PRENTACIÓN DEL Nº 11 DE PEÑA LABRA
En ciertos momentos y por circunstancias a veces incomprensibles, un poeta entra temporalmente en la vía del olvido. Podría argüirse que, cuando acontece así, sin duda bien olvidado está; que nada más que sus deméritos son los que lo han ocasionado y que no se debe desenterrar a los muertos. Pero, si bien esto puede ser cierto en la mayoría de los casos, no debe tomarse como regla general, pues se podría llegar a cometer una manifiesta injusticia, ya que, en ocasiones, han conducido a este olvido causas ajenas a su poesía; causas tan llenas de fuerza que son capaces de oscurecerla, a pesar de una indudable calidad.
Viene esto a cuento por don Manuel Machado, “el gran olvidado” que dijo nuestro Gerardo Diego. La sombra de su hermano Antonio, sombra larga y densa, cayó como una losa sobre la figura del hermano mayor, ocultando su poesía a la vista de los hombres, y hasta la de los críticos. Si a esta circunstancia unimos el que la producción poética de Manuel Machado fue relativamente corta y entonada sobre una sola cuerda, la del modernismo, en su versión más pura, carente de la garra -como se dice y gusta ahora-, de la de su hermano Antonio y otros compañeros de la misma generación, a nadie puede extrañar este oscurecimiento.
Pero, ¿es justo el silencio que pesa sobre él? ¿Es correcto, para estimar su poesía, compararla con la del hermano, que alcanzó las cimas más altas de nuestra lírica? ¿No habrá otro escalón también importante, en el cual podamos situarla con pleno derecho?
Nosotros creemos que sí y por eso hemos querido aprovechar este centenario de su nacimiento, que se cumplirá en el mes de agosto próximo, para dedicarle nuestro homenaje, desempolvando su poesía y el recuerdo de amigos, como el del profesor Ricardo Gullón, que tuvo la fortuna de vivir a su lado días difíciles en la vida de ambos. Nos parece que la poesía de Manuel Machado está aflorando nuevamente al mundo de la lírica, colocándose en el digo puesto que la corresponde dentro de la poesía de hoy y de siempre, de la poesía eterna. En un trabajo de Gullón que publicamos en esta entrega de PEÑA LABRA que hoy les presentamos, se puede leer el siguiente comentario: “No sé por qué se decía y aun se dice, con arbitraria reiteración, sobre todo en esa crítica “hablada” que en España contribuye decisivamente a formar opinión, que don Manuel era un poeta menor, sin concretar en qué consistía esa “minoridad”. Y en otra ocasión, el propio Gullón escribió: “La figura y la poesía de Manuel Machado tiende a esfumarse tras la de su hermano Antonio. Tan grande en todo, pero aún reconociendo la superioridad de éste, no hay motivo para negar la inequívoca autenticidad lírica de aquél”
Manuel Machado, hombre del Modernismo, fue una figura importante de este movimiento cultural que inundó nuestra forma de vida de finales del XIX y primeros años del XX, marcándola con un aire que, si bien se presentaba superficial en un principio y nada más que esteticista, pronto adquiriría, para algunas de las figuras que surgieron al calor de la moda, los colores trágicos que les impuso una España chata y adocenada. Nuestros modernitas no se quedaron en el mundo de tules, princesas y perlas con que venía adornado el nuevo estilo. Los más egregios trocaron el azul que pretendía colorearlo todo, por el pardo austero de la meseta castellana, transformando con un planteamiento más severo, lo que en sus comienzos se entendió como sus comienzos se entendió como una vida de puro deleite sensorial.
Pero antes de hablar del Modernismo en la literatura, escuchemos primero la documentada información que os va a ofrecer a continuación Fernando Zamanillo, quien nos le situará desde el punto de vista artístico.
Sobre esta visión del arte modernista, permítanme ahora a mi, en un tiempo breve para no cansarles, leer unas notas muy esquemáticas relativas a la literatura de la época, con lo que confiamos quede encuadrado el número de PEÑA LABRA que hoy presentamos.
Él modernismo incide, radicalmente, en la literatura y a través de ésta, en todas las formas de vida. Ya hemos visto con Zamanillo, como se desarrolla el Art Nouveau por el mundo, interesándolo todo. Hace pocos años escribía a este respecto el crítico de arte Cirici Pellicer: “Quizás la mayor originalidad histórica del fenómeno modernista resida en su intención de insertar el arte en la totalidad de la vida social, desde la arquitectura hasta el más pequeño de los objetos de uso cotidiano” Opinión que más tarde recordaría Juan Ramón Jiménez afirmando que el modernismo no es una escuela, ni un movimiento artístico, sino una época.
El romanticismo hondo y preocupado, el romanticismo que volvió la pistola contra Larra, estaba agonizando; de tal manera que una de las figuras que aparecían entonces en la cúspide, el poeta Núñez de Arce, se pudo permitir la estupidez de llamar “suspirillos germánicos” a las rimas de Bécquer. Hasta estos extremos se había llegado.
