domingo, 29 de enero de 2023

El Castro de Coaña

 

El castro de Coaña en Navia (Asturias)

 


         El estudio de cualquier yacimiento arqueológico presenta normalmente una serie de problemas que en muchas ocasiones se quedan en interrogantes sin contestación concreta. A pesar de los progresos que se han realizado en las últimas décadas, en las que se ha conseguido fijar con profundo rigor científico una serie importante de los problemas con que se enfrenta el arqueólogo, quedan aún muchos por dilucidar. Quizá sea éste uno de los encantos de la arqueología y el que origina que vaya en aumento el número de estudiantes que se dedican a tan atrayente especialidad.

 

         La mayor seguridad con que pisamos cada día en el mundo, en el que todo va adquiriendo la frialdad de los números exactos, de los parámetros rigurosos, de las máquinas sin error y sin duda, posiblemente precise de esa incertidumbre con que en ocasiones se enfrentan los arqueólogos en sus investigaciones. El universo se está convirtiendo poco a poco en algo muy aburrido; dentro de pocos años no va a quedar nada por descubrir, ni nada tampoco sobre lo que dudar. Al hombre se le está agotando el misterio, y por eso vuelve su cabeza hacia atrás, hacia los años pretéritos, que con la ayuda de la arqueología está tratando de saber cómo fueron.

 


         En este otear el pasado desde nuestra realidad de hoy, traemos a estas páginas, para nuestros lectores, el comentario sobre un interesantísimo poblado antiguo, cuya situación es de relevante actualidad para los que componemos la familia Sniace. Nos referimos al Castro de Coaña, ubicado en una zona muy próxima a la ocupada por la fábrica de celulosa que ha montado Ceasa en Navia. Parte del personal de Sniace que se ha desplazado a aquélla fábrica con motivo de la puesta en marcha ya ha visitado los restos que se conservan del poblado. Uno de ellos, don Eusebio Gutiérrez, nos ha facilitado las fotografías que reproducimos y que hablan elocuentemente de la importancia e interés de este poblado.

 

         El Castro de Coaña, o «El Castrillón», como le llaman los nativos, es uno de los muy numerosos poblados de este tipo que se extendieron por la región asturgalaica en la segunda mitad del primer milenio antes de Cristo, en una época que, para la zona geográfica citada, los estudios designan con el nombre de Cultura de los Castros. Con este nombre se pretende identificar un tipo de vida con unas características propias, en las que es actor un pueblo primitivo, descendiente posiblemente del hombre de Neanderthal, asentado desde tiempo inmemorial en el noroeste de la Península, y otro pueblo que se superpone a éste, que entró en España procedente de alguna región de Europa, a los que se ha dado el nombre de celtas.

 


         Cuando estos invasores llegan a lo que es hoy Asturias y Galicia, llevan ya siglos de un lento peregrinar desde sus oscuros orígenes, en el que han ido dejando atrás generaciones y generaciones de hombres de su raza y han ido adquiriendo costumbres y enriqueciendo su «civilización», al mismo tiempo que han intercambiado sus formas de vida con los otros pueblos que encontraron a su paso.

 

         Si queremos, ya podemos empezar a plantearnos las primeras interrogantes a que aludíamos al principio: ¿cuál es el origen de este pueblo celta que es combatido primero por los naturales de la región, se le respeta después y más tarde se le acepta? Como dice un autor especializado en el tema, dejémoslo en el aire y sigamos, porque a ésta tendremos que añadir más.

 


         Parece que cuando los invasores llegaron al noroeste de España se encontraron con un pueblo de civilización inferior a la suya, muy rudimentaria, que vivían en chozas construidas con ramajes, que buscaban en la caza su única forma de alimento y que ya conocían el fuego. Los celtas imponen sus costumbres, que, aun cuando no distaban mucho de las de los aborígenes, fueron suficientes para variarlas en ciertos aspectos. El éxodo durante tantos siglos les ha hecho aglutinarse en grandes familias o colectividades, que al pasar a una vida sedentaria se traduce en la construcción de importantes aglomeraciones urbanas. Sin embargo, estas ruinas que ahora podemos contemplar en «El Castrillón» parece que no proceden de entonces. Los celtas no han tenido dificultades mayores para sojuzgar al pueblo primitivo y no precisan de grandes ni fuertes edificaciones para defenderse. Quizá el origen de estas murallas, de estos edificios circulares de piedra, tengamos que buscarlo en épocas de enfrentamiento, y entonces encontremos la explicación de su origen en la invasión romana y en su cruenta lucha con los cántabros y astures a finales de la era anterior a Cristo (años 29-19 a. de C.).

