domingo, 26 de marzo de 2023

Ricardo Gullón, Manuel Arce y La Isla de los Ratones

 

Ricardo Gullón, Manuel Arce y La Isla de los Ratones

 

 


            La relación inicial de Ricardo Gullón con La Isla de los Ratones hay que buscarla en el año 1945, cuando aun no había empezado la publicación de esta revista. Fue en diciembre de dicho año. Manuel Arce conoció a Gullón en la tertulia que reunía a un grupo de proelistas los domingos por la tarde en la cervecería "La Mundial". Estaba instalado este establecimiento en la calle Somorrostro, en uno de los barracones construidos para dar alojamiento provisional a los comercios que habían resultado damnificados por el incendio que sufrió Santander en febrero de 1941. Gullón, sin embargo, fija este primer encuentro en la cafetería "La Austríaca", al final del Paseo de Pereda santanderino, añadiendo que "no podía fijar con exactitud la fecha en que le conocí".

 

            En uno o el otro lugar, la relación de los dos a partir de entonces fue frecuente. "Ricardo Gullón, cuya autoridad intelectual fue indiscutible para todos nosotros (...) aparte de hablarnos de Faulkner (...) de los novelistas ingleses o de Kafka, ejercía, con su actitud moral y cívica en una época tan difícil, un positivo magisterio". Su presencia en Santander durante los años 1941 al 1953, fecha esta última de su primer viaje a Puerto Rico como profesor en la Universidad de Río Piedras, no ha sido valorada en la magnitud que corresponde. De su "actitud moral y cívica en una época tan difícil", habla Manuel Arce en la referencia citada en líneas anteriores. Amigos y algunas entidades, pocas, han aprovechado ciertas efemérides para destacar cualidades suyas, así como el impulso que proporcionó, con inteligencia y decidido apoyo, a todo lo que se relacionaba con la vida cultural en la ciudad. Proyectó interesantes iniciativas que dieron lugar a la puesta en marcha de arriesgadas empresas literarias y artísticas. Su hombría de bien apartaba de la mente de todos cualquier tipo de recelo o de suspicacias.

 

            La aparición del primer número de La Isla en mayo de 1948 estuvo alejado dos años y medio de aquel encuentro. Hay que recordar que se venía publicando en Santander la revista Proel, dedicada de manera casi absoluta a la poesía, pero en la que hasta entonces no habían visto la luz en sus páginas los versos de algunos jóvenes poetas locales. Por otra parte, en aquellos momentos, Proel había ido distanciando la aparición de sus números hasta carecer de periodicidad fija. "Llegaba además gente joven que quería colaborar y no podía hacerlo. Esta fue otra de las razones que movieron a la creación de La Isla de los Ratones, con el fin de hacer lo que nos diera la gana".

 

            Las buenas relaciones entre las personas que "gobernaban" Proel y las que con Arce empezaban La Isla, no se vieron enturbiadas inicialmente, pero la separación de Proel de dos de sus fundadores, Carlos Nieto y Carlos Salomón, en el verano de 1944, acentuó las distancias, según recordaría Arce años más tarde: "Empezó a financiarla Joaquín Reguera Sevilla, que era el gobernador civil y pasó a ser una publicación oficial. Por esta razón se separaron del grupo Carlos Nieto y Carlos Salomón” Arturo del Villar escribió en La Estafeta literaria: "Manuel Arce, más joven que ellos [alude a los colaboradores de Proel], encontró la revista transformada y pensó editar por su cuenta otra revista que fuera solo de poesía".

 

            Arce había publicado en el número 4 de Proel, agosto 1947, una serie de poemas y en el número primero de La Isla colaboraron María Teresa de Huidobro, José Hierro y Carlos Salomón que lo hacían también en Proel. Lo entendí siempre como un intento de Ricardo Gullón por aglutinar ambas aventuras editoriales, dada su ascendencia sobre aquellos jóvenes. En la conferencia que pronunció en la Fundación Botín el 8 de agosto de 1989 dijo de Arce y su labor cultural: "Bien estaban El Viento Sur, la serie de escritores montañeses, los valiosísimos proelescos, las colecciones Cantalapiedra y Tito Hombre; pero bien venida fue La Isla por la amplitud de criterio de su director, que facilitó la incorporación a la revista y a los primeros volúmenes que no tardaron en acompañarla, de una vasta nómina de escritores españoles y de ultrapuertos..."

 

            La firma de Ricardo Gullón apareció en La Isla solamente en el número 18, del año 1953. Se trataba de un trabajo critico sobre la pintura de Benjamín Palencia. En la brillante colección de libros que inició Arce en enero de 1949 bajo el mismo nombre de su revista, publicó dos trabajos de Gullón: Balance del surrealismo, año 1961 y Las secretas galerías de Antonio Machado, en 1967.

