jueves, 20 de enero de 2022

SEMBLANZA SE MANOLO PONDAL

Este es el texto que leyese Aurelio García Cantalapiedra, hace hoy treinta años, en el Salón de Actos y Exposiciones de Caja Cantabria con motivo de la inauguración de una exposición con obras de Manuel Pondal.

SEMBLANZA SE MANOLO PONDAL

            Para los hombres de mi generación que por circunstancias personales no nos movimos de Torrelavega, en aquellos primeros años de juventud, más que lo que nos movió la guerra, Manolo Pondal fue una referencia importante: La de un muchacho que, viviendo en un ambiente familiar acomodado, había renunciado a él, para seguir los tortuosos caminos de un futuro vocacional; el muchacho que se atrevió a hacer camino al andar siguiendo el verso de don Antonio Machado. No teníamos, o al menos no la tenía yo, más noticia suya que ésta, fabricada por mi imaginación, donde la celosa fantasía añadía por su cuenta andanzas, venturas y desventuras que nunca pude confirmar, porque cuando mi relación personal con Manolo Pondal tomó forma real, las conjeturas no procedían: Era ya entonces un pintor y lo que verdaderamente contaba era su pintura, que se mostraba a nuestros ojos con la evidencia de un dibujo segura y de color ajustado; no se traslucía el menor atisbo de aquella referencia imaginada, de muchacho que rompiera las ataduras familiares para entregarse en cuerpo y alma a una vocación, en la que los días serían dolorosos y transcurridos en una bohemia querida, pero innegablemente dura. Si acaso, en la tristeza de algunas de las figuras que había pintado se podía buscar cierto reflejo de un ambiente hostil, contra el que luchó con admirable coraje.

 

            Su obra artística estaba ahora ahí, a veces placentera, amable; el luminoso amarillo aparecía en ella intentando mostrar retazos de felicidad, que de verdad existían ahora en la vida del pintor, y para mostrarlos, para mostrar a su pueblo que sus angustias pasadas no habían sido inútiles. Y lo hacía con la humildad de su arte, tan personal, tan sincero, como pidiendo que olvidáramos al artista que lo había realizado. Bastaban sus cuadros; él sonreía, como alejado de ellos, intentando dejarnos solos, para que buscáramos en sus telas los resultados de la referencia juvenil que habíamos imaginado, cuando Manolo Pondal era para nosotros el huido de una vida burguesa, acomodada.

 

            Fue un artista a quien le costó mucho mostrar su obra ante el pueblo que le vio nacer. Pero no respondía a una determinación preconcebida, consecuente con hechos que la hubieran impulsado. Pienso que hubo en esto mucho de indolencia, o de aquello que en un catálogo editado por: el Circulo de Bellas Artes de Madrid, en abril de 1979, se valoraba como “una modestia sin par”. “Su obra de pintor intimo -se leía en el mismo catálogo- recatado y ajeno a todas las rivalidades de oficio, forjaron una personalidad que pasaba de largo por las vanidades de mundo”.

 

            Mi primer encuentro con sus cuadros tuvo lugar en el verano de 1.954, cuando tomó parte en una exposición colectiva que reunió en la Galería Sur, de Santander, a muy destacados artistas de la joven pintura montañesa de entonces. El exigente criterio selectivo de Manuel Arce, dueño de la galería, no vaciló pocos meses después, en reunir en la misma sala una colección de cuadros en una muestra individual, en la que el artista mostraba al juicio publico sus buenas cualidades como autor de bodegones, de cuadros de flores y, sobre todo, de figuras. En esta última faceta se encontraba lo más depurado de su arte, consiguiendo, con un trazado vigoroso, expresivas representaciones de la figura humana, entre las que destacaban, en aquella exposición, un espléndido desnudo con el que había conseguido el primer premio en una exposición del Círculo de Bellas Artes de Madrid.

 

            Pero fue un año más tarde, en octubre de 1955, cuando Pondal llegó públicamente con su obra a Torrelavega. Dos cuadros suyos fueron seleccionados para formar parte de la importante exposición colectiva organizada con motivo de la Semana de las Artes y de las Letras, que se celebró en esas fechas en nuestro pueblo. Se trataba de dos desnudos que se codeaban plásticamente, con toda dignidad, con las obras que allí se mostraban de los grandes de la pintura nacional: Francisco Arias, Capuleto, Álvaro Delgado, García Ochoa, Carpe, Martínez Novillo, Redondela, y hasta del supergrande Tapies había allí cuadros con los de Pondal. ¡Con que alegría veíamos colgada su pintura entre aquel grupo tan distinguido!

 

            Fue la época de mayor contacto con su pueblo, porque en marzo siguiente volvió a presentar en la Biblioteca Municipal un conjunto de floreros y bodegones.

 

            Manolo Pondal era ya un hombre de cuarenta años de edad a quien la vida reservaba todavía más de veinte, en los que parte sustancial de ellos los fue quemando en labores de profesor de dibujo en centros de enseñanza, labores que le robarían horas preciosas a su obra de pintor cuando ésta se podía encaminar ya por sendas de afianzamiento artístico.

 

            Cuando en diciembre de 1977 se volvió a presentar ante nosotros con su pintura, en una exposición celebrada en el Banco de Bilbao, salta la tragedia: Manolo Pondal había muerto en las mismas fechas en que esta se celebraba. La muerte quedó así unida para siempre a su último encuentro plástico, en vida, con Torrelavega.

