domingo, 29 de octubre de 2023

Cara y mascara de Gutiérrez-Solana

 

Cara y mascara de Gutiérrez-Solana

 

         Este libro, que ha llegado a manos de los lectores con un retraso ajeno a la voluntad de sus autores, ha quedado expuesto a un natural riesgo, por esta demora en publicarse. Para quienes conocían la existencia del original, terminado en fecha muy anterior a su aparición en las librerías, instintivamente se produce una agudización de la lectura critica, que le hacen quedar sujeto a una posible defraudación para quien se acerca a él. Pues bien, tenemos que declarar abiertamente, desde el primer momento, y con la mayor satisfacción, que lo que pudo ser un hándicap para su aceptación por parte del público, se ha convertido precisamente en lo contrario. La espera, que por otra parte añade emoción a lo esperado, si tarda, aquí se ha visto compensada, porque el libro de Benito Madariaga y Celia Valbuena en torno a la figura del genial pintor, proporciona un auténtico gozo. A pesar de la aridez con que forzosamente se ven sus autores obligados a presentar algunos de los temas que tratan en ciertos capítulos, no pierden sus páginas frescura y la lectura se hace agradable en todo momento, y hasta nos atreveríamos a decir que alcanza en ocasiones un encanto que no es fácil conseguir en obras de este tipo, en las que se da preferencia a lo riguroso sobre lo brillante.

 

         Nada escapa a la visión del mundo solanesco que nos ofrecen sus autores: antecedentes familiares rastreados con paciencia y sabiduría; ambiente que a lo largo de su vida rodeó al pintor configurando en cierta manera su personalidad y su arte; exposiciones realizadas, obra literaria y, sobre todo, un agudo estudio psicológico sobre Solana, basado en concienzudas bases científicas, que harán de este libro uno de los fundamentales en la bibliografía solanesca.

 

         Pero no se han detenido aquí los autores, en una exposición rigurosa de sus puntos de vista en las diversas y singulares facetas del pintor, sino que han llevado su labor hasta los límites más exigentes, ofreciéndonos también un epistolario inédito de gran interés y Una bibliografía verdaderamente exhaustiva.

 

         Tenemos que congratularnos de que las dos obras más recientes sobre José Gutiérrez-Solana, las dos plenas de aciertos, hayan salido de «talleres» montañeses: la de Rodríguez Alcalde, en 1974, y ahora esta de Benito Madariaga y Celia Valbuena, meritorias una y otra, no sólo por el esfuerzo realizado por sus autores en busca de nuevas y valiosas pistas sobre la vida y la obra del pintor, sino muy preferentemente por la originalidad y el acierto en la exposición de sus teorías.

Publicado en:

El diario Alerta, el 28 de octubre de 1976


 

 

domingo, 22 de octubre de 2023

Pido la paz y la palabra

 

Breve noticia de la primera edición de  Pido la paz y la palabra

 


            El libro de Blas de Otero Pido la paz y la palabra fue publicado en Torrelavega (Santander), por Ediciones Cantalapiedra, el año 1955.

 

            La colección «Cantalapiedra» se había iniciado en septiembre del año anterior, con la segunda edición de Los muertos, de José Luis Hidalgo. Aun cuando la colección llevaba por título mi apellido, la idea había partido de Pablo Beltrán de Heredia, el buen amigo para todos, de quien partieron entonces tantas ideas que se llevaron a la práctica sin que su nombre apareciera para nada. Juntos recorrimos el camino hasta el final de la colección en 1959.

 

            A Los muertos siguieron una Antología de José Hierro, que había visto primero la luz en una edición de bibliófilo y que le valió al autor el Premio Nacional de Literatura; después, otra Antología, esta segunda de Menéndez Pelayo, seleccionada por Carlos Salomón y prologada por Hierro, y más tarde País de la esperanza, de Rafael Montesinos. Cuando se estaban corrigiendo las pruebas de este último libro se iniciaron las gestiones con Blas de Otero para editar Pido la paz y la palabra.

 

            Fue con ocasión de encontrarse el autor en Santander, invitado por el Centro Coordinador de Bibliotecas para dar una conferencia dentro del ciclo organizado con motivo de la Fiesta del Libro; era el mes de abril de 1955. Beltrán de Heredia le habló de la colección que habíamos iniciado y convino con él en que nos iba a mandar un libro que acababa de terminar.

 

            Hasta aquel momento, Blas de Otero había publicado una plaqueta en 1941, en Pamplona, con el título Cuatro Poemas; en 1942, en San Sebastián, Cántico espiritual, y en 1943, Poesías de Burgos, en la revista Escorial. Tendrían que pasar ocho años desde aquel Cántico espiritual -que estaba en la línea de San Juan de la Cruz no sólo en el

título-, y 1950, fecha de Ángel fieramente humano; y uno más para Redoble de conciencia. Entre una y otra fecha, en esos ocho años que van desde 1942 a 1950, la poesía que se publica dentro de España empieza a levantar de su letargo y, sobre todo, se producen las primeras reacciones a la expansión oficial del garcilasismo, que estaba siendo asistido y promocionado desde las esferas culturales del gobierno. En la mente de todos están los autores y títulos importantes de esos años.

 

            El texto que envió Blas de Otero provocó en nosotros serias dudas en cuanto a la viabilidad de su edición, ya que había versos, y hasta poemas enteros, que difícilmente podrían pasar sin ser tachados por el lápiz rojo del censor. Se hacía preciso cuidar mucho todas las referencias a cuestiones religiosas, que en un poeta de las condiciones de Blas de Otero eran frecuentes. Tenía que prevalecer la prudencia, ya que no era aconsejable topar con la Iglesia. El poeta fue sometiendo el libro a una autocensura que le haría más digestible oficialmente. Ahora pienso si nuestro temor no fuera entonces exagerado, pues el autor llegó a sustituir «religiosas sandalias», verso 28 del poema «Biotz-Begiatan», por «misteriosas sandalias».

 

            Con la misma mira puesta en la censura eclesiástica, introdujo otra corrección buscando quitar hierro al texto. Fue en la tercera estrofa del poema «Posición», en cuyo segundo y tercer verso cambió «Dios» por «sol», que en una revisión posterior limitaría al segundo verso.

 

            En una carta dirigida a Beltrán de Heredia, Blas de Otero hace unas consideraciones sobre este segundo cambio: «He puesto 'dios' en vez de 'sol', como en la primera versión. A ver si nos entendemos, con serenidad: lo primero de todo, el verso no es escandaloso (errata en el original) y, aunque parezca una bobada (que no lo es), yendo 'dios' con minúsculas se aminora mucho (haz la prueba si quienes con mayúsculas y verás cómo pega mucho más).»

 

            Dentro de esta misma línea de modificaciones, existe una que no tengo documentada. En el libro Expresión y Reunión, publicado en Alfaguara en 1969, el verso 13 de «Hija de Yago» dice:

 

alángeles y arcángeles se juntan contra el hombre

 

En nuestra edición, el lugar de este verso está ocupado por una línea de puntos. Pienso que sería otra supresión hecha por el poeta pensando en el lápiz rojo del censor de la Iglesia, pero no tengo papel alguno que me lo confirme.