 

            De la buena relación de Arce con Gullón nos quedó otra muestra, antes de que marchara éste a Puerto Rico, cuando Arce decidió dar carpetazo a la publicación La Isla de los Ratones y abrió una galería de arte en el verano de 1952. En los primeros pasos volvió a contar con su presencia, a quien encargó de prologar el catálogo de la exposición con que se abrió la galería, en la que se presentaba la obra de Benjamín Palencia. Gullón, y también Pablo Beltrán de Heredia, estuvieron al lado de Arce en aquellos e inciertos momentos de la creación de Galería Sur, nombre con el que la bautizó su propietario..

 

 

Publicado en

El Diario Montañés, 27 de Marzo de 1998


 

domingo, 19 de marzo de 2023

La Escuela de Artes y Oficios de Torrelavega

 

La Escuela de Artes y Oficios de Torrelavega

 

 


 

No hace mucho tiempo que me refería yo, en un acto público, a la importancia que tuvo para nuestro pueblo la labor de don Hermilio Alcalde del Río como creador y director de la Escuela de Artes y Oficios de Torrelavega, cuyo centenario está muy próximo al de la concesión del título de Ciudad a Torrelavega. Comenté entonces que esta importancia se pondría de manifiesto de manera destacada en los años siguientes, ya dentro del siglo XX, al que pasarían con armas y bagajes aspectos materiales y espirituales procedentes del último tercio del siglo XIX. Podemos agregar ahora que esta trascendencia encontró su más firme punto de partida en las enseñanzas que don Hermilio fue impartiendo entre sus alumnos desde los pasos iniciales de la Escuela.

 

A estos primeros pasos me voy a referir hoy aquí, pero no sin antes hacer una breve reflexión que nos puede situar con mayor claridad, en el momento y hasta en el origen, de aquellas enseñanzas. Porque a veces he pensado si nuestra Escuela de Artes y Oficios no fue una consecuencia, si no inmediata, sí próxima, del ambiente social en el que se movía entonces la vida de los ciudadanos. Naturalmente, una consecuencia posiblemente fortuita, pero, a veces, la historia, la historia de las cosas, nacen de circunstancias fortuitas que, al coincidir en el tiempo y en el espacio, dan lugar a nuevas formas de desarrollo humano; en este caso, al desarrollo de la vida de nuestro pueblo.

 

Cuando abrió sus puertas la Escuela en octubre de 1892, se está reflejando en Torrelavega, como en el resto de España, un enfrentamiento dialéctico que recorre Europa. Nuevas teorías sociales, educativas y religiosas, se abren camino entre la tupida fronda de un conservadurismo que había recibido fuerte respaldo con las decisiones del Concilio Vaticano I. Las ideas de libertad, igualdad y fraternidad con las que la Revolución Francesa había desconcertado a Europa, se enfrentan con aquéllas, a las que se unirían más tarde las tesis racionalistas que aportó el krausismo, divulgadas en España por la Institución Libre de Enseñanza.

 

Pero dejemos el tema así, nada más que enunciado, como hipótesis de trabajo a desarrollar posiblemente otro día, pero, sobre todo, corno una referencia que no hemos de perder de vista a la hora de valorar y tratar de comprender en toda su magnitud, lo que representó para Torrelavega la creación de la Escuela de Artes y Oficios y las ideas didácticas con la que la proyectó su director. Ideas orientadas, como veremos, hacia la promoción de la clase obrera, de la que se nutrió en gran medida, y a la que consiguió dotar de una preparación y hasta de una sensibilidad poco frecuente en aquellos años y hasta me atrevería a decir que ni en los actuales. Pero vamos a centrarnos en el tema que me he propuesto: los primeros pasos de la Escuela y la orientación que les da su director.

 

Don Hermilio Alcalde del Río fue el promotor, con otros convecinos de Torrelavega, de la llamada "Asociación para el fomento de la instrucción de las clases populares", nacida ese mismo año 1892, cuyo propósito único era la puesta en marcha y el mantenimiento de una Escuela que se dedicase a los fines que se indicaban en el título de la entidad creada.

 

El entusiasmo con que fue acogida esta asociación por una parte importante del vecindario fue notable. Torrelavega se sentía en aquellos momentos, como la mayor parte del territorio español, con una fuerza y voluntad de desarrollo notable, reflejo quizás de una engañosa idea de "restauración o regeneración" que se respiraba a todos los niveles, y que nos condujo en el ámbito nacional, paradójicamente, al desastre de 1898. Recuerden que en las mismas fechas en que se está gestando la creación de la Escuela, nuestro pueblo está empeñado en la realización de una obra que parecía escapar a las posibilidades humanas de aquellos convecinos: la construcción de una nueva iglesia que a algunos vecinos les parecía de exagerada magnitud, cuya primera piedra se acababa de colocar unos días antes de abrir sus puertas la Escuela. Cinco días después de esta efeméride está fechado el Reglamento por el que se iba a regir la vida de la Escuela de Artes y Oficios. En ambas empresas encontramos repetidos algunos nombres de vecinos como impulsores de ellas: Buenaventura Rodríguez Parets, José María Quijano, Carlos Castañeda, Ramón y José Fernández Hontoria y Joaquín Hoyos.