 

            Ya no nos quedaba a sus amigos más que la realidad contundente de su pintura y el recuerdo de su persona. Aquella, la pintura, se había quedado sola ante el espectador, sin el importante soporte que era el pintor; ya no volveríamos a estrechar entre las nuestras, la mano que guiada por un espíritu sensible la realizó. Sería, para el futuro, una pintura huérfana, en la que los privilegiados que habíamos conocido a Manolo Pondal, tendríamos que poner entre ella y nosotros el recuerdo emocionado de su humildad, de sus ricas condiciones humanas y artísticas.

 

            Como ahora lo hacemos, en este acto, ante sus cuadros, su familia y sus amigos, trayendo a la memoria encuentros con él que se funden  inconscientes en esta pintura que hoy nos rodea y que se fundirán siempre, en cuantas ocasiones nos planteemos la figura y el arte de Manolo Pondal, el hombre y el artista. 


 



viernes, 14 de enero de 2022

ORIGEN Y SUCESIVAS AMPLIACIONES DEL CEMENTERIO DE TORRELAVEGA

 

 Hoy hace 11 años que falleció Aurelio García Cantalapiedra, quien escribiese en marzo de 1981 cosas como esta.

 

ORIGEN Y SUCESIVAS AMPLIACIONES DEL CEMENTERIO DE TORRELAVEGA

 


En la historia de Torrelavega, aunque breve -ya dijo de ella Víctor de la Serna que cabía en el dorso de un sobre-, existen una serie de “puntos oscuros” que es necesario tratar de aclarar. Y cuanto primero mejor, porque el paso da los años lo va haciendo más difícil, sobre todo, se va perdiendo interés por las personas y los hechos que nos precedieron. Las nuevas generaciones y los nuevos vecinos -que ya no son “vecinos'” sino “habitantes”-, no sienten apenas deseo de conocerlos.

 

Uno de estos puntos oscuros es el origen y sucesivas ampliaciones del cementerio de la ciudad, tema que ahora se ha puesto de relieve al proponerse el municipio la creación de uno nuevo. Si se lleva a efecto este proyecto, el actual desaparecerá en un periodo de tiempo más o menos largo, lo que añadirá desinterés y dificultades para la investigación.

 

Ya teníamos conciencia hace tiempo de que se desconocía el lugar donde se construyó el primer cementerio de Torrelavega, pues los más viejos del lugar, a quienes habíamos preguntado, buscando una orientación que nos pudieran facilitar por lo que hubieran podido oír a sus mayores, no daban contestación satisfactoria alguna. En el plano que confeccionó en 1852 don Hilarión Ruiz Amado no se señala la posición del cementerio y esto nos hacia pensar que, en esa fecha, a pesar de la prohibición de los enterramientos en las iglesias por Ordenes del 28 de junio de 1804 y 17 de octubre de 1805, aquí se seguía haciéndolo, lo que parecía limitar la investigación a años posteriores a 1852. Si se le añade que la puerta de acceso que hoy existe en el cementerio fue construida en 1859, todo hace suponer, en principio, que ésta podía ser la fecha buscada, pero resultaba muy improbable que se hubiera burlado la ley durante cincuenta años. Por otra parte, una rústica puerta que hoy se encuentra tapiada en una de las paredes laterales, hacia pensar en la posibilidad de que podía haber existido otro anterior a éste, en el mismo lugar.

 

En estas averiguaciones tuvimos la suerte de encontrar un croquis, confeccionado en 1855 por Juan Alonso Astúlez,, que nos proporcionó los datos que andábamos buscando. En este croquis, muy rudimentario y hasta con error en la señalización de la orientación geográfica, se acota una parcela con el nombre de “Campo Santos antiguo de 1809” y por las líneas trazadas en él se desprende que estaba situado en la zona del cementerio actual ocupada por el grupo de nichos en el que está el deposito de cadáveres. La fecha fue confirmada por un escrito que presentaron al Ayuntamiento en julio de 1843 las hermanas María Antonia, Rita y Ramona San Andrés, vecinas de Santillana. del Mar, que habían sido propietarias del terreno y que todavía, después de catorce años, estaban tratando de cobrarle. En este escrito se dice que la finca fue vendida en 1810.

 

Este fue el cementerio primitivo, con un cuadro de unos 22 metros por 25, posiblemente habilitado con urgencia para cumplir las ordenes establecidas. En poco tiempo se impuso la necesidad de la construcción de otro más adecuado, (sobre el que hemos encontrado antecedentes) en una reunión que tuvo lugar en el Ayuntamiento con ocasión de una visita del jefe político de la provincia. El 2 de junio se había desbordado el “río de la Cárcel” (el Sorravides), y los daños que había causado eran de tal importancia que motivaron la presencia de la autoridad provincial para examinarlos, ocasión que aprovecharon los miembros de la corporación local para plantearle las necesidades más apremiantes que tenía la villa, señalándose entre las prioritarias la “echura (sic) de un nuevo cementerio más acomodado a la población”. El primer paso se dio con una ampliación inmediata del existente en dirección hacia la puerta principal actual, lo que proporcionaba una superficie total de aproximadamente el doble de la que se disponía, autorizándose entonces la construcción de “monumentos en obsequio de los individuos de la familia que fallezcan”, con una dimensión de cuatro pies al ancho y ocho de largo y con un canon de mil reales que les daba la propiedad por cincuenta años. Así se construyeron los primeros panteones por don Pedro Alcántara Díaz Lavandero y don Ramón de Castañeda, entre otros.

 

A pesar de las órdenes circuladas sobre el particular, todavía en 1852 se ve obligado el Ayuntamiento a oficiar al Cabildo Eclesiástico local en el sentido de que “bajo su responsabilidad no consienta deposito de ningún cadáver en la Iglesia” Este enfrentamiento del Ayuntamiento con el Cabildo en torno al cementerio se prolongaría durante bastantes años, como se desprende de un acta municipal del 5 de setiembre de 1858 en la que se lee: “Proyecto de mejorar las condiciones del cementerio de esta villa con arreglo al plano levantado, con la oposición del Obispado”. Litigio que se refleja aún en documentos de 1863 y que, como veremos, no concluyó hasta 1884.

