jueves, 19 de septiembre de 2024

PREGÓN DE LAS JUSTAS LITERARIAS DE REINOSA


     Si para los que venimos de peñas-al-mar en un viaje normal, siempre es grato alcanzar las alturas de Campóo, fácilmente pueden ustedes comprender cómo ha de resultar para quien, además, se encuentra ante el bello marco que ofrece este teatro, vestido de gala con motivo de las fiestas de San Mateo. Mis primeras palabras de esta noche tienen que hacerse eco de esa impresión repetida, aunque sorprendente en todos los momentos, que ofrece vuestro paisaje. Pero el asombro esta vez no termina ahí, no se queda en la admiración devota de estas tierras, ya que habéis tenido el acierto de situar aquí, en el escenario, a la parte más delicada de ellas, representada en esta corte de honor. En mis paseos por el valle, menos frecuentes de lo que ha sido mi deseo, he podido comprobar en todas las ocasiones, esa perfecta adecuación que existe entre vuestro paisaje y la mujer campurriana que le sirve de adorno y que pone en él un toque de gracia que le completa. No podían albergar estos campos, entre sus luces y sombras matizadas, otra belleza distinta a ésta, singularizada luz en tan deslumbrante presidencia.

      

     Yo confío en que esta hermosa corte pueda lograr, como en los cuentos de hadas, que su vara mágica consiga cuanto se proponga. Dejadme creerlo así y pensar en que su efecto poderoso propiciará el que mis palabras puedan ser dignas  de ellas y de ustedes. Para conseguir estar a la altura de las circunstancias que aquí se concitan, voy a necesitar de la acción benévola de la magia que invoco, pues sin su concurso va a ser difícil lograrlo, porque cuando el alma se echa a soñar por los caminos que conducen a estos paisajes, las sugerencias se agolpan y los vocablos en que han de ser ordenados caen en cascada sobre la mente; las cuerdas de la sensibilidad, que se han tensado al máximo distorsionan los sonidos y los sentimientos pueden brotar de manera que impidan la correlación que requiere este breve encuentro que me he propuesto con Campóo y con su cultura.

      

     A requerimiento de vuestro Alcalde, tuve la oportunidad de hablar en público en esta ciudad en anterior ocasión y mis primeras palabras entonces, nacidas, como ahora, del convencimiento sincero, estaban llenas de complacencia y hasta de cierto matiz lírico. Decía en aquel acto y repito hoy, que cuando desde las tierras bajas de la provincia se sube en el otoño en busca de la meseta, a medida que nos acercamos a Campóo la luz se dora y la naturaleza se envuelve en amarillos; una mano misteriosa limpia el aire y todo resulta diáfano, luminoso. Es que de pronto se entra en el reino de la claridad sorprendente; los árboles, son árboles y las veredas, veredas. Canta el sol con fuerza y el gris, mixtificador a veces, desaparece; el horizonte se alarga, surgen los bosques de manos encantadas, y unas montañas lejanas, azules, enmarcan el paisaje. Si el viajero tiene la suerte de ser de los que andan por el mundo con los sentidos abiertos a la belleza, no podrá impedir el estremecimiento. En Campóo se ensanchan los caminos del alma hasta los límites de vuestras montañas, que no son límite sino belleza añadida al llano. Los ríos discurren por sendas abiertas en siglos de trabajo, creando espejos para los álamos, los hayedos, los robles, que se miran en ellos con envidia de narcisos vegetales, ríos violentos a ratos, que andan y suenan para placer de los ojos y deleite de los sentidos. Fontibre, Hoz de Abiada, Nestares, son nombres que a fuerza de repetirse en vuestros oídos posiblemente han ido perdiendo fuerza en vuestras almas. Para nosotros, los que disfrutamos de ellos en contadas ocasiones, colman nuestra sensibilidad y cada uno provoca el rebrote imaginativo de lugares paradisiacos en los que "la cuita se cuesta a dormir", como en el verso de don Miguel de Unamuno. Rabiones y remansos del Hijar, umbrías y solanas de Riaño, caminos de La Lomba que llevan siempre a soledades del espíritu…

      

     Así es Campóo estación señera que abre con hidalguía las puertas de la paramera castellana, prólogo y reposo, meditación y toma de conciencia para el caminante que llega con ánimos de adentrarse por tierras de la meseta, por esa Castilla que en voz del anónimo del romancero crea a los hombres y los destruye. Desde este otero comienza el viajero a sentir que está a punto de entrar en un mundo distinto, porque aquí tropieza con el muestrario selecto de lo que va a encontrar en sus andanzas siguientes. El atractivo provocará en él la duda, duda mayúscula, entre seguir o detenerse para siempre al cobijo de vuestra hospitalidad. Aquí empezará a ejercitar sus primeras armas de ascetismo. ¡Cuántos de estos hombres, con intenciones más largas, con deseos más lejanos, con metas fijadas en mayores leguas de camino, las han abandonado para asentarse en Campóo para siempre! Sus días de viajero fracasado irían muriendo para empezar a vivir años de campurriano complacido. Esta tierra fue haciendo sus hombres en el yunque de la conjunción de dos visiones: el mar abierto, igual y distinto a cada instante, que viajaba nostálgico en la retina de los hombres procedentes de peñas-al-mar, y la llanura extendida, quieta efigie geológica tumbada el mundo vivido por los que venían de la meseta. En este encuentro de caminos sueñan las vivencias de Campóo y sus hijos miran con ojos entornados, en una remembranza ancestral, a uno y otro lado de las dos laderas que preside el altozano que ocupan. Aquí quedó el hombre que iba para castellano y que nunca llegaría a serlo porque se entregó al encanto de vuestra tierra; aquí se rindió un ser humano de los que habla el romancero contando historias de cuerpos que se destruyen bajo el sol, en una ardiente inmolación de la materia de la que el espíritu surgiría purificado y gozoso. Recordar que Teresa de Ávila, la gran castellana, y Juan de Yepes, quería morir porque no morían…


