miércoles, 23 de septiembre de 2020

En recuerdo de Chivi

Hoy, 23 de septiembre, tengo que traer a este blog el escrito de Aurelio García Cantalapiedra dedicado a José Luis Alonso Galguera, Chivi para los amigos. Fue un compañero de trabajo en la fábrica Sniace. Creador de la revista de la empresa, Sniace. Nuestra Vida Social. Aparte de compañero de trabajo, AMIGO. Desgraciadamente esta amistad se truncó tras un desafortunado accidente de tráfico en 1957.

Este escrito tendría que haber aparecido en el libro póstumo Obituario, pero en aquellos momentos nos era desconocido a los que recopilamos los escritos.






Carta a José Luis

Querido José Luis:

         La comunicación directa ya no es posible. Poco a poco, tenemos que ir haciéndonos a esta dolorosa idea, y por eso recurro a la forma de carta. Tampoco vas a leerla, pero es una ilusión que no quiero quitarle a mi imaginación y al cariño que has dejado aquí, entre todos, del cual, aún cuando a alguien no le parezca así, va tan llena esta carta.

         Tendría que haber escrito una nota necrológica, pero no me gusta para ti. Las notas necrológicas tienen como fin despedir para siempre, por mucho calor que se ponga en ellas, y a ti no puedo despedirte para siempre; he de decirte “hasta el próximo numero”, porque en todos estarás con nosotros. Y por eso quiero que sea carta. Carta emocionada (¡cómo no había de serlo!), pero carta, que al fin es correspondencia, comunicación. Y, además, así puedo aprovechar para decirte, y para que se entere quien no lo sepa, la gran dificultad que nos has creado. Ya ves, no solo es dolor, dolor inmenso. Es un problema de muy difícil solución, porque quieren que continuemos esta revista sin ti, sin tu dirección. ¿Te das cuenta? ¿Ves qué gran esfuerzo tendremos que hacer para aspirar a conseguir lo que para ti resultaba tan fácil?

         Hemos de recordar en nuestros titubeos tus pasos seguros. Trataremos de que ellos nos guíen, pero, por favor, desde ese Sitio que has alcanzado por tantos méritos, ilumínanos, no nos dejes totalmente solos, porque si tú, con aquel fino humorismo que te acompañaba, tenías que decir “¡qué cortos son los meses!”, ¿qué no hemos de exclamar nosotros?

         Aquí, al final, tendría que hablar de tus cualidades personales (¡tantas!), pero a ti no te gustaría que te las dijera, pues tu modestia era tan grande como tu valía. Y además, ¿para qué? Todos sabemos lo que hemos perdido al perderte. En mi corazón queda la huella, y ella habla por mi.

Hasta siempre, Chivi; hasta el próximo numero.


Publicado en:
La revista “Sniace. Nuestra vida social”
Nº 26 octubre 1957






jueves, 10 de septiembre de 2020

“Los muertos”, de José Luis Hidalgo

Tal día como hoy; 10 de septiembre, pero de 1954, en el Taller de Artes Gráficas de los Hermanos Bedia de Santander, se ponía el colofón a la segunda edición del libro “Los muertos”, del torrelaveguense José Luis Hidalgo. La editorial también tenía su sede en Torrelavega, Ediciones Cantalapiedra. Era el primer libro de esta editorial que se ponía en marcha de manos de un canario, Pablo Beltrán de Heredia; y de un torrelaveguense, Aurelio García Cantalapiedra. Pocos días después este último, bajo el seudónimo de EQUIS, publicaría en el diario Alerta este artículo:

“Los muertos”, de José Luis Hidalgo


  

Hace unos días se comentaba con júbilo en este mismo lugar del periódico la aparición de un libro sobre Torrelavega, editado en Torrelavega y escrito por un vecino de Torrelavega tan querido como es el doctor Fernández Escalante. Los escaparates de los establecimientos del ramo se ven hoy llenos de ejemplares de este libro que contiene todo datos tan curiosos sobre la vida de nuestra ciudad en este medio siglo transcurrido.

         Y hoy nuevamente tenemos que echar al aire las campanas para celebrar la aparición en las librerías de otra obra de un torrelaveguense, hecha por una editorial de nuestra localidad. Se trata de la segunda edición del libro "Los muertos" de José Luis Hidalgo, de Ediciones Cantalapiedra.

         En la faja que abraza el libro está impresa una frase del poeta Vicente Aleixandre, que dice por si sola bastante más de lo que podíamos escribir nosotros en este comentario: "¡Qué buena idea la de hacer este libro, que estaba realmente haciendo falta!".

         José Luis Hidalgo, el poeta que todavía no ha sido valorado lo suficiente por el gran público, está admitido ya por la crítica nacional de más altura como una las principales figuras del Parnaso español contemporáneo. Su libro "Los muertos" que hoy se reedita, se agotó en el plazo de un mes cuando salió por primera vez, en circunstancias dolorosas que todos recordamos con emoción pues en alucinante carrera con la muerte llegó a manos del autor el mismo día de su fallecimiento. Un ejemplar de aquella tirada, el primero, marchó con el poeta la tumba y un nimbo romántico rodea desde entonces a autor y libro.