 

            Ya en el otro aspecto, que podemos llamar en esta ocasión civil, he observado una supresión sobre la que también tengo que proceder con suposiciones. En el mismo poema «Hija de Yago» de nuestra edición, el cuarto verso de la segunda estrofa dice:

 

pisaba, horrible, el rostro....

 

con esos cuatro puntos suspensivos al final. En el texto que se publicó recogiendo el discurso pronunciado por Emilio Alarcos Llorach en la Universidad de Oviedo, con motivo de la apertura del curso 1955-56, en el que trató de la poesía de Blas de Otero, este verso se completa así:

 

pisaba, horrible, el rostro de América adormida

 

Me acerco a creer que la supresión fue también de cara a la censura, pues eran unos años en que América no podía ser ofendida, ni con tan inocente verso.

 

            Es preciso recordar el contenido del libro y que estábamos en 1955 para comprender nuestras angustias ante la posibilidad de no poder incluir en la colección un texto de tal categoría poética, y ¿por qué no decirlo?, de tanta carga de interés sociopolítico. A quien conozca el libro, a sus editores y las circunstancias que se vivían, no puede extrañar el interés que poníamos para conseguir la publicación.

 

            Sin detenerme a insistir en la importancia de este libro en el conjunto de la obra de Blas de Otero, no sólo desde el punto de vista poético, sino también como reflejo de la consolidación de una evolución ideológica del autor, sí me parece necesario recordar, muy brevemente, además del momento poético a que he aludido, algunas circunstancias histórico-políticas que nos ayudarán a completar el escenario y a comprender el interés que despertó el libro, no solamente en sus editores, sino entre sus lectores. Por ejemplo, la entrada de Joaquín Ruiz Jiménéz en el gobierno, en 1951, y nombramiento de rector de la Universidad de Madrid a favor de Pedro Laín Entralgo, quien iba a favorecer la iniciación del Congreso Nacional de Estudiantes Libres en un intento de apertura, que sería cortado pronto y de forma contundente. España firma, en 1953, el tratado de ayuda económica con Estados Unidos, que instalaría bases militares en nuestro país. En 1956, España es admitida en la ONU. En 1956, Dionisio Ridruejo, como continuación de unas gestiones realizadas en París, en 1953, con gente del exilio, trata de crear un plan coordinado de actuación de los adversarios del franquismo. En líneas generales se puede decir que se estaba intentando abrir una grieta en el monolítico régimen franquista, en un momento que el acercamiento de la democracia yanqui parecía hacerlo propicio.

 

            En aquel original que nos había entregado, había poemas que, a pesar del simbolismo en que estaban envueltos, las alusiones eran claras. Pensemos, por ejemplo, que en el final del titulado «Sobre estas piedras edificaré... », se dice:

 

Retrocedida España

agua sin vaso, cuando hay agua; vaso

sin agua, cuando hay sed; «Dios que buen

vassallo

si oviesse buen... ».

                                                                       Silencio.

 

Los versos del Poema del Cid intercalados por Blas de Otero, son suficientemente conocidos para comprender la intención del autor; los puntos suspensivos que sustituían a la palabra «señor» todos sabíamos a qué señor se referían.

 

            El texto definitivo fue enviado a José Hierro, a Madrid, para que le presentara a la censura. Blas de Otero dice en una carta de entonces a Beltrán de Heredia: «Confío en que Pepe Hierro lo haga de la mejor manera. Se lo agradeceríamos.» Y termina la carta: «Que los dioses nos asistan, diablo.», que era algo así como colocar una vela a Dios y otra al demonio para que nos protegieran por dos flancos.

 

            El contrato de edición se firmó con el autor el 28 de octubre de ese año 1955, Y en él se fijó la tirada en dos mil ejemplares, aun cuando a la censura se le comunicó oficialmente que no eran más que 500, porque esta reducida cifra de edición pensábamos que nos favorecía para la consecución del permiso, que nos fue otorgado a mediados de octubre.

Todavía Blas de Otero quiso introducir algunas modificaciones en sus poemas a medida que corregía pruebas. En el poema «En castellano», pretendía suprimir los versos 8 y 9:

 

A las puertas del mundo estoy llamando

mientras la sangre avanza.

 

Y en el verso 11, que estaba escrito

 

arden las rosas de los muertos

 

cambiar «rosas» por «frondas», pero se le convenció de que no podía mover ni una palabra, pues podría ocurrir que con ello se dieran facilidades a la censura para recoger el libro después de editado.

 

            El 17 de diciembre quedó terminada la tirada y ese mismo día salió Pablo Beltrán de Heredia para Madrid, con el objeto de gestionar en la Dirección General de Información el permiso de distribución, que fue concedido el día 22, procediéndose seguidamente a su venta apoyados en una tarjeta de felicitación de Pascuas en la que se reproducía la portada del libro.

 

            Esto es la historia resumida de la primera edición de Pido la paz y la palabra, libro con el que Santander quedó unido de alguna manera a la vida de su autor.

 Publicado en:

La revista Peña Labra nº 33, otoño 1979


 

domingo, 15 de octubre de 2023

LA ACUARELA Y LOS PINTORES MONTAÑESES

 

LA ACUARELA Y LOS PINTORES MONTAÑESES

 


Cuando José Cataluña me pidió que preparara una introducción para esta exposición y que tratara en ella de la pintura a la acuarela en los artistas montañeses, me sorprendió un poco, y así se lo confesé, porque no encontraba, en principio, que hubiese base suficiente para desarrollar este tema refiriéndole a la historia de la pintura en nuestra provincia. Por muy breve que fuese mi intervención -que lo va a ser-, no se me ofrecía el camino fácil, ya que, como vamos a ver, nuestros hombres del arte no han sido acuarelistas netos, salvo en época reciente. Después le di algunas vueltas en la cabeza y tras de situarme sobre todo ante la realidad de que y no le puedo negar nada a esta familia Cataluña, a la que me unen muy estrechos y largos años de amistad y de afecto, acepté el compromiso.

 

Y aquí estoy para decirles a ustedes, principalmente, lo que acabo de comentar: que la técnica de la acuarela no ha aparecido en los pintores montañeses, como dedicación exclusiva, hasta hace relativamente poco tiempo. ¿Por qué esta ausencia?

 

Antes de contestar a la pregunta planteada, veamos un momento, en breve repaso, qué pasa con la pintura a la acuarela y cómo la enfrentan los artistas españoles en general.

 

Así como en ciertos países orientales se valoró y estimó la acuarela debidamente en nuestras latitudes se la ha venido considerando como un arte menor. Yo no estoy totalmente de acuerdo con esta postura, pero es un hecho real que todos sabidamente, en nuestras latitudes se la ha venido considerando como un arte menor. Yo no estoy totalmente de acuerdo con esta postura, pero es un hecho real que todos sabemos y que hay que aceptarle como tal. Nos han acostumbrado a pensar que la técnica a que nos vamos a referir esta noche, ha ido siempre muy bien para ser practicada por señoritas. Esta postura machista, que alcanzó su auge el pasado siglo, en el que todo machismo tuvo su asiento, la relegó a formar parte de la enseñanza de las hijas de papás ricos en los conventos de monjas y su asimilación se estimaba como una cualidad y buena prenda de estas hijas de familia. No quiero decir que el pintor varón no empleara en algún momento la acuarela, pues efectivamente todos la utilizaron, pero más que nada para apuntes previos y toma de notas de cara a lo que consideraban la realización definitiva: el óleo o la pintura al fresco. Si a esto le añadimos el que la técnica de la acuarela la ve muy bien al paisaje y a las marinas, tendremos otro argumento para justificar su escasa presencia en nuestros museos, pues como ustedes saben, la pintura del paisaje fue considerada como género inferior hasta el último tercio del siglo XIX. El que nuestros Velázquez y Goya nos dejaran alguna muestra de pintura de este tipo, no obliga a cambiar la afirmación que antecede, ya que han de estimarse como circunstanciales.

