martes, 26 de enero de 2021

Gracias, Eulalio Ferrer

 





GRACIAS, EULALIO FERRER

 

            En uno de esos viajes cargados de nostalgia que Eulalio Ferrer realiza entre su México de adopción y su Santander de nacimiento, nos dejó recientemente en Torrelavega una pieza de arte representativa de la figura de don Miguel de Cervantes, obra del escultor Santiago de Santiago, que desde entonces comparte protagonismo con don Marcelino Menéndez Pelayo en la Avenida que lleva el nombre del ilustre polígrafo montañés.

 

            La puesta en escena en el acto del descubrimiento de este monumento sobre el pedestal que le realza, careció de la notoriedad que a nuestro juicio merecía dicho acto, debido quizás a la hora que tuvo lugar. Parte importante de los vehículos y público, que ajenos a lo que allí estaba ocurriendo, circulaban por las calles que circundan el jardín donde la escultura quedó instalada a penas sin enterarse; a veces las personas volvían la cabeza impulsados por una relativa curiosidad, pero sin alcanzar con su mirada el interés de lo que estaba sucediendo, posiblemente por no haberse anunciado de la forma suficiente.

 

            Torrelavega contaba ahora, entre sus calles, con una obra de arte de las que no está muy sobrada; Eulalio Ferrer había traído hasta la ciudad una muestra de su generosidad para con nosotros. Las autoridades locales allí presentes eran conscientes del desprendimiento y afecto con que nos trata este cántabro, ilustre por tantos motivos, que un día se vio forzado, por causa de nuestra guerra civil, a formar parte de la abundante expedición que, pasando primero por los campos de concentración de Francia, (desde donde Eulalio “respiraba Santander a pleno pulmón de añoranza”, según confesión propia), le llevó a conocer lo que era la ruta del Golfo de Vizcaya hasta el Golfo de México “anclaje de mí destino” en expresión también personal, donde empezó a sentir el deslumbramiento y la magia de aquel país.

 

            Momento este, en Torrelavega, en que hemos recordado las palabras susurradas junto a él por una indita mexicana cuando hizo donación de su colección privada del “Museo Iconográfico del Quijote” al pueblo de Guanajuato, que le dijo “gracias por haber traído a Guanajuato a nuestro señor Don Quijote”.

 

            Aquí, desde este rincón de Cantabria, parafraseamos aquella frase de la indita de Guanajuato para decirte: “Gracias Eulalio, por habernos traído a esta ciudad a nuestro señor Don Miguel de Cervantes”.

 



 

 

Publicado en:

El Diario Montañés el 15 de diciembre de 2002




jueves, 14 de enero de 2021

90 años del Colegio Cervantes de Torrelavega

 Este año 2021 El Colegio Cervantes de Torrelavega cumple 90 años. En él, cuando se llamaba Colegio del Oeste, estudió sus primeras letras Aurelio García Cantalapiedra

Los primeros pasos en el “Colegio del Oeste”

 

 

            El Grupo del Oeste se inauguró el 19 de enero 1931 y fue destinado a los alumnos que acudíamos a las clases que se impartían en los bajos del edificio construido el pasado siglo para alojar las dependencias del Ayuntamiento. Torrelavega había contado hasta ese día con un solo Grupo Escolar decente, el actual de «Menéndez Pelayo», que se había inaugurado en 1926, y creo recordar que con el nombre de «Alfonso XIII».