El Modernismo brota como reacción a esta decadencia ero no viene a sustituirle, como equivocadamente se ha dicho en algún momento; recogió de él las más puras esencias para elevarlas sobre la ramplonería que se había adueñado de las letras hispánicas. (Recuerden que las figuras sobresalientes entonces eran Núñez de Arce, Balart y Campoamor). Y recuerden también, para confirmar lo que antecede que el pontífice de las letras modernistas, Rubén Darío, dijo “Quién que es no es romántico”. Las innovaciones introducidas por la nueva corriente, les acercaban de nuevo al romanticismo auténtico, al de Bécquer y Rosalía de Castro.
Saltando -para abreviar- indispensables capítulos que nos habrían de situar en el tema con más claridad, vamos a plantearnos una pregunta: ¿Qué representa el Modernismo para la vida española y nuestra literatura en general? Y en vez de aventurarnos a su contestación propia, dejemos que contesten los protagonistas. Saldrán ustedes ganando en claridad y el testimonio tendrá la importancia de venir de la pluma de ellos.
Don Ramón del Valle-Inclán, una de las figuras claves del modernismo, nos dice: “Si en la literatura actual existe algo nuevo que pueda recibir con justicia el nombre de modernismo, no son, seguramente las extravagancias gramaticales y retóricas, como creen algunos críticos candorosos, tal vez porque esta palabra modernismo, como todas las que son muy repetidas, ha llegado a tener una significación tan amplia como dudosa”
De este texto del escritor gallego podemos sacar algunas deducciones importantes para nuestro objeto. Por un lado, que el modernismo es algo más que las “extravagancias gramaticales y retóricas”, que están al alcance de cualquier hábil versificador. Por otro, redondeando la frase en el mismo sentido, que el modernismo “ha llegado a tener una significación… amplia”. No se le escapó al autor de las Sonatas el aspecto más interesante de este movimiento cultural. Modernismo es, vivir en modernismo.
El origen del modernismo en la literatura ha de buscarse, siguiendo a Valle Inclán, en el “desenvolvimiento progresivo do los sentidos, que tienden a multiplicar sus diferentes percepciones y corresponderlas entre sí, formando un solo sentido”. Queda pues definido como sentido único de la vida en el que estaban inmersos los españoles de fines del XIX y primeros años del XX.
Pio Baroja, modernista sui géneris, se preguntaba en 1903: “¿Modernistas?.” Y se contestaba: “Sí; aunque la palabra, tan traída y llevada tenga cierto carácter de perfumería y comience a emplearse juiciosamente más que en la literatura y en el arte, en las tiendas de moda”. Vemos como también don Pío detectaba la expansión del modernismo que inundaba todos los aspectos de la existencia humana.
Pero no todos los modernistas ven así el problema. Precisamente Manuel Machado, nuestro homenajeado de hoy, dice que “no fue en puridad más que una revolución literaria de carácter puramente formal.” Y nos habla de innovaciones retóricas y prosódicas, igual que lo había hecho Valle, pero quedándose siempre en el terreno de lo literario.
¿Estaremos en lo correcto si sacamos alguna conclusión de estos textos de los autores modernistas, escritos en la época de mayor virulencia? Creemos que, si los aceptamos tal y como salieron de su pluma, en aquellos años, corremos el riesgo de padecer un desenfoque óptico producido por la falta natural de perspectiva. No olvidemos, que las frases que hemos copiado fuero escritas precisamente cuando el modernismo estaba introduciéndose en las letras y en la vida de país, con la consiguiente desorientación a que da lugar toda innovación. Los años transcurridos desde entonces y la copiosísima bibliografía de que disponemos, nos permiten definirlo hoy con más justeza. Así podemos decir que, en un principio, se trataba de un esteticismo consciente, que buscaba, ante todo, la belleza por sí misma. Apoyándonos nuevamente en Juan Ramón, aclararemos con él que era “un gran movimiento de entusiasmo y libertad hacia la belleza.” Pero observen que digo “en principio”. Es admisible la expresión juanramoniana para el modernismo inicial de los países hispánicos, aun cuando no para todos los que le cultivaron, incluyendo en esta excepción, como primera figura, al cubano José Martí, del que tanto nos agradaría hablar como hombre del modernismo.
En España, el modernismo, que llega a nosotros con su carácter de novedad, con su limpieza del idioma poético, se encuentra, a poco de llegar, con una situación socio-económica que no puede soslayar. Son los años finales del siglo decimonónico., y el año 1898 en la cima de los mismos, que aparte de dar nombre a una generación de escritores egregios, fue un auténtico quicio en el que se estrelló la forma de vivir y de ser de los españoles. Hasta tales extremos, que el movimiento modernista que ya llevaba más de diez años “trabajando” la mentalidad española, sufre un colapso y se divide en dos ramas. Frente a los modernistas puros, que se proponen una revolución formal de la técnica literaria, sin apenas preocupaciones de tipo humano, ha surgido un grupo de hombres que, sin perder el contacto con las nuevas corrientes estéticas llenan éstas de contenido ideológico.