 

Iban a ser precisamente los pintores del siglo XIX los que comenzaran a conceder una determinada valoración a este género, como consecuencia de la llegada a nuestro país de obras que causaron asombro en los ambientes artísticos, realizadas con esta técnica por los maestros ingleses y, sobre todo, por la influencia que iba a ejercer en su época la fabulosa figura de Fortuny, maestro de la acuarela, que llegó a ser admirado y seguido en Italia y en Francia. Al lado de Fortuny no puede dejar de citarse, situándose a caballo entre los siglos XIX y XX, a Rosales, del que quedaron muy serias y magnificas obras, así como a Pradilla, también maestro en este hacer. De este último, nuestro Museo Municipal conserva una preciosa muestra.

 

Cuando Kandinski pintó en 1910 la primera acuarela abstracta, dio un serio aldabonazo por ese camino y desde entonces raro es el pintor que no ha incorporado a su producción la técnica que hoy nos ocupa, con mayor o menor fortuna y más o menos abundantemente.

 

No se puede negar la evidencia de que en el mercado del arte las cotizaciones más altas están reservadas para el oleo. Esto es justo desde un punto de vista, ya que esta técnica es más compleja, su ejecución exige un periodo dilatado y su resistencia al paso del tiempo es grande como una consecuencia directa de los materiales empleados, aunque a este respecto no se puede olvidar que como decía Gaya, el tiempo también pinta. Pero me parece que ya va siendo hora de que la pintura a la acuarela sea sacada de ese getto en que ha estado hibernada, de ese corsé artificial, delicado y femenino, en que se la constriñó. Los hallazgos que han hecho los pintores contemporáneos, visto desde aspectos técnicos, creo que están consiguiendo ya para la acuarela el lugar que le corresponde en el mundo del arte. Precisamente en estos días se está celebrando en Madrid una exposición colectiva de acuarelas de artistas españoles que cito por lo que puede tener de significativo.

 

No quiero cerrar este brevísimo comentario sobre lo que ha significado este tipo de pintura en el arte español, sin recordar para ustedes una frase del pintor y profesor Stolz, quien decía que esta técnica era algo así de importante como la navegación a vela, porque exigía una doble destreza: la del oficio –manejo directo de los materiales y sus procesos y reacciones- y la de su realización, donde se pone de manifiesto la personalidad del pintor. Las técnicas del agua exigen pleno conocimiento técnico y capacidad de improvisación.

 

Quizás ahora estemos ya en mejores condiciones para contestar a pregunta que nos hacíamos planteándonos la ausencia de la acuarela en nuestros pintores montañeses primeros.

 

Como complemento a las justificaciones que he alegado anteriormente  para razonar la poca importancia que se le otorgó a la pintura al agua, habremos de añadir, por lo que se refiere a la pintura montañesa, que, dejando a un lado a los pintores prehistóricos de Altamira y Puente Viesgo, que no vienen al caso, los orígenes de nuestra pintura provincial están al alcance de la mano que hasta finales del siglo XVIII no se puede contabilizar a un pintor destacado, como fue José de Madrazo. Quiero decir con esto que este periodo tan corto no habrá dejado de influir en alguna forma sobre su evolución.

No obstante, yo creo que en general ha seguido el mismo camino que en el resto del país. De Casimiro Sainz, por ejemplo, no existe ninguna acuarela; al menos yo no la conozco, a pesar de su transcendente significación en la época decimonónica. Dice de Casimiro el profesor Joaquín de la Puente que quizá ello se deba a que tampoco debió de cultivarlo demasiado su maestro, Vicente Palmaroli. Tampoco las conozco de Manuel Salces. De Tomás Campuzano el admirable grabador, he tenido ocasión de ver hace muy pocos días una preciosa obra realizada con este procedimiento, de cuyo examen se saca la conclusión de que fue una lástima que el ambiente y los criterios de aquellos años no le animaran a pintar acuarelas con profusión. Algo acuareló Agustín Riancho; sus dibujos a pincel y tinta tienen talante de acuarela, pero debió de parecerle solo apropiada para el apunte de estudio.

 

Como podemos comprobar, y como dije antes, no es ni más ni menos que lo que hacían los demás pintores de su época.

 

A los que vinieron detrás, tampoco se les puede incluir en una nómina de acuarelistas, porque no lo fueron. De Ricardo Bernardo siempre recordaremos su dominio del dibujo; de María Blanchar sus deliciosas pinturas al pastel que nadie ha dominado como llegó a hacerlo ella; de Gerardo de Alvear, los óleos, poéticamente velados. Pancho Cossío trabajó mucho con técnicas de agua, pero orientadas hacia los gouaches. De Antonio Quirós recuerdo algunas aguadas de sus primeros años. En ningún momento aparece en ellos la acuarela como forma de expresión importante.

 

Habría de ser en el año 1946, cuando Manuel Liaño hizo una exposición en Santander, la primera vez que se presentaba al público un conjunto de pintura realizado totalmente a la acuarela; es decir, un artista montañés se anunciaba única y exclusivamente como cultivador de este género. Hasta entonces solamente se habían pedido ver en el Ateneo, en contadas ocasione, muestras en las que aparecía alguna acuarela arropada entre otras técnicas de ejecución pictórica, pero en ninguna con el realce que adquirió en esta exposición de Liaño, que llegó a representar el ejemplo a recorrer por otros y en la que se apuntaba certeramente hacia lo que podía ser una escuela de pintura montañesa.

 

Había, y hay, en la obra de este artista, señorío en la composición, refinamiento en la ejecución y, sobre todo, en las tenues pinceladas, todavía inseguras entonces, nerviosas, de aprendiz de brujo, se estaba reflejando como en un claro espejo, el verso de José María de Aguirre y Escalante, "musa del septentrión, melancolía", que había sido de algún modo lema para definir la poesía montañesa y que podía serlo para la pintura. Era una manera común a todos los pintores del Cantábrico, de enfrentarse al paisaje, pero esta vez con acuarela. Gerard Diego, al ver cierto apunte al agua del asturiano Nicanor Piñole, escribió un comentario que podemos tomar como certera definición de la acuarela de Liaño: " un apunte de niebla -dice nuestro poeta-. nunca vi joya comparable. La niebla invadía todo el rectángulo, pero de su seno iba naciendo, nacía sin cesar, el balbuceo de un paisaje de tenuísimos verdes, praderas, rocas en verdad virginales que ya estaban siendo y todavía no eran del todo." Es la melancolía común a las tierras del norte, que Gerardo detectaba en la obra de Piñole y que pudo encontrar también en la del otro asturiano singular, Evaristo Valle, o en la de nuestro Gerardo de Alvear.