 

La asociación promotora de la Escuela contaba, como socios fundadores, además de estas personas citadas con una larga lista de ciudadanos de destacada presencia en el mundo de la cultura y de la vida industrial y comercial, todos dignos de nuestro mejor recuerdo y cuyos descendientes, en gran parte viven hoy entre nosotros.

 

El curso primero comenzó con una matrícula de 44-alumnos, en los locales de la Escuela de la villa, en la Plaza de Baldomero Iglesias, impropios desde el primer momento para el desarrollo de los proyectos concebidos por Alcalde del Río. Cuándo un grupo de antiguos alumnos decidió homenajear a su director en el año 1943, éste, en su discurso de agradecimiento, se refirió así a esta puesta en marcha: "Corría el año 1892, y se echaba de menos en la entonces villa, pero ya promesa pujante de Torrelavega, un centro de esta clase donde atender al perfeccionamiento técnico de los distintos oficios"

 

Durante el segundo curso (1893-1894), el eco que ha alcanzado la Escuela provoca la atención oficial, y la Diputación Provincial y el Ayuntamiento de Torrelavega consignan en sus presupuestos sendas subvenciones, a las que se añadieron valiosos obsequios de material con fines didácticos, procedentes, principalmente, de la Escuela Central de Madrid, que envió una selecta colección de modelos; del Ministerio de Fomento, que aportó una escogida biblioteca; de la Calcografía Nacional, con una buena colección de estampas...pero quizás el hecho más destacable en estos primeros años es el triunfo que logra un grupo de alumnos en el concurso abierto para realizar el rosetón de piedra que adora hoy la fachada principal de la iglesia de la Asunción que se empezaba entonces a construir. Es justo citar aquí los nombres de aquellos entonces muchachos, a los que algunos hemos conocido después, ya hombres y maestros indiscutibles de sus oficios: Florencio y Joaquín Fernández‚ Federico Gutiérrez, Joaquín, Felix y Teodoro Herreros, José Manuel Casuso y Emilio Andrés.

 

Aumenta el número de alumnos y cuando llega la Escuela al curso 1895-1896 ya son 67. En el cuadro de honor de este curso se leen los nombres de convecinos nuestros que, como los que he citado anteriormente, llegarían a ser personas destacadas en sus respectivas profesiones. Así, Joaquín Fernández Herreros, modelo de profesionales y de ciudadanos honestos, a quien encontraremos repetidas veces en el cuadro de honor de años sucesivos; Luciano Herrero, Nazario Asensio, Gaspar Leza, Pedro Redón, Victoriano Montoto y su hermano Fernando, José Peón, Gilberto y Francisco Cotera, Victoriano Daguerre, Vicente Esquivel y Julio G. del Río.

 

El director está entusiasmado ante los buenos resultados con que empieza su obra y en el discurso de inauguración del curso siguiente deja constancia de ese entusiasmo y, sobre todo, se refleja en el texto su preocupación por la formación de la clase obrera "Es un acto de justicia -dice-, de comprensión y de gratitud, todo lo que tiende al mejoramiento de una clase, que al fin y al cabo es la que más contribuye con su óvalo de sudor y de sangra al sostenimiento de las cargas sociales". Y más adelante, en el mismo discurso, al referirse a los apoyos de toda clase que está recibiendo la Escuela, añade: "Con estas cooperaciones podremos colocar a la Escuela de Artes y oficios de esta ciudad, en análogas condiciones que otros centros modelo de este género, formando Museo y Laboratorio, estableciendo talleres y ampliando las actuales enseñanzas; en una palabra, completando los elementos actuales hasta construir lo que con mucha propiedad se ha dado en llamar Universidades del porvenir"

 

Vean en estas palabras la gran ilusión y altura de miras que animaba a don Hermilio, quien, en 1896, hace ya casi un siglo, habla de "Universidades del porvenir" refiriéndose a centros de culturización de la clase obrera que hoy estamos viendo desarrollarse en algunos lugares de España con el nombre de Universidades Populares. "Juntamente con los estudiantes del Bachillerato -dice en otro escrito-, coexistirán los obreros, los artesanos, que también tienen derecho a percibir lo bello y a atesorar lo útil".

 

Insisto en la importancia que tuvo para nuestro pueblo esta Escuela. Torrelavega pudo contar después con su sobresaliente plantel de profesionales, auténticos maestros en su oficio, gracias al esfuerzo de su director, pero unos maestros en su profesión muy singulares, y esto quiero destacarlo. Las enseñanzas de la Escuela dotaban al albañil, al cantero, al ebanista, al ajustador, hasta al confitero (que más de uno acudió a ella), de un concepto muy elevado sobre la importancia de su oficio, que los llevaba a convertirle en una delicada labor de artesanía, en ocasiones rayana en el arte. No olvidemos que la Historia del Arte, cuando aún no se estudiaba como disciplina obligatoria en los Institutos y en las Universidades, fue asignatura que frecuentaron los alumnos que pasaron por esta Escuela. Fue esta una vertiente en la vida del Centro, en la que don Hermilio puso un gran interés, llevando el acercamiento al arte en visitas comentadas a monumentos próximos a Torrelavega, en las que, además, en entrañables coloquios con ellos, que se provocaban en los largos paseos, aprovechaba para completar su formación social y ciudadana.