 

Las gestiones realizadas con el apoyo del jefe político de la provincia, se concretan en una nueva ampliación, que se sigue considerando provisional, realizada en 1855, por la que se añaden 15 metros en su frente, a todo lo largo de los 54 que tenía el cementerio que se venía utilizando, más un triángulo de terreno que quedaba en el lado opuesto a la puerta, en las cercanías del río Indiana, que configuraría de forma definitiva esa parte. En 1859 quedaba todo cerrado con pared de “cal y canto” y se construía la ornamental puerta de acceso que hoy existe, según planos realizados por el perito Vicente Manuel de Quijano. (En el plano general de … de 1886 conserva esta misma superficie)

 

En febrero de 1880 propone el concejal Sr Pérez Carral que “debe procederse a construir un pequeño cementerio para los que fallezcan separados del gremio católico”. Era una cuestión que había sido regulada por una Real Orden del 7 de enero de 1879 y a finales de ese año 1880, después de muy lavoriosas discusiones, se tomó el acuerdo de que las obras a realizar se reduzcan a las paredes en número de tres”, lo que nos indica que quedó adosado por uno de sus lados a la pared del cementerio católico, sin que hayamos podido determinar todavía en qué lugar de éste.

 

En agosto de 1881 se suscita por el concejal señor Fuentevilla la necesidad de “adoptar alguna resolución enérgica respecto al estado deplorable en que se encuentra el cementerio público”, de lo que se harían eco en noviembre del mismo año un grupo de vecinos que se dirigieron al Ayuntamiento pidiendo que “en atención al mal estado en que se encuentra el cementerio y a la poca capacidad del mismo, se sirvan proceder, sin levantar mano y con preferencia a otras obras, primero a dictar las medidas que correspondan para la decencia del mismo, reforma y buena administración y después al ensanche indispensable en relación con el aumento de habitantes que ha experimentado la población en pocos años.”

 

Pero las dificultades con la Iglesia continuaban y entorpecían la posibilidad de realizar la obra. No se había llegado a un acuerdo sobre la propiedad y autoridad de quién dependía el cementerio; los concejales Ruiz Tagle y Fuentevilla, que formaban parte de la comisión encargada de conferencias con el Cabildo con el fin de estudiar de común acuerdo el problema del nuevo cementerio, “dan cuenta de haberlo hecho con el Ilmo. Sr. Obispo de la Diócesis y el Párroco de esta villa, habiéndoles manifestado el primero que está dispuesto a construir un nuevo cementerio con sus propios fondos, como también a indemnizar al municipio de la propiedad que representa en el actual, no queriendo mezcla en este asunto con las autoridades civiles.”

 

La Iglesia fundamentaba su derecho en la Ley primera, título tercero de la Novísima Recopilación legal, en la que se le reconocía que correspondía a la Iglesia construir los cementerios para los católicos, a cuya actitud respondieron algunos concejales que, si se mantenía ese criterio por parte del clero, el Ayuntamiento debería construir otro con fondos municipales. En principio pensó en hacerle en el “Alto de San Bartolomé”, en el lugar que hoy ocupan los viejos depósitos de agua de la subida al “Alto de las Cruces”, pero fue desechada porque implicaba un gasto al que no se podía hacer frente y un tiempo para su construcción del que no se disponía, porque en opinión del peón-sepulturero, en oficio elevado al Ayuntamiento, se manifestaba que “era de primera necesidad. la ampliación, por donde sea posible, pues apenas queda terreno para sepulturas… y se daba el caso de no tener donde sepultar,” lo que alarmó a la corporación, pues se estaban dando focos de viruela que hacían temer una epidemia.

 

Las diferencias con la Iglesia quedaron concluidas por una R.O. del 15 de julio de 1884 que desestimando el recurso interpuesto por el párroco don Ceferino Calderón, daba vía libre al Ayuntamiento para seguir adelante con su proyecto de nuevo cementerio, en el que se perderían todavía algunos años, pues hasta 1892· no se tomó el acuerdo definitivo de amplia el provisional a base de una finca de cuarenta carros de superficie que habían adquirido en 1890 unos convecinos para donársela al Ayuntamiento con este fin. Entre estos convecinos figuraba en primer lugar don Ceferino Calderón quien hasta entonces había estado defendiendo la posición de la Iglesia, posiblemente por imposición del obispado. Los demás donantes fueron Pedro Ruiz Tagle Guardamino, Francisco Antonio Rodríguez González, José Fernández Hontoria, Justo Alonso Astúlez, Santiago Gervasio Herrero González, Joaquín Ruiz de Villa González, Valentín García Corona, Joaquín Hoyos Fernández, Pedro Sañudo Abascal, Guillermo Gómez Ceballos y Nicolás González Camino, los mismos, en su mayor parte, que en 1892 formaban parte de la junta pro construcción de una iglesia parroquial, de la que se puso la primera piedra el 25 de setiembre del mismo año. Estos señores se reservaban el derecho a una parcela que les permitiera construir un panteón familiar.

 

De los cuarenta carros de tierra que constituían su propiedad y que habían puesto a la disposición del Ayuntamiento, éste utilizó en principio unos diez, quedando los restantes sin ocupar hasta 1898 en que se procedió a una nueva ampliación.