 

Cito nuevamente a Casimiro Sainz, porque cuantas veces me he planteado el problema de la pintura montañesa, me ha servido Casimiro para confirmarme en mi creencia de que se puede encontrar en él un ejemplo que nos lleve a una característica manera de hacer y entender el arte montañés, independientemente de otras facetase. En Casimiro Sainz se dan dos formas de interpretar el paisaje; una, dentro de lo que vengo llamando la melancolía que imponen las nieblas septentrionales. Es su época anterior a la estancia en Madrid, porque el pintor, cuando llega a la capital de España habría de enfrentarse radicalmente con algo que ya había percibido en su Campóo natal, en momentos en que el sol canta con fuerza y las claridades no dejan lugar a ensoñaciones. Antes había quedado plasmado en sus lienzos el reino de las nieblas, donde los grises aparecen en una gama infinita, a veces inconcebible para los ojos profanos, circunstancia que también podemos rastrear en Agustín Riancho. Cuando el pintor de Ontaneda plantaba su caballete ante la naturaleza, entre los bosques y praderas de su valle de origen, se veía obligado a resolver el problema de la pátina que cubría el mundo que se abría ante sus ojos.

 

Pero volvamos a los primeros años de la posguerra. Pronto encontraríamos a otro acuarelista, Gutiérrez de la Concha; éste más realista en sus apreciaciones que Liaño. Mientras que Manuel Liaño soñaba nieblas y desvelaba misterios escondidos tras etéreas pinceladas alternadas con blancos del papel tan sugestivos como las manchas de color, Gutiérrez de la Concha se apoyaba más en la línea, en el dibujo. Son dos maneras de entender la pintura a la acuarela.

 

José Luis Hidalgo no fue ajeno en estos mismos años a este tipo de pintura y quizás podamos ver en su obra, mejor que en la de ningún otro, esa presencia de lo poético en la acuarela montañesa, por reunirse en su autor la doble condición de poeta y pintor. (y Joaquín de la Puente, que desdichadamente ha abandonado la pintura después de habernos dejado ver los primeros pasos de una obra con amplio horizonte por delante, en la que se podían encontrar estupendas acuarelas).

 

Tras de ellos vendrían José María Bárcena, del que ya se habían visto  algunos tímidos ensayos juveniles antes de la guerra; Ramón Muñoz Serra, Que ha incorporado con destreza a sus obras aspectos más concretos, como barcos y figuras humanad resueltos con una perfección y delicadeza extraordinarios; Julio Sanz Saiz, luchador infatigable, siempre en busca de perfecciones; Pérez Dann, valiente en sus realizaciones, en las que se enfrenta con grandes espacios; Beristain, Gutiérrez de la Concha, hijo, etc., cada uno con su librillo, con una visión personal de lo que es la acuarela y de lo que ofrece nuestro paisaje y siempre dentro de esa línea de íntima sensibilidad que exige esta técnica, incorporando la imprescindible veladura con que habitualmente se ofrece a los ojos artistas el paisaje montañés.

 

Pienso ahora, al terminar, si José Cataluña no habrá tenido razón al meterme en este lío, pues, por lo menos, nos ha obligado, a ustedes y a mí, a dedicar unos minutos a este tema de la acuarela tan poco cultivado, no solo por los artistas, sino también por los críticos e historiadores de la pintura. Me hago la ilusión de que con ello, ustedes y yo, y la Sala, hemos dado un pequeño empujón colectivo a la acuarela intentando acercarla al puesto de honor que debe de ocupar.

 


 Leído en la Galería Artis 2

Santander,15 de octubre de 1977


 

domingo, 8 de octubre de 2023

Ambiente literario en Torrelavega

 

Días de ambiente literario en la vida de la ciudad

 


         Con la inauguración de las exposiciones que han tenido lugar ayer, han dado comienzo los actos que se desarrollarán a lo largo de esta Semana de las Artes y de las Letras que con tanto acierto y cuidado ha preparado la comisión de Cultura de nuestro Ayuntamiento.

 

         Centrado en la figura de nuestra escritora Concha Espina va a vivir nuestra ciudad estos días en un ambiente literario y artístico de gran altura, que llevará al conocimiento de cuantos, por una u otra razón, están pendientes en el resto de España de estos actos, la altura en que se mueve nuestra actividad cultural. Al lado de las industriosas chimeneas que cada día surgen en nuestra vega, se van colocando estos hitos espirituales, que hablan del nivel alcanzado en estos temas.

 

         Concha Espina, en su dolorosa ausencia, ha sido quien ha producido este despliegue tan espléndido de estos actos literarios y artísticos, formando alrededor de su nombre, en el cálido recuerdo que todos conservamos de ella, esta Semana de las Artes y de las Letras que está siendo tan elogiada en los medios culturales de la nación.

 

         Por si fuera poco, el premio que bajo su advocación ha creado el Municipio, he aquí estas exposiciones de pintura y la serie de conferencias que se van a desarrollar; los Juegos Florales con don José María Pemán como mantenedor ilustre y el concierto de guitarra de Regino Sainz de la Maza.

 

         Todo ello merece el aplauso más sincero para la Comisión de Cultura del Ayuntamiento.

 

         Ayer, por la tarde, conforme se venía anunciando, se inauguraron las exposiciones de pintura de Eduardo Vicente y de la Joven Pintura Española, en los salones de la Biblioteca y de la Delegación de Sindicatos respectivamente, exposiciones a las que será preciso dedicar un comentario aparte por su excepcional importancia.

 

         Los actos literarios comienzan hoy con la intervención del culto hombre de letras torrelaveguense, don Julián Urbina, quien hablará de Torrelavega apasionadamente, que es como, al fin y al cabo, debemos hablar todos los que aquí hemos nacido.

 

Publicado en:

El diario Alerta el 6 de X de 1955

Incluido en el libro “Torrelavega de historia, literatura y Arte” 2006


 


domingo, 1 de octubre de 2023

“LENTA ESTRELLA” - ANGEL SOPEÑA Y SU POESÍA

 

EL LIBRO “LENTA ESTRELLA”

DE ANGEL SOPEÑA Y SU POESÍA

 


            “Pétalo a pétalo los sueños”. Así nos trae Angel Sopeña los sueños, sus sueños, en admirable alarde de poesía, con los recuerdos que viven soterrados en los versos de Lenta estrella. Pocas veces la vida transcurrida, que hoy la vemos en escondido pasado, surge ante nosotros con claridad de eco reciente como en esos poemas. “Cercado de palabras o vestigios de palabras” (son expresiones suyas también), es la vida del poeta ante la realidad que las circunda y nos dejamos llevar por esa estrella que lenta pasa ante nosotros, iluminando su pasado y el nuestro cuando nos acercamos a sus versos.

 

            No es fácil luchar con ellos que brillantemente trazados, tratan de acercarnos a una existencia del poeta que se antoja confusa. Primero Santander y el Cantábrico lugar de su nacimiento; después Valencia y el Mediterráneo, con aquella luz que en palabras de Ana Belén Rodríguez “condicionará todos los recuerdos que presidan posteriormente sus poemas”; más tarde Torrelavega, la familia, los amigos, la madurez, con lo que esto ha aportado a su poesía. Esto y su alma de poeta, revestida con la melancolía y la memoria deslumbrada.