 

            La construcción de este segundo grupo fue un paso importante para la escolarización total, que los periodistas destacaron con profusión. El Cantábrico del día 10 de enero decía: «El grupo del Oeste es magnífico; mucha luz, mucha ventilación y salones amplios y soleados». En otro párrafo, el corresponsal local del periódico añadía: «Nosotros, que no hace mucho tiempo decíamos con orgullo que Torrelavega podía muy bien titularse la ciudad de los maestros, estamos obligados a decir, en honor de los Ayuntamientos que se han preocupado de este problema, que Torrelavega es también la ciudad de las escuelas». Esta afirmación magnífica del corresponsal estaba respondiendo al espíritu colectivo del pueblo. No olvidemos que pocos años atrás habían nacido la Coral y la Biblioteca Popular; que la Escuela de Artes y Oficios se mantenía en su mayor esplendor; que ya se estaba pensando en la creación del Grupo escolar número 3; que en la mente de todos estaba la necesidad de un centro de segunda enseñanza, cuya concesión se consiguió en los primeros meses de la República ... No hacía mucho tampoco que Víctor de la Serna, inspector de primera enseñanza en esos años, había cantado públicamente las cualidades del pueblo y de sus habitantes ... Todo era propicio para la euforia cultural y del espíritu.

 

            Ha pasado medio siglo desde la inauguración de este Colegio, y cincuenta años son muchos para buscar detrás de ellos sin que la imagen se deforme. Creo que una de las actitudes más arriesgadas que puede tener un hombre es volver la cabeza hacia su pasado para hablar o escribir de él. Aun cuando pongamos en la acción todos nuestros sentidos para separar el mundo real que nos tocó vivir del que soñábamos estar viviendo, no resulta fácil conseguirlo. Las horas lúcidas del día se doraban entonces con las del sueño, y el paso del tiempo ha acumulado sobre ellas las de la nostalgia. No es fácil, no, cerciorarse de si lo que rememoramos son las vivencias reales o las realidades que soñábamos.

 

            Para todos los que tomamos parte en aquella aventura infantil de inaugurar una nueva escuela, limpia, alegre, con grandes ventanales por los que entraba el sol y desde los que veíamos las nubes y hasta volar los vencejos, pienso que puede ser éste el mejor y más claro recuerdo que guardemos de aquellos días. Veníamos, la mayor parte, de las sórdidas aulas de la Plaza de Baldomero Iglesias, en las que don Jorge, don Francisco, don José ... habían derrochado paciencia y sabiduría con nosotros. Veníamos de unas escuelas en las que las ventanas no sólo eran angostas, sino que estaban, además, cerradas con rejas de hierro, como las del edificio de la Cárcel, próximo a ellas.

 

            Nuestros jóvenes años no eran suficientes, como hubo ocasión de que ocurriera poco después, para permitirnos relacionar unas ventanas con las otras; sólo veíamos que eran iguales, y las nuevas ventanas que íbamos a disfrutar dejaron huella en nosotros.

 

            Al volver ahora la memoria para tratar de recuperar estos recuerdos, me doy cuenta de que quizás la impresión más nítida y real que quedara adherida a mis afecciones de entonces sea este cambio de las ventanas, que en el nuevo colegio iluminaban unos amplios pasillos, por los que podíamos correr y hasta oír las carreras que en los pasillos de arriba provocaban las niñas de nuestra misma edad, lo que, indudablemente, estaría añadiendo emoción a la vida que estrenábamos en la nueva escuela.

 

            No se pueden pedir recuerdos de una vida que no había hecho más que empezar. Y éste de las ventanas me parece que puede ser el más real, por lo que hay en él más de ensueño que de realidad.

 

 


 

La publicación realizada por el Colegio Cervantes de Torrelavega con motivo de su cincuentenario. 1981.




 

viernes, 8 de enero de 2021

In Memoriam de Mauro Muriedas

 Hoy hace 30 años que nos dejó Mauro Muriedas. No están los tiempos para actos grandilocuentes. No podemos reunirnos en torno a su obra todos lo que lo desearíamos. Pero no podemos olvidar al hombre humilde que todos recordamos y que nos gustaría que su legado artístico y humano perdurase en el tiempo. Valgan estas líneas para avivar nuestra memoria.