 

Merece la pena añadir un breve comentario más sobre las ideas pedagógicas de Alcalde del Río. Cuando en enero de 1898 se convocó en Barcelona la IV Exposición de Bellas Artes e Industrias Artísticas, el director de la Escuela nombró una junta formada por los propios alumnos, que se encargó de coordinar toda la labor necesaria conducente a la participación de la Escuela en el certamen.

 

No se conforma con dirigir y dar vida al Centro, sino que piensa que para dotarle con la eficacia necesaria y como un complemento de la formación del alumnado, es importante responsabilizarles en las tareas. Esto cuando todavía estábamos a finales del siglo XIX, época en la que aún se mantenía el criterio de que "la letra con sangre entra".

 

Podemos afirmar, sin lugar a dudas, que don Hermilio Alcalde del Río, con su Escuela, fue parte importante de la prosperidad que en todos los órdenes vivió nuestro pueblo en años siguientes. No vacilaba Alcalde del Río cuando afirmaba que esto iba a ser así. En el discurso que pronunció abriendo el curso 1905-1906, dijo: "La labor educativa de la Escuela de Artes y Oficios es de alta trascendencia social y uno de los sostenes que más sólidamente se han de afianzar para conseguir llegar al ingreso de nuestra patria en el concierto de las naciones modernas..."

 

Si pensamos ahora en las Escuelas de Formación Profesional de hoy y en la insistencia con que se está revalorizando su labor ante nuestra presencia en Europa, podremos calificar en su justa medida la labor de don Hermilio Alcalde del Río y el beneficio que representó para nuestro pueblo su Escuela de Artes y Oficios.

 


Publicado en:

El Diario Montañés, 19 de Marzo de 1995


 

domingo, 12 de marzo de 2023

Los primeros cursos de verano en Santander

 

Los primeros cursos de verano en Santander

Apuntes históricos de la Universidad Internacional,

ante los rumores de su traslado a Jerez de la Frontera

 


            En una noticia publicada hace pocos días por EL DIARIO MONTAÑÉS se recogía el rumor de que era posible que nuestra Universidad Internacional fuese trasladada a Jerez de la Frontera, o por lo menos, una parte de ella. Coincidió que por aquellos mismos días recibimos una carta de un profesor muy vinculado a los cursos de verano de Jaca, en la que nos hablaba de que estos cursos y los de Santander eran los más antiguos de España y decía que estaban preparando la celebración, el próximo julio, del 50 aniversario. En la contestación comenté que los de Santander podían presumir de mayor antigüedad, pues su principio se remonta al año 1900.

 

            Quizá resulte oportuno, a la vista de la noticia que ofrece el periódico, hacer un poco de memoria de cómo comenzaron estos cursos; para que, si se rompe el hilo de ellos, tengamos conciencia de lo que queda atrás.

 

            Con distintas características, pero siempre dentro de un gran entusiasmo, lo cursos de verano de Santander han pasado por cuatro épocas. La primera, desde 1900 hasta 1925, con un paréntesis impuesto por la guerra mundial; después, de 1925 a 1932, la segunda época, con los cursos organizados por l Sociedad Menéndez  Pelayo; les siguieron de 1933 hasta 1936, los años de la Universidad Internacional de Verano y, por último, desde 1947 hasta hoy los de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo. Si las dos últimas etapas citadas son suficientemente conocidas, no así las dos anteriores, que fueron el fundamento de estas actividades estudiantiles veraniegas.

 

1900: UNIVERSIDAD DE LIVERPOOL

 

            Desde 1900 venían acudiendo a Santander un grupo de alumnos de la Universidad de Liverpool, acompañados del profesor Mr. E. Allison Peers, que se dedicaban aquí en la época estival, a mejorar sus conocimientos de nuestro idioma. “The Teader´s Guilds”, de Inglaterra, organizaba ya desde el siglo pasado, cursos de perfeccionamiento del idioma en Francia y Alemania y a partir de 1900 incluyó España en su programa, residenciándolos en Santander por feliz gestión de don Julián Fresnedo de la Calzada.

 

            La guerra de 1914 obligó a un forzado paréntesis, reanudándose nada más terminar la conflagración. Los cursos, que normalmente tenían una duración de seis semanas se desarrollaron desde el primer momento bajo la dirección del licenciado Ramón del Noval, habilitándose para ello las del Instituto Carbajal, en el que se alternaban con unas

“lecciones” de extensión universitaria y más tarde pasaron al Instituto de Segunda Enseñanza de Santa Clara. Del entusiasmo con que Mr. Peers traía a sus alumnos a nuestra tierra, nos ha dejado muestra el libro titulado “Santander” que publicó en Londres en 1927, en el que recogía las impresiones de estancia en la capital de la provincia y de sus excursiones por las rutas de Cantabria.