 

         La defensa del territorio contra un enemigo fuerte y bien pertrechado requiere unos medios adecuados. ¿Está aquí el nacimiento de las murallas cuyos restos podemos hoy contemplar? Nueva pregunta sin respuesta autorizada. Sea cual fuere el origen de este castro, ahí están sus restos para hablarnos de un mundo antiguo en el que también se vivía, se amaba y se moría; en el que unos hombres semejantes a nosotros construyeron la base sobre la que está asentada nuestra civilización en sus primeros escalones.

 


         Nos abstenemos de describir este poblado porque no tenemos espacio para ello y porque el curioso visitante encontrará en él un guarda-cicerone que se lo explicará. Allí, sobre el terreno, le irán asaltando más preguntas sin contestación concluyente: ¿qué objeto tenía lo que hoy se llama, para entenderse, «casa matriarcal»? Y el «recinto sacro», ¿para qué servía? Las piedras con agujeros de cierta profundidad y diámetro, ¿eran molinos para triturar las bellotas de que se alimentaban abundantemente. urnas cinerarias o altares domésticos? ¿Fueron realmente celtas sus habitantes?

 

         Dejemos estas preguntas a los arqueólogos y dediquémonos a visitar el poblado, dejando que cada uno de nosotros arranque el eco poético de lo misterioso.

 


Publicado en:

La revista “Sniace. Nuestra vida social” Nº 140

Enero-Febrero 1974

 

domingo, 22 de enero de 2023

Julio Maruri en 1983

 

La resurrección de un artista

 


 

            Solo hay dos fechas frente al público en la vida santanderina de Julio Maruri como pintor. La primera, octubre de 1948, cuando sorprendió a los habituales lectores de su poesía con la exposición de 21 dibujos en el saloncillo de ALERTA; la segunda, febrero .de1958, con la espléndida realidad plástica de la colección de ceras y gouaches que mostró en la Galería Sur. En medio, una brevísima aparición en la colectiva de dibujos organizada por «Proel» en julio de 1951. Después, Julio Maruri marchó de Santander. Nos llegaron noticias de la presencia de su pintura en la sala de la Librería Fernando Fe, de Madrid, y en el Salón de Arte Contemporáneo, de Barcelona.

 

            A esto siguió un largo silencio para sus amigos, consumido por él en Bilbao y más tarde en Bélgica y Francia. Alguna carta esporádica, cuando menos podía esperarse, nos le iba situando por la geografía europea: a Bélgica y Francia se añadió Italia. Por fin, otra fecha de encuentro personal: verano de 1970. Maruri había sido invitado para asistir a las reuniones que sobre museística tuvieron lugar en la Universidad Internacional Menéndez Pelayo.

 

            La exposición del saloncillo de ALERTA, como digo más arriba, fue una auténtica sorpresa para la mayor parte de la intelectualidad santanderina de aquellos años. Algunos, muy pocos, sabíamos de sus juegos con la tinta china y el pincel. El empujón necesario corrió por cuenta de Pancho Cossío. A la obra de Maruri la había precedido en el saloncillo una colección de 12 acuarelas del pintor alemán Mathias Goeritz, creador de la Escuela de Altamira, bellísimas de línea y color, que yo creo que colaboraron también a que la sensibilidad artística de Julio Maruri se disparase.

 

            Los dibujos de nuestro pintor parecían encontrarse en el polo opuesto de la obra del alemán. Y digo parecían porque a pesar de que la representación de niños y payasos, que era el mundo que Maruri reflejaba en sus dibujos, daba la impresión superficial de estar alejado de la pintura de Goeritz; sin embargo, en la gracia y agilidad de los trazos de Julio se podía rastrear un enfrentamiento común con el arte. Pancho Cossío, padrino de esta primera salida del poeta al mundo plástico, escribió un breve texto para el catálogo. Al vaticinio entusiasmado que un día había hecho Ricardo Gullón sobre la poesía de Julio Maruri, se unía ahora el de Pancho Cossío relacionado con su capacidad como pintor. «Un imperio les está esperando», decía Cossío en su texto. La ironía empleada por el pintor cabuérnigo en el comentario no fue entendida por el público espeso y municipal, que tuvo que esperar diez años, hasta la exposición en la Galería Sur, para rendirse ante la evidencia de que nos encontrábamos ante un pintor de singulares condiciones.