 

MAURO MURIEDAS:

UNA SALA DE EXPOSICIONES PARA

NO OLVIDAR SU MENSAJE

 



            Hace ya casi treinta años que Mauro Muriedas expuso su obra en la Galería Sur, de Santander. Era entonces tiempos de primavera, que siempre lo son de poesía. Yo sentí, como lo siento ahora, que la primavera era una época propicia para Mauro, y escribí:

 

            “No, no es pura coincidencia que una exposición de Mauro Muriedas haya llegado al mismo tiempo que la primavera. Yo he estado viendo, durante cerca de cuarenta años, como a Muriedas los árboles que tocaba se le convertían en poesía, en una metamorfosis contradictoria llena de dolor por un lado y por el otro de alegría; de esperanza y desilusión; de entrega y abandono. Antes de que el árbol soñara con ser escultura, solo y nada menos que cuando todavía era árbol, cuando los ojos de Mauro acariciaban el tronco predestinado, las manos recias, pero siempre tiernas del escultor, ya sentían la morbidez de la madera. En este ir del árbol a la poesía que son sus esculturas, han transcurrido estos largos años de su vida”. Y añadía: “Cuando Muriedas se enfrenta con el tronco aun sin desbastar, tiene un cierto aire adusto: el entrecejo cerrado, la maza golpea fuerte, saltan gruesas briznas que van llenando el taller con el olor de la madera”, pero su espíritu, como el de “Fray Angélico, sentirá la necesidad de arrodillarse ante la obra; se humillará, pedirá perdón por haberla creado porque teme por sus criaturas. A la alegría de la creación seguirá el dolor del parto y el miedo a la vida ... parece que la misma obra se va a volver contra él, que le va a recriminar la ternura de que la ha dotado ... ¡Sus criaturas! Sí, demasiada poesía para tanta desgracia”.

 

            Los amigos cercanos, empujados por escritos de otro hombre del mismo temple, Manuel Llano, íbamos tejiendo en nuestra memoria lo que sería recuerdo imperecedero, que se iba a transformar en biografía propia reflejada.

 

            Mauro Muriedas como muchos artistas de aquellos años, a quienes hirió el hacha de la guerra, se refugiaron en su obra para lanzar al mundo gritos contra el egoísmo y contra la injusticia. Gritos humanos, muy humanos. Toda una teoría de lucha y de trabajo, de hambre y de miseria, quedó reflejada en sus relieves y esculturas, para que sintamos ante ellos la angustia de nuestra experiencia y la necesidad de erradicarlos del mundo.

 

            Con la creación de esta sala municipal de exposiciones, que el Ayuntamiento ha tenido el acierto de titular con el nombre de Mauro Muriedas, se van a mantener vivos para siempre, en nuestra ciudad, el espíritu y la grandeza de este hombre.

 



El Diario Montañés, 7 de mayo de 1999


jueves, 24 de diciembre de 2020

De los años de la infancia

 



        Estábamos en la playa. Eran años de poco más que una infancia recién inaugurada. Nada te permitía pensar que allí habríamos de volver en tiempos en los que ni siquiera podías recordar estos de ahora por los que discurriese la inocencia primera de la vida. Eran los años en que, ensimismados en la playa, tu alma infantil se sentía prisionera de la inmensa soledad de la mar, con un azul tan próximo y un horizonte tan lejano. Las noches en las que una estrella era siempre algo tan distante que podría llamarse Dios o luz misteriosa. Horas de juego en la arena donde los pies dejaban huellas que el mar robaba para esconderlas en el fondo, donde los peces nadaban sin saber para qué, igual que nuestras almas, puras todavía, volaban en el aire transparente de la tarde. Eran impresiones dominadas por la fuerza atrayente del mar, que algún tiempo después, lector voraz de Juan Ramón Jiménez, te ayudarían a comprender toda la belleza del poema “Pureza del mar” del admirado poeta, del que más tarde, en ese más tarde duro que te espera, aprenderías con Francisco Umbral a llamarle “maestro y padre, que nos une para siempre”.