 

            Estos cursos promocionados por la Universidad de Liverpool, fueron la base de los cursos de verano para extranjeros organizados por la Sociedad Menéndez Pelayo, de los que fue creador y principal animador don Miguel Artigas, director de la Biblioteca. Ya en 1924 se impartieron algunas lecciones, pero la implantación formal tuvo lugar al año siguiente, 1925. Artigas recorrió personalmente varios centros universitarios de Francia y Alemania, en labor de propaganda y editaron un cartel que fue enviado a las universidades más importantes. El curso había sido proyectado para el mes de agosto, pero la insistencia de un grupo de profesores y de alumnos extranjeros, que no podían permanecer en Santander ese mes, decidió a Artigas a dividirlo en dos, uno en julio y otro en agosto. En el de julio intervinieron Artigas, el Dr. Werner Mulertt, de la universidad de Halle; Elías Ortiz de la Torre, Fernando Barreda, Gerardo Diego y Carmen de la Vega, que trataron temas relacionados con la literatura, la enseñanza y el trabajo intelectual, el feminismo, economía política, arte … enfocado hacia su desarrollo en España. La matricula fue de unos setenta alumnos, entre los que se encontraban los aportados por Mr. Peers.

 

ELOGIOS EN EUROPA

 

            En el mes de agosto fueron profesores, además de los que dictaron el de julio, el Dr. Grossmann, de Hamburgo, P. Zacarías G. Villada, Joaquín López Barreda, Ciriaco Pérez Bustamante, José Ramón Lomba y Charles Aubrun, que hablaron de la cultura oriental en España antes de la invasión árabe, relaciones entre la literatura española y la francesa, historia de la colonización española en América, literatura hispano-americana, historia de la lengua castellana, arte español, literatura contemporánea, etc.

 

            Al regreso a sus países de origen, los estudiantes y profesores que tomaron parte en estos, se dedicaron a hacer alabanzas publicas de ellos, principalmente en Alemania, donde la revista "Iberia", editada por "Ibero-mericanishes Institut", de Hamburgo, tomó a su cargo la propaganda por Europa Central.

 

            Cuando acudimos a las colecciones de periódicos para ampliar la información sobre la iniciación de los cursos de verano, nos encontramos con una total ausencia de noticias. Sólo en 1927 y en unas breves líneas, se habla de la inauguración del tercero, y de las amplias referencias sobre las jornadas regias, que se ofrecían diariamente en la prensa local, se deduce que las altas personalidades que se acogían a nuestro veraneo, tampoco les prestaban atención alguna.

 

            A pesar de la indiferencia local, continuaron en los años siguientes, alcanzando cada vez mayor prestigio. En 1928 la Universidad de Valladolid, muy vinculada a estos estudios, decidió la creación de  un Colegio Mayor destinado a que en él convivieran los alumnos extranjeros con los españoles y con este fin se habilitó una residencia en el Colegio Cántabro. Los laboratorios de la estación Biológica Marítima fuero puestos a la disposición de los alumnos de Ciencias y en 1930 se incorporó a este tipo de enseñanzas la Casa de Salud Valdecilla, con sus clínicas y laboratorios.

 

            Las clases prácticas, conferencias y cursos especiales tenían lugar en el Colegio Cántabro, De estos cursos especiales es preciso destacar los que ofrecieron en 1930 Miguel Artigas, sobre literatura española desde los orígenes hasta el siglo XIX; Pedro Salinas, que habló de la literatura española contemporánea y Tomás Navarro Tomás, sobre "rasgos esenciales de la fonética española", En las conferencias del curso de 1930 tomaron parte, entre otros, Amando Melón y Julián Rubio, de la Universidad de Valladolid y José Ramón Lomba y Emilio Alarcos, de la de Oviedo, así como José María de Cossío y el profesor alemán A. Schneider.

 

            En 1931 se centraron los temas en torno a tres cursillos: uno de fonética española, explicado por Navarro Tomás; Jorge Guillén habló sobre la poesía clásica de nuestro país y Artigas sobre "la novela española hasta el Renacimiento". El final de la segunda etapa de los cursos de verano santanderinos, tuvo lugar al año siguiente, 1932, en el que intervinieron Artigas, Navarro Tomás, Gerardo Diego, Ignacio Aguilera y Maza Solano y los profesores extranjeros Dr. Grossmann, Dr. Ruszczyuski, la Señorita Simane Bonnaire y el profesor A. Ashwortll.

 

            En 1933 se inició la labor de la Universidad Internacional de Verano, que absorbió los cursos de la Sociedad Menéndez Pelayo. Pero esto es ya historia reciente más conocida y se sale de los propósitos de este comentario.

 

Aurelio G. Cantalapiedra

 

Publicado en:

El Diario Montañés, el 11 de marzo de 1980


 

domingo, 5 de marzo de 2023

ÁNGEL IZQUIERDO. EXPOSICIÓN EN LA SALA VELÁZQUEZ

 

Ángel Izquierdo

Exposición en la sala Velázquez

 


         No es mi intención, al escribir estas líneas, hablar de la pintura de Ángel Izquierdo; sobre todo porque creo que de la pintura no es preciso hablar: o canta por si sola, o no es pintura en la acepción que nosotros la damos. Entonces, ¿por qué escribirlas?