 

            En el momento de escribir estas líneas yo no puedo saber si la pintura de Maruri se puede filiar en lo que se conoce como la Escuela Española de París, porque los cuadros que envía para la exposición de la Fundación Santillana no han llegado todavía de Francia. Además, ¿por qué la necesidad de adscribirle a una escuela determinada? Julio Maruri es un pintor con el que se cuenta ya en los medios artísticos de la capital francesa y esto nos basta.

 

            Celebremos ahora su resurrección artística en la Cantabria natal. La Fundación Santillana, en colaboración con la Consejería de Cultura del Gobierno de Cantabria, nos proporciona el goce estético de hacer un recorrido por su obra pictórica, desde aquellos primeros dibujos expuestos en el saloncillo de ALERTA en 1948 hasta su más reciente producción. A esta fiesta del arte se va a unir la presencia del artista, con lo que la resurrección se consumará en el más alto grado, con la esperanza, para sus amigos, de que pueda representar la recuperación para Cantabria de uno de sus artistas de la diáspora.

¡Bienvenido a tu tierra, Julio Maruri!

 

 


 

Publicado en:

El diario Alerta, el 22 de enero de 1983

 


 

domingo, 15 de enero de 2023

Esteban de la Foz

 

La pintura de Esteban de la Foz

 


 

            Esteban de la Foz expuso por primera vez en Torrelavega -y creo que única hasta esta de la Sala Espí-, en mayo de 1954. Han transcurrido pues, veintiséis años que para él significan haber doblado su edad de entonces, con toda la importancia que es preciso dar a un período tan largo para la obra de un artista. Era aquélla una exposición de dibujos a la encáustica y si no la primera de su vida, fue una de las primeras. Antes sólo había mostrado dos óleos en una colectiva de Santander, de los que uno le adquirió el Museo Municipal de Pinturas en un alarde de inteligencia y de oportunidad, y la misma exposición de Torrelavega la había exhibido en la Sala Sur en fecha inmediatamente anterior.

 

            Recuerdo los problemas de calidades que se planteaba el pintor: unos rojos inquietantes, azules tenebrosos, verdes oscuros tratados con el nerviosismo que provoca la indagación. Ya entonces, el sagaz crítico de arte que es Leopoldo Rodríguez Alcalde, percibía en las obras de Esteban lo que de misterioso v poético llevaban consigo. Al contemplarlas ahora podemos comprobar que el mundo intuido por Rodríguez Alcalde se ha confirmado: que el mundo en el que se ha debatido la sensibilidad del artista a lo largo de cinco lustros es ese mismo, lo que nos demuestra palpablemente que estos cuadros de hoy no son fruto ni de la espontaneidad, ni del hallazgo fortuito, ni mucho menos del capricho. Son el resultado de muchos días de investigación en la misma línea: de muchas horas ante el lienzo depurando conceptos, buscando la belleza limpia.

 

Una colectiva

 

            Al año siguiente, 1955, cuelga sus obras en una colectiva de pintores de Santander, organizada por la Sala Dintel en Comillas. Allí se dieron cita algunos de los grandes de la pintura montañesa actual: Enrique Gran, Ángel Medina, Eduardo Sanz, Agustín Celis, Julio de Pablo... Entre la exposición de Torrelavega y la de Dintel en Comillas, viajó por Francia, de donde se trajo una serie de dibujos a la cera que expuso en la Galería Altamira, de Madrid.

 

            Esto no es más que la prehistoria del pintor. Sería largo enumerar lo que sucedió después: exposiciones, viajes por el extranjero... Las pinturas negras de Esteban de la Foz han paseado ya por el mundo su categoría; están colgadas en importantes museos; son codiciadas por los más exigentes coleccionistas. He dicho pinturas negras. Puede ser que negra sea la primera palabra que superficialmente salta a nuestra mente, provocada por una retina inicialmente engañada si por negro entendemos la negación del color. Pero dejémonos subyugar por estos cuadros, olvidemos lo que es la obra bien hecha a juicio del buen burgués. Será entonces el momento en que empezaremos a comprender el valor cromático que se encierra detrás de esa aparente uniformidad plástica; será la ocasión en que empezaremos a gozar de su tersura, de la calidad del color, de las formas ocultas tras ello. Nuestra visión de primer requerimiento empezará a sentir una intranquilidad que no sabemos cómo nos llevará sin esfuerzo y con placer infinito hacia el más alto concepto de la belleza. Ya no podremos desprendernos fácilmente de su atractivo, porque la sensibilidad de cada uno se sentirá drogada y un nirvana tendido entre el mundo de la realidad y el del ensueño se habrá adueñado de nosotros.