     De este mundo tenéis la llave vosotros; sois dueños del paso que lleva a él; como Ulises, el viajero que intentó cruzarlo luego de taparse los oídos del cuerpo, y hasta los del alma para lograrlo, pero tanta belleza acumulada le detuvo para siempre. Después, cuando los años reposaron el entusiasmo y el impulso primero, y el viajero, ya otoñal, se sintió tierra de vuestra tierra, con qué alegría repetiría con el frailecico de Yeps  


Quedéme y olvidéme  

el rostro incliné sobre el Amado…


     Permitirme recordaros una frase de un campurriano de pro, de un hombre de mente fina, uno de los hombres más sensibles de entre los vuestros; me refiero a Miguel Ángel García Guinea que un día. escribió de Campóo: "El fervor, casi la locura, que yo he tenido y tengo por las montañas, por los montes cargados de robles, por los hayedos que yo descubría en tardes inenarrables, se debe, casi en su totalidad, al contacto íntimo, continuo, directo y hasta enervante con este mundo natural…" ¿Para qué ahondar por mi parte en el tema después de estas palabras?


     Y si del paisaje pasamos a los seres que llenan, o llenaron ese paisaje con su presencia o con su ausencia nostálgica, ¡con cuántos nombres habremos de tropezarnos como símbolo de las virtudes y de la capacidad humana. y cultural de Campóo! Forzosamente, surgirán en primer lugar los de Casimiro Sainz y Manuel Salces. De estas tierras, sobre las que yo he intentado una aproximación a sus valores plásticos, quedó en los lienzos de ellos el mejor reflejo. Casimiro, el "cojo de Matamorosa", como cariñosamente le apodaron, supo como nadie ser espejo lírico de su belleza. Su retina excepcional fue capaz de enfrentarse a este paisaje con la valentía que requiere la violencia de su luz, limpia y denunciadora de verdades. ¡Qué dolor para Reinosa y para el arte español, la onublación de su mente cuando solo contaba cuarenta y cinco años! No es posible adivinar los límites que hubiera alcanzado su pintura, pero la imaginación se tiene que ir muy lejos en este intento al contemplar la obra que nos dejó, llena de una gran fuerza expresiva. El hombre Casimiro Sainz fue un poseso, un tocado por lo demoniaco en el sentido transcendente de la palabra. Las sucesivas enfermedades que jalonaron su vida, desde el ataque de cólera a los dos años de edad hasta la locura definitiva, van fijando su cerebro y dando forma a un espíritu que se adelgaza con el paso del tiempo hasta extremos inverosímiles, que limitan, al final, con la anulación completa del yo. Casimiro fue el gran sensible, el contemplativo dominado por lo contemplado, el lector asiduo de la Biblia donde encontró alivio para sus tragedias humanas. Testigo y ejemplo de excepción, vigila hoy con gesto paternal, desde su eternidad del monumento en el paseo de Cupido, la marcha de la vida de Reinosa. 


     A Manuel Salces le vemos más sereno, más en el camino de lo cotidiano, sin grandes alteraciones. En la biografía que escribió de él José Simón Cabarga, encontramos una expresión que enlaza justamente con nuestro punto de partida: "Mas parece natural admitir -dice Simón Cabarga-, como uno de sus cauces principales, sino único del hecho, el poder de la sugestión de la naturaleza que le rodeaba cayendo como una gran claridad sobre su espíritu elegido." Es el paisaje, -volvemos al hilo de nuestras palabras- quién dominaba el arte y, por lo tanto, la vida del pintor de Suano, hombre de fina sensibilidad, que nos dejó reflejada en sus cuadros la naturaleza con minuciosidad y primor.

     

     Pero el Campóo humano no limita las muestras de sus hombres dotados prodigiosamente, en estos dos artistas, aunque ellos dos serían bastante para llenar de orgullo a cualquier pueblo. Si llevamos nuestra exégesis al campo de las letras y dejando señalado a Rodrigo de Reinosa, Si bien aparte por su no muy claro origen campurriano, con todos nuestros respetos para las afirmaciones de don Marcelino Menéndez Pelayo, con qué satisfacción podemos citar a hombres como don Ángel de los Ríos y Ríos, el famoso "sordo de Proaño”, el altivo señor de la Torre, de quien Enrique Menéndez Pelayo escribió: "A roble añoso se comparó él mismo y del roble tiene lo alto y lo inconmovible, el sano corazón y la arrugada corteza." Naturaleza y figura, ambiente y carácter se funden en este hombre de Campóo que vivía solo, arriba, en la montaña, desdeñoso y místico devorador de soledades. Y Duque y Merino, cojo y malhumorado como le definió José María de Cossío, que al parecer solamente distendió su carácter abrupto, como las cumbres que le rodeaban, para hablar con emocionada ternura de su amigo Casimiro Sainz. Y Ramón Sánchez Díaz, que llega a este mundo en Reinosa, apadrinado por Duque y Merino. De Sánchez Díaz muchos de los aquí presentes podáis hablar con mejor conocimiento que yo, pues tuvisteis la fortuna de conocerle personalmente. Hombre de acentuada sensibilidad, abierta a los problemas no solo locales sino también nacionales, que nos dejó escritas páginas exquisitas en una larga serie de títulos, en las que con frecuencia volvía los ojos desde el lugar en que se encontrara a su Reinosa natal, que llevaba en el corazón, y al que dedicó algunos de sus mejores artículos, colaborando en ocasiones en los distintos periódicos que vieron la luz en estas tierras, desde El Ebro, en 1887, hasta la reciente y añorada revista Fontibre. Su amor a Reinosa quedó patente principalmente, en esa donación que os hizo en la que instalasteis una casa de cultura, que ha sido ejemplo de cómo debe de encauzar un pueblo sus virtudes naturales y que no debéis consentir que decaiga, para que pueda servir no solamente de monumento perenne a su generoso donador, sino también para que las obras del espíritu de tanto reinosano ilustre sean recordadas a las generaciones siguientes y puedan ser expuestas como modelo a imitar.