 

El 9 de enero de 1903 dirigió don Demetrio Herreros González un escrito al Ayuntamiento, en nombre propio y en el de sus hermanos don Luciano y don Federico, solicitando que “dado el deplorable estado en que se halla el cementerio civil de esta población” se les permita construir uno nuevo por su cuenta para cedérsele después al pueblo, lo que fue aceptado procediéndose a su construcción en una finca de su propiedad próxima al cementerio católico, quedando entonces entre éste y el que se construyo una parcela propiedad de don Eufrasio Saiz Crespo, que fue adquirida por el Ayuntamiento el año 1929, con lo que quedaba cerrado todo el perímetro en su situación actual. El año 1931 fue derribada la tapia que separaba a los dos cementerios, el católico y el civil.

     

 


 

sábado, 8 de enero de 2022

Mauro Muriedas

 

Hoy, 8 de enero, nuestro recuerdo va para el entrañable Mauro Muriedas. Hace ya 31 años que pasó al otro lado le la historia. Quizás para alguno que nos lea no le suene de nada, eso es que no le conoció. Para los que le conocimos nos será muy difícil olvidarle. Y más si frente a nosotros hay unas obras suyas. En un nuevo homenaje a su persona, traigo este escrito de Aurelio García Cantalapiedra,

 

La escultura de Mauro Muriedas

 


         Los golpes de la maza del escultor orientan nuestros pasos hacia su taller. Es un franciscano rincón, en una buhardilla que nos habla ya de las obras que saldrán de sus manos, con el espacio justo para el banco de carpintero, para el escultor y para un arcón donde se guardan preciosas herramientas que le han acompañado a lo largo de su vida: gubias de todas las formas y para todos los fines; gubias de esquina, de cañón, de codillo; gubias planas y de contracodo; mazos de hierro y de madera, con la huella de los años...

* * *

Recordamos el taller de Campuzano. Era una amplia galería con grandes ventanales. Entonces en la vida del escultor había un empuje inédito; nada ni nadie había machacado todavía sobre este hierro. Sus obras tenían un vuelo recién nacido y ambicionaban el mundo. Cada escultura que salía del taller requería, para vivir, un amplio espacio circundante y llevaba un sello de esperanza. Es la época de «Mi hermano», la escultura desnuda y desafiante; de un Cristo crucificado, poco anterior a la iniciación de nuestra guerra civil, que presiente, como el Cristo de Velázquez unamuniano,

... ese velo de cerrada noche

 que se avecina.

         Pero Mauro Muriedas es un hombre de la misma madera que Manuel Llano; es un hombre, como muchos artistas de aquellos años, a quienes hiere el hacha de la guerra. A algunos, hasta destruirlos; a otros, hasta doblegarlos. Los primeros ya no cuentan más que en la memoria de los que quedaron. Para los segundos, los años traen otras vivencias. Se refugian en estos talleres franciscanos y desde aquí van lanzando al mundo gritos que claman contra injusticias. Gritos humanos, muy humanos en Mauro Muriedas, que nos hablan de la tragedia de los pescadores; de la tristeza del hombre desilusionado; de la vieja de Puente Avíos, en la que se reflejan los años y las amarguras; del pobre cargador y su perro, los dos hambrientos, que no conserva de sus años de trabajo más que el saco con el que cubría la cabeza al realizar, su dura labor; del esfuerzo de los mineros en la galería empujando las vagonetas con el mineral o de los barreneros que van perforando las ingratas entrañas de la «madre» tierra. Toda una teoría de lucha y de trabajo, de hambre y de miseria, queda expuesta aquí, en estos relieves y en estas esculturas en madera. La pone delante de nuestros ojos para que sintamos la angustia de su existencia.

         El escultor desde su taller, lucha contra la injusticia y cada obra es un grito contra el egoísmo. Hay muchos premios y medallas en su vida, pero no empañan la pulcra trayectoria que se va prolongando en la lenta y continuada labor de cada día, en las largas horas del verano o en las cortas del invierno, en la franciscana buhardilla.

* * *

           En el taller hay un tragaluz. El escultor suspene el trabajo y levanta su cabeza, ensimismado, hacia el pequeño trozo de cielo que desde allí se ve, pero enseguida le reanuda. Es preciso seguir luchando, como él lo hace, contra la injusticia del mundo. Que cada obra sea un grito, aun cuando no le oiga nadie.

 


Publicado en:

El libro titulado “Cuatro Amigos” 30 de marzo de 1969

Incluido en el libro: Torrelavega. Érase una vez el arte… los artistas y el mundo que les rodea. Editado por el Ayunt

martes, 28 de diciembre de 2021

Manuel Lledías

 El día 28 de diciembre de 1984 el Ayuntamiento de la villa de Cartes decidió dar el nombre de Manuel Lledías al Colegio Publico de la localidad. Se le pidió a Aurelio García Cantalapiedra que leyera unas semblanzas sobre el artista en aquel acto.

 

Manuel Lledías



 

Antes de iniciar la lectura de una breve semblanza de Manuel Lledías, el hombre y el artista a quien hoy se honra su memoria con la imposición del nombre a este magnífico grupo escolar, quiero resaltar con unas palabras el acto que estamos celebrando. No sólo por lo que hay en él de acertada proyección del nombre de un artista hacia la perennidad, sino por lo que la realización material de este hecho conlleva en su desarrollo.

 

En casos como éste, lo más normal es que cuando se consigue el fin propuesto, se deja en el olvido su gestación y me parece que no es justo. No es justo se olvide que tras de ello hay muchas horas de dedicación de unos hombres que han puesto todo su entusiasmo y su valer para llegar hasta el final. Es injusto que no se recuerde en este acto el esfuerzo realizado por el Alcalde de la Villa, junto a sus compañeros de corporación. Porque he sido testigo de las horas y horas que les ha costado, de las angustias y sinsabores que les ha proporcionado, me permito darles las gracias en público, en nombre de todos aquellos que ahora, como consecuencia de su gestión, podemos ver reunida tan importante colección de las obras del artista a quien hoy recordamos.