 

         Nada más que para decirle al visitante que deje a la puerta el posible espejo orteguiano, pulido y perfectamente plano, o el bisturí del crítico, que ya vendrán estos después, debidamente armados, para hacer la vivisección de las telas y escudriñar en sus más intimas entrañas.

 

         Nosotros, visitantes nada más, utilicemos solamente la retina y ese lugar re­cóndito del cerebro humano que comunica directamente con el corazón, a donde van a alojarse las sensaciones más hermosas. Ese mismo lugar en el que se depositan líricamente las emociones del paseo por un bosque en el otoño, cuando el ruido de las hojas que pisamos se une al perfume dorado que la luz levanta en todas las cosas. Dejemos que las pinturas de izquierdo cumplan ese fin humilde y superior al mismo tiempo, de arrancar sonidos a nuestro espíritu. Visitemos la exposición con mentalidad de médico de cabecera a la antigua usanza y hagamos el diagnóstico midiendo con la vara de lo humano, que tantos éxitos cosechó siempre. Dejemos las técnicas y los valores plásticos -que son muchos- para los especialistas. Nosotros limitemos nuestros pasos a ver la obra de un hombre, con toda la grandeza y servidumbre que hay en ello. Entre­mos a tomar parte en los juegos de sus personajes o a morar, por lo menos unos momentos, en las casas de sus paisajes; casas apiñadas, como rebaños defendiéndose del entorno; casas con vida dentro, con humo en las chimeneas... Dejemos a la puerta el ángel del trío espejo o del bisturí acerado, para entrar de la mano del ángel apasionado, del ángel ardiente, de ojos y corazón muy abiertos.

 

         Ya vendrá quien nos hable de resonancias de Picasso, de Juan Gris, de Vázquez Díaz. Nosotros limitemos nuestra visita a dejarnos inundar por la emoción de lo que estamos viendo, que es la obra de un hombre sencillo, que pinta con devoción cosas admirables; que sabe, con humildad, que está haciendo camino al pintar.

 

 


 

Publicado en:

Catálogo de la exposición en la Sala Velázquez de Santander, marzo de 1975

 

Incluido en el libro: Torrelavega. Érase una vez el arte… los artistas y el mundo que les rodea. Editado por el Ayuntamiento de Torrelavega 1999

 



lunes, 27 de febrero de 2023

En memoria del escultor Muro Muriedas, poeta de la gubia y la madera

 

En memoria de Muriedas

            Hace unos días me comunicaba mí amigo el poeta Julio Sanz Saiz, que estaba preparando la fiesta anual de la poesía, y que este año iba a ser dedicada al escultor Mauro Muriedas. ¡Qué entrega la de Julio a este acto todos los años y qué buena idea la de recordar al inolvidable Mauro, gran poeta de la gubia y la madera!

            A mí memoria vino un artículo que publiqué hace más de un cuarto de siglo, el día de la poesía de entonces, mientras se mostraba al público una exposición de la obra de Mauro “No, no es pura coincidencia que después de tantos años, una exposición de Mauro Muriedas nos haya llegado al mismo tiempo que la primavera y la poesía”. Así empezaba aquel artículo, en el que en otro párrafo continuaba: “Yo he estado viendo, durante cerca de cuarenta años, cómo a Muriedas los árboles que tocaba con su gubia se le convertían en poesía... Antes de que el árbol soñara con ser escultura, sólo y nada menos que cuando todavía era árbol, cuando los ojos de Muriedas acariciaban el tronco predestinado, las manos recias, pero siempre tiernas del escultor ya sentían la morbidez de la madera. En este ir del árbol a la poesía que son sus esculturas, han transcurrido estos largos años de su vida”, cortados dolorosamente hace una década, cuando ya era entonces solo el hombre derrumbado, pidiendo un hueco, para siempre, entre las criaturas que habían salido de su mano, cuya imagen se agolpaba, en aquella hora de su muerte, en mí memoria.

            Fue el momento en el que el recuerdo imperecedero volvía a la mente. Cuando el escultor cesaba en sus golpes con la gubia en la madera, entornaba los ojos; ya había un atisbo en la obra proyectada, empezaba a oírse la poesía.  “Calla como si escuchara, pero no escucha porque toda la música la lleva dentro”, escribí entonces, empujando el recuerdo. “Como Fray Angélico, sentirá la necesidad de arrodillarse ante su obra, se humillará, pedirá perdón por haberla creado, porque teme por sus criaturas”.

            El recuerdo se une ahora al homenaje. Su vida fue una curva de circunstancias en las que se iba proyectando una teoría de amarguras, desde un temple único que nacía de la fe en sí mismo y en un derroche de fuerza plástica y de amor a los demás.

            Cuando le vi por última vez, dormitando tendido sobre la cama Mauro estaba tallando en ese momento, para la eternidad, con la humildad acostumbrada, su propia figura, en un silencio irrepetible, en el que el golpe de la maza sobre la gubia era ya tan sólo cosa de ángeles.

