lunes, 21 de febrero de 2022

Tiempo y Memoria

 

Tiempo y Memoria

 

 

            Se trata de una memoria que no puede remontarse muchos años atrás. La técnica que lo permite se empezó a conocer solo hace siglo y medio. Para Torrelavega el tiempo que lo limita es más corto; en torno al año 1880. Bernardo Riego nos ha hablado del año 1879 para fechar la llegada a la villa del primer fotógrafo, Justo V. Blanco, “y quizás antes, el ambulante Bernardo Ruíz, que procedía de Oviedo, [ ... ] tuvo un gabinete instalado en Mártires, 7”. Más adelante, en el mismo libro, precisa el autor citado que el primer fotógrafo establecido de manera permanente en Torrelavega, fue Alfonso Redón “que debió comenzar en 1883; su estudio estaba situado en el pasaje de Saro”.

 

            Es corta esta fidedigna memoria recogida en las placas fotográficas de entonces, pero suficiente para ensanchar la imaginación por los caminos pisados por nuestros antepasados. Instantes conservados en el viejo baúl de la abuela, mezclados con objetos de un uso ya agotado, en revuelto orden que el tiempo ha dispuesto. Aroma de años lejanos, de fechas que aún tenían futuro. Tiempos fijados para siempre en estas imágenes; pasado y presente que también se nos antojan nuestros.

 

            Es tiempo también que nuestros ascendientes hicieron realidad para nosotros, incorporándolo con sus recuerdos a la memoria con que los vivimos hoy. Pasear la mirada por este libro puede dar lugar a que la recuperemos humedecida. Nombres desaparecidos, sitúan lugares que la añoranza busca inútilmente: Tras la Torre, el Majuelo, la Puebla; o el Regato, el Nogal, la Calleja... y unidos a estos nombres, el de hombres y mujeres que vivieron aquella existencia. De la mano de la historia, que también por estos recuerdos pasa, nuevos nombres de calles y lugares fueron sustituyendo a aquéllos, incorporándolos a la vida más cercana: el Cantón, la Confianza, Herrerías, Tudescos ...

 

            Cuando llegó la fotografía ya transitaban por algunas de estas calles las diligencias. La Quebrantada, el Comercio, la Plaza Mayor, el Mortuorio, eran camino obligado a Santander. La Quebrantada estaba formando sus "Cuatro Caminos". Desembarcaban de las diligencias los viajeros ante el curioso mirar de los vecinos; atuendos extraños para los nativos; baúles con el misterio de su contenido. Y allí, la oportuna cámara del fotógrafo que todavía ignora que está trabajando para la historia. Junto a los carruajes, y humildes edificios, con establecimientos que orientan su actividad hacía el mundo que allí se recrea: talleres de carros para atender las posibles averías; coches de alquiler, para prolongar el viaje a puntos no comprendidos en la ruta trazada; hospedajes, herreros, ... ¿De dónde este nombre de Quebrantada?, se preguntan los viajeros. ¿Qué parte de nuestra historia recuerda? ¿Fue don Diego Hurtado de Mendoza quien dejó huella con sus batallas en este lugar yen el del Mortuorio? La historia lejana parece afirmarlo así.

 

            Cuatro Caminos va alargando sus brazos, delineando su cruce; la carretera que lleva a Asturias está siendo modelada por las ruedas de las diligencias. Las viviendas que allí se construyen atraen también el objetivo del fotógrafo que nos deja constancia de ellas.

 

            Nacía entonces el tejido viario de la todavía villa pero pronto ciudad. La calle del Comercio, ampliando sus actividades, confirmaba así el nombre, que perdería en 1911 cuando recibe el de José María de Pereda. Era el enlace entre Cuatro Caminos y la Plaza Mayor. Obligado tránsito en los días de mercado para las mercancías que llegaban a los rústicos tejadillos en que se ofrecían al público en la plaza. Sobre el no menos rústico empedrado y suelo de tierra, la cerámica doméstica ocupaba la mayor parte de su superficie. Campo abierto los más de los días para solaz de los vecinos, donde ya se encuentran muestras de pretenciosos edificios que se levantaban en sus márgenes con soportales corridos y varias alturas de pisos. Los maestros de obra Pablo Piqué y José Varela introducían con ellos nuevas maneras. Empezaban a asentarse en estos soportales, con la prudencia de su etnia, los comercios pasiegos. Tímido y retraído en personas y mercancías, pero decididamente anclado en modestos huecos y amplia trastienda.

 

            Pronto extendieron su diligente actividad a la mayor parte del pueblo, sentando así una de las bases de la prosperidad económica local, a la que contribuiría muy eficazmente el dinero de los indianos que llegaba de América.

 

            El empuje de unos y el dinero de otros, concurren a la apertura de nuevas calles. Una de ellas con el nombre inicial de " Camino de la estación", que en 1876 pasaría a ostentar oficialmente el de "Calle de Julián Ceballos". Por aquí se fue extendiendo la villa hasta la estación del ferrocarril de Isabel II. En sus márgenes levantaron pronto la vivienda familiar Genaro Perogordo, Crespo Quintana, Argumosa... Un cronista de la época hablaría así en 1880 de la vía recién abierta: ... entre prados multiplicados de un eterno verdor, llegamos a la estación de Torrelavega De aquí parte, hasta la villa, una nueva y recta carretera, festoneada ya por ambas bandas con chopos y plátanos frescos y frondosos, que apenas hace recordar que median pocos años que era todo este trazado un monte áspero y despoblado [..] Casi todas sus construcciones son obra de los que por la necesidad o el ejemplo, han sabido lograr en lejanas tierras una regular fortuna, saliendo pobres y volviendo más que ricos, con el opulento nombres de indianos.