 

Y vayamos con la prometida semblanza de Manuel Lledías entre las centenarias piedras de esta admirable villa de Cartes.

 

Los pueblos no pueden ser ingratos con las personas que de alguna forma les enaltecen. No pueden dejar abandonada su memoria al olvido del viento de los días, porque, de hacerlo así sería la memoria del pueblo la que se iría perdiendo. Son los hombres los que conceden valor a las piedras venerables, en ese engarce del recuerdo de las sucesivas generaciones que es quien les mantiene con vida.

 

Esta permanencia del recuerdo, empuja con honorable afán los valores que le rodean hacia la conservación de un entorno siempre entrañable, por el que transcurrió la existencia de los antepasados en momentos de penas y de holganzas.

 

Y si las piedras venerables convocan con fuerza a los pueblos que las albergan, pensemos con qué fuerza no convocaran los hombres que las honraron. Permítanme la licencia de creer que la pátina de estas piedras es labor del espíritu de sus hombres. Es obra de todos los hombres que se han movido a su alrededor; es memoria, como decía antes, del pueblo que las vive y del que las ha vivido, para quienes, los que por una razón por otra han sobresalido del conjunto, como puede ser el ejemplo de Manuel Lledías, esto, los que destacan, son reflejo unificador de ese mismo conjunto.

 

Y en esta dirección, pocos pueblos como el de Cartes; pueden mostrar con orgullo una enseña tan limpia de menoscabo en sus andanzas, como la representada por Manuel Lledías con el ejemplo de saber estar en la vida con la dignidad que la vida exige.

 

Yo no recuerdo demasiadas vivencias personales de él y es verdad que lo lamento, porque de las cortas relaciones que mantuve con Lledías, de los escasos encuentros que tuvimos, me ha quedado la pena de que no fueran más frecuentes. Su carácter, su sensibilidad, hacían que resultase gratificante permanecer a su lado, escuchándole hablar con una voz suave, sin sensibles alteraciones de tono, convincente.

 

Le conocí no mucho después de establecer su residencia en Cartes, en el chalecito de junto al río donde fallecería treinta años después. Son recuerdos muy lejanos que, al llevarlos a mis palabras de hoy puede ser que los esté presentando con la envoltura de la nostalgia, a veces deformante de la realidad, pero, a veces también configuradora de la otra realidad, de la no menos auténtica que provoca en la memoria la admiración.

 

En aquella voz sin estridencias, se estaba reflejando la humanidad del artista. Posiblemente en este caso con más méritos que en otros, porque la vida de Manuel Lledías había sido fuertemente sacudida por unas circunstancias adversas en las mas de las ocasiones y, sin embargo, la humildad seguía fluyendo de su espíritu. En aquellos años que yo le traté, no le enojaba, por ejemplo, tener que desplazarse con frecuencia hasta Adarzo para imprimir sus planchas grabadas porque en casa no disponía de torno propio; no le enojaba chocar con la ignorancia ajena a la hora de presentar su obra al público; no le enojaba la vida que tenía que soportar que le obligó, allá por el año 1948 a emigrar a Hispanoamérica, tratando de encontrar horizontes más claros para su arte. Le recuerdo siempre como, metido en si mismo, disfrutando en silencio de unas vivencias íntimas, seguro de su valía artística, pero con esa humildad a que me he referido, que no vacilaría yo en calificar de franciscana.

 

Perdonarme los que le conocisteis más tiempo que yo, si mi semblanza no se ajusta a lo que puede ser la vuestra. Es mi recuerdo del artista y del hombre, el recuerdo de una admiración hacia quien vi luchar forzadamente por caminos que no eran los suyos, por caminos difíciles. De un hombre que honró con su dignidad al pueblo en el que transcurrieron muchos de los añas de su existencia y al que este pueblo manifiesta hoy, póstumamente, su agradecimiento. Justo es este homenaje y sabia la decisión de que su nombre quede unido a la Escuela de la Villa, para que las generaciones de niños que pasen por sus aulas puedan añadir, al respeto por las piedras que conforman la belleza del lugar, la veneración hacia un hombre que se hizo acreedor a esta admiración.

 

 


martes, 21 de diciembre de 2021

IN MEMORIAM de don Gabino Teira Herrero

                                                DON GABINO TEIRA HERRERO,

UN TORRELAVEGUENSE ILUSTRE





         Mi relación con Don Gabino Teira tiene un primer encuentro personal que yo había olvidado. Fue en los años iniciales de la adolescencia y me lo trajo a la memoria su hijo Manolo; yo no lo recordaba. Me explicó que un día, cuando yo era alumno del Colegio del Oeste de Torrelavega, al pasar por delante del comercio de tejidos que tenían instalado en la calle La Estrella, me llamó don Gabino para encomendarme que llevara conmigo a su hijo Manolo al citado colegio, en el que le había matriculado. Así me lo contó hace muchos años el ya entonces doctor Teira.

 

         ¿Cómo se pudo borrar de mí memoria este hecho que, por circunstancias acaecidas en mí vida posterior, tenía que haber quedado grabado indeleblemente en mis recuerdos de la infancia? Cuando en 1998, tres años después de la muerte de su autor, Manuel Teira, se publicó el libro Perfiles de la ciudad, se reprodujeron en él unas notas inéditas que quedaron entre sus papeles personales, en las que se decía: “... el Colegio del Oeste, escuela a la que me llevó de la mano Aurelio García Cantalapiedra.” Entre él y yo había cuatro años de diferencia en la edad.