 

Misterio

 

            Las pinturas aparentemente negras de Esteban de la Foz, aparentemente negadoras del color, habrán cobrado todo su esplendor colorístico, sobrio pero subyugante, misterioso pero realista a la vez, con ese realismo que quisiéramos que inundara el mundo para ver si saltaba para siempre, hecha pedazos, la mediocridad circundante. Porque el mundo cada día está más necesitado de estas dosis de misterio que nos rediman de la banalidad. Estos cuadros están llenos de misterio tras esos negros que no son negros para ojos que saben ver, porque allí el negro adquiere una dimensión que jamás tuvo desde la obra gloriosa del genial Goya y de la del no menos genial Riancho.

 

            ¡Qué gran labor en este camino la de la pintura de Esteban! Ante cada cuadro todos podemos permitirnos la libertad de mostrar sin pudor; la parcela de sentimentalismo que llevamos dentro; llenar cada lienzo con nuestras propias nostalgias, con nuestros ensueños. La visita a esta exposición es un paseo por el bosque encantado, que ya habíamos perdido la esperanza de hallar y que ahora se nos ofrece próximo. Salen a nuestro encuentro fantasías que inmediatamente son realidad; encantados paisajes que sólo habíamos visto en la duermevela y que en las horas de vigilia se nos habían negado.

 

            El programa que tuvimos a nuestro alcance fue sugestivo: descubrir la obra, sentimos protagonistas en este mundo del misterio que está encerrado en las pinturas de Esteban de la Foz.

 

 


 

Publicado en:

El periódico quincenal Cántabro, el 15 de enero de 1977

 


 

 

sábado, 14 de enero de 2023

DE AMIGO A AMIGO. Recuerdo de una amistad.

 Hoy 13 años de fallecimiento de Aureli García Cantalapiedra

De amigo a amigo

 

 


 

            Presentar al lector esta selección de textos que fueron saliendo de la pluma de Manuel Teira, conlleva, para el que esto escribe, una dificultad añadida a la normal que semejante acto implica. Porque yo fui amigo suyo desde los años de la niñez hasta las amargas horas finales de su vida y esto condiciona lo que pueda decir, por mucho esfuerzo que me impong buscando la objetividad que requiere el separar ambas cosas. Pero, ¿por qué separarlas?, ¿por qué ocultar al lector la intervención de la mano de la amistad?. Esta mano que recogió la suya en últimos instantes de su existencia; mano en la que quedó grabada de manera imperecedera la despedida final, sin grandes elocuencias, de corazón a corazón, como siempre.

 

            No ha resultado fácil la selección porque, además, todos los temas relacionados con la vida cultural eran propicios para el comentario de Manuel Teira, en los que podemos destacar los que tenían relación con Torrelavega. Precisamente esta inclinación excesiva hacia todo lo que concernía al pueblo natal, limitó el discernimiento intelectual de sus escritos. En el amor que puso en ello y en la humildad con que lo trató radicaba su grandeza.

 

            Era un amor que tenia sus raíces en los años finales del siglo pasado; que había ido creciendo en la admiración que sentía por aquellos hombres que en el último tercio del siglo XIX dieron, con su ejemplo, a los que vinimos después, lecciones admirables ante los problemas que se les presentaban en la convivencia ciudadana.

 

            Manolo Teira fue esto y más para la vida local. Le podíamos ver con una mueca entristecida cuando acababa de atender a un paciente ya en trance de muerte; sonreír en un gesto de dominada euforia ante noticias que le llegaban y le complacian, cuidando de que no trascendiera su alborozo por si esto pudiera molestar a otros; aceptar con neutral postura acciones que a cualquiera harían torcer el gesto; recibir con abierta sonrisa al situado enfrente. "Grandeza de corazón", escribió un día refiriéndose al párroco don Ceferino Calderón; grandeza de un amigo podemos afirmar nosotros, orgullosos de haberlo sido y a quien no tuvimos necesidad nunca de intentar halagarle con la declaración personal de esta admiración. Ser amigo era para él eso, nada menos que eso: ser amigo.

 

            La formación intelectual, que le había llegado por linea paterna, cayó en terreno propicio, como puede comprobar el lector con estos textos, en los que a veces juega con las palabras en un intento de rebajar la altura intelectual que contienen.