     Permitidme insistir unos momentos sobre la obra y las ideas de don Ramón Sánchez Díaz, que, a mi modesto entender, ha sido una de las figuras más interesantes que ha dado Campóo y aun la provincia entera. Yo invito a quien no conozca su obra a adentrarse en ella, pues en sus páginas, a veces vehementes y siempre inteligentes, habrá de encontrar el lector un hombre que pudo brillar a la altura de los más célebres autores de la generación del 98, que era la suya, y que si no llegó a ocupar públicamente el lugar que le correspondía, fue debido a su sencillez y modestia. Más puedo decir de él en este sentido: en sus libros habréis de encontrar un pensador de hoy, una cabeza de nuestro tiempo, pues su norte constante fue la libertad del ser humano, buscada apasionadamente, en un mundo en el que los derechos inalienables del hombre fueran sagradamente respetados. Le preocupó la Política con mayúsculas, la cultura en sus vertientes de educación e instrucción, la industrialización, el desarrollo del campo, la creación de puestos de trabajo en los que se pudiera unir al deber de trabajar el derecho a hacerlo honradamente y en el sentido vocacional de la vida. Y, por último, miraba a Europa, al progreso europeo como meta a alcanzar por nuestra patria. Todo ello en un afán de diálogo crítico que le enfrentó, con relativa frecuencia, a la mediocridad entorno, buscando en sus escritos, contra toda adversidad, el bien común.

      

     En este paseo apresurado por el mundo de las letras reinosanas, ¡Cómo dejar en el olvido al hombre que tuvimos la dicha de tener a nuestro lado hasta no hace tanto tiempo! Sabéis que me estoy refiriendo a don José Calderón, "el Duende de Campóo”, como se bautizó a si mismo en sus escritos. El fue suma y compendio de los que le antecedieron y en sus crónicas de El Diario Montañés dejó en las "escenas campurrianas" la muestra de un admirable talento para reflejar la vida y el campo de las tierras en que transcurrió la suya. Los paisajes -otra vez el paisaje como tema. eterno-, las escenas humanas, hicieron brotar de su pluma fácil abundantes crónicas que no solamente leíais con avidez los reinosanas, pues también gozábamos de ellas otros lectores de la provincia. Yo creo que en ninguna casa de Reinosa faltará su importante libro, que tituló sencillamente con el nombre de Campóo, hombre que compendiaba toda su vida y afanes. En este libro, para el que dejó el apodo en un rincón firmándolo con su nombre de pila, podéis leer un párrafo que voy a repetir ahora y que estoy seguro de que llenará de gozo vuestro orgullo de campurrianos. Dice don José Calderón: "El corazón de Cantabria no hay duda, estaba situado junto a las fuentes del Ebro en nuestro valle de Campóo… y más en épocas de turbulencia y de peligros, el corazón, el centro de la resistencia, la ciudadela, hablando en términos castrenses, no hay duda de que fue Campóo con sus cerrados bosques y las montañas que les rodean." 

     

     Don José escribió este párrafo no solo con la fruicción y la pasión por su lugar de nacimiento, sino con los documentos de la historia en la mano. Si Cantabria triunfó durante largos años en la defensa heroica de su territorio contra las legiones romanas, en estas tierras de Campóo se localizó el núcleo de la lucha, que sin hipérbole podemos llamar numantina, por su carácter. Aquí, siglos más tarde, tropezaron las huestes visigodas, y el monte Hijedo, citado por el cronicón Emilianense, pasa a la historia del medioevo como el lugar donde estaba situada Cantabria. "Capital en épocas de turbulencia y de peligros, el corazón, el centro de la resistencia", dice don José Calderón con abierta complacencia.

     

     Y desde este valle saltaron los foramontanos a la gran aventura de crear un mundo, de recrear un mundo arrancado a pedazos y a golpes de entusiasmo a los árabes. Por la venta de Tajahierro entraron en Campóo los hombres de Malacoria, incontaminados como vosotros del sarraceno y aquí se les unieron en la noble tarea los mejores hombres de vuestro lugar. Es el momento histórico en que empiezan a aparecer en estas tierras, entre las espesuras de los bosques solemnes como catedrales, las iglesias románicas (Cervatos, Retortillo, Bolmir, Villacantid), qua son justo orgullo vuestro todavía. Es la hora de la historia difícil de España, cuando nuestra Patria está naciendo, ocasión en la que Campóo está presente y está en primera fila, como hito fundacional. Después vendrían las Cartas-Puebla, como la de Brañosera, los Fueros y Privilegios, como el de Cervatos. Antes, mucho Antes, las iglesias rupestres habrían poblado esta Merindad, guardando en su interior el significado de una época. Hasta los más ajenos a su finalidad no pueden sustraerse hoy a la emoción provocada por su rústica disposición; de sus oquedades parecen salir todavía murmullos y plegarias ingenuas que conmueven al visitante que se acerque a ellas limpio de soberbia.

     

     He nombrado las iglesias románicas y no puedo evitar el mencionar nuevamente a Miguel Ángel García Guinea, que tan inteligentemente las ha estudiado, de quien me limitaré a citar solo su nombre porque se que otra cosa iba a herir su modestia. De él han quedado en palabras anteriores, la referencia a una frase suya que dice todo de su amor por la tierra que le vio nacer y de su sensibilidad para expresarlo.

      

     Tendría que hablar de más campurrianos que sobresalieron con su vida y con su obra, pero creo que el muestrario ha sido suficiente. Sin embargo, no quiero dejar de hacerlo de otros hombres de estas tierras, héroes anónimos de su historia y de su desarrollo, de esos hombres del mundo del trabajo manual, del trabajo industrial y del campo, de los que la Merindad de Campóo ha de sentirse tan orgullosa como de los que he citado con sus nombres y apellidos. Es justo destacarlos porque en su labor honesta, dura muchas veces, ingrata otras, pero siempre digna, ha encontrado este valle la razón de su prosperidad, su mejor galardón. Si los hombres del espíritu han provocado una luz inextinguible, proyectada allá de estos montes y aún de las fronteras de España, esto fue posible porque tras de ellos, de manera callada, con constancia y gesto generoso, estaban estos otros hombres, que supieron conservar un patrimonio que hicieron crecer y desarrollarse hasta los límites que hoy disfrutáis. Por los dos caminos habéis sabido marchar con andar firme y señorío, sin vacilaciones, con ánimo sereno, con la vista puesta en estas tierras maravillosas que habéis engrandecido ante la admiración de los demás.