 

He poblado mí vida de recuerdos,

he mantenido alerta la memoria

para que no me abandonaran.

 

            Todo envuelto en el influjo de la música que apareció de manera destacada en su libro Papeles privados, publicado en el año 2000.

 

            Vayamos al libro Escrito sobre el agua de Ana Belén Rodríguez, que nos ayudará a penetrar hasta el fondo en la poesía de Angel Sopeña.

 


Publicado en:

El Diario Montañés, 1 de octubre de 2003

 


domingo, 24 de septiembre de 2023

Palabras para abrir un libro de versos - RESRRECCIÓN - Luis Díaz González-Viana

 

Palabras para abrir un libro de versos

 

 

         Yo conocí a Luis Díaz poco después de haber leído este libro. Vivió en mi casa unos días. Sus palabras fueron nada más que suave soplo, silencio apoyado en frágiles nubes. Palabras y silencio que no presagiaban vientos violentos. Sin embargo, de aquel hondo callar, tierno, delicado, habían surgido estos duros versos. Pensé entonces que algo estaba roto dentro; quise averiguarlo, preguntar, profundizar con mi palabra en su silencio para poder decir algo concreto.

 

Me contestó el poeta: ahí están mis versos.

 

         Volví a leerlos. ¿Tanto dolor que redimir, tanto amor que resucitar, tanta muerte?, ¿todo dentro de tanto silencio?

 

Insistió el poeta: ahí están mis versos.

 

         Todo esto es lo que puedo decir de Luis Díaz. Si le conocierais, sabríais por qué lo afirmo. Si leéis el libro, comprenderéis, por lo menos, lo que hay en sus versos. Lo demás son palabras y silencio.

 


Publicado en:

Prologo al libro “Resurrección” de Luis Díaz. Edición de autor en 1971

 


domingo, 17 de septiembre de 2023

CASIMIRO SAINZ Y AMANUEL SALCES

 

NOTAS DE APROXIACIÓN A

CASIMIRO SAINZ Y AMANUEL SALCES

 


            Vuestro Alcalde ha tenido la gentileza de invitarme a ocupar esta tribuna, en los momentos de las fiestas patronales de la ciudad y yo no he vacilado en aceptar, preparando un trabajo que pienso que pueda resultar grato a los oídos de los habitantes de Reinosa. Se trata de unas notas de aproximación a Casimiro Sainz y a Manuel Salces y están concebidas como homenaje de admiración hacia el pintor Ramón Muñoz Serra, cuya magnífica exposición acabamos de inaugurar.

 

            No he vacilado en aceptar, como os decía, en primer lugar porque creo que nadie debemos negarnos a una llamada que tenga carácter cultural y en segundo termino, porque la invitación partía de Rodríguez-Cantón y esto para mi implicaba ya una obligación ineludible a la que era preciso hacer frente. Hace años que conozco a Cantón y se de su dedicación entusiasta y de su preocupación por todo aquello que esté relacionado con la cultura de Reinosa. He estado al corriente de su labor en este sentido, que tendría también la proyección siempre fatigante, y en ocasiones ingrata, de hacer una revista periódica. Son méritos que yo se que se reconocen en él, pero me creo en el deber de resaltarlos porque es justo y a veces necesario. Les aseguro que este esfuerzo de Reinosa en las últimas décadas, ha trascendido más allá de vuestras hermosas montañas; el Ebro y el Besaya no solo han bajado agua por sus cuencas: con ella ha bajado también el eco de este quehacer espiritual y en la brecha de tan encomiable actividad, siempre se ha reconocido la mano del que hoy es vuestro Alcalde.

 

            Ese entusiasmo que le desborda, ha sido, sin duda, el que le ha llevado a invitarme a hablar en esta Casa de Cultura, sin meditar debidamente el que pueda haber algún mérito por mi parte para hacerlo en tan señalada ocasión. Pienso, en mi descargo, que todos y cada uno de nosotros podemos, recíprocamente, enseñarnos algo, aun cuando venir a hablar aquí de Casimiro Sainz y de Manuel Salces resulte un poco como aquello de llevar hierro a Bilbao. Yo les ruego que tomen mis palabras como el deseo ferviente de provocar el que Vds. y yo dediquemos un tiempo de estas fiestas a recordar a los dos maestros del paisaje. De todas las maneras, vayan sobre las anchas espaldas de Rodríguez-Cantón los minutos más o menos pesados que les voy a proporcionar.

 

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            Cuando desde las tierras bajas de la provincia, de las que vengo, se sube en el otoño en busca de la meseta y se acerca uno a Campoo, hay un momento en que el paisaje cambia totalmente, no solo en cuanto a color, sino también cuanto a los elementos que le componen. Se dora la luz y la naturaleza se torna en amarillo; una mano misteriosa limpia el aire y todo resulta estremecedoramente transparente. Entramos de pronto, en el reino del paisaje, de la claridad sorprendente; los árboles son arboles y las veredas, veredas. Canta el sol con fuerza y el gris desaparece. El horizonte se alarga, surgen los álamos y unas montañas lejanas, azules, cierran el contorno. Por esto, la retina de los hombres de Campoo aprende, desde que se abre al mundo, que aquí la luz es luz en todo su esplendor y en toda su belleza. Lamentamos que nuestra opinión en este sentido difiera de la de nuestro buen amigo José Simón Cabarga, quien en el meritorio libro que dedicó hace unos años a Manuel Salces, decía que la retina campurriana está habituada a la luz gris. Aun cuando lleváramos nuestro comentario al invierno, sería preciso reconocer la fuerza luminosa de lo blanco resplandeciente que envuelve, también en esa época, a estas tierras.

 

            Si pensamos que esto es así, si pensamos en la singularidad de vuestros campos, ¿qué de extraño tiene que consideremos al campurriano como un ser consustancial con su paisaje? Los hombres somos esclavos de la geografía. El mar, dicen que hace marinos; ascetas, la meseta; la montana, soñadores; el gris de las nieblas, hombres melancólicos. Allí donde la luz es reina, nacen los hombres del paisaje. Campoo es paisaje y sus hombres obedecen a esta regla que les modela. Ved, sino, una página escrita por un campurriano de pro, por uno de los vuestros, en el que el paisaje ha pesado hondamente; Miguel Ángel García Guinea, a quien me refiero, escribió un día estas líneas: “El fervor, casi la locura, que yo he tenido y tengo por las montañas, por los montes cargados de robles, por los hayedos que yo descubría en tardes inenarrables, se debe, casi en su totalidad, al contacto íntimo, continuo, directo y hasta enervante con este mundo natural…” Y más adelante: “… los ríos, este río Hijar que oiría despeñarse desde su misma cuna, el fervor de lo limpio, de lo salvaje y lo puro; los hayedos solitarios y húmedos, por donde el sol entra apenas tamizado de luces, la tranquilidad suficiente para pensar en el misterio del mundo…”

 

            Estas palabras son solo una muestra, pero distinguida, de cómo un hombre de Campoo siente el paisaje; una demostración de lo consustancial que es la devoción por él en los habitantes de estas tierras. Podríamos, incluso, llegar a decir que de tal manera se vive aquí el paisaje, que sus habitantes se sienten parte de él; que el hombre de Campoo es paisaje en su paisaje.

