CENTRALIZACIÓN Y ESTACIONALIDAD
DE LA CULTURA EN CANTABRIA
Cuando se me habló desde la Dirección
de El Diario Montañés de la intervención en este acto, entendí que tendría que
hacerlo situado en el punto de vista de mi condición de residente en una
localidad fuera de la capital de la región. Comentar el tema de la Cultura y el
Arte que aquí nos convoca, desde una perspectiva fundamentalmente
descentralizadora. Actuar algo así como de “Defensor del pueblo” o de los
pueblos. Ver cómo ha transcurrido la vida cultural y artística en general de
los pueblos de Cantabria, durante los últimos diez años, de lo que ha sido fiel
reflejo el Anuario que publica El Diario Montañés.
Antes de entrar en el tema que me he
propuesto, y para que no se piense que estas notas tienen solamente el carácter
de un pliego de agravios, quiero anticipar que soy consciente de las
dificultades de muy diverso tipo que presenta el llevar la cultura y el arte a lo
que podemos llamar, para el comentario que sigue, el “Sur profundo” de la
región. Los espectáculos, sean del signo que fueren, precisan de un público más
o menos numeroso que los acoja y ante este condicionamiento nos encontramos con
una cuestión que ha sido caballo de batalla en cuanto surge el tema de la
culturización. Culturizar es cultivar y si no se cultiva no se puede aspirar a
alcanzar el mínimo nivel de formación que exige la recepción de un espectáculo
cultural por parte del público a quien va destinado. Insisto, espectáculo
cultural, que hay que distinguirlo de lo que es simplemente espectáculo. Y
si este público no existe hay que tratar de crearle.
A propósito de esto recuerdo la
eficiente labor llevada a cabo en este sentido por la Diputación Provincial de
Santander en los años centrales de este siglo en el que nos encontramos. Para
ello crearon, dentro de su organigrama, un Centro Coordinador de Bibliotecas
del que fueron promotores y eficaces impulsores Ignacio Aguilera y Pablo Beltrán
de Heredia. Con su labor dotaron de centros públicos de lectura y casas de cultura
a lugares como Reinosa, Torrelavega, Castro Urdiales, Cabezón de la Sal o
Astillero. No se limitaron a estas localidades que están situadas en las
líneas de comunicación más concurridas dentro de la región; lo extendieron a
lugares como Villafufre, Renedo de Piélagos, Ramales de la Victoria y hasta
Bárcena de Pie de Concha, y allí llevaron no sólo los lotes de libros precisos
para nutrirlas, sino que organizaron exposiciones y actos públicos en los que
importantes nombres de la cultura ocuparon las tribunas de algunas de estas
modestas bibliotecas: Gerardo Diego, Ricardo Gullón, Gili Gaya, Luis Felipe
Vivanco, José Hierro, Julio Maruri, Joaquín de la Puente, entre otros, editándose
algunos de los textos de estas conferencias, hecho de singular interés porque
es lo que ha quedado para las generaciones posteriores.
El paso del
tiempo, y otras circunstancias, desmontaron después parte importante de
aquellos centros, pero la semilla quedó echada y su recuerdo nos hace evocarlos
con nostalgia.
En cuanto a la importancia del
libro en la formación cultural no es necesario insistir; además se ha hablado
de ella aquí en reuniones anteriores, por autoridades competentes. Únicamente
me permito volver sobre lo que ya se ha dicho, en el sentido de lamentar la paralización
producida en la publicación de libros por parte de las entidades públicas, cosa
que también nos hace volver la cabeza con nostalgia a aquellas colecciones que
fueron apareciendo de la mano de la Diputación Provincial hasta no hace muchos
años, y también, fuera del ámbito oficial, de la mano de entusiastas
particulares, que por su interés han sido buscadas ávidamente a nivel nacional.
* * *
Vayamos a años más recientes; los recogidos en los Anuarios y
sirviéndonos de estos como guía.
En el primero, del año 1985, se lee: “Desde
el punto de vista cultural Cantabria ha seguido manteniendo un nivel muy alto”,
añadiendo que “se ha entendido el problema de la desestacionalización con
importantes progresos en épocas bajas”. Y en otro lugar del mismo número: “el año
85 ha sido particularmente rico en manifestaciones culturales de toda índole”.
Esto es cierto, pero teniendo en
cuenta que se trata de las que han tenido lugar en la capital, para las que se
elogia el haber entendido debidamente “el problema de la desestacionalización”.