      

     En el final de mis palabras, vuelvo al principio. No se si habré sabido dar coherencia a mi discurso; no se si mis elogios habrán estado a la altura de esta hermosa tierra; no se si he sido capaz de acercarme a vuestro paisaje en alguna medida; no se si he sido digno de vuestra deferente atención.  Lo que si puedo aseguraros es que todo ha sido dicho con la sinceridad de que es capaz un corazón que se siente alterado cuando desde peñas-al-mar se asoma a estos lugares y cuyo espíritu es sacudido con fuerza por tanta belleza como aquí se reúne.


Leído en las Justas Literarias de Reinosa el 19 de septiembre de 1977





sábado, 31 de agosto de 2024

LORENZO FRECHILLA

 EL VIRTUOSISMO DE LOS FRECHILLA

(Homenaje desde Cantabria a Lorenzo, el escultor)


La noticia en la prensa nos ha llegado separada por muy pocos días: el 4 de agosto moría en México el pintor Mathias Goeritz, y el día 9, en Madrid, el escultor Lorenzo Frechilla. A los dos les unió en Cantabria una fecha: Septiembre de 1.948. Goeritz exponía sus dibujos en el “Saloncillo de Alerta”, de Santander; Frechilla, que empezaba entonces su vida artística, colgaba en la Biblioteca “José María de Pereda”, de Torrelavega, una amplia colección de su obra: ocho esculturas y veintinueve miniaturas, realizadas en marfil y azabache. Poco antes, había obtenido la Primera Medalla del “Salón de Otoño de Castilla”.

 

De Lorenzo Frechilla, a quien de los dos artistas citados quiero dedicar hoy este comentario, quedó en Torrelavega un buen recuerdo. Con motivo de aquella exposición pasó unas horas con nosotros; horas inolvidables, mientras le ayudábamos a instalar sus sorprendentes marfiles en las paredes de la sala, o las que transcurrieron en mi casa, donde deja un recuerdo imperecedero de su admirable carácter y sensibilidad artística. Después nos volveríamos a encontrar en su Valladolid natal rodeados de amigos, en el piso en que residía. ¿Era en la calle Alcalleres, en un cuarto piso? No lo puedo fijar exactamente. En la memoria queda sólo el recuerdo de unas amplias habitaciones en las que “reinaba” un piano de su hermano Miguel, y con la presencia del buen amigo de Lorenzo. el pintor Publio Wilfrido.

 

Mas tarde nos cruzamos algunas cartas; me enviaba fotografías de su obra en marcha. El virtuosismo de los marfiles iba dando paso a obras más ambiciosas. Conservo una carta suya fechada en Valladolid el 23 de noviembre de 1. 955, cuando preparaba el salto y conquista definitiva de Madrid: “Estoy buscando sitio para trasladar mi taller a Madrid, pues mi mayor número de encargos viene de allí…”; se quejaba en la carta de las dificultades que encontraba en “mi querido pueblo natal” para el desarrollo de su capacidad creativa. Poco antes había recorrido Inglaterra, Francia y América del Sur. Me contaba de un viaje a París acompañado por Publio y de una exposición conjunta en la capital francesa…

 

Los recuerdos, hoy que le hemos perdido, están resonando más fuerte en mi memoria. Aquella obra primera vuelve con nitidez. Crecía al par del virtuosismo que fui conociendo más tarde de los hermanos de Lorenzo. Miguel, el pianista, de quien se hablaba ya en Valladolid con devoción y que pronto conquistaría España con sus ejecuciones prodigiosas; Miguel, que construía con las notas del piano hermosas esculturas, que quedaban en el aire como las de Gog, el personaje de Papini. El otro hermano, profesor de idiomas que sorprendería un día al tribunal de unas oposiciones dando cuenta de sus conocimientos del chino, conocimientos más sorpresivos, por haberlos aprendido en un pueblecito de la provincia de Valladolid. Virtuosismo en los tres hasta extremos difíciles de alcanzar.

 

Todo está así, en el recuerdo, “cuando de casi todo hace ya cuarenta años” como escribió con frase significativa José María Castellet. 





jueves, 15 de agosto de 2024

PEDRO LORENZO MOLLEDA: Más que un nombre para una calle


Cuando hace unos días descubría Marisol Lorenzo ante el público la lápida que daba el nombre de su padre a una calle de Torrelavega, la figura de Pedro Lorenzo se acercó con más fuerza y emoción a mi recuerdo. A mi lado, con la misma fuerza en sus manos e idéntica emoción en el rostro, sonaban los aplausos de Alfonso de la Serna y de su mujer, Ana, y los de Alfredo Pérez de Armiñán, descendientes próximos de Concha Espina. «Nunca olvidaremos lo que Pedro hizo por nuestra abuela en tiempos tan difíciles», me dijo Alfredo, con voz y acento que nacían muy adentro, mantenidos con idéntico agradecimiento a lo largo de tantos años. Las palabras de Pérez de Armiñán eran melancólicas campanas que llamaban a la rememoración, a las que Alfonso añadió, más tarde, entrañables recuerdos con idéntico afecto. En la fotocopia que conservo de las cuartillas originales que Concha Espina escribió para un diario de los años de nuestra guerra civil, se cita con cierta frecuencia a Pedro: «Día 14. Ayer a la hora de sentarnos a la mesa vinieron Pedro y Avelina Lorenzo a comer con nosotros. Nos alegramos mucho. Y trajeron algunas provisiones inestimables: dos litros de aceite, un poco de pan blanco, mantequilla, chuletas, gran lujo». Diario apasionado, ciertamente, de unas también apasionadas fechas de nuestro pasado, escrito desde el sentir de uno de los dos bandos, entre cuyas líneas encontramos reflejada el alma sensible de Pedro Lorenzo, que acudía en todo momento solícito a tratar de remediar males ajenos, aun cuando, como en este caso, lo fuera con ciertos riesgos.