         Sus poemas, dentro de una línea auténticamente española, quedan al margen de ismos. El salto prodigioso desorientación que caracteriza a los poetas de su época, se entronca con el Unamuno batallador e inquieto, y su libro que hoy comentamos es una lucha constante por encontrar la verdad a la que parece llegar, pero que también parece que se escapa, en aquellos versos que cierran el libro:

Miro mis manos, trastornado,
y no lo puedo comprender.

         Que nuestra vida cultural marcha en sentido ascendente con la economía, queda bien patente con estas ediciones a que nos referimos; con la revista "Dobra" y con las frecuentes manifestaciones artísticas que se celebran.
EQUIS


Publicado en:
El diario Alerta, en el apartado "Meridiano del Cántabro" el 9 de octubre de 1954, bajo el seudónimo de EQUIS.
Insertado en el libro: Torrelavega de Historia, Literatura y Arte 2006



miércoles, 26 de agosto de 2020

Chus. Cuarenta años después


Este blog quiere unirse a la celebración del 25 aniversario del fallecimiento de Jesús Otero. Para ello publicamos las palabras que leyó Aurelio García Cantalapiedra en el acto homenaje que se celebró en el Parador Gil Blas, el 30 de agosto de 1980





Chus. Cuarenta años después



            Hace poco más de diez años, publiqué un libro con el titulo de Cuatro amigos. Había llegado entonces a los cincuenta de edad y en la introducción que precedía al breve texto, quedó reflejo de una parte del examen de conciencia a que me sometí en aquel alto del camino, declarando cuanto debía yo a los cuatro amigos de que se hablaba en el librito, Jesús Cancio, José Luis Hidalgo, Mauro Muriedas y Jesús Otero. En las páginas que seguían a la introducción prevalecía el aspecto ético sobre el estético y todo era resultado de mis largas horas a lado de estas personas, de las que me consideraba deudor en el capítulo más importante de los que integran la contabilidad humana, el de la amistad. De Jesús Cancio dejé constancia de que había tratado de aprender en él a ser amigo sin límites; José Luis Hidalgo, a llenar la amistad de profunda y afectuosa seriedad; de Mauro Muriedas, de este gran Mauro Muriedas, a procurar que estuviera matizada con noble acentos. De Jesús Otero, a quien hoy homenajeamos, escribí que era un “amigo leal hasta más allá de donde llegan los demás, con cualidades que surgen precisamente cuando son necesarias y entonces te maravillan”, expresión que repito aquí textualmente, pues el paso de los años no hecho más que consolidarla en mi sentimiento.

 

            No se la fecha exacta de mi encuentro con Jesús; tampoco lo considero necesario, porque pienso que nos conocemos desde el otro lado del tiempo. Mis recuerdos de esta amistad no precisan de fecha, ni de apenas palabras que lo confirmen, ni casi de hechos que puedan citarse como testimonio. Creo que, para definirla, debo hablar con más certeza de impresiones. La primera, ya lejana, quizás fue la de su manera de estar entre los demás, respetuosa e inquirente. Escuchaba no solo con los oídos, sino también con los ojos. Podemos imaginarle así en la tertulia e “La pájara pinta” que había reunido Víctor de la Serna en Santander. Era entonces aprendiz de escultor en la capital montañesa y acudía a la tertulia a escuchar; a escuchar, entre otros, al pintor Ricardo Bernardo, que entre palabra y palabra gruesa, entre “taco” y “taco” que provocaban la sonrisa de Otero, dejaba caer ideas inteligentemente elaboradas sobre el arte y sobre la vida, que en buena parte han sida y son para Jesús soporte de sus vivencias personales. A veces, -no tantas como sus amigos deseábamos-, iba a Torrelavega, y en la Biblioteca Popular continuaba viendo y oyendo importantes exposiciones y no menos interesantes conferencias.

 

            Estuvo en Madrid, pensionado; yo no le vi allí, pero estoy seguro de que siguió con los ojos y los oídos abiertos a cuanto de alguna manera tuviera relación con a belleza artística. Preguntarle  por aquellos años y sus palabras de contestación veréis que también están repletas de ternura cuando se refieren a los amigos que compartieron con él la aventura de la Escuela de Bellas Artes. En lugar preeminente colocará al pintor Santiago Montes.

 

            Pero no penséis por estas notas que anteceden, que en Jesús ha prevalecido la cultura sobre el hombre. Algo ha quedado dicho al hablar de sus cualidades como amigo. Todo lo visto, escuchado o intuido en la época de aprendizaje en Santander, o de pensionado en la capital de España, lo ha trasladado a su pueblo natal. Aquí, en Santillana del Mar, ha tenido en todo momento, además de su taller de escultor, su campo de observación más importante, el de la condición humana. !Con qué amor me ha comentado de personas de esta villa de las que según él tanto aprendió! Jesús Otero nunca estuvo realmente fuera de Santillana, ni aún en sus horas y días de alejamiento físico.