El otro problema, el de la descentralización,
fue intentado por el Festival Internacional de Santander, que llevó algunas de
sus actuaciones musicales a lugares como Santillana del Mar, Potes, San Vicente
de la Barquera, Laredo, Reinosa, Torrelavega, Castro Urdiales, Comillas, Isla,
entre otros. La Consejería de Cultura promocionó también actuaciones musicales
en diversos Ayuntamientos de la provincia; tanto estas como aquellas en época
estival.
La Caja de Cantabria, como ya nos
explicó debidamente Jesús Maza en su intervención del viernes pasado, ha
apoyado generosamente actos culturales de diverso tipo con una meritísima
ampliación sucesiva de su presupuesto para estos fines. Y a esto mismo tiene
que llegarse en las entidades oficiales. En los presupuestos anuales no puede
faltar el capítulo cultural en la cuantía precisa. Y sobre todo, que esta
cuantía no vaya enfocada en una dirección única, o casi única, que falsearía el
objetivo de equidad de los
mismos en cuanto a su llegada al
Público, tanto de la
capital como de la región en general.
Al año siguiente, 1986, el Anuario
se ve obligado a titular uno de sus artículos “1986 o el desencanto”, destacando como única
salvedad lo que llama “la concentración veraniega” a cargo del FIS; es decir,
ni desestacionalización ni descentralización. Pueblos con cierta fuerza propia,
como Torrelavega, Reinosa, Laredo, programan, como pueden, algunas actuaciones
culturales, insistiéndose en 1987 en que “se acusa una fuerte decepción ante la
escasa oferta oficial y hasta en la particular...”
La UIMP, el FIS y
la Universidad de Cantabria, esta última, por ejemplo, con los cursos de
Laredo, cubrieron en gran medida la oferta que se despliega en el verano: “Hay
una cultura veraniega”, se dice en 1989; y se añade que “tras el verano se
instaura la calma y Santander se convierte en un paramo cultural”. En cuanto a lo
que me he permitido llamar el “Sur profundo”, música folk y popular, coros y
danzas, algo de teatro, todo centralizado en las localidades habituales, donde
los respectivos ayuntamientos echan una mano económica sobre los que tenemos
que lamentar que las más de las veces se queda sólo en “espectáculo” lo que se
pretendía como “espectáculo cultural”.
1990. “Llevamos años
escribiendo de los males que afectan ala cultura de Cantabria... y pasan los años
sin que se produzca mejora alguna...” Son palabras de un artículo en el Anuario
de este año 1990. Y a medida que nos acercamos a fechas más recientes, los
comentarios continúan siendo del mismo signo: “... la cultura en Cantabria
sigue anclada en los seculares vicios y virtudes” a los que da el nombre de “la
estacionalidad”, “a desilusión” y “la falta de apoyo institucional”, insistencias
y temores que se repetirán en los años que siguieron.
En el anuario publicado
para 1993, uno de los firmantes se lamenta de “la desarticulación de la
provincia al contar solo con un eje geográfico potente...”, “quedando desguarnecido
el resto, donde la promoción artística es mínima en su conjunto”.
El lector que
busque en estos anuarios un índice de la oferta cultural que se ha hecho llegar
a los pueblos de Cantabria situados fuera de las líneas de comunicación más
concurridas, vera que existe una notable diferencia, no sólo con la de los
presentados en Santander capital, si no también con los actos que han tenido
lugar en los pueblos de la franja costera. La concentración humana es,
naturalmente, la razón que lo provoca, pero una política cultural bien
entendida debe de procurar que se cubran en la medida de lo posible, y hasta de
lo imposible, las lagunas a que esto da lugar.
No se si una
concentración cultural a la manera que lo es la concentración escolar, pudiera ser
un acercamiento a la solución. La busca de puntos geográficos estratégicos dentro
de la región, a los que llevar estas actividades culturales, podría ser una
manera de resolver el problema inicial, el de la reunión de un mínimo de personas
que justifique la realización de los espectáculos.
Además, la
educación primaria y secundaria, que están alcanzando prácticamente a toda la
región de manera muy eficaz, puede llegar a proporcionar la base humana precisa
para que los actos culturales encuentren en el futuro el eco apetecido en ese
“Sur profundo” de Cantabria.
Y termino volviendo a recordar la
labor realizada hace cincuenta años por el Centro Coordinador de Bibliotecas y
otras entidades públicas y privadas en años inmediatos siguientes a aquellos.
La experiencia de todo tipo que se haya podido acumular desde entonces, quizás
pueda aportar ideas para mejorarlo y ampliarlo.
Leído
en la mesa redonda sobre Cultura y Arte, organizada en conmemoración del X
aniversario del Anuario de Cantabria editado por el Diario Montañés.
Salón
de Actos del Ateneo de Santander, 3 de mayo 1995