 

Las cuartillas que Marisol leyó a continuación elevaron el tono del reencuentro de Pedro Lorenzo con sus amigos. Sencillas, como hubiera querido; sinceras, como él era; sin ahondar en las pasiones, que tanto le hubiera molestado; llenas de amor al pueblo que lo vio nacer y vivir los más de los años de su vida y que guarda sus restos para la eternidad.

 

La lluvia había caído suave momentos antes. Para los que sabíamos de la amistad profunda de Pedro Lorenzo con Alfredo Velarde, Torrelavega se sumaba al homenaje con esta lluvia, como la «Villamojada» que llamó Galdós y que a Alfredo le gustaba repetir en las cartas que me escribía desde Viña del Mar, en Chile. Manolo Teira, con su presencia, traía para nosotros la memoria de su padre, don Gabino, y así nos apretaba más el nudo de la garganta con el recuerdo de años de la adolescencia, en la que los tres fueron, para algunos de mi generación, maestros de tanto saberes y maneras de ser y entender la convivencia.

 

Después del acto público al que acabábamos de asistir, me encerré entre mis libros y papeles; releí las cartas recibidas de Alfredo Velarde, con referencias constantes a Pedro Lorenzo y a nuestra vida en común en la Biblioteca Popular de Torrelavega. Recordé aquella carta que José Luis Hidalgo había escrito a Pedro, en junio de 1944 en la que confirmaba ese magisterio de que he hablado antes: «Guardo buenos recuerdos suyos, en aquellos tiempos de la Biblioteca y hasta creo que es usted el culpable, en gran parte, de los rumbos señalados a mi vida». La fotografía de Gabino Teira, en la que una luz cenital ilumina la frente guardadora de tantas cosas y que devotamente preside esta habitación en la que estoy escribiendo, contribuía a fijar la añoranza.


Entre las cartas de Pedro Lorenzo volví a encontrarme con una especialmente querida. Permanece cerrada dentro del sobre desde que llegó; desde que volvió a mis manos. Era la última que le escribí a la clínica de Puerta de Hierro, donde falleció. El cartero había escrito al dorso: «Se ausentó».


Publicada en: El diario El Diario Montañés, el 15 de agosto de 1992







domingo, 14 de enero de 2024

In Memoriam 2024

 

No podemos de olvidar la fecha de hoy, 14 de enero, 14 años de la despedida. Para ello traemos las palabras emocionadas y de agradecimiento que un enero de 1985 pronunciaste en el nombramiento de miembros honorarios del claustro de profesores de Colegio José Luis Hidalgo de Torrelavega de:

 don Gabino Teira, don Pedro Lorenzo y don Alfredo Velarde


El Claustro de profesores de este Colegio ha decidido conceder el titulo de Miembros Honorarios del mismo, a don Gabino Teira, don Pedro Lorenzo y don Alfredo Velarde, en merito a la trascendencia de su presencia intelectual en la vida y en la obra de José Luis Hidalgo, título que, desgraciadamente, tiene que ser con carácter póstumo.

No podían faltar estos tres nombres a la hora de distinguir a las personas que han dedicado alguna parte de su vida al conocimiento de la personalidad y la obra del poeta. En este caso su importancia fue mayor, si cabe, pues fueron mentores y maestros suyos en los años cruciales de la adolescencia. Creo que la decisión del Claustro del Colegio es significativa, pues se reconoce así el interés que tiene para el futuro del hombre un Magisterio brillante y sabio.

José Luis Hidalgo, dio sus primeros pasos por el camino de la literatura y el arte, en la Biblioteca Popular de Torrelavega, que estaba regida en sus cargos principales, por Teira, Lorenzo y Velarde. En 1.934 con catorce años de edad, ya era asiduo visitante y voraz lector en este centro. Los conocimientos que fue adquiriendo a través de una lectura siempre apasionada, se completaron con el inteligente asesoramiento cultural de estos tres hombres singulares, maestros también de ciudadanía ejemplar.

“Ciudadano ejemplar” fue precisamente el titulo que se empleaba en una nota aparecida en 1.934 en el semanario El Impulsor, para referirse a Gabino Teira, con ocasión de ser nombrado entonces Presidente de la Diputación Provincial de Santander. Era el reconocimiento escrito de lo que había sido siempre el reconocimiento público de sus convecinos. Se confirmaba en el texto de esa nota, las virtudes e inteligencia del hombre que había llegado a la más alta magistratura provincial partiendo de su discreta ocupación de “tendero”, como a él le gustaba definirse por su negocio de comercio de tejidos. Bajo aquella humilde definición había una de las cabezas mejor dotadas de su tiempo.

Sus conocimientos de Historia y dentro de esta especialidad, en la rama de Historia de América, eran muy superiores a los de muchos profesores de la Universidad de aquellos años. Esta capacidad y cultura, los volcó con un entusiasmo excepcional en la puesta en marcha y posterior vida de la Biblioteca Popular, constituyendo un ejemplo para los jóvenes que en aquellos ya lejanos años tuvimos la suerte de disfrutar de su presencia y aprender a su lado. José Luis Hidalgo reconoció siempre aquel magisterio de lo divino y lo humano con profunda gratitud por cuento le debía su vida y su obra.

Como reconocía también el poeta la presencia impagable de Pedro Lorenzo. En la dedicatoria del libro que publicó con el título de RAIZ en 1.944, quedó testimonio de ello: “Para mi amigo Pedro Lorenzo, -escribió en el ejemplar que le había enviado-, en recuerdo de los viejos tiempos en que tanto me enseñó”; testimonio que había tenido su antecedente en una carta de Hidalgo a Lorenzo escrita poco antes, en la que le decía: “Guardo buenos recuerdos suyos de aquellos tiempos de la Biblioteca y hasta creo que es usted el culpable en gran parte de los rumbos señalados a mi vida”; naturalmente, con un culpable subrayado, para evidenciar el cariño de la expresión.