 

            Después vino el aguijón de la guerra civil, a la que trató de aplicar noblemente las lecciones de alta moral que había aprendido en tanto mirar y oír a los demás y a las que a lo largo de su vida había sometido, en todas las ocasiones, a un filtro de insobornable honestidad. En la guerra y en la posguerra, pudo ver y sufrir los incomprensibles comportamientos de los hombres. Otero fue mal interpretado y, sobre todo, mal correspondido, su alma quedó rasgada con heridas que en otros, con menor categoría humana que la suya, no hubieran cicatrizado jamás; a él solo le dejaron el dolorido sentir.

 

            Volvió, entristecido, a la piedra; se refugió en su observatorio de los misterios de la naturaleza; buscó comprensión en el tan querido mundo de los animales, y algunos continuamos siendo sus amigos. La verdadera amistad, que permite la gracia de horas de soledad en compañía, nos ha proporcionado momentos, en el silencio de su taller, en los que apenas si las palabras eran necesarias; de vez en cuando, en el descanso de maza, sus comentarios sobre las grandes aplicaciones científicas, a las que ha venido dedicando su intuición, o sobre recientes hallazgos arqueológicos, devolvían nuestro espíritu al tiempo y al espacio. ¡Qué de horas ganadas en su taller! A mi memoria viene un día de otoño, en que la poesía entraba en él a raudales, empujada por el atardecer. No estábamos solos, pero aquella otra persona también se había sentido herida por el momento y callaba con nosotros. En el gran bloque de piedra que ocupaba toda la estancia, estaba apareciendo una “Piedad”; sobre el regazo esbozado de una figura femenina, el cuerpo caído, en extraño escorzo, de un Cristo humano, muy humano, como todos los creados por Otero, deslumbrante de poesía.

 

            Una de mis últimas experiencias a su lado, ha sido un viaje relativamente reciente a Santiago de Compostela, en el que confirmó que mis relaciones con Jesús se siguen moviendo a golpe de impresiones temporales. Los que le conocéis de cerca sabéis de su juego infantil con la edad; le habéis oído decir que tiene 29 años, o que acaba de cumplir 30. En aquel viaje yo pude entrar en el secreto de este juego porque descubrí su joven antigüedad de diez siglos. Nuestra presencia ante el Pórtico de la Gloria me permitió comprobar que Otero había trabajado con el maestro Mateo. Tal era el gesto emocionado al acariciar sus manos las sabias labras del Pórtico, que más que hallazgo primero, encuentro con algo suyo que había quedado oculto por las nieblas de tiempo. Esta impresión se repetiría en La Liébana, cuando realizó el relieve para el Monasterio de Santo Toribio. Yo vi como Jesús trabajo en él en una transfiguración de mil años, cómo se sentía a gusto dando los últimos golpes de maza necesarios para terminar el Monasterio.

  

            Permitirme, como final, unas breves palabras que pretendo queden despojadas de su carácter verbal para convertirse en escrito oficial. Están dirigidas al Alcalde del Ayuntamiento de Santillana del Mar y a su Corporación: “Los que suscriben -y me refiero con esta expresión a todos los que estamos reunidos e este acto-, se dirigen a usted con la seguridad de que lo que piden es justo, solicitando que por ese Ayuntamiento se tome acuerdo en el que se reconozca oficialmente cuánto le debe Santillana del Mar a Jesús Otero Oreña, el escultor y el hombre, natural y vecino de esta villa en la calle del Cantón, cuya obra y personalidad han encontrado amplio elogioso eco fuera no sólo de nuestros límites locales, sino de los provinciales y aún de los nacionales, eco al que en todo momento ha estado unido el nombre de este hermoso pueblo, gracia que, de concederse, honrará a Santillana y a quienes la concedan.”





sábado, 22 de agosto de 2020

Aniversario del fallecimiento de Jesús Cancio

En el aniversario de su muerte
Recuerdo del poeta Jesús Cancio




         La vida de Jesús Cancio, como la de tantos miles de españoles de su época, quedó dividida en tres etapas importantes: los años anteriores a la guerra, la guerra y los años que siguieron a ésta.

         Cada uno de estos periodos fue tan distinto a los otros, que puede decirse que constituyen tres vidas independientes; llevadas por una misma persona, pero con un espíritu tan diferenciado en cada una de ellas, que las hace radicalmente distintas.