 

            El "Camino de la estación" fue lugar de expansión para el comercio. Un nuevo núcleo urbano se apoya en su trayecto, con el nombre de calle Consolación. En los primeros años fue conocida como "la calle de los Pasiegos", sobrenombre que se utilizó durante mucho tiempo, con justificado origen en los abundantes comercios de tejidos que abrieron también aquí los inmigrantes que llegaban de las villas pasiegas.

 

            En la confluencia de esta calle con el camino que conducía a la estación del ferrocarril, manaba una fuente, la de la Ribera,... vulgarmente conocida por la de los Cuatro Caños, que sólo arroja agua por tres de ellos y en tan escasa cantidad que en vez de chorros sólo eran unas cuantas gotas lo que cada uno producía, como dijo de ella el año 1878 el ingeniero Eduardo Miera. Agora torrelaveguense, punto neurálgico de citas y reuniones, escribe Serafin Escalante, lugar por donde ( ...) sin distinción de clase, a una u otra hora del día, transitaban todos sus habitantes. Cuando el "Camino de la estación" quedó abierto al tránsito rodado, fue punto de partida para los carros de caballos que cubrían el trayecto a la estación del ferrocarril.

 

            El llamado Pasaje de Saro unía este lugar de Cuatro Caños con otro de los espacios urbanos: la antigua Plaza del Grano. Aquí el recuerdo se agranda, coge más vuelo. En uno de sus lados, los restos de los edificios de lo que un día fue Palacio de la Casa de la Vega, nos hablaban de historias primeras; de fosos de defensa inundados por el río Sorravides; de jardines con naranjos, limoneros y parrales... todo desaparecido hoy. Años e historias en los que sus hechos habían pasado ya a los libros. Unido a aquellos restos, se conserva la vieja iglesia parroquial, derribada en 1937, cuyo origen estaba en la Capilla del Palacio. Era este un antes que había escapado al objetivo de las máquinas fotográficas y que se guardaba en la cámara oscura de la memoria, perpetuándose de generación en generación. El mismo Fernández Escalante citado, llamó al conjunto Aristocrático barrio torrelaveguense, a fines del siglo XIX... y árboles y bancos para el paseo y  descanso en una elevada zona central, enlosada, trataban de embellecer el lugar.

 

            Rodrigo Amador de los Ríos se refirió a ella diciendo que era una espaciosa plaza, plantada de arboles, en la que se hallaba la Casa Consistorial, edificada en 1855 sobre porches.

 

            La añoranza mitifica los recuerdos y endulza asperezas. Las costumbres y anécdotas contadas por los abuelos, aparecen en la memoria con nitidez de días claros y perfección de formas.

 

            Han transcurrido los veinte años finales del siglo XIX. La memoria gráfica se multiplica. Se acercan con ella abundantes imágenes, que se nos antoja vividas por nosotros. Pero nada más que en la ilusoria existencia que provoca la nostalgia... En las viejas calles vemos congeladas siluetas de ayer y de hoy; establecimientos comerciales, en los que cremas reconocer a sus dueños. La calle Ancha, la Estrella, la Avenida de la estación del Cantábrico... Pero no, no eran tiempos nuestros. Sería años más tarde cuando para nuestra juventud primera, todas las calles llevaban a la Plaza Mayor. Como llevaban al ferial de la Llama, cuando éste se llenaba de ganado y tratantes y de figones en los que acababan las conversaciones de compra y venta.

 

            En el campo de Pomar, próximo al ferial, se construye una nueva iglesia. El dinero de los vecinos pudientes y el denodado empuje del párroco, don Ceferino Calderón, hicieron realidad un proyecto arquitectónico ambicioso.

 

            Cuando Torrelavega entra en el nuevo siglo parece salir de la adolescencia y pasar a la madurez. Una vida económicamente en marcha ascendente colabora en el sosiego de sus habitantes. Se crean asociaciones de recreo y culturales; se consolida la presencia de periódicos nacidos unos años antes; nace la Escuela de Artes y Oficios. Ahora ya es ciudad, titulo que colma el orgullo de los vecinos. Pero desaparecen lugares y nombres que los habían identificado: el Pradejón, los Corrales, el Hoyo, y el callejón de Sal-si-puedes...

 

            De estos años quedan otros instantes de la memoria. Por delante, una vida nueva que las cámaras fotográficas han ido recogiendo en mayor abundancia. Vida densa en hechos y en ambición colectiva y privada, en la que hoy nos encontramos inmersos.

 


 


 

Publicado en: El libro “Instantes de la Memoria” (Torrelavega en sus fotos)

Ayuntamiento de Torrelavega, 1996

 

El diario Montañés el 21 de febrero de 1997

 

domingo, 13 de febrero de 2022

A JULIO SANZ SAIZ

 

PALABRAS EN HOMENAJE A JULIO SANZ SAIZ


 

 


 

 

            La vida de Julio Sanz Saiz aparece con claridad en mi memoria a partir del año 1953, cuando se inicio la publicación en Torrelavega de la revista Dobra. Julio fue en ella un colaborador asiduo y destacado desde el número uno, en el que se le presentaba como director artístico, hasta octubre de 1955 en que desapareció esta publicación. Su última colaboración fue una bella prosa a la que tituló Acuarelas otoñales.