 

            Después de escritas estas notas, ha llegado a mis manos el magnífico programa de fiestas que ha editado el Ayuntamiento de Reinosa y he podido ver, con satisfacción, la confirmación de estas palabra en algunos de los trabajos que se publican en el mismo. Saturnino Diez, por ejemplo dice… (leerlo)

 

            Habéis escuchado antes que leíamos esta frase “por donde el sol entra apenas tamizado de luces”; con ella hemos añadido un nuevo elemento en este andar forzosamente apresurado que nos hemos propuesto. ¿No quiere decir esto impresionismo? Cuando el maestro Ortega define el impresionismo, dice que el mundo con él se convierte en una superficie de valores luminosos. “Las cosas que empiezan aquí -leemos a Ortega- y acaban allá, son fundidas en un portentoso crisol y comienzan a fluir las unas por dentro de los poros de las otras.” Joaquín de la Puente, uno de los más concienzudos historiadores que tenemos hoy del arte, escribió que el impresionismo capta la luminosidad atmosférica en vibrantes materias pictóricas y sus seguidores pintan, por encima de todo, paisaje.

 

            Con las palabras que anteceden, tenemos ya ante nosotros el paisaje y la forma impresionista del paisaje. Pero antes de seguir adelante, hagámonos una nueva consideración, de pasada, como tantas cosas que hemos de tocar hoy sin poder extendernos en ellas. ¿Por qué en nuestro tiempo, con tanta insistencia, el paisaje en la pintura? ¿Por qué no aparece claramente, cómo tema único del cuadro, hasta hace poco más de un siglo? Cuando el hombre sensible empezó a notarse acosado por la máquina y sus consecuencias, no le quedó más opciones que retornar a la naturaleza. Si hoy volvemos la mirada alrededor, a las proximidades nuestras, comprenderemos mejor  la necesidad del paisaje. Cuando todo lo que nos rodea es asfalto y cemento, se hace más necesario el aire libre. “Pintar, sentir, contemplar y vivir paisajes, es realidad muy de nuestro siglo”. He recurrido nuevamente a Joaquín de la Puente con esta cita para testimoniar mis palabras. Tan poco es preciso entrar  en la  historia de la pintura para confirmarlo; el paisaje esta ahí desde hace un siglo y poco más. Su comienzo está al alcance de la mano.

 

* * *

 

            A fuerza de resumir en exceso, pienso que haya podido quedar un tanto confuso lo comentado hasta el momento. El tema es amplio y no es posible otra cosa en el tiempo que nos hemos fijado, por lo que me van a permitir que vuelva sobre ello con un pequeño esquema en el que apoyarnos para seguir adelante con más comodidad.

 

Primero:

Hemos hablado de Campoo, calificándolo de reinado del paisaje.

 

Segundo:

Nos hemos referido al hombre de Campoo, de quien hemos dicho que era

consustancial con su paisaje.

 

Tercero:

Hemos dicho también que la luz hace el paisaje de Campoo y que la luz en el paisaje hace de este una realidad impresionista.

 

            Pues bien, en la conjunción de estas tres coordenadas tenemos situados a nuestros dos pintores, Casimiro Sainz y Manuel Salces, que nacen y se alimentan de ellas; Podemos decir en este momento que les tenemos fijados en el espacio. Para completarlo, vamos a situarlos ahora en el tiempo.

 

1.853:

Nace Casimiro Sainz

1.857:

Carlos de Haes se hace cargo de su cátedra de la Escuela de Bellas Artes de San Fernando, de Madrid

1.861:

Nace Manuel Salces.

 

            Entre el nacimiento del uno y del otro pintor, se nos ha colado, como de rondón, una fecha (1857) y un nombre (Carlos de Haes). Este año y este nombre habrían de ser el punto de arranque para la pintura española del paisaje. “La pintura montañesa -dice José Hierro- inicia su despegue y afirma su personalidad, después del magisterio de Carlos de Haes.” Todos habéis oído hablar de él. Había nacido en Bruselas y muy joven le trasladaron a Málaga; era, pues, un bruselés recriado en Andalucía, con portentosas dotes de pintor y sobre todo, de maestro. Unos años de estudio en el extranjero le permitieron traer a España un nuevo concepto del paisaje, triunfante entonces en Inglaterra y en Francia. El paisaje académico -piensen en pórticos y columnatas, en musas y deidades-, había prescrito en Europa ante el empuje de Turner, interprete apasionado del natural. Haes nos trajo este paisaje nuevo y sus alumnos bebieron en sus fuentes. Descubridor del paisaje español, fue el primero que con sus discípulos y su caja de colores, se adentró por los Picos de Europa. Entre estos alumnos sobresalió Casimiro Sainz, quien siguiendo el camino aprendió de él, realiza sus obras al aire libre, convirtiéndose en un impresionista verdadero, aunque sin las exaltaciones cromáticas del impresionismo francés, pero siempre dentro de un sensible lirismo y amor y respeto por la naturaleza.

 

            En la Historia de la Pintura Española, de Lafuente Ferrari, podemos leer que Casimiro fue uno de los pocos discípulos de Haes de quien podemos decir que superó al maestro.

 

            Si exceptuamos a José de Madrazo, montañés nacido en Santander en 1781, podemos decir con toda exactitud, que Casimiro es el iniciador de la pintura montañesa del paisaje y a José de Madrazo podemos dejarle al margen con toda tranquilidad, visto desde este ángulo, porque fue un pintor de corte y cortesanos; eso si, un gran pintor. Retratista de príncipes y personales de su época y aún cuando en esto es maestro, e incluso digno continuador de la gran escuela española del retrato, su vinculación a esos temas y a la herencia de los pintores españoles que le precedieron, le excluye de la particular montañesa del paisaje.

 

            Pero aquí nos salta otra pregunta: ¿Se puede hablar de una escuela montañesa de pintura en el amplio sentido que ello arrastra? El profesor Lafuente Ferrari dice que en puridad no, pero añade: “de lo que no tengo duda es de que los pintores montañeses tienen entre si rasgos comunes que permiten su agrupación y dan valor a la consideración del conjunto.” Y a continuación nos habla de como se dan en ellos ciertas notas de fantasía y auténtica originalidad, que llegan a veces al rango de genial. “Lo que me parece que puede ligar a estos hombres -escribe Lafuente- es más que una tradición escolástica inexistente, la insobornable personalidad, su brava independencia -cántabros, al fin-, su escasa voluntad de conformismo.”  Citemos nuevamente a José Hierro, quien al definir el arte montañés como el resultado de someter la realidad a depuración, dice textualmente: “Todo ellos (los artistas), quedan agrupados en dos grandes zonas, en una entrarán los que como Casimiro Sainz, conciben la pintura como un menester en el que interviene, sobre todo, la retina y en la otra podemos incluir a cuantos piensan que la pintura es ante todo, cosa mental.”