 

         Años de infancia que incapaces de comprender situaciones de violencia que pronto te alcanzarían, dejarían marcado en el recuerdo realidad y fantasía que servirían para endulzar horas amargas. Cuantas veces recordarían en esos años que se aproximaban la inocente primera impresión de la visita a las Cuevas de Altamira, creyendo en el silencioso galopar de los bisontes guiado por la mano mágica de Simón “el de las Cuevas”. La inocencia del niño que eras entonces dejó grabada en ti una perenne impresión que quedó unida al que aquellas olas que en Suances dibujaban el mar sobre un azul inacabable.

 

        Unidos a estos infantiles y primeros recuerdos marchaban inocentes las horas, los días y los años de entonces en aquella vida cotidiana que una madre guiaba con la misma mano 

 

        Lecturas posteriores te enseñaron a comprender que también existía otra vida, la de la edad que te iba a llevar a la escuela. A aquel colegio en que un día viste llorar al maestro en el momento en que la política obligó a arriar la bandera para poner en su lugar la del bando triunfante. Eran pocos años todavía los tuyos, para concederle a ese acto la importancia que tenía, pero que significó la primera lección de una manera de vivir que desde entonces te esperaba, en las que aquella rejas de hierro que cerraban las ventanas de la escuela iban a alcanzar un duro significado en otras paredes que llegarían a ser tan íntimamente tuyas cuando los años te hicieran dar el paso de la infancia a la adolescencia, donde llegarías a aprender con Umbral que “no se podía ser de Juan Ramón y solo habría poetas oficiales, oficialmente de izquierdas o de derechas”.

 

         Empezaste a entenderlo en el momento en que tus lecturas te llevaban a meditar sobre el contenido de aquellas páginas. ¿Recuerdas? Entre aquel pasto de poesía, Speyler (Spengler), con La decadencia de Occidente, para comprendernos a todos; las obras de Unamuno y Ortega, para aguzar el ingenio y Nietzcher, para rodear de osadía el futuro hombre que todos teníamos que ser... los novelistas rusos y los franceses. Cuanta indigestión, a veces, muchas, sin posibilidad de digerirlo. De todo aquello surtía la biblioteca pública, que estaba abriendo el duro camino que esperaba a todos pocos años después, en el que aquella incipiente cultura, cultivada con fervor, te iba a llevar a una honestidad en el comportamiento civil no frecuente entre aquellos que convivías.



NOTA: Primera versión del primer capítulo del libro Estampas de un tiempo pasado. Publicado, en edición no venal en 2001

lunes, 21 de diciembre de 2020

La dimensión humana de Hierro

 Hoy, 21 de diciembre, nos volvemos a acordar del amigo José Hierro. Para ello publicamos el artículo escrito por Aurelio García Cantalapiedra: La dimensión humana de Hierro. A la vez de traernos el recuerdo del poeta, nos trae a la memoria a Mauro Muriedas, que el próximo 8 de enero hará 30 años que nos dejó. Quizás sería oportuno hacer algo para que algunos lo recordemos y otros conozcan el artista que fue.

 

La dimensión humana de Hierro

 


 

            En agosto de 1991 publiqué un artículo, en este mismo periódico, con el título. «Encuentro de Torrelavega con José Hierro». Estaba reciente la concesión al poeta del Premio de las Letras.

 

            En aquellas líneas, en las que evocaba las relaciones amistosas de Pepe Hierro con Torrelavega en sus, relativamente frecuentes, visitas en esas fechas a nuestra ciudad, quedó fuera del texto publicado, por razones de espacio, las alusiones a Mauro Muriedas entre los que se citaban como felices acompañantes de Hierro.

 

            Fue el propio poeta quien; posiblemente como un reflejo de aquella omisión, me preguntó días después, estando en Santander: «¿Cómo fue lo de Mauro?», aludiendo a las últimas horas de la vida del escultor. Al relatarle yo lo penoso que había sido el tránsito hacia la hora última, lo recibió con un gesto dolorido, sin palabras, muy elocuente.