 

            En aquel número primero que llevaba la fecha de junio de 1953, ya nos ofreció una visión emocionada de nuestra comarca en la que sonaba su alma de poeta, con la misma pasión con que lo iba a hacer siempre.

 

            En un escrito reciente de Juan José Crespo resaltaba su autor, con pleno conocimiento, las cualidades, las muchas buenas' cualidades que adornan a Julio, de las que entre otras cosas “tiene vocación de hacerse necesario” y en renglón siguiente habla de “su extraordinaria facilidad para recuperar la capacidad de maravillarse y abandonarse luego en los amorosos brazos de la vida”.

 

            Cuánta verdad se encierra en el artículo de Crespo, sobre la vida de, Julio Sanz Saiz y qué bellamente escrito.

 

            Pero aquel mundo literario pronto se le iba a quedar pequeño a Julio y su espíritu lírico se extendió por toda Cantabria: La Liébana (1976); El Valle de Cabuérniga (1983); El Vállle de Torrelavega (1983); El Real Valle de Reocín (1989); Tudanca y el Nansa (1990) al que subtituló Evocaciones y paisajes, con el que saltan a sus páginas las amistades que cultivó en La Casona de José María de Cossío, principalmente con su propietario; Ríos de Cantabria (1991)... En todos ellos trascienden impresiones líricas que han deslumbrado a nosotros, sus lectores.

 

            Todo este mundo de nuestra Cantabria por el que Julio ha pasado y del que hemos disfrutado con su lectura cuantos nos hemos acercado a sus páginas, nos hará contar siempre con estos testimonios. Y en especial en lo referente a la vida de nuestra comarca de Torrelavega que ha dejado marcada con su personalidad, su obra artística, su poesía y las amarguras circunstanciales de su vida familiar, que en todo momento nos han salpicado a todos como propias.

 

 


 

Publicado en:

El Diario Montañés y en el Alerta con distinto titular.

13 de mayo de 2002.

jueves, 3 de febrero de 2022

José Luis Hidalgo

  75 AÑOS HACE DE LA MUERTE DE

JOSÉ LUIS HIDALGO

Por ello traemos a este humilde blog dos escritos de su amigo; uno, cuando le recordaba a los veinticinco años; y el otro, a los cincuenta año del luctuoso acontecimiento


25 ANIVERSARIO DE LA MUERTE DE JOSÉ LUIS HIDALGO

 

  Estas notas que voy a leer a continuación, están dedicadas a la memoria de Don Gabino Teira, y también, a Alfredo Velarde y Pedro Lorenzo, mentores de José Luis desde la Biblioteca Popular, en los años de adolescencia.

 

            A las diez y media de la noche de hoy, se cumplirán veinticinco años de la muerte de José Luis Hidalgo.

 

             Cuando un hombre muere, la memoria que nos queda de él se valora por sus obras o por su personalidad y la amplitud de la onda de su permanencia, nos dice claramente de su categoría. Lo normal es que las dos -obra y personalidad-, sean del mismo orden y que a mayor personalidad correspondan obras más importantes, si es que la personalidad ha llegado a dar sus frutos. Una obra transcendente, que nos arrastre tras de ella, tiene detrás, sin duda, un creador de altura paralela.

 

            De que Hidalgo, en su breve paso por la vida, dejó proyectada su personalidad en una obra de interés, damos testimonio nosotros aquí, con nuestra presencia, pues ella nos convoca. Un puñado de versos ha sido suficiente para que aquella onda de que hablábamos se haya ensanchado hasta rebasar los límites de lo nacional. Pero lo que yo quiero trae hoy ante Vds., como pórtico a una lectura de sus poemas, no es la obra de Hidalgo, sino su personalidad. Quien ahora me interesa es el hombre que está detrás de sus libros, su autor, pero no como autor, sino como hombre; me interesa el hombre que hay detrás del autor, la personalidad que fue capaz de llegar a concebir y trasladar a signos inteligibles para nosotros, los hondos, los tremendos problemas que se plantean en sus libros, de manera especial en el titulado Los muertos.

 

            ¿Cómo era ese hombre? ¡Cómo se comportó ante los demás hombres y que reflejo de él quedó en nosotros? !Qué tema más tentador si dispusiéramos del tiempo necesario para desarrollarle! Pero forzosamente he de ser breve, porque nos espera el goce de sus versos y por eso, para contestar a esas preguntas sin que el tiempo se me vaya de las manos y porque con esta decisión saldrán ganando Vds. y el homenajeado, voy a leer la semblanza que nos dejó de el un altísimo poeta; una semblanza lírica y emocionada, que brotó de la pluma de Vicente Aleixandre y que nos contesta a las preguntas que nos hemos planteado. Muchos de Vds. la conocen, pero merece la pena recordarla en esta ocasión, como prologo a los poemas que nos esperan.

 

* * *

            Hoy se cumplen veinticinco años de la muerte de este hombre. Paso a paso, año tras año, recordándole siempre, hemos llegado a este veinticinco aniversario. Paso a paso, sí; latido a latido, hemos vivido estos cinco lustros, construyendo con nuestro homenaje de cada día, el monolito dedicado a su memoria. La trágica coincidencia de su muerte y de sus muertos en aquel febrero de 1947, produjo en nuestro espíritu un escalofrío que vuelve en esta ocasión envuelto en la neblina de los años.