         Antes de 1936, la vida de Cancio tiene una localización, Comillas, y una manera de vivirla, la poesía. Para Jesús todo lo que le rodea se transforma en poesía: el mar Y sus tragedias y alegrías; los amigos, el paisaje... Preferentemente el mar. Lo que no sea Poesía o no tenga relación con ella, no le vale. Es la hora hermosa de "Olas y cantiles ". del "Romancero del mar" con las ilustraciones de Ricardo Bernardo, de la visita de García Lorca al poeta en Comidas, de la que a Cancio le quedaría el recuerdo inolvidable de un paseo por la playa en el que Federico, ante la naturaleza y él amigo, dejó volar el entusiasmo y la poesía. Es la época del retrato de Quirós, del retrato de Ricardo Bernardo, de la cabeza en piedra que le hizo Jesús Otero.

         Sus ojos, ya dañados, todavía le permiten moverse con soltura y gozar de las cosas que le rodeaban. Cancio vive entregado a su obra y a sus amigos y canta y llora con ellos. Nótese bien esto, porque la época que viene después se diferenciará en una forma ostensible. Mientras ahora las sensaciones tienen fundamentalmente una dirección fuera-dentro, a partir de 1936 serán de sentido contrario. Le llega tan profundamente lo que ocurre a su alrededor, lo que le ocurre a el mismo, que su poesía deja de ser objetiva —narrativa más bien, en muchas ocasiones—, para convertirse en doloridamente subjetiva. Son tantas las cosas que le afectan a él y a sus amigos, que su musa no podrá ya eludirlas. Y la poesía de Cancio se torna melancólica. Todos sus Poemas, a partir de este momento, cantan desde dentro.

         En el período de la guerra, que para él como para muchos, se prolongaría hasta los primeros años de la postguerra, sufre personalmente las consecuencias de ésta. En este momento le conocí. Yo llevaba entonces muy cercana la lectura de Lorca y sabía de memoria muchos versos de la obra dramática de este poeta que en las horas angustiosas y largas de entonces me hacía repetírselos. Era "la fuente fresca" que manaba junto a él, solía decirme.

         Este período pasó y Cancio tuvo la suerte de caer en manos de la familia Corona. Con ellos, singularmente con Luis, vivió años de afectos que le compensaron de muchos sinsabores. Volvió a ser un hombre feliz, pero su poesía había sido tocada hondamente en los años anteriores y acusó hasta el final la tristeza de la guerra.

         A Jesús Cancio, como a Manuel Llano y como a tantos hombres de espíritu sensible, nuestra guerra civil les hirió para siempre. Algunos, como Llano, no pudieron resistir la tragedia y murieron en ella. Otros. como Cancio, la sobrevivieron, pero heridos de muerte.

         El 22 de agosto de 1961 dejó de existir. Murió en la casa de los Corona, en Polanco, junto a la cajigona de Pereda y fue enterrado en Comillas. Su sepultura está junto a una vieja puerta por la que se sale al mar. A su mar.




Publicado en:
El diario Alerta el 7 de agosto de 1968
Reproducido en el libro Cuatro Amigos, Editado en 1969


sábado, 1 de agosto de 2020

¿Qué diría don Antonio hoy?

¡Cómo crece La Vega!
"La Peñuca", aquel lugar donde lloró don Antonio




         Don Antonio tiene prisa por llegar a la Vega. La caballería que le transporta no siente la inquietud de don Antonio y continúa con su paso cansino. No comprende por qué ha de tener prisa don Antonio. Vienen andando juntos muchas leguas; han reposado en muchas ventas y sienten los dos de muy distinta manera el viaje. Para el animal, en todas las ventas hay qué comer y todos los caminos son más o menos Iguales. Para don Antonio la comida no importa, el camino no importa. Son sus ojos los que buscan ansiosos. No es su cuerpo el que clama, es su espirito. Salió hace muchos años del valle. Era mozo, Los del Infantado se hablan fijado en él y le llevaron a su servicio a la corte. Desde entonces don Antonio sólo sabe del valle muy de tarde en tarde. Cuando el señor venia de la villa, él le preguntaba. La contestación siempre fue la misma: «No lo conoceríais, don Antonio. ¡Cómo crece la Vega!».

UN AÑO Y OTRO

         Así había sido un año y otro año. Su imaginación, tan Infantil primero, no comprendía cómo pudiera crecer la Vega. Más tarde, ya mozo, se fue dando cuenta de que lo que el señor le quería decir era que crecían las cosas de la Vega, Los bosques umbrosos eran más umbrosos todavía, Las viñas producían más vino, porque cada vez eran más extensas. A las dos torres del palacio se le habla añadido una tercera; más grande y más esbelta. ¡Cómo crecía la Vega!

         El animal ignoraba el afán de don Antonio. Subía el camino empedrado de la cuesta con el mismo paso, lento, mortificante, Al pasar por la ermita de San Blas, don Antonio se descubrió; se hubiera apeado y hubiera entrado, pero estaba muy cerca el alto. Pudo más la tó  impaciencia que la devoción, Prometió a San Blas volver; después, pasados unos días, cuando sus ojos hubiesen visto todo. A la derecha estaba la venta. La caballería intentó acercarse, pero él corrigió sus pasos. Todavía el bosque de robles le impedía ver los caseríos. A la izquierda. La Capía. Don Antón volvió a descubrirse instintivamente. Pesaba mucho en su recuerdos aquel pico. El era niño cuando marchó, pero precisamente por eso. Tras de aquel monte estaba el mundo. El mundo al que iban y del que venían los señores.