            Gracias, Julio Sanz Saiz, por este recuerdo que ahora nos traes, del gran poeta de la gubia y la madera, en la fiesta anual de la poesía.

Este artículo se mandó a la prensa con el título: 

En memoria del escultor Muro Muriedas, poeta de la gubia y la madera

Publicado en:

El Diario Montañés, 27 de febrero de 2001

 


 

martes, 14 de febrero de 2023

La poesía española de postguerra

 

La poesía española de postguerra

 

 


 

         La literatura española contemporánea presenta tres momentos singulares, que monopolizan prácticamente todos los estudios literarios aparecidos en lo que va de siglo: el correspondiente a los escritores de la generación del 98. el de los poetas del 27 y el de la poesía española de posguerra. Los tres han provocado una extensa bibliografía muy difícil de abarcar ya en su conjunto. Pero, es posible que, de las tres épocas citadas, sea relativamente la más amplia la que se refiere a la última. Las trágicas circunstancias que la precedieron y las no menos dolorosas en que se movió, la proporcionan un interés humano, al margen del propiamente literario, que es preciso no perder de vista al enjuiciar su importancia. No pretendemos con este comentario rebajar la categoría literaria de la poesía de los años cuarenta, que fue mucha; simplemente, queremos llamar la atención sobre una situación que ha contribuido a acrecentar su interés. Estarnos convencidos de que transcurridos los años necesarios, cuando los valores humanos dejen de provocar un eco emocional en los lectores, porque estos no sintonicen ya aquellas vivencias, su valor poético se destacará con la luz propia y potente que tiene.

 

         La poesía española de posguerra ha sido un goteo constante en las librerías y en las publicaciones periódicas. En los años cuarenta son las revistas especializadas las que se encargan de ir preparando las bases para los estudios que vendrán después. Las puramente poéticas (más de cincuenta se pueden contar en esa década) y las de literatura en general, como "La Estafeta Literaria", "Escorial", "Cuadernos de Literatura Contemporánea", "Ínsula", etcétera, recogen ensayos y artículos que van dando cuenta, sobre la marcha, de la poesía que está viendo la luz a partir de nuestra guerra civil y se producen encendidas y saludables polémicas. Los años siguientes nos traen nuevos poetas y nuevas maneras de hacer y entender la poesía, y, sobre todo, el necesario sosiego para ir entendiendo lo que se dijo o lo que se dejó de decir en los años anteriores; es el momento en que la poesía de posguerra empieza a entrar en la historia. La serie de libros que miran ya desde esa altura la poesía española de los años cuarenta, se cierra hoy con un libro del profesor Víctor G. de la Concha, que acaba de publicar Ediciones Prensa Española. Su autor corona con él una entrega entusiasta de muchos años de labor, cuyo resultado con quinientas páginas de documento, agudo y riguroso estudio.

 

         Aun cuando, como hemos indicado en líneas anteriores, los libros sobre la poesía de postguerra son numerosos, pocos como este del profesor De la Concha han llegado a reunir crítica e historia en una necesaria interrelación, para ofrecer una visión completa de la época. Su autor no vacila en recurrir a la anécdota para recuperarla y dándola la necesaria categoría, incorporarla a la historia. Panorama poético de la preguerra; poetas ante las ruinas; refugiándose en la intrahistoria; "si Garcilaso volviera"; los espadañistas, son otros tantos títulos de algunos de los capítulos del libro, en los que, al lado de juicios certeros sobre los diversos movimientos poéticos, nos ofrece datos de primera mano relativos a algunos de los personajes y situaciones del momento. Alrededor de ellos, encontrará el lector toda la historia de nuestra poesía inmediata a la guerra civil, seriamente documentada, comentada por un agudo crítico y analizada con rigor científico.

 

         Queremos destacar el último capítulo del libro, en el que su autor estudia la "Quinta del 42", centrándose en los poetas montañeses José Luis Hidalgo, José Hierro y Julio Maruri, a los que Leopoldo Rodríguez Alcalde había dedicado ya unas páginas de su libro "Vida y sentido de la poesía actual" (1956). El profesor De la Concha se introduce en "la metafísica sensorial de José Luis Hidalgo", en "el realismo existencial de José Hierro" y en "la engañosa ternura de Julio Maruri" y de una manera magistral va ofreciéndonos una clara y profunda interpretación de los tres autores montañeses, dejando constancia de la parte que les corresponde a los tres en la rehumanización de la poesía española de posguerra.

 

         En resumen, un libro indispensable, tanto para el conocedor del tema, como para los que quieran iniciarse en el mismo, en el que encontrarán pistas seguras y debidamente desbrozadas.

