Rius interpreta el ingreso en el Colegio de Villacarriedo como un intento de resolver el problema del supuesto mal estudiante, sin conocer o tener en cuenta que, en aquellos años, las familias pudientes internaban a sus hijos en este Colegio más que por razones de estudia, buscando el prestigio social que reportaba.

 

            En cuanto a los estudios de Farmacia se repite la misma leyenda negra. Si los autores que han insistido en esta condición de mal estudiante hubieran consultado el expediente académico de Felipe Camino, podrían haber comprobado la normalidad con que fueron realizados, encontrándose con la sorpresa de que en una asignatura fue calificado con matricula de honor.

 

            Cono ustedes recordaran, en el poema de León Felipe titulado “¡Qué lastima!” están incluidos los versos

 

Pasé los días azules de mi infancia en Salamanca,

y mi juventud, una juventud sombría, en la Montaña.

 

Versos tan manoseados con diversa intención y a los que he aludido anteriormente.

 

            El lector que se haya acercado a estos versos sin un conocimiento mínimo de la vida del poeta, habrá podido hacer una lectura literal que le ha llevado a interpretar los años santanderinos de León Felipe como llenos de una profunda tristeza. Interpretación que le habrá conducido a dar por cierta la otra parte de la leyenda negra, la que le atribuye su antipatía hacia Santander, su odio a la Montaña. Frases como “No le gustaba Santander, No le gustó nunca”, que se pueden leer en el libro de Rius, han dado origen a esta opinión.

 

            Conozco dos testimonios, que invalidan las expresiones citadas y confirman el reconocimiento por el autor de que León Felipe exageraba muy a su estilo. Uno es de Gerardo Diego, el viejo amigo de León Felipe, quien escribió: “1958. México. En casa de un santanderino, con otros exiliados de mi ciudad, nos reunimos para leerles yo versos de Mi Santander, todavía inéditos… Me contaban los amigos comunes que de nada sabía hablar con ellos (León Felipe), sino de los recuerdos de infancia y juventud en la querida ciudad, viva en el recuerdo de todos.”

 

            El otro testimonio es de Domingo José Samperio, buen amigo del poeta en el exilio mexicano. Se trata de un artículo publicado en la revista Índice en 1959. Dice así: “Lo cierto es que estamos paseando, imaginativamente, por las viejas calles grises y húmedas del Santander antiguo… Con frecuencia nos dedicamos a estos paseos, el más grato entretenimiento para León Felipe.” E insiste el autor del artículo en que refrescan y estimulan la memoria del poeta, “reviviendo lejanos y amados recuerdos”. Al final del artículo pone en labios de León esta frase: “Entre las pocas ilusiones que me quedan, sin duda, la mayor es esa de volver allí”

 

            Que el poeta dijera en los versos citados que su juventud había sido “una juventud sombría en la Montaña”, esta suficientemente claro que es una referencia a los años de cárcel transcurridos en esta ciudad como consecuencia del proceso que se le siguió con la calificación de estafa.

 

            Nada más lejos de la realidad que hablar de una juventud sombría al referirse a los años santanderinos de León Felipe. Gerardo Diego y Luis Rius enjuician con el mismo criterio su vida en los últimos años de estancia en Santander. Rius habla de “el señorito achulado, que en cierta ocasión se había comprado un foulard parecido a otro que le había visto al rey elegante”. Habla del jugador sin suerte, que iba al Casino a intentar remediar las zozobras económicas de su oficina de farmacia. Gerardo Diego insiste en el mismo sentido; “Felipe se divierte -escribe-, no se preocupa demasiado del negocio.”

 

            Las relaciones de Felipe Camino con la clase más distinguida de la ciudad; las representaciones teatrales en las que tomaba parte como consumado actor -“actorazo” le llama un cronista de esos años- consumen lo mejor de su exhaustiva hacienda y las más de sus horas. La puerta de la farmacia que había abierto en la calle San Francisco y más tarde en la Plaza de la Esperanza, fueron pronto lugar de cita y de mira para los amigos que tomaban parte con él en esta vida regalada de aquel Santander de la segunda década del siglo, en la que todo parecía presagiar los grandes negocios que la guerra europea iba a proporcionar enseguida.

 

            Desde 1908, en cuyos primeros días ya estaba establecido como farmacéutico, hasta noviembre de 1912, en que desapareció de la ciudad, se le va el tiempo en una casi constante diversión, propiciada por el ambiente que crean los veraneos regios, que dejaban marcado el modo de vida de la alta sociedad santanderina para el resto del año.

 

            Estos días de frivolidad trajeron aquellos lodos que le llevaron a la juventud sombría.

 

            Para instalar la primera oficina de farmacia, la de la calle San Francisco, el padre de Felipe, don Higinio, se vio obligado a garantizar un préstamo de diez mil pesetas, que le fue concedido al hijo el 1 de enero de 1908 por Atilano Vaquero Rodríguez.