 

            A nuestro Casimiro Sainz podemos encajarle perfectamente dentro de la línea que fija el profesor Lafuente Ferrari; ya hemos visto como le cita José Hierro como ejemplo de una de los dos vertientes en que el considera orientada nuestra pintura. Nosotros creemos que para este encasillamiento de Casimiro, han de tenerse en cuenta no solamente los cuadros que nos dejó, sino los atisbos, la anticipación a una pintura que no se hacía entonces y que el presentía. Es este un punto que no se suele tocar cuando se valora la pintura del de Matamorosa. Aun cuando parece que no es lícito hacer elucubraciones y sacar rotundas conclusiones sobre lo que hubiera podido ocurrir si su vida hubiera alcanzado una edad normal, creo que es oportuno dejar aquí constancia de ello, Ya Elías Ortiz de la Torre aludió a esto cuando escribió su importante trabajo sobre Agustín Riancho. Tengan en cuenta que el pintor de Entrambasmestas no fue el genial Riancho hasta los últimos decenios de su larga vida. No me resisto a la tentación de establecer una breve relación temporal entre los dos pintores, porque puede resumir y equiparar en justicia su obra.

 

            Riancho nació el año 1841 y murió en 1929; vivió, pues, 88 años. Sus paisajes, verdaderamente revolucionarios desde el punto de vista pictórico, no empezaron a salir de su paleta hasta 1888, cuando tenía ya 47 años; es la fecha en que regresa a su pueblo natal, desengañado del mundo. Casimiro, que hemos visto nació el año 1853, muere en 1898, de 45 años de edad; a estos 45 años de vida hemos de restarle por lo menos un decenio, en que su mente quedó anulada por la locura; es decir, su lucidez, alcanza solamente 35 años de existencia. Es más, Riancho no llega a ser el paisajista que hoy valoramos hasta los 60 años de edad, cuando consigue superar el realismos que le amarraba; antes de estos años, la notación detallada de sus obras no exenta de ciertas delicadezas, no va más allá de lo que había conseguido Casimiro Sainz con su dulce lirismo en casi la mitad de tiempo vital. Si se admitieran así las comparaciones, nos quedaría un salto grande de años a favor de Casimiro, que fue una de las más exquisitas sensibilidades pictóricas que se dieron en nuestra pintura del siglo XIX. Cuando Ortiz de la Torre se refiere a este aspecto en los dos pintores, escribió: “No creemos justo el paralelo que se ha hecho algunas veces entre Riancho y Casimiro Sainz, con desventaja para este último, sin tener en cuenta que el primero fue un hombre vigoroso y longevo, en tanto que el segundo vivió lleno de achaques y murió a los 45 años de edad. Para proceder con justicia, habría que comparar los cuadros de Casimiro con los que pinto Riancho en su juventud y de este juicio comparativo no saldría ciertamente victorioso el pintor de Entrambasmestas.”

 

            Mientras que Casimiro murió siendo un pintor del siglo XIX, Riancho saltó dentro del XX, con todas las consecuencias que ello implica en los dos casos.

 

            El hombre Casimiro Sainz, fue un poseso, un tocado por lo demoniaco en el sentido transcendente de la expresión: “El demonio -escribe Stlfan Zweig-, empuja al ser hacia lo peligroso, hacia el exceso, al éxtasis, a la renunciación y basta la anulación de si mismo.” Las sucesivas enfermedades que jalonan la vida de Casimiro desde el ataque de cólera a los dos años de edad, hasta la locura definitiva, van fijando su mente y dando forma a un espíritu que se agudiza hasta extremos inverosímiles, que lindan, al final, con la anulación del yo. Nuestro pintor puso el arte por encima de su vida y la poesía de su arte por encima de la realidad. “Solo lo raro -dice Zweig- ensancha nuestros sentidos, solo ante el sacudimiento crece nuestra sensibilidad. Por eso lo extraordinario es siempre la medida de toda grandeza.”

 

            Casimiro es el gran sensible. Las horas de inmovilidad forzosa a los quince años, cuando padece la dolencia de una pierna que le dejaría cojo, señalaron su futuro: contemplativo, reconcentrado, lector asiduo de la Biblia, se salvó por su espíritu ansioso de belleza y arte. En 1872, a los 20 años de edad, sufre el primer ataque de locura del que logra reponerse aparentemente, y a ello sigue un decenio de enfebrecido trabajo; concurre a las exposiciones nacionales, consigue algún premio y pinta, pinta con fiebre de tiempo que se le acaba.

 

            No son suficientes, normalmente, treinta y cinco años para hacerse un pintor. Ya lo hemos visto. Riancho precisa llegar a los cincuenta para empezar a encontrar su personalidad; hasta los 69 años no pinta el famoso cuadro “La Cagigona”. Casimiro el de “El nacimiento del Ebro” cuando todavía no ha cumplido los 35. En ambos cuadros queda resumida la obra de cada uno en su aspecto comparativo. A Riancho, como hemos comentado, le permitió la vida trabajar cerca de veinte años más.

 

            El final de Casimiro Sainz lo sabéis todos. El sanatorio del Dr. Ezquerdo, en Madrid, fue residencia para sus sueños enajenados y algunos pequeños brotes de lucidez. Otro hombre de los vuestros, Demetrio Duque y Merino, escribió en 1890, cuando el pintor arrastraba su locura en Chamartín: “Allí está satisfecho y alegre, sin recordar siquiera su profesión de artista.” Vean en esta frase la gran tragedia en todo su alcance. El genio que se había adueñado de su espíritu, le había hecho al final la gran jugada, abandonándole. Estaba “satisfecho y alegre”, sin recordar que era un artista. ¿Queréis mayor tragedia?

 

* * *

 

            El tiempo se nos va sin dejarnos apenas sitio para ocuparnos de Manuel Salces. También me voy a permitir aquí establecer un cierto paralelismo, esta vez entre Casimiro y Salces, que nos pueda llevar a resaltar las diferencias y afinidades entre uno y otro.

 

            Mientras que Casimiro, como hemos dicho, es un exaltado, un poseso, en el que la vida, al parecer por una circunstancia fortuita, se orienta decididamente hacia el arte, sin concesión de ninguna clase, en la trayectoria vital de Salces podemos encontrar un constante refrenarse frente a tentadores desmanes. Simplificando la expresión podemos decir, para entendernos mejor, que Casimiro fue un romántico y Salces un clásico; pero no tomen esta definición en su forma absoluta, porque en el fondo en los dos latía un espíritu romántico. Me estoy refiriendo a la forma en que ambos enfrentaron los problemas externos encontrados a su paso. Casimiro, si es preciso, los salta; Salces, se detiene y se resigna.