 

         En aquellas fechas don Gabino era ya un convecino ilustre y con este criterio se le reconocía en el pueblo desde todos los niveles de la población por su destacada y afable personalidad. Nacido el año 1885, en Torrelavega, su entrega al ejercicio de diversos deportes le llevó muy pronto al de la gimnasia, fundando en la calle Hoyos un lugar apropiado para ello, y en 1907 una Sociedad Polideportiva que daría lugar a la creación del equipo de fútbol con el nombre de “Real Sociedad Gimnástica de Torrelavega”; de cuyo club fue primer presidente.

 

         En los años veinte su vida discurrió orientada hacia actividades culturales y sociales. En 1926, cuando se fundó en Santander una sección del Club Rotario, se integró en ella, con la consideración que su destacada personalidad le otorgaba.

 

         En aquella misma fecha cuando, un grupo de convecinos decidieron crear una entidad cultural en la localidad, su nombre figuró entre los que tenían este feliz propósito, formando parte de la Comisión Cultural que habrían de llevarlo a buen fin. Vencidas las dificultades iniciales, principalmente las de la necesidad de un local adecuado, el 13 de noviembre de 1927 se inauguraron oficialmente las actividades, presentándose la entidad con el nombre de “Biblioteca Popular”. Los primeros pasos los habían dado bajo la designación de “Sociedad Pro-Cultura Popular”, más apropiado para proyectar públicamente sus propuestas.

 

         En aquel acto, el presidente de la entidad, don Ramón Miguel y Crisol, hizo público el ambicioso propósito que les guiaba, que presentó como

 

La peculiar labor que corresponde a este tipo de centros, promoviendo a todos los niveles un interés por la lectura, que se complementará con ciclos de conferencias, exposiciones de arte y otros actos que elevarán el nivel cultural de la población.

 

         El 28 de marzo de 1928, en un reajuste de la Directiva de la Biblioteca Popular, fue nombrado Don Gabino Presidente de la entidad, cargo en el que se iba a mantener hasta agosto de 1937, cuando fue clausurado este centro cultural a la entrada del ejército franquista en Torrelavega.

 

         A la Biblioteca Popular dedicó Teira desde el primer día, una parte importante de su vida, marcándola con su talento y su espíritu, desde todos los puntos de vista, labor en la que tuvo como colaboradores inseparables a don Pedro Lorenzo y a don Alfredo Velarde, hombres como él, entregados a la vida de aquella entidad.

 

         La junta directiva que cuidaba de la vida de la Biblioteca Popular, se volcó en la consecución de una abundante y selecta biblioteca, que desde el primer momento fue complementada, como habían previsto, con la presencia en su local de exposiciones de arte y de ciclos de conferencias que alcanzaron importante nivel.

 

         Destacó esta actividad en la vida de la Biblioteca Popular por la entrega desinteresada y permanente que Teira la dedicó y, sobre todo, por lo que supuso para la ciudad, que tiene que agradecerle lo que representó como firme vía hacia su desarrollo cultural. Cuando en 1988 su hijo y amigo mío, el doctor Teira, me honró prologando un libro mío sobre la historia de la Biblioteca Popular, en uno de sus párrafos decía:

 

La Biblioteca Popular no vino a llenar un hueco, sino que creó su propio espacio en el pueblo, en el que hizo una labor inmensa. Aquella pequeña población en la que solo había tres o cuatro escuelas elementales y una de Artes y Oficios, halló, de pronto, un manantial de saber donde todas las clases sociales acudían, y hallaban el ambiente propicio, y las personas adecuadas para empujar o encauzar esas ganas de saber.

 

         Insisto en esta última frase, porque de ella puede deducir el lector la presencia constante en la Biblioteca Popular, durante las horas en que se encontraba abierta al público, de directivos a los que se podía acudir en consulta y, entre ellos, al propio Presidente. En otro párrafo del mismo prólogo, dice Manuel Teira:

 

En la Biblioteca se habló de arte, de literatura, de ciencias, de filosofía, nunca se habló de política ni de religión, aunque política y religión llenaban el enfervorecido aire de la España de aquella época.... De la escuela universal, de la Universidad que fue la Biblioteca, salimos muchos invadidos de ganas de saber, inundados de talante abierto y tolerante, y deseosos de ayudar.

 

         De esto fueron testigos los vecinos que allí acudían diariamente, y creo que ayuda a entender la presencia de Don Gabino Teira en las filas del Club Rotario, en la dimensión más interesante de esta agrupación social.

 

         Un complemento que creo que subraya el título de torrelaveguense ilustre con que encabezo estas líneas, fue su nombramiento como Presidente de la Diputación Provincial de Santander, en el año 1933, cargo que desempeñó hasta 1935 en el que es preciso resaltar, entre otras importantes decisiones, la creación del Museo Provincial de Prehistoria y la concesión de numerosas becas para artistas.

 

         En los meses finales del año 1932, siendo vicepresidente de la Diputación Provincial de Santander y concejal del Ayuntamiento de Torrelavega, presentó en aquel organismo provincial una moción orientada a la consecución de un Estatuto común a las provincias castellanas, que fue bien recibido por sus compañeros de la Diputación. Con el fin de acercar su inquietud y propósitos en este sentido al público en general, dio cuenta de esta moción en una conferencia que tuvo lugar en el Círculo Mercantil de Santander, conferencia que se repitió en el Teatro Principal de Torrelavega en la mañana del 13 de noviembre. Era el momento en que las “autonomías históricas” (Cantabria, País Vasco y Galicia) se habían empezado a mover con fuerza en este sentido después de la proclamación de la República en España.