Es este el momento en que las letras españolas despegan del barrizal en que vivían, para no detener su impulso hasta el frenazo violento de 1936. La cultura española pudo vanagloriarse, hasta entonces, de haber vivido codo con codo con la más refinada instrucción europea. Ganando unos cuantos años, en ese primer tercio de siglo, de retraso habitual que hemos arrastrado con respecto a la civilización occidental.
En este comentario que antecede, hemos tocado uno de los muchos problemas que presenta el modernismo. Me refiero a su coexistencia con la generación del 98, problema que, a mi juicio, es una de las claves más interesantes para entender el desarrollo del modernismo en España. A lo largo de los años se han enfrentado a este respecto dos actitudes: por un lado, los que oponen el modernismo a las ideas del 98; por el otro, los que vienen insistiendo en la integración de las dos corrientes. En ambas corrientes tenemos nombres importantes que las defienden con diversas matizaciones. Modernismo frente a 98 es el título como Vds. saben de un libro de Díaz-Plaja; Pedro Salinas apoya también esta postura, así como Lain Entralgo en su estudio famoso sobre esta generación. En el otro campo, encontramos hombres como Luis Cernuda, Henríquez Ureña, Díez-Canedo, Juan Ramón Jiménez... Parece que la tendencia actual es clara en favor de esta última tesis. Ricardo Gullón, a quien debemos las más afinadas páginas sobre el modernismo y de quien estamos esperan esa definitiva historia sobre este movimiento en la que viene trabajando desde hace muchos años, se expresa así: “Es desacertado enfrentar fenómenos heterogéneos, y debemos aceptar, en todo caso, el segundo como uno de los elementos del primero (alude al 98 y al modernismo) El modernismo, -insiste- da tono a tono a la época; no es un dogmatismo, no una ortodoxia, no un cuerpo de doctrina, ni una escuela. Sus límites son amplios, fluidos y dentro de ellos caben personalidades muy variadas. El modernismo es, sobre todo, una actitud.” Una época hemos visto que decía Juan Ramón.
Nosotros creemos que el modernismo y el 98 ni se enfrentan ni se fusionan. Simplificando el planteamiento podemos decir que en el principio fue el modernismo en su poética busca de la belleza pura, al que la generación del 98 tiñó después con un aspecto político y social. Primero, pues, modernismo, después 98, pero ésta como una prolongación de aquél, del que toma, entre otras cosas, sus postulados iconoclastas, incorporándoles una seria de preocupación por los problemas del hombre hispánico. Se ennoblece el camino inicial; a la obsesión por lo bello se une ahora, más bien se incorpora, la regeneración del hombre. Insisto en que estamos simplificando el problema para no salirnos de este casi esquema que nos hemos propuesto.
Gonzalo Sobejano comenta que tanto modernismo como 98 confluyen dentro de la misma generación cronológica, pero no duda en separarlos en cuanto a su enfoque de la vida, y apunta como elemento de indiscutible identidad entre unos y otros, su afán por una libertad total de la creación artística. Nosotros añadiríamos su afán por una libertad total en el arte y en la vida. Si profundizamos en este aspecto, tan subyugante, podemos permitirnos decir si no estará aquí el secreto de la gran calidad de la generación del 98. Unos hombres que recogieron la primera bandera del Modernismo, la belleza, con la que lucharon para transformar la realidad circundante. Si lo consiguieron o no es este otro problema más. Como otro tema que se debiera tocar es la influencia que en el mismo sentido pudo tener el krausismo, pero también debe quedar marginado en este acto de hoy. Los escritores del 98, inmersos en el modernismo, sintieron el problema y abriendo bien los ojos, imprimieron un giro de ciento ochenta grados a las teorías modernistas que habían llegado de la mano de Azul, de Darío. Siguen siendo hombres de su época, no están frente a aquellas teorías, como hemos visto, pero cuando adquieren conciencia de la situación, dejan de mirar a las estrellas para fijar la vista en sus semejantes. Se comprometen con el mundo que les rodea y llegan hasta la política, conservando, en la superficie de la escritura, la moda modernista. Quizá sea esta la vertiente má original del modernismo hispánico y la que le hizo definirlo a Federico de Onís como “… la forma hispánica de la visión universal de las letras y del espíritu, que inicia hacia 1885 la disolución del siglo XIX y que se habría de manifestar en el arte, la ciencia, la religión, la política y gradualmente, en los demás aspectos de la vida entera, con todas las características, por tanto, de un hondo cambio histórico.”
Tengo que pedir perdón porque este planteamiento del modernismo en la literatura con una forzada limitación de tiempo nos ha obligado quizás a presentarlo con menos claridad de la que exige el tema. Sin embargo, produce tranquilidad el saber que ahora está al alcance de sus manos el número 11 de PEÑA LABRA con trabajos de prestigiosas firmas, en los que sin duda encontrarán lo que yo no he podido ofrecerles.




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