Y DETUVO LA ANDADURA

         En un claro del bosque detuvo la andadura. Tenía ante él el milagro del valle. La Vega estaba delante de sus ojos, Ya no se lo tenían que contar. Inclinó el sombrero adelante delante para defenderse del sol. Brillaron las lágrimas, Era cierto; la Vega había crecido. A sus pies estaba Pando. Casi lo, tocaba con la mano. A la izquierda, Tonos. Viérnoles. Los recuerdos surgían cuando su boca pronunciaba los nombres. Entre las nieblas del río, al fondo, a la izquierda, Cartes, con sus torreones hermosos. A la derecha, Campuzano. Más a la derecha, Torres. Pasado el río, cerca de donde se juntaban el Saja y el Besaya, Garzo; después Duález. Recordó los salmones que cogía furtivamente en sus orillas. Más a la derecha Barrerla; casi no se veía. Y en medio de todo, rigiéndolo todo, señorial, la Casa de la Vega. La torre nueva que le habían contado. Y las otras das torres.

         Ya tenía delante de él las torres de la Vega, ¡Cuántos años y cuántas amarguras hasta llegara este momento! Pero todo lo daba por bien servido. Y lo que no hizo ante la ermita, lo hizo aquí. Bajó de la montura, se quitó el sombrero, se arrodilló y lloró. Dios sabría, sin duda, comprender sus lágrimas.



Publicado en:
El diario Alerta 14 de agosto de 1968


sábado, 18 de julio de 2020

Las acuarelas de Alberto Van den Eynde









         Conozco la “saga” de los Van den Eynde desde hace años y sé de las inquietudes espirituales de todos los hermanos, por lo que no me ha causado extrañeza esta llegada de Alberto al mundo del arte. Yo sabía que pintaba; había visto alguna acuarela suya en exposiciones colectivas, Pero siempre pensé que no era más que la salida natural a esa inquietud espiritual que le suponía, que no se trataba de una dedicación continuada, total y apasionada, como se deduce ahora de esta exposición en la sala del Ayuntamiento de Llanes. El verde cobijado dentro de colectivas me hacía pensar que estaba buscando el sentirse arropado para su aparición en público, como si la pintura, que él empujaba, le obligara a vencer la timidez del principiante. Timidez personal y hasta profesional, de artista, porque cuando ahora ha visto el conjunto de la obra que exhibe, he reflexionado sobre la posibilidad de si a Alberto Van den Eynde no le estaría ocurriendo como a los poetas con sus poemas, en los que van desnudado su alma a golpe de versos.  Porque también esto puede ocurrir en la pintura, como en la música y en los demás artes. Aún cuando no sea con la diafanidad con que se puede detectar en la poesía, en la pintura como la que nos ofrece este artista, que se convierte en espejo mágico colocado por él frente a la naturaleza para recoger lo que hay en ella de vibración del alma, o para re-crear el mundo por las secretas galerías de su sensibilidad, también se está desnudando el alma.

         Ante la obra de este pintor nos parece encontrarnos en la creación primera luz: luz, y dominado por la luz, el color. Como debió ser el mundo cuando nació, antes de que los hombres tuviéramos tiempo de mancharle.

         Cuando se ofrece ante nuestros ojos una colección de acuarelas como a la que me vengo refiriendo, se siente uno tranquilo ante el futuro de la pintura, que siempre está a punto de descarrilar por el camino de la fácil copia de lo circundante. Porque hacer arte es estar inventando cada día. Cuando don Eugenio d’Ors escribió que en arte lo que no es tradicional es plagio, nos estaba ofreciendo una gran lección para la interpretación de la estética del hombre, porque tradición es la sucesión en cada momento, de cada época de la vida, y cada época carecía de valor como referencia tradicional sino estuviera respondiendo en sus vibraciones humanas, a la interpretación que le corresponde de la historia y del arte.

         La acuarela de hoy, para entrar dignamente en su tradición pretendida por d’Ors, debe respirar en la atmósfera vital que nos ha correspondido a los seres que estamos tocando con la mano del año dos mil. No se puede hacer ya acuarela como la que empezaron a hacer los maestros ingleses del siglo XVIII o los maestro españoles del XIX. Aquella aventura refinada, exquisita, estaba representando su mundo y lo reflejaba adecuadamente, incorporándose por lo tanto a esa tradición pretendida por el pensador catalán. Cuando el año 1910 pintó Kandinsky la primera acuarela abstracta, dio el serio y necesario aldabonazo por ese camino del auténtico que exigía nuestro siglo XX. La sensibilidad del pintor ruso le había hecho intuir la importante advertencia que precisaba escuchar el arte de la acuarela.