 

            Nosotros, sus amigos, hemos creído que la mejor manera de homenajear a Hidalgo, como a cualquier poeta, es volver a leer sus versos; volver sobre sus versos, porque en ellos está todo él. Está su vida y está la proyección de ésta. Leer otra vez los poemas iniciales de Raíz, adolescentes, pero llenos de atisbos; los hallazgos jugosos de Los animales y los trágicos endecasílabos de Los muertos; esos versos secos y rotundos, con la innegable belleza de una poesía hecha dolor y muerte, tristeza y desesperanza. Con esta lectura podemos llegar a una íntima comunión con su persona de ayer y de siempre, entrando en su poesía, por la que, a veces, parece escapar un hilo de futuro, que es vencido enseguida, inflexiblemente, por la dolorosa certidumbre de la nada. Una poesía dentro de la nea de nuestra lírica eterna, desde Jorge Manrique hasta Unamuno, pasando por el mejor Quevedo.

 

            Ricardo Blasco, el amigo entrañable de Hidalgo en el último lustro de su vida, me decía en una carta reciente: “No puedo acercarme a los poemas de José Luis sin que estos se levanten todavía ante mí, sin que los años compartidos con él, años de esperanza y rebeldía, de interrogación y desafío, de temor y de hambre, no se agolpen otra vez, impidiéndome toda perspectiva. La amistad, el recuerdo, pueden más y en cada verso que leo, leo otras muchas cosas que no están allí escritas.”

 

            !Para que añadir más a esta ternura de que están llenas las palabras de Blasco, que todos los amigos suscribimos!

 

            Empecemos a leer otra vez esta noche. Escuchemos sus versos en estas voces que nos van a sacar de ellas todo su encanto expresiva y la madurez de su pensamiento. Después, mañana, y pasado, y siempre, en la intimidad, volvamos a abrir sus libros y dejemos que nos guíen hasta la suprema belleza de las cosas que no se ven.

Leído en el Colegio José Luis Hidalgo de Torrelavega. 3 de febrero de 1972


Recuerdo emocionado

 

 

            Han transcurrido cincuenta años desde la muerte de José Luis Hidalgo. Para los que fuimos amigos de Hidalgo, para los que estuvimos a su lado en tan corto paso suyo por la tierra, resulta difícil sustraerse a la atracción que produce esta fecha redonda del aniversario. Son años que el tiempo se ha encargado de ir dorándolos con la pátina del recuerdo emocionado. Cincuenta años en los que la poesía que nos dejó José Luis Hidalgo, ha ido creciendo sobre el corazón y la mente de los hombres que se han acercado a su obra; cincuenta años en los que su poesía se ha extendido incansablemente.

 

            La coincidencia de la muerte del autor con la aparición del libro que tituló Los muertos, sólo separado por unas horas, llevó a pensar entonces en la relación muerte/Los muertos. El tiempo, que se encarga de decantar las fantasías y coloca inexorablemente cada hecho en su estrato, nos ha mostrado que el tema que se desarrolla en los versos de este libro no tiene nada que ver con las circunstancias que concurrieron en la hora de su aparición, aun cuando cuesta separar la muerte del autor del contenido del libro. Cuesta quitar del pensamiento de sus lectores la creencia de que entre uno y otro hecho existió una cierta relación; que el libro contiene una premonición. No hubo premonición; no hubo escape del mundo por la escala de la poesía. Que esto fue así nos lo confirma el que Hidalgo venía trabajando en estos poemas desde 1944, con el título provisional de La llanura de los muertos, nacido de la confrontación bélica en nuestra guerra civil.

 

            Todo el contenido del libro es un enfrentamiento de su inquietud religiosa con el tremendo hecho de la muerte; un enfrentamiento unamuniano con la Divinidad, en busca de respuesta a problemas y cuestiones relacionados con la vida y la muerte del ser humano y la trascendencia que ello encierra. En él van surgiendo preguntas que, al final del libro, se precipitan hacía la nada; hacia ese poema último que tituló "La belleza", donde muestra sus manos vacías después de tan dura búsqueda.

 

            Si en algún momento se pudo pensar que Hidalgo había dejado reunidos en los tres libros que publico, Raíz, Los animales y Los muertos, lo que consideraba mejor de su producción lírica, se puede desechar esa idea a la vista de la colección completa de su obra. Sólo el orden que se impuso al publicarlos o la limitación material que por algunas razones exigieron las respectivas ediciones, le pudo obligar a dejar fuera de estos libros poemas que no desmerecen en nada respecto a los que vieron la luz en su día. Véanse, por ejemplo, para pensarlo así, el intento de "diario poético" (¿Unamuno?), que se apunta en los poemas reunidos bajo los títulos de "Marzo" y "Abril".

 

            Hidalgo no será sólo "el poeta de los muertos" y se comprenderá el por qué la autorizada voz de Juan Ramón Jiménez dijo de él. "Era quizá el poeta más natural y espontáneo de estos años. Muy conseguido. Algo así como un Bécquer de nuestra época, de otra época [...] es el más cercano a Becquer de cuantos después de este hicieron poesía".