 

            Hoy, en esta celebración gozosa del Premio Cervantes, vuelve a mi recuerdo aquel artículo en el que recogí ciertas vivencias de la estancia entre nosotros de Pepe Hierro y surge el nombre de Mauro Muriedas con la fuerza que le concede el haber sido uno de los amigos más entrañables con los que había contado Hierro en Torrelavega.

 

            En un artículo publicado por el poeta el 13 de abril de 1949, se expresaba así, refiriéndose al escultor: «Son muchos años de tarea artística, muchos años haciendo decir a la madera lo que él quiere que diga, muchos años acostumbrado a no recibir, sino de tarde en tarde, vagas palabras de estímulo ... (como el astro, sin precipitación y sin descanso) ... Mauro Muriedas es una especie de rey Midas de Torrelavega: Cuanto toca con su gubia se le convierte automáticamente en escultura ... »

 

            Aquella pregunta resultó un nuevo encuentro con el escultor, esta vez emocional, que completó los recuerdos de los que daba cuenta en mi artículo. En todo momento el acercamiento del poeta a la recia humanidad de Mauro, estaban presentes las dos vertientes, la humana y artística. Y en Mauro estaban presentes las dos vertientes, la humana y la artística. Y Mauro, desde su retraimiento, desde su timidez, había correspondido siempre con cordial generosidad a las muestras de afecto del poeta.

 

            He traído a colación este encuentro de Hierro con Mauro Muriedas y Torrelavega, para unir en él al poeta con nuestra ciudad. Sé que, algunos otros puntos geográficos pueden también presumir de lo mismo, incluidos libros completos de poesía (el reciente “Cuaderno de Nueva York”), pero la relación de Hierro con Torrelavega ha ido más allá, tocando lo humano, sobre todo.

 

            No está lejos su última presencia, en la que ocupó lugar de honor en el salón de Plenos del Ayuntamiento, dejando memoria imborrable entre los asistentes a aquel acto y en los que le siguieron, que ha llevado a nuestra alcaldesa a sumarse con auténtica emoción y cariño, mediante escrito a José Hierro, con motivo de la concesión del Premio Cervantes.

 

 


 

Publicado en:

El Diario Montañés, 13 de diciembre de 1998

 


jueves, 10 de diciembre de 2020

La Enseñanza Primaria en Torrelavega. En los años 40 del siglo XIX

 


            En esta década de los años cuarenta se produjo un importante impulso de la enseñanza primaria a nivel nacional, con la natural repercusión en la provincia de Santander. Era la consecuencia del esfuerzo que en este sentido se venía realizando desde los años próximos anteriores. Las Cortes reunidas durante el periodo liberal de 1820 a 1823, habían aprobado el Reglamento General de Instrucción Pública, en el que se establecía el carácter público y gratuito de esta primera etapa de la educación, al que añadirían, en 1834, una "Instrucción para régimen y gobierno de las escuelas primarias". Como anécdota podemos añadir que en una nueva disposición de 1837 se prohibió el castigo de azotes en estos centros. Fueron pasos decisivos con los que se trató de dignificar las enseñanzas y al profesorado que las impartía.

 

            Hasta el 1 de diciembre de 1844 no se abrió en Santander una Escuela Normal para maestros. La falta de este centro había dado lugar a que, con frecuencia, los maestros que regían las escuelas no estuvieran en posesión del correspondiente título que les acreditaba para ejercer la profesión, lo que propiciaba que en algunos casos estuvieran al frente de ellas personas con escasa preparación. "Sin principios, y sin medios para adquirirlos, solo poseen una práctica de ejecutarlo que cuando eran niños vieron hacer a sus maestros". (José Arce Bodega. Memoria sobre la visita general de las Escuelas, Santander, 1849. Debo el conocimiento de este trabajo a Don Juan González, inspector jefe de enseñanza en Cantabria.). Así resultaba que en las cinco escuelas públicas de los pueblos que comprenden el Ayuntamiento de Torrelavega (Campuzano, Tanos, Barreda, Ganzo y la de la propia villa), no tenía título oficial más que el que regentaba la de Torrelavega.