         Con estas palabras nos estamos acercando a la pintura de Alberto Van den Eynde. El visitante de la exposición como el pintor, en su más conseguidas obras, nos está ofreciendo una visión del mundo en que vivimos con “aldabonazos” de color, para que nuestra imaginación, la imaginación de cada uno, pueda sintonizar tras ellos, el monte, el mar, el cielo, el paisaje posible permitido por nuestra sensibilidad. Nos está invitando a entrar en su concepción del arte, dejándonos vivir con él la creación primera tal y como él la concibe. Tras los grises atenuados y azules transparentes, sin efectismos inútiles, se abre ante nuestros ojos una nueva naturaleza, la suya, la que lleva dentro el artista.

         Que hay algunos fallos sin duda; es posible que, en algún rincón se puedan rastrear titubeos a la hora de extender la mancha; que las transparencias intentadas en otros momentos no hayan llegado a la plenitud que se estaba exigiendo a sí mismo el pintor, pero en conjunto estamos asistiendo a una importante y seria muestra de pintura a la acuarela.




Publicado en:
El Oriente de Asturias. Llanes, el 18 de Julio de 1981
Incluido en el libro: Torrelavega. Érase una vez el arte… los artistas y el mundo que les rodea. Editado por el Ayuntamiento de Torrelavega 1999



miércoles, 1 de julio de 2020

LA LEYENDA NEGRA DEL CAMINO DE LA COSTA

LA LEYENDA NEGRA DEL CAMINO DE LA COSTA
EN LAS PEREGRINACIONES A SANTIAGO



            Somos conscientes de que el tema de que se va a hablar en esta comunicación, es de escasa importancia dentro de lo que representa el estudio general de las Peregrinaciones a Santiago, de las cuales se va a tratar en esta III Semana de Estudios Medievales. Parece un poco de osadía venir a hablar a Estella del camino de la costa en las peregrinaciones, pero cuando el que habla de ello está convencido, no solamente de sus propias limitaciones, sino de la escasa magnitud del tema si se le compara con los estudios sobre el camino francés tradicional, creo que ya tiene disculpa y el nihil obstat de los grandes de la peregrinación para poder seguir adelante.

            Por otra parte, piensa el que esto escribe, que para los estudiosos tentados por la Historia, no hay documento, piedra, o camino despreciables, por muy reducidos que sean.

            Con vuestro permiso, pues, vamos a tratar de abrir una pequeña brecha en la alta mural1a que se ha creado en relación con las primeras peregrinaciones de la costa, con respecto a 1as cuales se ha llegado a asegurar la casi imposibilidad de que existieran.

***

            El que pretenda meterse en este terreno, como lo estamos haciendo ahora, se encontrará atrás y adelante, a derecha e izquierda, con terribles anatemas sobre la región que cruzaba aquella posible ruta y sobre sus habitantes. Anatemas que parten ya de los propios peregrinos. El asustado cronista del obispo de Porto, que acompaña a su señor en 1120 cuando éste se ve obligado a desviarse del camino tradicional por las amenazas del rey de Aragón, habla horrorizado de “aquellos montes apartados y lugares extraviados, entre hombres feroces de idioma desconocido y prontos a cualquier crimen”. Añade a esto e1 obstáculo que presentan los ríos, perpendiculares siempre a la dirección de su marcha.

            Ante este texto nos preguntamos ¿no habrá creado este cronista una leyenda negra que la imaginación ardiente y mística de aquellos primeros peregrinos esparciera por sus zonas de origen al regreso de Compostela?

            Veamos sobre ello los comentarios de tres de nuestros mas notables medievalistas de hoy.

            Menéndez Pidal: “Orígenes del español”

"era entonces penosísimo (-el camino-), pues por temor a los moros, iban en continuos altibajos a través de los valles de la costa de Álava y de Asturias"

            Lacarra: “Peregrinaciones a Santiago”

“Todavía en el siglo XII estas regiones tenían fama de estar habitadas por gentes salvajes, a lo que contribuía mucho el diferente idioma de sus moradores. Estos vivían dispersos en caseríos, sin núcleos urbanos de ninguna clase” … “además por la costa no había ningún camino fácil cortada como estaba por las profundas entradas que hace el mar en las numerosas rías”

            Uría: “Peregrinaciones a Santiago”

“Ni la diplomática, ni la arqueología nos proporcionan elementos de juicio suficientes para poder afirmar que 1a ruta de la costa haya sido frecuentada casi hasta el siglo XIII sobre todo por los extranjeros”

            ¿No estaremos -como se dice anteriormente- ante una leyenda negra que, por estimarla de menor cuantía desde el punto de vista del historiador, no ha merecido la pena de molestarse en desbrozarla?