 

            ¿Para qué seguir por este camino?. Ahí están algunos escritos suyos, de cuyo conocimiento sacará el lector la misma valoración alta que se les concedió cuando iban llegando en su momento al público.

 

 


 

Prólogo al libro postumo de Manuel Teira TORRELAVEGA Perfiles de una Ciudad publicado en Ediciones Las Hojas del Quercus. 1.998.

Publicado en

El Diario Montañés. Suplemento Vecinos. Noviembre 1998. Primera Quincena


 

sábado, 31 de diciembre de 2022

TORRELAVEGA: año 1850

 


            A partir de 1850 la villa de Torrelavega inició su despegue urbanístico y social, de tal manera que se puede decir que es en esos años de mediados del siglo XIX cuando se sientan las bases de su evolución hacia la modernidad. Evolución que había tenido unos esperanzadores principios en los años finales del siglo anterior, que se vieron frustrados por las consecuencias de la invasión de las fuerzas francesas. En los años a caballo de 1850 empezó con una tímida prosperidad económica y un modesto pero firme desarrollo urbanístico, sobre los cuales se iba a asentar en el último tercio del siglo, una nueva vida cultural y espiritual de sus vecinos.

 

            Como ha ocurrido en todas las ocasiones a lo largo de la corta historia de Torrelavega, la situación geográfica fue la causa principal de este nuevo intento de despegue, situación que dio lugar al hecho trascendental para la vida económica de la villa, de que el trazado del llamado ferrocarril de Isabel II cruzara nuestro valle, pasando el primer tren por la estación de Torrelavega, el 23 de octubre de 1858. Un siglo antes, en 1753, entró en servicio el primer camino (muy rudimentario), de Santander a Reinosa. con el que empezaron a abrirse para Cantabria en general y para Torrelavega muy en particular, las puertas de un incipiente desarrollo lleno de posibilidades. Hasta ese momento, nuestra provincia carecía de comunicaciones adecuadas con el resto de la Península, con la que no se tenía más medio de relación eficaz que el que permitía la vía marítima.

 

            Esta ruta de penetración en Castilla fue acondicionada para el tránsito rodado en 1788, momento en el que el tráfico del trigo castellano hacia los puertos de nuestra costa sufre un fuerte incremento y es alrededor de esa fecha cuando se implanta la importante industria harinera en la cuenca del Besaya, con unas consecuencias económicas de las que Torrelavega se iba a beneficiar de manera principal, por su situación privilegiada sobre este camino y por su proximidad a los puertos de embarque.

 

            En el año 1850 que se ha tomado como referencia recorrió la provincia de Santander un cronista, que recogió sus impresiones en la publicación titulada “Semanario Pintoresco español”, destacando en sus notas que “lo que más realce daba a Torrelavega es la campiña extensa que llaman la Mies… en ella hay una cascada artificial... próxima está también otra fábrica, del señor Duque del Infantado; en otro tiempo trabajó en tejidos; ahora está parada e inutilizada desde la guerra de la Independencia, en la que sufrió estragos...”. El cronista acusa la falta de una iglesia parroquial, “puesto que la que sirve para celebrar la misa y demás solemnidades es una capilla del Palacio del Duque del Infantado que, aparte de ser un poco decente, está amenazando desmoronarse en un día de tormenta”, añadiendo que es notable la falta de una casa Ayuntamiento, al tiempo que pone algunas pegas a los guijarros de que estaba formado el suelo de la Plaza Mayor.

 

            La vida de la villa en estos años centrales del siglo XIX es eminentemente rural, a pesar de contar con esa industria harinera que he citado y algún curtido. Todo discurría alrededor de los mercados semanales, que venían celebrándose desde el 4 de julio de 1799. En el “Diccionario Geográfico e Histórico” de Pascual Madoz, publicado en 1843, puede leerse que Torrelavega tiene entonces nueve almacenes de tiendas de telas, dos de géneros catalanes, cuatro de quincalla, siete de comestibles, ocho de tabernas, dos sombrererías y tres confiterías, y añade “todos los jueves se celebra mercado de granos en la Plaza de la Iglesia; de ganado de cerda en la Quebrantada y de toda clase de artículos de necesidad y lujo en la Plaza Mayor; el de ganado vacuno tiene lugar cada quince días, junto al campo Santo”.