 

Publicado en: El Diario Montañés, 31 de Enero de 1.997

 


 



jueves, 20 de enero de 2022

SEMBLANZA SE MANOLO PONDAL

Este es el texto que leyese Aurelio García Cantalapiedra, hace hoy treinta años, en el Salón de Actos y Exposiciones de Caja Cantabria con motivo de la inauguración de una exposición con obras de Manuel Pondal.

SEMBLANZA SE MANOLO PONDAL

            Para los hombres de mi generación que por circunstancias personales no nos movimos de Torrelavega, en aquellos primeros años de juventud, más que lo que nos movió la guerra, Manolo Pondal fue una referencia importante: La de un muchacho que, viviendo en un ambiente familiar acomodado, había renunciado a él, para seguir los tortuosos caminos de un futuro vocacional; el muchacho que se atrevió a hacer camino al andar siguiendo el verso de don Antonio Machado. No teníamos, o al menos no la tenía yo, más noticia suya que ésta, fabricada por mi imaginación, donde la celosa fantasía añadía por su cuenta andanzas, venturas y desventuras que nunca pude confirmar, porque cuando mi relación personal con Manolo Pondal tomó forma real, las conjeturas no procedían: Era ya entonces un pintor y lo que verdaderamente contaba era su pintura, que se mostraba a nuestros ojos con la evidencia de un dibujo segura y de color ajustado; no se traslucía el menor atisbo de aquella referencia imaginada, de muchacho que rompiera las ataduras familiares para entregarse en cuerpo y alma a una vocación, en la que los días serían dolorosos y transcurridos en una bohemia querida, pero innegablemente dura. Si acaso, en la tristeza de algunas de las figuras que había pintado se podía buscar cierto reflejo de un ambiente hostil, contra el que luchó con admirable coraje.

 

            Su obra artística estaba ahora ahí, a veces placentera, amable; el luminoso amarillo aparecía en ella intentando mostrar retazos de felicidad, que de verdad existían ahora en la vida del pintor, y para mostrarlos, para mostrar a su pueblo que sus angustias pasadas no habían sido inútiles. Y lo hacía con la humildad de su arte, tan personal, tan sincero, como pidiendo que olvidáramos al artista que lo había realizado. Bastaban sus cuadros; él sonreía, como alejado de ellos, intentando dejarnos solos, para que buscáramos en sus telas los resultados de la referencia juvenil que habíamos imaginado, cuando Manolo Pondal era para nosotros el huido de una vida burguesa, acomodada.

 

            Fue un artista a quien le costó mucho mostrar su obra ante el pueblo que le vio nacer. Pero no respondía a una determinación preconcebida, consecuente con hechos que la hubieran impulsado. Pienso que hubo en esto mucho de indolencia, o de aquello que en un catálogo editado por: el Circulo de Bellas Artes de Madrid, en abril de 1979, se valoraba como “una modestia sin par”. “Su obra de pintor intimo -se leía en el mismo catálogo- recatado y ajeno a todas las rivalidades de oficio, forjaron una personalidad que pasaba de largo por las vanidades de mundo”.

 

            Mi primer encuentro con sus cuadros tuvo lugar en el verano de 1.954, cuando tomó parte en una exposición colectiva que reunió en la Galería Sur, de Santander, a muy destacados artistas de la joven pintura montañesa de entonces. El exigente criterio selectivo de Manuel Arce, dueño de la galería, no vaciló pocos meses después, en reunir en la misma sala una colección de cuadros en una muestra individual, en la que el artista mostraba al juicio publico sus buenas cualidades como autor de bodegones, de cuadros de flores y, sobre todo, de figuras. En esta última faceta se encontraba lo más depurado de su arte, consiguiendo, con un trazado vigoroso, expresivas representaciones de la figura humana, entre las que destacaban, en aquella exposición, un espléndido desnudo con el que había conseguido el primer premio en una exposición del Círculo de Bellas Artes de Madrid.

 

            Pero fue un año más tarde, en octubre de 1955, cuando Pondal llegó públicamente con su obra a Torrelavega. Dos cuadros suyos fueron seleccionados para formar parte de la importante exposición colectiva organizada con motivo de la Semana de las Artes y de las Letras, que se celebró en esas fechas en nuestro pueblo. Se trataba de dos desnudos que se codeaban plásticamente, con toda dignidad, con las obras que allí se mostraban de los grandes de la pintura nacional: Francisco Arias, Capuleto, Álvaro Delgado, García Ochoa, Carpe, Martínez Novillo, Redondela, y hasta del supergrande Tapies había allí cuadros con los de Pondal. ¡Con que alegría veíamos colgada su pintura entre aquel grupo tan distinguido!

 

            Fue la época de mayor contacto con su pueblo, porque en marzo siguiente volvió a presentar en la Biblioteca Municipal un conjunto de floreros y bodegones.

 

            Manolo Pondal era ya un hombre de cuarenta años de edad a quien la vida reservaba todavía más de veinte, en los que parte sustancial de ellos los fue quemando en labores de profesor de dibujo en centros de enseñanza, labores que le robarían horas preciosas a su obra de pintor cuando ésta se podía encaminar ya por sendas de afianzamiento artístico.

 

            Cuando en diciembre de 1977 se volvió a presentar ante nosotros con su pintura, en una exposición celebrada en el Banco de Bilbao, salta la tragedia: Manolo Pondal había muerto en las mismas fechas en que esta se celebraba. La muerte quedó así unida para siempre a su último encuentro plástico, en vida, con Torrelavega.