            El propio Sr. Uría, en la obra citada, nos lo manifiesta así cuando dice:

“En todo caso, adelantaremos la afirmación de que esta ruta tiene muy poca importancia, si
tenemos en cuenta que su frecuentación por los peregrinos se realiza en época tardía”.

            Bien; aquí nos da pie el Sr. Uría para echar a andar nosotros, cuando dice que tiene poca importancia por haberse frecuentado en época tardía. Por el contrario, nosotros creemos
firmemente que la importancia de la ruta de la costa le viene de haber sido la primera utilizada por los peregrinos; otra cosa es que estos no hayan sido ni muchos ni importantes y que tras ellos, en aquellos primeros años, no arrastraran una corriente comercial y cultural transcendente. Aquí radica precisamente su relativo y pobre interés histórico. Pero pensamos en estos primeros pasos como dados en la época romántica de las peregrinaciones. Así como por el camino francés se crea después una ruta comercial importante, llena de vida y por lo tanto de posibilidades de todos los Ordenes, el camino de la costa no tuvo tiempo de cuajar en algo concreto, al ser desplazado muy pronto por el tradicional. Vemos a estos primeros peregrinos entregados a una fe sin mites, para la que la luz de Santiago es cegador foco de atracción que no les permite ver ni apreciar las tribulaciones y penalidades de marcha tan dificultosa.

            Estos pioneros del camino, procederían todos, o casi todos, de las zonas españolas liberadas de los musulmanes (vasco-navarros, vascos-franceses). Todavía no habría habido tiempo de que corriera la voz en forma efectiva por encima de los Pirineos, ni de que los de Cluny organizaran la invasión cultural de España con los vivificadores aires del románico.

            Pero veamos algunas de las afirmaciones de la leyenda negra, (no sin antes hacer constar que en esta comunicación no estamos refiriendo a la zona geográfica que se conocía con el nombre de Cantabria).

            Nos interesa particularmente la que se refiere “al estado salvaje en que se encontraban aquellas gentes”, y la otra, en la que se dice que vivían “dispersados en caseríos sin núcleos urbanos de importancia”.

            Que el cronista del obispo de Porto dijera que se encontraban en estado salvaje, no es raro, porque siglos más adelante, y a pesar de la casi perfecta organización del camino francés, son relativamente frecuentes los asaltos a los peregrinos en este camino. En la guía clásica de Américo Picaud, se habla de cómo no solo robaban a los peregrinos, sino que los cabalgaban como asnos y los mataban. En otro pasaje del mismo Códice, se cuenta la historia de los dos navarros afilando sus cuchillos al lado del rio Salado esperando que las bestias bebieran las aguas del río, tenidas por letales. Como se dice en la guía publicada por la Diputación Foral de Navarra el año 1954, bien es verdad quo el clérigo francés no tenía muchas simpatías a los navarros y abunda en exageraciones, pero siempre en todas las exageraciones, hay un fondo de verdad.

            No es de extrañar, como decimos en el párrafo anterior, que el cronista del año 1120 dejara constancia de este estado salvaje, ya que era lo único con que él se podía tropezar en su marcha precipitada. Lo que resulta mas raro es que los autores modernos que hemos leído, no hagan referencia a la situación histórica de esta zona en los siglos IX y X, que les podría dar una pauta para dejar las cosas en su justo medio. Si dejamos a un lado la región vasca, con hombres de “idioma desconocido” para algunos de los primeros peregrinos, es preciso tener muy presente los años que acaban de vivir Cantabria y Asturias desde la invasión musulmana hasta el año 813 que se cita como fecha probable de la aparición del sepulcro.

            Un mundo numeroso e importante que huye de la corte visigoda de Toledo y primero de la sede de Sevilla ante el empuje árabe, se refugia tras la cordillera cantábrica. Y se refugia allí con todo el bagaje que han podido arrastrar consigo, del que sin duda es el más importante el cultural. El Duque Pedro de Cantabria, último mandatario godo de la región, vería llegar a estas huestes con la natural zozobra del gobernante que sabe los problemas que le crea una
invasión, aun cuando ésta sea de signo pacifico. No se puede fijar, ni aproximadamente, la importancia numérica de los refugiados pero no hay duda de que fue cuantiosa y de que era arrastrada por una minoría selecta.

            Es decir, para cuando los pasos del primer peregrino cruzan el camino de la costa para ponerse a los pies del Apóstol, ya ha transcurrido más de un siglo en el que esta gente del sur y del centro civilizado de España está conviviendo con los rudos cántabros, en sus verdes valles; son más de cien años los que llevan desarrollando su vida entre ellos. Son más de cien años los que tuvo que influir notablemente, aparte de la cultura y de las formas de vida que trajeron consigo los refugiados, el esplendor de la corte de Asturias que en su empuje creador desde Don Pelayo y Don Pedro de Cantabria, arrastraría el entusiasmo de los habitantes de la zona costera. Que si bien este empuje es de signo militar y por lo tanto poco dado a las “veleidades” culturales, proporciona otro elemento de civilización de que tan necesitados estaban los hombres de entonces; nos referimos a la disciplina que impondrían en sus legiones y con ella la regresión, hasta donde es posible en guerra, de la barbarie suelta por los caminos.