 

              La villa que vieron don Pascual Madoz y el cronista del "Semanario Pintoresco Español» quedó reflejada gráficamente en el plano que de ella levantó en 1852 don Hilarión Ruiz Amado, de quien todavía se conserva en una casa del Cótero una placa de mármol, en la que Ruiz Amado dejó constancia de su orgullo profesional. Había sido construida por él, el año 1833. (¿Se ha pensado en conservar esta placa?).

 

            Los ríos, tanto el Saja como el Besaya, como sus afluentes locales, constituían una buena fuente de riqueza, pues proporcionaban salmones, truchas y anguilas. Pero si por un lado estos ríos aportaban tan estimables contribución a la economía de la comarca, también causaban en ocasiones graves perjuicios, como consecuencia de las inundaciones provocadas por sus «arriadas», como llamaban los vecinos entonces a las crecidas anormales. El 2 de junio de 1844, en pleno verano, se desbordó «el río de la cárcel" , el Sorravides, causando grandes daños en las casas y calles de esta zona, próxima a la casa del Infantado. En otra «arriada», ésta de 1846, el Besaya se llevó el puente de Torres, a pesar de que a finales de 1842 había realizado don Antonio de Hornedo importantes obras de defensa en su proximidad. En estas obras encontramos el nombre que se da actualmente a los campos de deportes, pues se las conoció con el nombre de «obras del malecón», ya que se trataba de la construcción de un malecón defensivo en aquella zona. La de 1844 que he citado más arriba, fue de tal magnitud y consecuencias, que dio lugar a que tuvieran que trasladarse a Torrelavega el jefe político de la provincia, con el fin de estudiar la situación provocada. La visita fue aprovechada por las autoridades locales para plantearle algunas de las necesidades más apremiantes que tenía la villa, lo que nos permite conocer su situación en algunos aspectos en la fecha a que me vengo refiriendo. Por ejemplo, se trató de la necesidad de reforzar y arreglar los puentes sobre el río Sorravides; del «encañamiento» de las aguas potables; allanamiento, y rebaje de las plazas del mercado y sus calles próximas; nuevo edificio para el Ayuntamiento; reedificación de la iglesia; construcción de un nuevo cementerio; hacer más transitable el camino llamado de La Montaña, hasta enlazar con la carretera general de La Rioja, que pasaba por Vargas…

 

            En estos mismos años de mediados del siglo, se realizan trabajos de nivelación y total reforma de la Plaza Mayor; acondicionamiento de las calles Ancha, Mártires y Consolación, con su alcantarillado; consolidación de los muros de la iglesia parroquial y restauración de su interior; se proyecta el camino a la estación del ferrocarril de Isabel II, hoy calle Julián Ceballos; fueron reformadas las fuentes de la Ribera y la del Rey y hasta se designaron y enumeraron las plazas, calles y casas de la villa. Es curioso observar cómo en 1858 se encontraba todavía en condición de habitabilidad una parte del Palacio de los Duques del Infantado y de Osuna, referencia que nos es confirmada por el hecho de que el 12 de junio de este año fue ofrecido al gobernador provincial para que pudiera establecer en ellas un destacamento penal, pues cuenta -le dicen- “con tres espaciosos cuerpos, cuadras, patios y huertos de tapias que los rodean”. En cuanto a la construcción del nuevo cementerio, se llevó a efecto en 1855 y fue acondicionado de manera urgente y provisional como consecuencia de la epidemia de cólera que afectó a la población ese año y el anterior. Este nuevo cementerio fue emplazado junto al terreno ocupado por el primitivo, separado de él por una tapia, del que puede verse todavía su puerta de acceso, cegada, próxima a la entrada actual. El cementerio primero había sido construido en 1809, en el lugar en que hoy se encuentra el edificio dedicado a depósito de cadáveres y nichos más antiguos.

 

            Otros datos de interés se podrían consignar para estos años centrales del siglo XIX relativos a estos aspectos de Torrelavega, como la iniciación de los trabajos por la Real Compañía Asturiana de Minas, en 1853, pero creo que es suficiente lo que antecede para poner en evidencia el interés que reúnen esos años en cuanto al despegue urbanístico y social de Torrelavega.

 

 


Publicado en La Hoja del Lunes, el 27 de diciembre de 1982

 


 

miércoles, 21 de diciembre de 2022

JOSÉ HIERRO. 20 años sin su voz

  José Hierro: Ecos en el primer aniversario

 


            Ha trascurrido ya un año. Habías vuelto entonces a tu reino, la mar, pero no te separaste de nosotros. Aquel hasta siempre que predecíamos, se está cumpliendo, sigues aquí , a nuestro lado, como lo habíamos soñado. Era una alucinación que nos unía a ti con la fuerza que da el profundo sentido humano de tus versos. Hoy vemos cómo las cenizas, que un día recibió gozoso tu mar Cantábrico, se unen a la memoria eterna de tu presencia.