 

         En un artículo publicado por José del Río Sainz, en La Voz de Cantabria, de Santander, bajo el seudónimo habitual de “Pick”, habla de sus amigos de Torrelavega y los localiza entorno a la Biblioteca Pupular, refiriéndose a Teira con estas palabras: 

 

...es un hombre ejemplar que oculta en una vida de modestia y trabajo, una de las más sólidas culturas literarias, especializado en el estudio del descubrimiento de América.

 

         Y en otro escrito posterior habla de él definiéndole como polígrafo:

 

.... espíritu avizor y siempre alerta; incansable rebuscador de libros, que sabe tanto de los descubrimientos y conquista de América como si en ella hubiera estado y como si hubiera sido lego a las órdenes de Fray Bartolomé de las Casas.”

 

         Cuando don Ramón Menéndez Pidal estaba trabajando en la preparación de su monumental Historia de España, solicitó la presencia de don Gabino Teira, en Madrid, junto con el catedrático don Ciriaco Pérez Bustamante, para que tomaran parte en una reunión que había convocado a tal fin. En los primeros meses del año 1928 había dictado Teira un excepcional cursillo en la Biblioteca Popular, en diez lecciones, desde enero hasta abril, del que se hizo eco Víctor de la Serna en el periódico El Faro, destacando que “a las clases de mí querido amigo acuden obreros, menestrales, estudiantes y mercaderes”. Teira volvió sobre este mismo tema, ampliando sus lecciones en otro breve cursillo que tuvo lugar en el mes de marzo de 1936.

 

         Finalizo estas líneas en las que he destacado principalmente la personalidad de don Gabino Teira entorno a las actividades de la Biblioteca Popular, entidad a la que dedicó parte importante de su vida, por la proyección que tuvo en el desarrollo social y cultural de Torrelavega. El texto que se pudo leer en un catálogo presentando la obra de una exposición de arte, en enero de 1936, en el salón de esta biblioteca, considero que es muy representativo en cuanto a la orientación que guiaba a sus directivos, en la que destacó su presidente:

                  

Todas estas inquietudes sueltas, desperdigadas, tuvieron su punto de unión en Amigos del Arte[ una sección creada en torno a la biblioteca] título amplio y soñador, un poco en discordia esos años que corren, en los que los niños y los hombres juegan imprudentemente a ponerse uniformes y a elogiar excelentemente las armas de fuego. Amigos del Arte representa para aquellos muchachos un paso espléndido en su vida de hombres: deseaban crear y no matar, producir y no destruir; un cuadro, un verso o una talla, eran valores superiores...

 

                  Había nacido en Torrelavega en 1885 y falleció en la misma ciudad el 21 de diciembre de 1961, dejando grabado su nombre en letras oro, en la memoria de sus convecinos.

 

 


 

Publicado como prólogo al libro que recoge los cuentos premiados en el Tercer Premio Literario de Relato Corto “Gabino Teira”. Convocado por el Club Rotario de Torrelavega y editado por el mismo Club.

 


jueves, 9 de diciembre de 2021

MARQUÉS Y MARQUESADO DE TORRELAVEGA

                       MARQUÉS Y MARQUESADO DE TORRELAVEGA


 

            Así, con este título, llegó a nuestro poder el pasado día 29, el libro editado por el Excmo. Ayuntamiento de Torrelavega, en el que su autor, Manuel Teira Cobo, ha recopilado el resultado de su laborioso trabajo durante los años que ha investigado en la vida de don Francisco de Ceballos y Vargas, el Primer Marqués de Torrelavega y su descendencia.

 

            Teníamos noticias de la entrega que Teira Cobo venía concediendo a este tema. Como ya se comentó en este mismo diario a la hora de dar cuenta de la presentación del libro al público, su autor es un entusiasta "amante de la historia, lector empedernido, hijo y nieto de personas imbuidas y comprometidas con la cultura de la ciudad" (N. Bolado), con cuyo bagaje ha sabido adentrarse, con el entusiasmo que ello requiere, en una faceta de nuestra historia local.

 

            La espléndida presentación de este libro, acompañada de valiosas ilustraciones, es obra material de los Talleres Quinzaños, de Torrelavega, y fruto del interés que ha puesto en ello Javier López Marcano, nuestro alcalde, concediendo al libro una calidad material digna del tema tratado en él. Este interés por las cuestiones locales quedó bien patente en el acto de su presentación, en el que las palabras de López Marcano estuvieron cargadas de un patente y profundo amor a los temas relacionados con nuestra ciudad.

 

            Los comentarios del autor en relación con la obra que se presentaba, pusieron de manifiesta a continuación algunas de las dificultades con que se encontró el investigador para hablarnos sobre la vida, tan azarosa, del primer Marqués, lo que nos da una muestra de esa pasión que se precisa para buscar en la historia máxime cuando se trata de hablar de la que sentimos como propia.

            Como podrá comprobar el lector, el minucioso trabajo redactado por Teira Cobo, hace del texto una magnífica tesis doctoral, que nos lleva brillantemente desde los orígenes del que fue primer Marqués de Torrelavega, nacido en 1814 en la localidad de Cohicillos, descendiente de una familia cuyos orígenes se remontan al año 943, en que los Ceballos entran ya de lleno, por muchas circunstancias, en la historia de Cantabria. Nuestro primer Marqués de Torrelavega no llegará a serlo hasta 1876, título del que disfruta hasta su muerte en Madrid en 1883.