 

 

Publicado en: El diario Alerta, 14 de febreo 1974Macintosh HD:Users:nacho:Desktop:books.jpgMacintosh HD:Users:nacho:Desktop:books.jpg

domingo, 5 de febrero de 2023

El General Castañeda

 

Don Ramón de Castañeda, el general romántico

Cien años de su muerte

 

 


 

         De nuestros años de adolescencia, de nuestras horas pasadas en la Biblioteca Popular de Torrelavega, recordamos los comentarios que oímos en diversas ocasiones a los que entonces la regían, hablando del archivo del general Castañeda. La Biblioteca era depositaria de este archivo, que nosotros no llegamos a conocer y de un traje del general que nuestros ojos infantiles veían con asombro. Un grabado de la época en el que se representaba a Castañeda en el campo de batalla, contribuía a llenar la leyenda de aquel personaje. ¿Quién era el general Castañeda? ¿Por Qué se le distinguía conservando sus recuerdos y papeles?

 

         Por lo pronto, se trataba de un general del siglo XIX; de un general que había tomado parte activa en las luchas civiles que ensangrentaron el sueño de España. Esto era más que suficiente para nuestro espíritu romántico. Las aventuras vividas por carlistas y liberales nos eran conocidas por las novelas de Baraja y Valle Inclán, y Castañeda se convirtió así para nosotros, en un personaje de carne y hueso de los libros que leíamos. Además, había nacido en Torrelavega. Teníamos reunidos todos los ingredientes precisos para hacer de él nuestro héroe.

 

         (Pisano, el pintor, quería hacer un retrato del conserje de la Biblioteca vestido con el traje de don Ramón de Castañeda, pero no, no podía ser -decía Pisano- porque Isidoro, el conserje, tenía aspecto de general carlista y Castañeda había sido liberal).

 

         Así vimos al general Castañeda en nuestra adolescencia; a través del misterio de unos papeles encerrados en una caja - ¡qué dirían aquellos papeles! -; deslumbrados por su traje y un poco envidiosos ante aquella apuesta planta varonil del grabado.

 

         Pasaron los años y Pablo del Río Gatóo nos desveló el misterio; buceó en los intrigantes papeles y nos fue dando noticias fehacientes del romántico general.

 

         Don Ramón de Castañeda y Fernández había nacido en Torrelavega, en la casa solariega de la calle de Herrerías, el 12 de abril de 1788. Sus padres eran don Francisco de Castañeda y Cornejo y doña Ana María Fernández de Palazuelos. La infancia del futuro genera transcurrió en nuestra vieja puebla, en la casa en que nació, vecina del solar del duque del Infantado, señor de la Vega. Cuando cumple los 20 años ingresa en el batallón de Tiradores de Castilla y empiezan sus vicisitudes bélicas. Napoleón ha invadido España y sus tropas llegan a nuestra provincia. Don Ramón de Castañeda es nombrado teniente de infantería por el presidente de la Junta de Armamento de Santander y a las órdenes del brigadier Juan Díez de Porlier interviene en diversas acciones, que se extienden a la provincia limítrofe de Vizcaya, donde es herido. Cuando terminan las luchas de la guerra de Independencia, ostenta la graduación de capitán.

 

         En junio de 1836 es ascendido a coronel y en octubre del mismo año a brigadier. En 1839 se libra una encarnizada batalla en la zona de Ramales, de la que salió victorioso en su nuevo cargo de mariscal de campo que le sirve para que un año antes de su muerte, en 1871, le fueran premiados los servicios en aquella acción con el título de conde de Udalla. En 1854 llegó a dignidad de teniente general.

 

         Castañeda era un hambre de sólida formación liberal, de la que no abjuró en ningún momento lo que le hizo vivir las vicisitudes y vaivenes de los Gobiernos de la época. Fue uno de los hombres fuertes de Espartero y cuando don Juan Prim desde el exilio, preparaba su venida a España, nombró a don Ramón de Castañeda general en jefe de todas las fuerzas que pudieran ponerse en pie de guerra en Castilla la Vieja.

 

         El 11 de marzo de 1872 dejó de existir, a los ochenta y tres años de edad, en la misma casa de Torrelavega en la que había nacido. Pablo del Río nos dijo de él en reciente trabajo, que hizo público en un diario de la provincia: «Hemos de considerarlo como hombre de visión romántica que siguió el itinerario del viento de la época, derramando su sangre generosa cuantas veces la patria lo necesitó; prototipo de los militares sanos y valientes de su tiempo y portador de las virtudes del hidalgo montañés de rancio linaje, a quien tocó compartir activamente la desgarrada historia nacional del siglo XIX.

 


         Hace pocos años todavía se conservaba la puerta de acceso al Palacio de los Castañeda que durante mucho tiempo fue después alojamiento del cuartel de la Guardia Civil de Torrelavega. Sobre la puerta había dos leones que sostenían con su zarpa los escudos de la familia, uno estaba totalmente destrozado, pero el otro se conservaba prácticamente intacto. Cuando se derribó esta puerta un gesto romántico nos llevó a recoger este resto de la historia de uno de los hijos ilustres de Torrelavega. Su pueblo natal va a recordarle ahora en el centenario de su muerte con un acto académico.

 


 

Publicado en:

El diario Alerta el 5 de febrero de 1972