 

            Ya no nos quedaba a sus amigos más que la realidad contundente de su pintura y el recuerdo de su persona. Aquella, la pintura, se había quedado sola ante el espectador, sin el importante soporte que era el pintor; ya no volveríamos a estrechar entre las nuestras, la mano que guiada por un espíritu sensible la realizó. Sería, para el futuro, una pintura huérfana, en la que los privilegiados que habíamos conocido a Manolo Pondal, tendríamos que poner entre ella y nosotros el recuerdo emocionado de su humildad, de sus ricas condiciones humanas y artísticas.

 

            Como ahora lo hacemos, en este acto, ante sus cuadros, su familia y sus amigos, trayendo a la memoria encuentros con él que se funden  inconscientes en esta pintura que hoy nos rodea y que se fundirán siempre, en cuantas ocasiones nos planteemos la figura y el arte de Manolo Pondal, el hombre y el artista. 


 



viernes, 14 de enero de 2022

ORIGEN Y SUCESIVAS AMPLIACIONES DEL CEMENTERIO DE TORRELAVEGA

 

 Hoy hace 11 años que falleció Aurelio García Cantalapiedra, quien escribiese en marzo de 1981 cosas como esta.

 

ORIGEN Y SUCESIVAS AMPLIACIONES DEL CEMENTERIO DE TORRELAVEGA

 


En la historia de Torrelavega, aunque breve -ya dijo de ella Víctor de la Serna que cabía en el dorso de un sobre-, existen una serie de “puntos oscuros” que es necesario tratar de aclarar. Y cuanto primero mejor, porque el paso da los años lo va haciendo más difícil, sobre todo, se va perdiendo interés por las personas y los hechos que nos precedieron. Las nuevas generaciones y los nuevos vecinos -que ya no son “vecinos'” sino “habitantes”-, no sienten apenas deseo de conocerlos.

 

Uno de estos puntos oscuros es el origen y sucesivas ampliaciones del cementerio de la ciudad, tema que ahora se ha puesto de relieve al proponerse el municipio la creación de uno nuevo. Si se lleva a efecto este proyecto, el actual desaparecerá en un periodo de tiempo más o menos largo, lo que añadirá desinterés y dificultades para la investigación.

 

Ya teníamos conciencia hace tiempo de que se desconocía el lugar donde se construyó el primer cementerio de Torrelavega, pues los más viejos del lugar, a quienes habíamos preguntado, buscando una orientación que nos pudieran facilitar por lo que hubieran podido oír a sus mayores, no daban contestación satisfactoria alguna. En el plano que confeccionó en 1852 don Hilarión Ruiz Amado no se señala la posición del cementerio y esto nos hacia pensar que, en esa fecha, a pesar de la prohibición de los enterramientos en las iglesias por Ordenes del 28 de junio de 1804 y 17 de octubre de 1805, aquí se seguía haciéndolo, lo que parecía limitar la investigación a años posteriores a 1852. Si se le añade que la puerta de acceso que hoy existe en el cementerio fue construida en 1859, todo hace suponer, en principio, que ésta podía ser la fecha buscada, pero resultaba muy improbable que se hubiera burlado la ley durante cincuenta años. Por otra parte, una rústica puerta que hoy se encuentra tapiada en una de las paredes laterales, hacia pensar en la posibilidad de que podía haber existido otro anterior a éste, en el mismo lugar.

 

En estas averiguaciones tuvimos la suerte de encontrar un croquis, confeccionado en 1855 por Juan Alonso Astúlez,, que nos proporcionó los datos que andábamos buscando. En este croquis, muy rudimentario y hasta con error en la señalización de la orientación geográfica, se acota una parcela con el nombre de “Campo Santos antiguo de 1809” y por las líneas trazadas en él se desprende que estaba situado en la zona del cementerio actual ocupada por el grupo de nichos en el que está el deposito de cadáveres. La fecha fue confirmada por un escrito que presentaron al Ayuntamiento en julio de 1843 las hermanas María Antonia, Rita y Ramona San Andrés, vecinas de Santillana. del Mar, que habían sido propietarias del terreno y que todavía, después de catorce años, estaban tratando de cobrarle. En este escrito se dice que la finca fue vendida en 1810.

 

Este fue el cementerio primitivo, con un cuadro de unos 22 metros por 25, posiblemente habilitado con urgencia para cumplir las ordenes establecidas. En poco tiempo se impuso la necesidad de la construcción de otro más adecuado, (sobre el que hemos encontrado antecedentes) en una reunión que tuvo lugar en el Ayuntamiento con ocasión de una visita del jefe político de la provincia. El 2 de junio se había desbordado el “río de la Cárcel” (el Sorravides), y los daños que había causado eran de tal importancia que motivaron la presencia de la autoridad provincial para examinarlos, ocasión que aprovecharon los miembros de la corporación local para plantearle las necesidades más apremiantes que tenía la villa, señalándose entre las prioritarias la “echura (sic) de un nuevo cementerio más acomodado a la población”. El primer paso se dio con una ampliación inmediata del existente en dirección hacia la puerta principal actual, lo que proporcionaba una superficie total de aproximadamente el doble de la que se disponía, autorizándose entonces la construcción de “monumentos en obsequio de los individuos de la familia que fallezcan”, con una dimensión de cuatro pies al ancho y ocho de largo y con un canon de mil reales que les daba la propiedad por cincuenta años. Así se construyeron los primeros panteones por don Pedro Alcántara Díaz Lavandero y don Ramón de Castañeda, entre otros.