 

            La vida de Manuel Salces, en principio, es la de un campesino de su tiempo. Como a Casimiro, le sugestiona la naturaleza, pero su espíritu más equilibrado que el de su paisano -de aquí lo de clásico-, le permite dominarla. Salces nació en Suano en 1861; es pues, 8 años más joven que Casimiro. Cumple el servicio militar, es labrador, cantero y carpintero. Se casa, tiene hijos. De carácter tímido, refugia sus ilusiones y sus sueños en las pequeñas tablas que va pintando y en los dibujos que llenan sus horas de descanso de las jornadas de panllevar. Pero no podemos olvidar que es un espíritu sensible, que envuelto en la rudeza de una vida de trabajo, enfajada en un orden establecido por una familia que ha constituido y que respeta, precisa, sin embargo, desahogarse. Surge la dualidad. En la biografía de Salces que escribió Simón Cabarga, podemos encontrar numerosos comentarios documentados, que dibujan con claridad esta manera de ser del pintor. En una de sus páginas leemos: “Nada puede afirmarse con certeza sobre el origen y el curso del hondo proceso espiritual; mas parece natural admitir como una de sus causas principales, sino única, del hecho, el poder de la sugestión de la naturaleza que le rodeaba cayendo como una gran claridad sobre su espíritu elegido.” Observemos cómo enlaza esta opinión del autor citado con nuestros comentarios iniciales. La naturaleza, con toda su fuerza, operando sobre el espíritu, modelando el alma; en este caso, actuando, sin duda, sobre un hombre hipersensibilizado, potenciándole. Pero Salces es un reprimido, ya lo hemos dicho; su biografía es una lucha dolorosa entre el deber cercano, acuciante, y el sueño. Los hallazgos que su paleta va descubriendo en el lienzo con sobria y sabia maestría, le dicen que hay algo más allá que la prosa que le rodea, pero renuncia. Gracias a los amigos que le empujan, se decide a exponer en Madrid en la nacional de 1897 y después en las de l899 y 1901, que le proporcionan menciones y comentarios muy favorables. Estas salidas también le procuran una clientela que le permite ver la vida con más tranquilidad. Es posiblemente su época más serena y placida. No necesita más. Casimiro sin duda hubiera roto con estos lazos invisibles y cómodos y hubiera pedido más y más a su demonio; no sabemos si refugiándose en la soledad de su pintura, como Riancho, o luchando abiertamente en el mundo del arte. Salces se conforma. Vive en la capital de la Montaña, asiste a tertulias, se siente admirado y escuchado en el circulo provinciano. En 1914 expone nuevamente en Madrid y repite la suerte en 1919. Es el momento en que se produce el hecho transcendental en su vida, de abandonar Campoo, la provincia, para asentarse en Madrid. No me atrevo a aventurar razones para esta decisión tan fuerte, pero me supongo que tuvo que haberlas muy sólidas.

 

            En el verano, Salces vuelve siempre a su Campoo natal, donde hace acopio de apuntes que desarrollará más tarde en el sosiego del estudio madrileño. Y pinta al aire libre, en las afueras de la capital. La luz de Madrid es también luz de meseta y el aire es limpio como el de su tierra. Casimiro y Salces se debieron de sentir muy a gusto pintando allí, pasando al lienzo paisajes que les recordarían, en cierta manera, los campurrianos. El día uno de diciembre de 1932 murió con la misma serenidad con que había vivido.

 

            Hombre de fina sensibilidad, nos dejó reflejada en sus cuadros la naturaleza con minuciosidad y primor. Si volvemos a ese paralelismo vital del que hemos abusado un poco, intentando situar a Riancho, Casimiro y Salces en las tablas de la pintura, podemos resumir diciendo que entre Riancho y Casimiro se nos interponen los cortos años de vida de este último para establecer una comparación correcta, pero no deja de observarse en Casimiro signos de genialidad y fuerza que permiten apreciar una ruta imaginaria posiblemente muy cercana a la del maestro de Emtrambasmestas. Salces, con una vida larga, mantiene en sus obras una dignidad constante, sin sobresaltos, sin que se produzca en ella la evolución que se aprecia en la de Riancho, lo que le deja un poco fuera de lugar en la historia de la pintura de este inquietante siglo XX que estamos viviendo. Lafuente dijo de él que: “incorporó a su obra conquistas del impresionismo, sin servil discipulado, para seguir cantando la tierra natal o los aledaños de Madrid en cuadros de intimidad delicada y efusiva, de suaves verdes y finos grises.”

 

            Me resisto a creer que Salces no conoció la pintura de Casimiro, como se viene afirmando con frecuencia. El pintor de Matamorosa fue figura sobresaliente en la vida de Reinosa y no faltaría gente enterada que pusiera ante los ojos de Salces algunos de los cuadros que aquél pintó.

 

            No debo cerrar estas notas de aproximación a los dos artistas campurrianos, sin resaltar que con estos dos excelsos pintores no se ha agotado la serie de intérpretes de nuestro paisaje. La escuela paisajística montañesa no se ha perdido, a pesar de que las corrientes modernistas en el arte parecen alejarse por otros caminos. Yo creo que, en realidad, este alejamiento ha sido más aparente que real. La no figuración o la figuración subjetiva, lo que han hecho es aportar nuevas calidades y nuevas maneras de representación del paisaje, cosa que siempre es sana. Recordemos cómo hace unos minutos hablábamos de la revolución que impuso Turber en el hacer europeo del paisaje. Hemos hablado del Riancho de la primera y de la última época y de la distancia que media entre los dos desde el punto de vista plástico. En el arte, como en las demás actividades del espíritu, el hombre precisa seguir adelante; y seguir adelante no es continuar siempre por el mismo camino. Antonio Machado nos dijo: “se hace camino al andar”. Aún cuando suene a sacrilegio artístico, digamos que la perfección repetida, la perfección constante, no solamente hastía, sino que los años la hacen perder categoría de tal. En cada época de la historia se produce una conjunción de circunstancias que la modelan y la hacen distinta a la anterior; ni mejor ni peor; ni más bella ni menos; simplemente distinta. Y ay de aquél que no sea capaz de comprenderlo.

 

            La escuela paisajista montañesa continua y se ha adaptado a la sensibilidad del hombre de hoy, que es complejo, desasosegado, acostumbrado a vivir en un planeta en el que la sorpresa surge cada día. Al compararle con el de los años de Casimiro y Salces, saltará inmediatamente la diferencia que los condiciona. Julio de Pablo, por citar un ejemplo de paisajistas montañeses actuales, se ha planteado el problema desde esta orilla; los bellos paisajes marinos de Muñoz Serra, cuya exposición acabamos de inaugurar, también están dentro de la concepción de hoy, responde a la sensibilidad del hombre actual. Por otra parte y concretándonos a Campoo, podemos decir que cada ve que un hombre de  estas tierras se ha visto impulsado por el demonio del arte a coger los pinceles en la mano, se ha podido comprobar como la constante hombre-paisaje persiste. Me estoy acordando ahora, especialmente, de una exposición que tuvo lugar en Torrelavega el año 1949. Eran tres campurrianos los que ofrecían al publico casi las primicias de su arte; Enrique García Guinea, Manolo Ortiz y Balbino Pascual, y recuerdo perfectamente cómo cantaba la luz en sus cuadros. En una nota impresa en el catálogo de 1a exposición, escrita por Luis Landinez, se leía: “Pues Campoo y, concretamente, Reinosa, tiene ya tradición pictórica. Paisajes. Presidida, iniciada, por Casimiro Sainz.” De los tres, solamente hemos visto después cómo se ha ido desarrollando la obra de Balbino Pascual, en una línea ascendente de dominador del paisaje. ¡Cuántas veces hemos comentado con él la ausencia del mundo artístico de los otros compañeros!



Leído en la Casa de Cultura “Sánchez Díaz” de Reinosa

19 de septiembre de 1974