 

            Había transcurrido cerca de un siglo desde que se elaboró el Catastro de Ensenada y el número de escuelas era en este municipio el mismo que entonces, más una en Tanos que carecía de local propio, y las enseñanzas las impartía el maestro en el pórtico de la Iglesia del pueblo.

 

            No obstante, como hemos dicho al principio, la enseñanza estaba mejorando sensiblemente. La provisión de plazas de maestros se hacía ya por concurso público. El 8 de marzo de 1842 apareció un anuncio en el Boletín Oficial de la Provincia para cubrir la plaza de maestra de niñas en la villa de Torrelavega: "Hallándose vacante la escuela de educandas que ha de establecerse en esta villa, cuya dotación cuenta con 2.200 reales pagados de fondos comunes como una de las primeras atenciones de esta municipalidad, con más el emolumento de cuatro reales mensuales que ha de satisfacer cada alumna que concurra de los pueblos… ". De la redacción del anuncio parece desprenderse que era la primera escuela que se creaba en el Ayuntamiento destinada exclusivamente para niñas. La plaza fue adjudicada a doña Irene de los Corrales, natural de Omoño, que empezó a desempeñar su cometido el 27 de mayo de ese año 1842. No debieron ser fáciles para la nueva maestra los primeros pasos, como se puede deducir de un escrito que la dirigió el Ayuntamiento con fecha 15 de mayo de 1843, en el que se la comunicaba que se tenían quejas verbales "acerca del poco celo que vd. manifiesta en la enseñanza del sexo que dirige respecto a algunas educandas, dando preferencia a otras … ". En el mismo escrito se la conminaba a respetar el horario de tres horas por la mañana y otras tantas por la tarde. Este escrito de amonestación fue pronto rectificado por el Ayuntamiento, pues en agosto del mismo año, con motivo del brillante resultado de los exámenes a que fueron sometidas las alumnas, acordaron "las recompensas al mérito que ha contraído doña Josefa Irene de los Corrales .. ".

 

            La Comisión Superior de Instrucción Primaria de la provincia, seguía de cerca la labor de los maestros. De la visita realizada por el inspector José Arce Bodega a las escuelas comprendidas en los partidos judiciales de Reinosa, Potes, San Vicente de la Barquera, Cabuérniga y Torrelavega, nos ha quedado un informe redactado por el propio Arce Bodega, que permite conocer pormenorizadamente la situación de las escuelas publicas en estos años.( José Arce Bodega. Op. Cit.)

 

            Por lo que se refiere a las de Torrelavega y las de los pueblos de su Ayuntamiento, los datos que aporta el autor son los siguientes:

 

            La villa de Torrelavega tenía una escuela para niños, al frente de la cual se encontraba don Ángel González Soberón, maestro que estaba en posesión del correspondiente título para ejercer. Asistían a su escuela 46 niños y 6 niñas, "en un local bueno", cosa no frecuente entonces, situado en la Plaza de la Iglesia, y el Ayuntamiento le tenía fijada una asignación de 4.370 reales. Existía también una escuela de niñas, a la que acabo de referirme en líneas anteriores, a la que acudían 62 alumnas, pero en este caso el local que ocupaban era "Tan sumamente pequeño, que ni aún puede contener el aire suficiente para la libre respiración de las niñas".

 

            En el informe sobre las escuelas de Campuzano nos dice que estaba dirigida por don Benito Carrera, natural de Torrelavega, que no tenía título y que enseñaba a 25 niños y 4 niñas, sin que anote en el informe que el local presentara mayores problemas en cuanto a su estado. Pero si los tenían en Tanos, donde no existía local especifico para este menester, dándose las clases, como he dicho antes, en el pórtico de la Iglesia, a donde acudían 10 niños y una niña, procedentes de la Montaña, LobioSierrapando y el propio Tanos. Su maestro se llamaba Fernando de la Peña, era vecino de Campuzano, sin titulo para enseñar.