 

            Este préstamo tenía fijado su vencimiento a los cuatro años. Pocos meses después de formalizada la operación, falleció don Higinio Camino, no antes de abrir Felipe la farmacia, como escribió Guillermo de Torre en el epílogo de la Antología Rota. Los cuatro años transcurrieron sin que Felipe le cancelara. Los ingresos que reportaba la farmacia no eran suficiente para ayudar a la familia y cubrir los abundantes gastos propios. Ninguna de las combinaciones realizadas por el para tratar de resolver la difícil situación económica, dio fruto favorable. La última de estas, la entrega al prestamista de las existencias y enseres de la farmacia para liquidar la deuda, tampoco lo fue; más bien aceleró el final. Al no ser un profesional el nuevo propietario, se la dejó en arriendo a Felipe Camino, mediante documento firmado el día 31 de enero.

 

            En el mes de octubre escribe Atilano Vaquero una carta al farmacéutico, en la que le comunica su deseo de vender el establecimiento, ofreciendo a Felipe Camino la opción de que pudiera recuperarla. Aceptado esto por el farmacéutico, promete realizar la operación antes de final de dicho mes, pero como pasara la fecha sin que lo formalizara, se presentó el prestamista en la farmacia donde le informaron los empleados que Felipe había marchado de Santander el 8 de noviembre.

 

            Aquí hubiera terminado la vida santanderina de León Felipe si antes de salir de la Montaña no hubiera pedido un préstamo con la garantía del contenido de la Farmacia, sin que este contenido fuera de él. Cuando el nuevo prestamista se enteró de la huida del boticario, presentó una demanda judicial que dio lugar a la correspondiente orden de busca y captura.

 

            Este es otro de los aspectos de esta historia que han sido tratados indebidamente por los biógrafos. Al referirse a ello Guillermo de Torre escribió: “Pocos años después (alude a la instalación de la primera farmacia), solucionado un oscuro trance familiar, libre ya de trabas que desvían su vocación, se entregó al teatro”. La versión de Luis Rius también difiere de la realidad: “Se enteró el en su ausencia de Santander -escribe Rius-, que su madre había vendido la farmacia, no había obtenido dinero suficiente para pagar a todos los acreedores y uno de ellos, el usurero que le había dado las 3.000 pesetas lo había perseguido judicialmente.”

 

            Detenido en Madrid fue trasladado a Santander, celebrándose el juicio el 15 de abril de 1915, en el que fue condenado a una pena de prisión de un año, ocho meses y veintiún días. El verso de León Felipe que todos recordamos, “viví tres años en la cárcel”, también parece responder a esa exageración verbal a que alude Luis Rius. Aun cuando es posible que al poeta le quedara en la memoria la pena que había solicitado el fiscal, que fue de tres años.

 

            En mis comentarios que anteceden sobre el “oscuro trance” en que se vio envuelto Felipe Camino he hecho una exposición basada en los documentos que poseo. Y lo he hecho no sólo para situar en su lugar el verso del poeta, como ofrecí al principio, sino para concederlo toda la transcendencia que tuvo.

 

            Fue una circunstancia que cambió la personalidad del hasta entonces Felipe Camino, convirtiéndole en el León Felipe que todos admiramos. A la poesía llegará el hombre transformado, alcanzando ese sistema luminoso de señales con que definió Tailhard de Chardin su teoría de la parusía. El frívolo señorito de la calle San Francisco dejó en la cárcel de Santander lo más de su frivolidad. Y digo que dejó solamente una parte, porque en los meses inmediatos a la puesta en libertad, cuando residía con su hermana Consuelo en el pueblo vizcaíno de Valmaseda, un ramalazo de esta frivolidad, no eliminada todavía de todo, le llevó a huir hacia Barcelona tras de una señorita peruana. Poco tiempo faltaba ya para que el poeta llegara a la dura serenidad reflejada en Versos y Oraciones de Caminante, libro en el que queda de manifiesto la purificación total de su espíritu.

 

            La vida de León Felipe estuvo marcada por vientos contrarios. Fue una existencia en que lo humano se fue sublimando con el paso del tiempo, llegando a alcanzar altas cotas de misticismo.

 

            José del Río Sainz y José Luis Cano, dos hombres que conocieron, al poeta en épocas distintas, nos han ofrecido un testimonio de la importancia que tuvieron los años de cárcel para León Felipe. Río habla de que “salió de aquella crisis con el corazón en alto y con el rostro hacia la verdad.” Cano comenta: “Cuando terminó su condena y salió de nuevo a la calle, era otro hombre y su mirada sobre el mundo fue más profunda y conocedora.”

 

Leído el 17 de julio de 1984 en la Universidad Internacional Menéndez Pelayo