 

            Habían quedado entre nosotros las palabras que un día te dedicara Juan Ramón Jiménez: “Si usted sigue escribiendo poemas como éste, la poesía actual española se habrá salvado y qué alegría para usted y para mi”. Aludía el maestro a “Episodio de primavera” del libro Cuanto sé de mí. Y las de Gerardo Diego que comentaba admirado: “Qué poeta, Dios mío, Pepe Hierro, ¡Qué emociones, qué abismos humanos nos descubre!”

 

            Nacieron los libros iniciales tuyos, Tierra sin nosotros y Alegría, en 1947. Reunías en el primero poemas dedicados “A mi madre”, que todos los amigos de entonces los habíamos vivido con idéntica pasión que tú. Cuánto calor corría por las venas de sus versos a pesar de vientos y olas que en ocasiones trataban de amordazarles. Pero luchabas y vencías, logrando que todavía hoy parezcan emerger de música que llega de flautas encantadas.

 

            Por el dolor a la alegría; así llegaste al segundo de estos dos libros. Algunos de los amigos que te habían acompañado quedaron en el camino y su recuerdo dominaba el tuyo. Los nuestros, nuestros muertos, habían encendido la llama que permanecía apagada. La alegría que nació con estos poemas intentaba llevarnos a mejores momentos. Años de vino y rosas que a ti debemos.

 

            En los finales de la década de los cuarenta la vida intelectual en Santander había alcanzado un elevado nivel cultural en el que fuiste protagonista destacado. Son fechas en las que, según dijo Aurora de Albornoz, escribiste “casi de un tirón” la mayor parte de  Con las piedras, con el viento, aparecido en 1950. Con las piedras nos dices, hablo de mi reino y con el viento.

 

            Cómo esa llama no se fue apagando tu lo presentías. Poco después, 1952, nos lo confirmas con la edición de Quinta del 42, que en entrañable dedicatoria al autor de estas notas le hace particularmente próximo. El libro, son tus palabras, fue naciendo día a día. Con él volvía la madre al recuerdo y el poeta buscaba sentido al tiempo. Cenizas, sombras, olvido, dices. Desde la reclusión   forzada que sufriste habías alcanzado a ver el mar, y otra vez la playa, las gaviotas, regresaban a tus versos y nos hablas de plenitud, de estío. Todo había cobrado sentido y en este libro vuelves al encuentro con los amigos que según expresión propia en otro escrito, “estuvieron al borde del heroísmo pero no llegaron a entrar en acción”, en lo que encontrabas su fracaso humano.

 

            Después de cinco años de silencio se publicó Cuanto sé de mí, distinguido con el premio de la Crítica y al que en 1959 se le concede el Juan March. Se vuelcan sobre ti los elogios, como el de Juan Ramón Jiménez citado al principio de estas notas. Eran palabras del maestro eternamente admirado; los desvanecidos días se ponen al fin de pie y en el libro se recoge tu hermoso testamento poético.

 

            El Libro de las alucinaciones, en 1964 y Agenda en 1991 cerrarían aquel tiempo y este último rompió un silencio que parecía definitivo. Son los años en que se producen momentos importantes en tu vida literaria: en 1981 la concesión del premio Príncipe de Asturias y en 1990 el Premio Nacional de las Letras Españolas. En 1982 fuiste distinguido con el título de Hijo Adoptivo y Poeta de Cantabria que tan hondo te llegó.

 

            En 1998 Cuaderno de Nueva York fue la última colección de poemas que nos entregaste en libro y que nos hizo repetir con Gerardo Diego “¡Qué poeta, Dios mío, Pepe Hierro!”. El poema “Vida” que lo cierra ¡qué broche de oro¡.

 

            En los últimos años de tu vida te habías refugiado en un litoral desconocido; así nos dijiste. Pero el mar Cantábrico no te abandonaría y aquí estás para siempre, entre nosotros. Este mar, que es tu jardín, te abraza eternamente. Déjame que te repita estas palabras que llegaron contigo al mar.

 

jueves, 15 de diciembre de 2022

GLORIA RUIZ. Rasgando Oscuridades

  ESTE LIBRO

 


Yo no quería prologar, este libro. Su contenido, repleto de horas amargas, de decepciones, de luchas, es tan angustioso, que más me hubiera gustado guardar la cabeza debajo del ala, pero las sinrazones que adujo su autora fueron tan entrañables, que no me dejó otra opción.