El mas honesto testigo de la vida provinciana de esos años, José del Rio Sainz, “Pick”, escribió de Pedro Lorenzo en un artículo de 1.928: “Su biblioteca y su colección de cuadros modernos, dicen bien claramente todas las posibilidades de cultura y de gusto que hay en él”. Pedro Lorenzo fue siempre un exquisito gustador de la literatura y el arte, en los que refugio sus amarguras en los años de la guerra civil española y en los de la posguerra.

Un tercer hombre se une hoy al de los dos citados, en el reconocimiento público a su labor entusiasta e intelectual desde la Biblioteca Popular de Torrelavega y en esta influencia sobre José Luis Hidalgo de que vengo hablando. Me refiero a Alfredo Velarde, muerto no hace todavía mucho tiempo en su Chile natal. Velarde ejercía en ella el cargo de bibliotecario y sus amplios conocimientos de la literatura propiciaron que la selección de obras que se iban incorporando a sus estantes fuese muy cuidada, siendo un asesor muy cualificado en la orientación de nuestras lecturas. José Luis Hidalgo fue uno de los predilectos de Velarde y quien supo adivinar en los años todavía inmaduros del poeta, todas las posibilidades intelectuales que había en él. En una carta que me escribió desde Chile, poco después de la muerte de Hidalgo, hacía una larga referencia a aquellos años y al poeta muerto: “Le conocí de niño, creció entre nosotros -son sus palabras- y habló y pintó y poetizó entre los gastados bancos de la Biblioteca Popular”.

Creo que no son necesarias más palabras para justificar la decisión del Claustro de Profesores de este Colegio de recibirlos como miembros honorarios del mismo, reconociendo así, la importancia de su influencia de la formación personal y cultural de José Luis Hidalgo. 





domingo, 31 de diciembre de 2023

Azorín

 

Centenario de Azorín

 


         En este año de 1973 que está transcurriendo se cumple el centenario del nacimiento del escritor José Martínez Ruiz, más conocido por el seudónimo de Azorín.

 

         El ilustre escritor había nacido en Monóvar, provincia de Alicante, el año 1873. Su primer libro llevaba por título «Buscapiés", y apareció en 1894. En 1896 se trasladó a vivir a Madrid, donde ya residiría prácticamente hasta el final de sus días, con el intervalo de su estancia en París durante la guerra civil española.

 

         Escritor prolífico, sintió siempre una gran atracción por el periodismo, hasta el punto de confesar en cuantas ocasiones se le presentaban que a él le gustaba más la labor periodística que la de escribir libros. Hombre de su generación, la famosa del 98, sus colaboraciones en la prensa diaria y en la semanal de los primeros años son "violentas y atrabiliarias», lo mismo si se trataba de política como de literatura. En 1900, sin digerir todavía el desastre colonial de 1898 y sus secuelas, publica «El alma castellana», libro con el que inicia lo que a lo largo de su vida sería un motivo fundamental en su obra: la revivificación del pasado español. 1902 es una fecha importante para Azorín: aparece su primera novela, que tituló «La voluntad», en la que se encuentran algunas de las mejores páginas escritas en lengua castellana en lo que va de siglo.

 

         La prosa azoriniana es muy característica: párrafos breves, evitación de todo énfasis, con cuidado gusto que proporciona a sus escritos una sensación gratísima de pulcritud.

 

         Como una pequeña guía para nuestros lectores que se quieran adentrar en la obra de este escritor, citamos, aparte de «La voluntad", a que ya nos hemos referido, "Los pueblos", «Doña Inés», «Un pueblecito» y «Salvadora de Olbena», libros que están al alcance del público en ediciones económicas.

 

         Siguiendo nuestro criterio de que el escritor habla mejor de sí mismo con su pluma que lo que nosotros podamos decir, damos con estas notas un breve artículo que publicó Azorín en «Blanco y Negro", en abril de 1907. Es una bella muestra de su prosa y, al mismo tiempo, un ejemplo del desencanto en que vivían los hombres egregios de los primeros años de nuestro siglo.


 Publicado en: Sniace. Nuestra vida social nº 138. septiembre-octubre 1973

 


 

domingo, 24 de diciembre de 2023

Las primeras colaboraciones literarias de los jóvenes valores montañeses de “Proel”

 

Las primeras colaboraciones literarias

de los jóvenes valores montañeses de “Proel”

En alerta, allá por los años 1944-45

         Antes de que el primer número de “Proel” saliera a la calle, en abril de 1944, un grupo de los colaboradores primeros de la revista ya había empezado a escribir en el diario ALERTA. Su director, Francisco de Cáceres, les había abierto las puertas de par en par y allí fueron afinando su pluma y resolviendo, por lo menos, el gasto mensual de tabaco, que entonces era un problema importante. Bien es verdad que las cajas del diario no podían ser muy pródigas a la hora de pagar las colaboraciones, pero aquello presentaba el encanto de ser el primer dinero ganado con la «literatura»; la edad de los firmantes les hacía sentirse halagados y les proporcionaba hasta una pequeña vanidad, casi infantil, que exhibían con algún orgullo por el Paseo de Pereda. Ya era importante el ver impresos los juveniles versos, pero “Proel” como toda revista de este género, era minoritaria en cuanto a lectores y lo que realmente les estaba proporcionando “autoridad” de literatos, ante el público espeso y municipal, era su colaboración en este periódico.