 

A pesar de las órdenes circuladas sobre el particular, todavía en 1852 se ve obligado el Ayuntamiento a oficiar al Cabildo Eclesiástico local en el sentido de que “bajo su responsabilidad no consienta deposito de ningún cadáver en la Iglesia” Este enfrentamiento del Ayuntamiento con el Cabildo en torno al cementerio se prolongaría durante bastantes años, como se desprende de un acta municipal del 5 de setiembre de 1858 en la que se lee: “Proyecto de mejorar las condiciones del cementerio de esta villa con arreglo al plano levantado, con la oposición del Obispado”. Litigio que se refleja aún en documentos de 1863 y que, como veremos, no concluyó hasta 1884.

 

Las gestiones realizadas con el apoyo del jefe político de la provincia, se concretan en una nueva ampliación, que se sigue considerando provisional, realizada en 1855, por la que se añaden 15 metros en su frente, a todo lo largo de los 54 que tenía el cementerio que se venía utilizando, más un triángulo de terreno que quedaba en el lado opuesto a la puerta, en las cercanías del río Indiana, que configuraría de forma definitiva esa parte. En 1859 quedaba todo cerrado con pared de “cal y canto” y se construía la ornamental puerta de acceso que hoy existe, según planos realizados por el perito Vicente Manuel de Quijano. (En el plano general de … de 1886 conserva esta misma superficie)

 

En febrero de 1880 propone el concejal Sr Pérez Carral que “debe procederse a construir un pequeño cementerio para los que fallezcan separados del gremio católico”. Era una cuestión que había sido regulada por una Real Orden del 7 de enero de 1879 y a finales de ese año 1880, después de muy lavoriosas discusiones, se tomó el acuerdo de que las obras a realizar se reduzcan a las paredes en número de tres”, lo que nos indica que quedó adosado por uno de sus lados a la pared del cementerio católico, sin que hayamos podido determinar todavía en qué lugar de éste.

 

En agosto de 1881 se suscita por el concejal señor Fuentevilla la necesidad de “adoptar alguna resolución enérgica respecto al estado deplorable en que se encuentra el cementerio público”, de lo que se harían eco en noviembre del mismo año un grupo de vecinos que se dirigieron al Ayuntamiento pidiendo que “en atención al mal estado en que se encuentra el cementerio y a la poca capacidad del mismo, se sirvan proceder, sin levantar mano y con preferencia a otras obras, primero a dictar las medidas que correspondan para la decencia del mismo, reforma y buena administración y después al ensanche indispensable en relación con el aumento de habitantes que ha experimentado la población en pocos años.”

 

Pero las dificultades con la Iglesia continuaban y entorpecían la posibilidad de realizar la obra. No se había llegado a un acuerdo sobre la propiedad y autoridad de quién dependía el cementerio; los concejales Ruiz Tagle y Fuentevilla, que formaban parte de la comisión encargada de conferencias con el Cabildo con el fin de estudiar de común acuerdo el problema del nuevo cementerio, “dan cuenta de haberlo hecho con el Ilmo. Sr. Obispo de la Diócesis y el Párroco de esta villa, habiéndoles manifestado el primero que está dispuesto a construir un nuevo cementerio con sus propios fondos, como también a indemnizar al municipio de la propiedad que representa en el actual, no queriendo mezcla en este asunto con las autoridades civiles.”

 

La Iglesia fundamentaba su derecho en la Ley primera, título tercero de la Novísima Recopilación legal, en la que se le reconocía que correspondía a la Iglesia construir los cementerios para los católicos, a cuya actitud respondieron algunos concejales que, si se mantenía ese criterio por parte del clero, el Ayuntamiento debería construir otro con fondos municipales. En principio pensó en hacerle en el “Alto de San Bartolomé”, en el lugar que hoy ocupan los viejos depósitos de agua de la subida al “Alto de las Cruces”, pero fue desechada porque implicaba un gasto al que no se podía hacer frente y un tiempo para su construcción del que no se disponía, porque en opinión del peón-sepulturero, en oficio elevado al Ayuntamiento, se manifestaba que “era de primera necesidad. la ampliación, por donde sea posible, pues apenas queda terreno para sepulturas… y se daba el caso de no tener donde sepultar,” lo que alarmó a la corporación, pues se estaban dando focos de viruela que hacían temer una epidemia.

 

Las diferencias con la Iglesia quedaron concluidas por una R.O. del 15 de julio de 1884 que desestimando el recurso interpuesto por el párroco don Ceferino Calderón, daba vía libre al Ayuntamiento para seguir adelante con su proyecto de nuevo cementerio, en el que se perderían todavía algunos años, pues hasta 1892· no se tomó el acuerdo definitivo de amplia el provisional a base de una finca de cuarenta carros de superficie que habían adquirido en 1890 unos convecinos para donársela al Ayuntamiento con este fin. Entre estos convecinos figuraba en primer lugar don Ceferino Calderón quien hasta entonces había estado defendiendo la posición de la Iglesia, posiblemente por imposición del obispado. Los demás donantes fueron Pedro Ruiz Tagle Guardamino, Francisco Antonio Rodríguez González, José Fernández Hontoria, Justo Alonso Astúlez, Santiago Gervasio Herrero González, Joaquín Ruiz de Villa González, Valentín García Corona, Joaquín Hoyos Fernández, Pedro Sañudo Abascal, Guillermo Gómez Ceballos y Nicolás González Camino, los mismos, en su mayor parte, que en 1892 formaban parte de la junta pro construcción de una iglesia parroquial, de la que se puso la primera piedra el 25 de setiembre del mismo año. Estos señores se reservaban el derecho a una parcela que les permitiera construir un panteón familiar.