            En el orden cultural destacan en forma importante, el des arrollo que alcanza el arte mozárabe y la resonancia que adquiere en el orbe católico la escuela del Beato de Liébana.

            Otro dato muy significativo encontramos también, que habla en forma elocuente de la vida en esta región. Se trata de las fundaciones religiosas que proliferaron en forma tan acelerada en los primeros años de la reconquista.

            Tenemos el texto de un documento dado en el año 823 de la era cristiana, por los obispos Ariulfo y Severino, por el que hacen donaciones a la Iglesia de San Salvador de Oviedo del monasterio de Santa María de Yermo (a 5 km. de Torrelavega), fundado por ellos, y otras muchas iglesias y heredades dependientes de este monasterio. Y en este documento, al hacer relación de las propiedades de tan importante monasterio, se citan más de 20 iglesias que pertenecían al mismo en una zona muy reducida. Santa Águeda, en el pueblo de Bárcena Mayor; Santa Eulalia, en Ucieda; Santa Leocadia, en Terán San Adriano, en Valles; San Andrés, en Selores; San Clemente, San Miguel de Co; San Román, en Viérnoles; Santa María, en La Montaña; el monasterio de San Vicente Abad, en Zurita; Santa María, en Renedo; Santa María, San Cristóbal y Santa Leocadia, en Oruña; San Cristóbal, en Ongayo; San Román, en Quijas; el monasterio de San Juan Bautista, en Tudanca; Santa María, en Alleiga; San Juan, en Tara; Santa Eulalia, en Duña; San Pedro, en Cabezón de la Sal; San Félix y San Doroteo, en Ibio. Es decir, veintitantas iglesias y monasterios con sus dependencias -en algunos casos muy importantes- en una zona relativamente pequeña de aquellos pueblos bárbaros. A estas iglesias dependientes de Santa María de Yermo, sería preciso agregar las pertenecientes a la Colegiata de Santillana del Mar, las de la Colegiata de Castañeda, las del este de la provincia, en la Merindad de Trasmiera, etc., que sino de tanta importancia entonces como la de Yermo, reunían a su alrededor un núero igualmente digno de ser tenido en cuenta.

            En cuanto a las dificultades que presentaban a los peregrinos la orografía acusadísima y la hidrografía abundante, vertical a su paso, también tenemos que hacer nuestras reservas, ya que se encontrarían con muchas posibilidades de salvarlas con facilidad utilizando las calzadas romanas, principalmente la conocida con el nombre de Vía de Agrippa, que cruzaba la provincia de Santander entrando por Castro-Urdiales, atravesando lo que más tarde se conocería con el nombre de Merindad de Trasmiera y con el de Asturias de Santillana. Esta calzada presenta todavía hoy numerosas dificultades de localización, observándose incluso una vía paralela a la misma; una de ellas iba muy ceñida a la costa y la otra más al interior.
Esta última es particularmente interesante para nosotros, ya que es la que pasaba por Santa María de Yermo. El camino entraba en el valle de Torrelavega por La Montaña y por Viérnoles caía sobre Riocorvo, cruzando el río Besaya por un puente romano por el que a su vez tenía paso la calzada que unía Julióbriga (en Reinosa), con el puerto de Santander.

            La toponimia viene en nuestra ayuda en esta zona de Yermo con nombres que confirman la existencia de esta calzada por la que pudieron transitar los peregrinos al amparo de tan numerosas iglesias. Nombres como “Campos de Estrada”; una ermita dedicada a Santo Domingo de la Calzada, en el barrio de Herrera y numerosos lugares en los que se encuentra el nombre de “la calzada”, “vía” y derivados de esta última palabra.

            Esta calzada seguía por Cabezón de la Sal y San Vicente de la Barquera, adentrándose en Asturias y a lo largo de la misma no dejan de ser frecuentes los hospitales y fundaciones
como los que había establecidos en Yermo.

            Nos parece que un estudio meditado de esta época, podría deshacer la leyenda negra que pesa sobre estos años y estos territorios y abriría a Los Amigos del Camino de Santiago la posibilidad de que existiera en los primeros años de la peregrinación un camino de la costa por el que transitaron los pioneros de la misma en los siglos IX, X y hasta el XI, cuando las razzias frecuentes de Almanzor hacían intransitable el camino francés. Camino que si bien no tuvo la trascendencia de la ruta clásica, no por eso debe de ser menospreciado hasta el extremo de llegarse prácticamente a ignorarle

Torrelavega para Estella, a 1 de setiembre de 1.965. Año Santo Compostelano



Comunicación que presenta Aurelio García Cantalapiedra del Seminario de Prehistoria y Arqueología “Sautuola”, en Santander, a la III Semana de Estudios Medievales de Estella.