ENRIQUE SORDO


         El primero que se lanzó a la aventura en ALERTA (me estoy refiriendo a los años 1944 y 1945), fue Enrique Sordo. El 6 de mayo de 1944 aparecía un artículo suyo con el título de «Al margen de la crítica: Pancho Cossío o la inquietud». Su autor tenía 22 años y el mismo enunciado del trabajo (“Al margen de la critica ...”), evidenciaba fuertes resonancias intelectuales. Sordo fue el más asiduo en esta labor, que alternaba con una dedicación entusiasta a «Proel». El mismo mes de mayo publica ALERTA con su firma un comentario a la poesía de Adriano del Valle (“De la poesía de Adriano: El soneto, la manoletina y las libélulas”) que por su largo y rocambolesco título, dice ya bastante de su contenido. Desde su puesto de miembro del Frente de Juventudes, hace frecuentes escapadas a lo “político”, y así encontramos trabajos como “La naturaleza y la Falange: el diario de un montañero”, “Cauces de una política española”, “El problema sucesorio”, “El hombre español y sus libertades”, “Una ley para todos”, etc., de los que algunos figuraban como el artículo editorial del periódico, pero princiopa1sus escritos iban dando cuenta de las lecturas que le atraía entonces, que eran más o menos también las de sus compañeros de equipo. Aparte de algún artículo con visos de ensayo, como «Tierra y amor: Aleixandre», «Una lección de historia: Ya conocemos al Japón, sin leyendas y sin mitos», «España descubierta ante el mundo»... Enrique Sordo se dedicaría en ALERTA en estos dos primeros años de la vida de “Proel”, a comentar los libros que iban apareciendo en los escaparates de las librerías, principalmente las novelas extranjeras: «E1 río salvaje». «La vida privada de Enrique VIII», de M. Baring; «Canguro», de D. H. Lawrence; «La casa de las muñecas», de K. Mansfield; «La baronesa», de E. Wiechert; «Cristina», de C. Houghton; «Algo flota sobre ,el agua», de L. Zilahy; «Los que vivimos», de Ayn Rand; «Si la luna me trae fortuna», de A. Campanile, títulos todos que nos sirven para conocer la bibliografía que los hombres de aquella generación manejábamos en una capital de provincias en estos años, a los que habría que añadir, para completar la lista, los que otras firmas glosaron entonces en el propio periódico, algunas también, de “Proel”, como veremos enseguida.

          Para estas lecturas, siempre estaba abierta para los amigos la nutridísima biblioteca de Leopoldo Rodríguez Alcalde y la de Ignacio Romero Raizábal. Sordo escribió asimismo sobre libros de poesía que iban llegando a Santander, como los "Ensayos sobre poesía española" de Dámaso Alonso, o los "Versos de un huésped de Luisa Esteban», de José García Nieto.

GUILLERMO ORTIZ 

           Guillermo Ortiz, otro proelista de la primera hora, se estrenó en ALERTA e1 26 de septiembre de 1944, con una recensión del libro "TU y YO" de P. Geraldy, y sus trabajos siguientes, tanto de crítica de libros, como artículos propiamente dichos, tenían una frecuente orientación; así, “La mujer fantasma”, de W. Irish; “Radium”, de R. Brungrabers; “Asía misteriosa”, de F. Prokosch; “Muchos son los llamados”, de H. Horter.

         Entre sus artículos destacarían: “Luisa Férida, fusilada”, “¿Pudo el hombre pez de Liérganes nadar desde Bilbao a Cádiz”, “El espiritismo es ya casi centenario” y “Hoy, 13, y martes", alternándolos con trabajos de variada especie, cómo “El postismo”, “Retrato de un poeta” (sobre un retrato de Vicente Aleixandre hecho por José Luis Hidalgo) y “Ha muerto ÚNO», sobre la muerte de Solana. Pero quizás el camino más conocido por Guillermo Ortiz era el del cine y a él dedicó muchos días y muchas noches de estos primeros años de “Proel” que quedaron reflejados, inicialmente, en el articulo “El premio de cinematografía de Hollywood a un film propaganda católica” y en “Cuando el cine se va al frente”, “Decadencia del cine” y “El cine, la inocentada de mayor éxito en la historia del mundo”.

MARCELO ARROITA -JÁUREGUI

         Can este mismo tema del cine empieza su colaboración en ALERTA, otro de los colaboradores primeros de “Proel”, Marcelo Arroita-Jáuregui, que el 31 de diciembre de 1944 publica “Panorama del cine en 1944”. Al mes siguiente hace un comentario sobre el libro de Ricardo Gullón, «Vida de Pereda», en el que destaca la aportación del autor a la resurrección del Santander perediano. Arroita también tomó parte, con sus recensiones, en la labor de completar la lista de los libros que circulaban por Santander, escribiendo afortunadas notas sobre "Así era Ivor Trent", de C. Hughton; «Metamorfosis», de F. Kafka; "Voz de la muerte", el segundo libro de poesía publicado por José Luis Cano, y un ensayo sobre «La poesía española en la poesía europea de la postguerra».

         Arroita, como Sordo, también pertenecía al Frente de Juventudes y desde esta postura, política publicó en ALERTA artículos como «El Estado español frente a la tiranía», «Franco y la unidad de España», «Sobre la libertad humana» y «La rosa en la piedra». Otros trabajos de Arroita-Jáuregui de estos años 1944 y 1945 a que me vengo refiriendo, dignos de destacarse de las páginas de este periódico, fueron los que tuvieron como título "En torno a José Gutiérrez Solana" y "El pasaje y la poesía: un libro de Enrique Sordo", terminando el año metido en una polémica nacional, en relación con la representación del personaje Don Juan Tenorio por una figura femenina y un artículo más o menos burlesco, "Hoy sale, hoy. Reflexiones de un próximo millonario".

 JOSE LUIS HIDALGO Y OTROS


        
El 18 de septiembre de 1945 encontramos la primera colaboración de José Luis Hidalgo con el título “La poesía de Alejandro Nieto” es critico con motivo de cumplirse el quince aniversario de la muerte de “Amadís” y todavía, antes de marchar para Valencia, donde caería enfermo de muerte, aparecerían en ALERTA "Elogio de la sequía», «El sentido religioso en la obra de Gabriela Mistral », «Dumbo, psicoanálisis», «Sert, el barroco» y «Obra y muerte de Manuel llano».