 

            Torres y Dualez carecían de escuela. Los niños del primero de estos pueblos asistían a la de Torrelavega y los de Dualez, a la de Ganzo. Esta última era regida por Don Juan Antonio Sánchez, maestro sin título que vivía en Torres y enseñaba a 18 niños y 6 niñas. Sus honorarios procedían de dos Obras Pías; una de ellas fundada por don Domingo Bustamante, del que dice Arce Bodega que era Doctoral de la Santa Iglesia Metropolitana de Toledo. La otra obra había sido establecida por don Pedro Carriedo, Virrey de México. Ambos eran naturales de Ganzo.

 

            En Barreda existía una escuela dirigida por don Enrique Palacio, sin título, que vivía en el mismo pueblo y a ella acudían 12 niños y 5 niñas. Esta escuela estaba subvencionada por una Obra Pía que había fundado don Juan de Mar y Barreda.

 

            En un resumen que el autor acompaña a este informe, se dice que en el partido judicial, de Torrelavega, de los 20.992 habitantes que le componían, 7.031 sabían leer y 5.475 leer y escribir, es decir, un 33,6 y un 26,1 % respectivamente, del total.

 

            En los Boletines Oficiales de la Provincia del 27 de septiembre de 1844 y 5 y 6 de diciembre de 1845, puede encontrar el lector interesado, información sobre el tipo de enseñanzas que se impartían, deducido de unos exámenes realizados por los niños y las niñas de Torrelavega en los años 1844 y 1845, publicados en dichos Boletines.

 


Publicado en:

La revista Quima nº 19. Diciembre 1988.

Posteriormente se incluiría en el libro Torrelavega en el siglo XIX. Editado por la Librería Estudio en 1989

 





martes, 24 de noviembre de 2020

49 años de PEÑA LABRA

Hoy, 24 de noviembre, se presentaba al público la revista "PEÑA LABRA pliegos de poesía. En la primera página se pudo leer este artículo que iba sin firma. Nadie duda de que es de Aurelio García Cantalapiedra, su director 



Presentación


         ¿Qué es y qué pretende PEÑA LABRA?
         Qué es. La INSTITUCION CULTURAL DE CANTABRIA, es un organismo de la Diputación Provincial de Santander, por el que ésta viene encauzando sus actividades relacionadas con la cultura. Una serie de Institutos, cada uno especializado en una faceta, son los encargados de hacerlo realidad. Estaba previsto, desde el primer momento, la puesta en marcha de una revista poética que, hija predilecta de la Institución, la diera el tono lírico y, si queréis intranscendente, que toda obra importante necesita para que los ojos y el cerebro, fatigados por el rigor de lo científico, descansen en sus aguas.

         Qué pretende. Ya lo habéis leído; ser remanso y oasis lírico en las actividades de la Institución. Espejo claro para los cantos de los poetas nuevos. Páginas estremecidas que levanten el secreto de lo cotidiano por su lado más vulnerable, el poético, y que, como siempre, resulten vislumbre de lo porvenir, que es la misión más alta del poeta. Todos tendrán cabida en sus hojas para este menester y a todos acudimos en una amplia y generosa llamada.

         En nuestra presentación, queremos dejar constancia de afecto y gratitud a las revistas que nos precedieron en nuestra provincia: desde La isla de los ratones, de Manuel Arce, última desaparecida, hasta el alto magisterio de la inolvidable Carmen, de Gerardo Diego; Proel y su equipo inigualable, que dejaron honda huella cultural, El gato verde, de Alejandro Gago, de tan corta vida ...

         Lo demás, lo que nos deparen los días, ya lo iremos viendo. Nacemos con entusiasmo y esto creemos que ya es bastante para empezar.



Publicado en:
El nº 1 de la Revista Peña Labra. Otoño 1971