 

De los cuarenta carros de tierra que constituían su propiedad y que habían puesto a la disposición del Ayuntamiento, éste utilizó en principio unos diez, quedando los restantes sin ocupar hasta 1898 en que se procedió a una nueva ampliación.

 

El 9 de enero de 1903 dirigió don Demetrio Herreros González un escrito al Ayuntamiento, en nombre propio y en el de sus hermanos don Luciano y don Federico, solicitando que “dado el deplorable estado en que se halla el cementerio civil de esta población” se les permita construir uno nuevo por su cuenta para cedérsele después al pueblo, lo que fue aceptado procediéndose a su construcción en una finca de su propiedad próxima al cementerio católico, quedando entonces entre éste y el que se construyo una parcela propiedad de don Eufrasio Saiz Crespo, que fue adquirida por el Ayuntamiento el año 1929, con lo que quedaba cerrado todo el perímetro en su situación actual. El año 1931 fue derribada la tapia que separaba a los dos cementerios, el católico y el civil.

     

 


 

sábado, 8 de enero de 2022

Mauro Muriedas

 

Hoy, 8 de enero, nuestro recuerdo va para el entrañable Mauro Muriedas. Hace ya 31 años que pasó al otro lado le la historia. Quizás para alguno que nos lea no le suene de nada, eso es que no le conoció. Para los que le conocimos nos será muy difícil olvidarle. Y más si frente a nosotros hay unas obras suyas. En un nuevo homenaje a su persona, traigo este escrito de Aurelio García Cantalapiedra,

 

La escultura de Mauro Muriedas

 


         Los golpes de la maza del escultor orientan nuestros pasos hacia su taller. Es un franciscano rincón, en una buhardilla que nos habla ya de las obras que saldrán de sus manos, con el espacio justo para el banco de carpintero, para el escultor y para un arcón donde se guardan preciosas herramientas que le han acompañado a lo largo de su vida: gubias de todas las formas y para todos los fines; gubias de esquina, de cañón, de codillo; gubias planas y de contracodo; mazos de hierro y de madera, con la huella de los años...

* * *

Recordamos el taller de Campuzano. Era una amplia galería con grandes ventanales. Entonces en la vida del escultor había un empuje inédito; nada ni nadie había machacado todavía sobre este hierro. Sus obras tenían un vuelo recién nacido y ambicionaban el mundo. Cada escultura que salía del taller requería, para vivir, un amplio espacio circundante y llevaba un sello de esperanza. Es la época de «Mi hermano», la escultura desnuda y desafiante; de un Cristo crucificado, poco anterior a la iniciación de nuestra guerra civil, que presiente, como el Cristo de Velázquez unamuniano,

... ese velo de cerrada noche

 que se avecina.

         Pero Mauro Muriedas es un hombre de la misma madera que Manuel Llano; es un hombre, como muchos artistas de aquellos años, a quienes hiere el hacha de la guerra. A algunos, hasta destruirlos; a otros, hasta doblegarlos. Los primeros ya no cuentan más que en la memoria de los que quedaron. Para los segundos, los años traen otras vivencias. Se refugian en estos talleres franciscanos y desde aquí van lanzando al mundo gritos que claman contra injusticias. Gritos humanos, muy humanos en Mauro Muriedas, que nos hablan de la tragedia de los pescadores; de la tristeza del hombre desilusionado; de la vieja de Puente Avíos, en la que se reflejan los años y las amarguras; del pobre cargador y su perro, los dos hambrientos, que no conserva de sus años de trabajo más que el saco con el que cubría la cabeza al realizar, su dura labor; del esfuerzo de los mineros en la galería empujando las vagonetas con el mineral o de los barreneros que van perforando las ingratas entrañas de la «madre» tierra. Toda una teoría de lucha y de trabajo, de hambre y de miseria, queda expuesta aquí, en estos relieves y en estas esculturas en madera. La pone delante de nuestros ojos para que sintamos la angustia de su existencia.

         El escultor desde su taller, lucha contra la injusticia y cada obra es un grito contra el egoísmo. Hay muchos premios y medallas en su vida, pero no empañan la pulcra trayectoria que se va prolongando en la lenta y continuada labor de cada día, en las largas horas del verano o en las cortas del invierno, en la franciscana buhardilla.

* * *

           En el taller hay un tragaluz. El escultor suspene el trabajo y levanta su cabeza, ensimismado, hacia el pequeño trozo de cielo que desde allí se ve, pero enseguida le reanuda. Es preciso seguir luchando, como él lo hace, contra la injusticia del mundo. Que cada obra sea un grito, aun cuando no le oiga nadie.

 


Publicado en:

El libro titulado “Cuatro Amigos” 30 de marzo de 1969

Incluido en el libro: Torrelavega. Érase una vez el arte… los artistas y el mundo que les rodea. Editado por el Ayunt