         Ya casi finalizado el año1945 (el 27 de noviembre), publica Leopoldo Rodríguez Alcalde «La literatura francesa durante el último lustro». Con este trabajo se inicia en las páginas del diario y desde entonces su firma ha sido habitual en el periódico. A este trabajo seguirían otros como «El anticolaboracionismo literario no tiene en Hungría un tono violento» y «Una enorme floración poética es el hecho relevante del año literario», pero en esta primera época de sus colaboraciones era más frecuente encontrar escritos que arrancaban de un fondo histórico, como «El sino trágico de los Habsburgos» o «Hubo también un Lawrence femenino».

         De otros colaboradores de “Proel”, como Julio Maruri, salió en ALERTA del 26 de diciembre de 1945 un delicado artículo con el título “El villancico”, y de Luis Reina Huerta, «Luz y espíritu en la poesía de Bernardo Casanueva» y «24 de noviembre. San Juan de la Cruz».

EL «SALONCILLO DE “ALERTA”»

         Las relaciones de los hombres de "Proel" con el diario ALERTA en los dos años a que me vengo, refiriendo, no se limitaron a estas colaboraciones, frecuentes y siempre llenas de interés, como hemos visto. Cáceres preparó en el domicilio del periódico del viejo chalet de la calle de Santa Lucía un pequeño salón para reuniones y exposiciones, que fueron acaparadas casi íntegramente por los proelistas. En este local. que fue bautizado con el nombre de «Saloncillo de ALERTA», el 5 de abril de 1945 dio a conocer Enrique Sordo su libro «Semilla de ensueños». El 25 de mayo le tocó el turno a Julio Maruri, que leyó una selección de «Las aves y los niños», el libro que más tarde publicaría “Proel” en sus cuidadas ediciones, y a los pocos días, el 29 del mismo mes, Marcelo Arroita-Jáuregui ocupó la «tribuna» del saloncillo con versos de su libro inédito «Cancionero en Durango». Cerró la serie de este año 1945 Leopoldo Rodríguez Alcalde, el 21 de septiembre, que recitó una muestra escogida de su amplia producción poética. Todavía, antes de terminar 1945, fue habilitado el salón para una exposición de José Luis Hidalgo, inaugurada el 19 de noviembre.

EL MAGISTERIO DE RICARDO GULLÓN

         Esta fue la colaboración de los hombres de "Proel» con el diario ALERTA durante los años 1944 y 1945, pero antes de cerrar estas notas, se hace precisa, una observación para completarlas y volver el que esto escribe sobre lo apuntado ya en otra ocasión. La mayor parte de los libros citados más arriba fueron leídos por algunos de nosotros, a instigación de Ricardo Gullón, que ejerció en forma perfecta en aquellos años de su vida santanderina un auténtico magisterio, sobre nuestra generación y apetencias literarias.

         El se ocupaba con frecuencia de la crítica, de libros en ALERTA en los años iniciales de “Proel”, en los años que todavía no estaba vinculado a la revista en la forma absoluta en que más tarde lo iba a estar […] comentario a estas […] de Gullón en este diario, se sale de nuestro propósito inicial y además merece un trabajo aparte.

Publicado en:

El diario Alerta el 24 de junio de 1973


 

miércoles, 20 de diciembre de 2023

Torrelaveguense Ilustre

 


Con motivo de la presentación del Grupo de Opinión Quercus de un libro sobre los 25 años de la concesión del galardón de Torrelaveguense Ilustre, el escrito que realizó Aurelio con motivo de la entrega de dicho galardón a Antonio Resines. 

 

UN CIUDADANO ILUSTRE
Antonio Resines, un torrelaveguense ilustre



El Grupo de opinión "Quercus" ha recuperado, para su opción de distinguir anualmente la vida y la obra de un torrelaveguense, la personalidad de un hombre de la diáspora que se encuentra en la edad en que la juventud puede mostrar ya efectivos logros. Y con esta orientación han fijado la flecha en Antonio Resines; un triunfador del cine.

Cuando se hace preciso escoger un solo nombre entre los posibles, pienso en lo difícil que tiene que resultar la decisión. Existen, para esta y circunstancias semejantes, una serie de determinantes que lo complican y obligan a medir y pensar con inteligencia y rectitud de miras. No, no debe de resultar sencilla la decisión final entre la serie de nombres que han tenido sobre la mesa de los que era preciso extraer uno solo.

El público tiene derecho a pensar en las posibles equivocaciones.

(Pienso, al escribir estas líneas, que el año pasado estuvo el mío encima de esa misma mesa y por eso me resulta difícil seguir adelante tratando de olvidar su generosa designación al alzarle entonces entre los demás en decisión final. Gracias otra vez)

  Dejando aparte la determinación que precedió a la de este año, quiero fijarme ahora brevemente en el nombre de Antonio Resines, a quien con satisfacción pasaré el testigo en el oportuno acto.

"Soy actor por casualidad" comenta él en una reciente entrevista. Y añade: "Lo que quería era producir películas, porque dirigirlas me parecía demasiado difícil". Por estas declaraciones a que aludo, nos enteramos de que cuando se trasladó a residir en Madrid, llevado allí por su padre con el resto de la familia, ya tenía en mente el posible camino del cine. Inició sus estudios en la Facultad de Imagen que alternaba con otras actividades más prosaicas como recadero en una constructora. Nos cuenta también de su primera intervención en un corto que rodaba su compañero de la facultad, Oscar Ladoiro. No era cómoda para un principiante la escena en la que participó, pues se trataba de "dar un guantazo a una chica", pero por algo se empieza. Siguieron más cortos, películas, estancia profesional en Estados Unidos. "Y luego la vida, que me ha ido convirtiendo en un profesional".

Precisamente se está hablando de Resines en estos días para la concesión del Premio Goya por su intervención como actor principal en la película "Carreteras secundarias". En su pueblo esperamos muy ilusionados que se confirme esta distinción.

Como puede entender el lector, los de "Quercus" han fijado, para ese Senado local que pretenden, que su composición se mueva en todas las direcciones profesionales y en el mundo del recinto local y en el de la diáspora, lo que le concederá la oportuna diversidad.

Saludos y enhorabuena Antonio Resines de

Aurelio G. Cantalapiedra
Cronista Oficial de la Ciudad


Publicado en: El Diario Montañes, 11 de Enero de 1998