 

Se trata del segundo conjunto de poemas que Gloria Ruiz ofrece al público. Pienso que, en forma instintiva, se va a producir una tendencia a compararle con el primero y que en una aproximación superficial parezca nada más que una continuación del anterior. Yo me permito invitar al lector a adentrarse en él reposadamente, en la soledad que exigen unos versos como estos, enseguida se encontrará toda la novedad que encierran. Si Versos de Amor y Muerte, rezumaba desencanto, entrega a una inexorable nada que invadía cada página del libro, a mi me parece escuchar en este segundo una más dichosa serenidad, sin perder el halo de tragedia que resplandecía en la primera colección. En cada poema, en cada página, aparecían huellas del espíritu luchador de su autora, girones arrancados a la desgracia de los demás con afán redentor, que en esta nueva salida al pueblo que ella quiere que la escuche, adquieren un tono más estable; hay más equilibrio en el reflejo de los problemas; los versos han ascendido escalones que llevan a un mayor dominio de la angustia.

 

Además, el libro presenta una nueva dimensión con respecto al anterior. Un grupo de artistas plásticos han querido sumar su voz a la de la autora, refiriendo en imágenes la misma inquietud.

 

La poesía de Gloria Ruiz sería preciso enmarcarla, en su conjunto, en lo que se ha venido llamando desde la posguerra española, poesía social. Y quizás en estos dos libros con una evidente justicia, porque los problemas sociales se nos ofrecen en ellos con aristas de diamante, aunque no exentos de una misteriosa ternura. Empleo el término “poesía social” sin creer en él; por lo menos en su aceptación cotidiana, porque entiendo que toda la poesía, cuando es auténtica, es irremediablemente social. El poeta es hombre además de poeta, o antes de ser poeta; como consecuencia, la producción de su mente será siempre un reflejo humano, o lo que es lo mismo, un eco del mundo social en el que quiéralo o no, está inmerso precisamente por su condición de hombre. Lo que ocurre es que las circunstancias en las que se ve obligado a vivir el poeta, y el hombre en general de nuestra época, han radicalizado el concepto de lo social, reservándole para una parcela reducida de la actividad humana. El luchar con el verbo y con el verso en defensa de unas ideas en las que está implicada, por ejemplo, la libertad humana, es tan social como la más delicada rima de Bécquer, en la que el poeta está luchando también por una parcela de su libertad personal contra un mundo que le niega la felicidad. Cuando Unamuno se enfrenta con el gran problema de su desaparición total, está defendiendo un aspecto social de su existencia. Bien está hablar de “poesía social” si con ello llegamos a un acuerdo de definición, pero seamos conscientes de que hemos reducido su campo; sepamos que no es más que parte de un todo y que lo estamos utilizando eventualmente porque hemos necesitado acuñar un título en un momento determinado, quizás para no asustar demasiado a la feliz burguesía.

 

¿Qué la diferencia, qué la distingue, a la poesía de Gloria Ruiz? ¿Dónde está su personalidad? Pienso que podemos encontrarla en ese filo de diamante del que he habado antes. De manera valiente la autora desnuda su alma ante las cuartillas, que se ofrecen inocentes a su vehemente necesidad. No están escritos sus versos con lágrimas; Gloria Ruiz no llora. Surgen de algo más profundo que del rincón de las lágrimas, vienen de la sima donde anidan la rabia y la impotencia. Llegan a nosotros con el reflejo doloroso de la lucha que nos devuelve al punto de partida, con la claridad que produce en los ojos el reconocimiento de la meta, pero que no admite otro camino que dejar constancia de su saber y de la amargura que provoco. La poesía de Gloria Ruiz se mueve en esta línea de densas vivencias que dan lugar a gritos apasionados, denuncias condenadas a caer en el saco repleto del egoísmo de los hombres. Pero a ella no le importa; sigue luchando, aunque queden desgarraduras en su alma y en sus sentimientos.

 

         Yo no quería prologar este libro, dije al principio, pero ahora tengo que escribir: Gracias, Gloria, por haberme permitido incorporar de alguna manera mis palabras a tu esfuerzo.

 


Prólogo al libro de Gloria Ruiz “Rasgando Oscuridades” editado por la autora en 1977

Publicado hoy, 15 de diciembre, festividad de San Juan de la Cruz, Patrono de los Poetas