 

            Es el mismo autor, Teira Cobo, quien nos recuerda que "bien pudiera pensarse que el vinculo que le unía con la ciudad de la que era Marqués simplemente se reducía a una cuestión accidental y de nacimiento ... ", para a continuación informarnos de que Francisco de Ceballos nunca olvidó a Torrelavega, a donde regresaba cuantas veces se lo permitían sus diversas actividades profesionales como militar y otras relacionadas con la vida burocrática en Madrid y fuera de España.

 

            Poseía en nuestra ciudad una hermosa residencia familiar, de cuya existencia, y presencia en la misma del General en diversas y abundantes fechas, ofrecía referencias el diario El Cántabro del 15 de marzo de 1883, con motivo de su fallecimiento.

 

            Estaba situada en la calle que hoy lleva el nombre del General pero que ha desaparecido dentro del entorno urbano local, y que fue visitada en diversas ocasiones por S. M. el Rey Alfonso XII en compañía de sus familiares y otros séquitos.

 

            A su muerte, sucedida el 9 de marzo de 1883, el periódico El Cántabro recoge la noticia comentando: "Ha desaparecido de la tierra el distinguido militar, el prototipo de la caballerosidad, el hijo más ilustre de Torrelavega.", y con una abundante referencia, recoge el autor de este libro una exhaustiva bibliografía de periódicos de la época, tanto locales como de carácter nacional, alusiva al hecho de su muerte.

 

            Se completa esta laudable labor de Manuel Teira, con la reproducción de documentos y datos personales relacionados con los miembros de la familia descendientes del primer Marqués de Torrelavega y de ilustraciones fotográficas de alto valor iconográfico, entre las que nos permitimos destacar la del propio primer Marqués de Torrelavega, en cuyo atuendo puede percibiese el eco de la época romántica que le tocó vivir.

 

 


 

Publicado en:

El Diario Montañés, 9 de diciembre de 2002

 



 

 

domingo, 28 de noviembre de 2021

IN MEMORIAM Carlos Galán

 

DE NUEVA YORK A CARTAGENA

EN BUSCA DE JOSÉ HIERRO

 

(A Carlos Galán, que hizo este camino virtual conmigo)

 


         No habíamos soltado de las manos el Cuaderno de Nueva York, cuando ya nos encontrábamos en Cartagena. De las orillas del Hudson a las del Mediterráneo. Las noticias propagadas por los medios de comunicación lo exigían así. Atrás habían quedado los versos del Cuaderno entre las esquinas de las calles de Nueva York, pero no olvidados. Se había inventado allí el silencio para el poeta, recuperado ahora en Cartagena con “Oración en Columbia University”.

        

         Por las páginas del libro, sin tiempo para ser cerradas, pasaban para nosotros los personajes que en ellas renacían; niños aún en brazos del padre; la música que sonó en la vida del poeta en tiempos de reclusión carcelaria; don Antonio Machado, desde las alturas de siempre... Bendito sea Dios, porque inventó los años, dice el poeta, que le han permitido vivir a las orillas del East River junto a su resucitado Beethoven. Por debajo de aquellos días ha sobrevolado José Hierro las olas que le han llevado hasta Cartagena (¿no es su mar Cantábrico?) donde una alcaldesa-hada providencial le ha acogido bajo su manto.

 

         Le había convocado la poesía en un homenaje a Antonio Oliver pero los actos se interrumpen. Aquel 15 de noviembre todavía lee el poeta al público dos poemas de su Cuaderno de Nueva York. El tiempo otra vez se detiene; hace un nuevo intento, también frustrado... A su lado Lines, su mujer, le mira confiada; cree en la fortaleza del poeta, pero la alcaldesa-hada providencial suspende los actos decidida y dispone el traslado a un hospital, donde el equipo médico lo confirma: un infarto agudo de miocardio agrava el enfisema pulmonar que desde hace tiempo arrastra Pepe Hierro. Un retraso de diez minutos hubiera sido fatal.

 

         La fortaleza del paciente es cierta; el día 27 ya viaja a Madrid, a un hospital cercano a su domicilio. Al otro lado del Atlántico, en México, se está celebrando en estos días la 14ª Feria Internacional del Libro, en Guadalajara, donde se le espera pero no puede acudir. (¡Saludos Eulalio Ferrer!). La prensa mexicana señaló, entre las grandes ausencias españolas, la del poeta José Hierro, convaleciente de un infarto. El acto de homenaje a su poesía se mantiene y ahora con mayor emoción. Seis poetas intervienen en él ensalzando su generosidad y su ética. Angel González, “quizás el más emocionado de todos” dice la prensa, explica lo que significó la irrupción de José Hierro en la desolada postguerra española y habla de cómo “aportó entonces una nueva manera de plantear la relación entre la poesía y la realidad”.

 

         El poeta, en Cartagena, lleva el recuerdo hasta América. En su memoria se repiten los versos que lo evocan:

 

La geometría de Nueva York se arruga,

se reblandece como una medusa,

se curva, oscila, asciende lo mismo

que un tornado vertiginosa y salomónica.

 

y “la seda peregrina del Hudson... conduce a la ciudad hasta la libertad”, que es la mar. Siempre la mar para el poeta, en una nueva vuelta hacia su mar Cantábrico, lejano y recordado, que suena en la caracola de su oído, como hoy, ya en Madrid, donde las gaviotas no existen, pero también vuelan para él negando el infarto.

 

Después de todo, todo ha sido nada,

a pesar de que en su día lo fue todo,

 

había manifestado José Hierro en el final de su Cuaderno de Nueva York, que permanece abierto en nuestras manos, confirmando la presencia del autor gloriosamente vivo entre nosotros y en Santander se le espera.

 

Publicado en:

El Diario Montañés,

7 de diciembre de 2000