domingo, 2 de julio de 2023

Los muertos de José Luis Hidalgo

 

Vida y muerte en Los muertos de José Luis Hidalgo

 

 


            En esta vuelta a la vida y a la obra de José Luis Hidalgo a que conduce la fecha redonda del cincuenta aniversario de su muerte, no podíamos faltar a la convocatoria los que tuvimos la fortuna de relacionarnos con él en sus cortos años de existencia. Ya en 1969, cuando se cumplió el veinticinco aniversario, me referí, a cómo todos los que fuimos amigos suyos, hemos conservado las cartas que nos había dirigido; hasta los más desordenados, insistía yo. Así se ha podido escribir sobre el poeta y su obra con un latido muy íntimo procedente de su misma persona.

 

            En aquellos años, todavía tan próximos a su muerte, nos parecía tener entre nuestras manos una parte caliente de su vida. Los renglones manuscritos de una carta o el autógrafo de un poema, sobre los que pasaban nostálgicos nuestros ojos, provocaban el escalofrío que sigue a una realidad dolorosa. La mano que lo había escrito no existía ya. No acabábamos de recibir la carta en el correo último y su autor ya no esperaba nuestra contestación. Todo lo que se prolongara desde aquel momento tenia ya una sola dirección: la que arrancara de nosotros nacida de aquella ausencia.

 

            Otros veinticinco años han transcurrido desde entonces y la situación se nos ofrece con las mismas características. Aun cuando el paso del tiempo tiende a dulcificar los hechos más amargos, no lo consigue del todo, y la vuelta a aquellos escritos, en los que el autor fue dejando posarse reflejos de su vida, impregnados con la sensibilidad de su alma, nos trae a la luz de este día claridades y evidencias que empujan a la relectura de su obra, en busca del hombre que la escribió y de la belleza de su lírica.

 

            El reencuentro con Los muertos, su último libro, llega a nosotros con la misma fuerza con que lo hizo la primera vez y nos trae el valioso testimonio de las inquietudes del autor. Inquietudes que el poeta nos presenta orientadas con un sentido religioso. José Luis Hidalgo fue un hombre profundamente preocupado por lo religioso en el sentido más unamuniano de esta expresión. El libro Los muertos es una consecuencia inmediata de esta inquietud, pero, contrariamente a lo que se ha escrito en alguna ocasión, no ha nacido desde una postura mental provocada por una cierta circunstancia (la guerra civil española), ni responde a una premonición como se ha dicho en otros escritos. Pudo haberse iniciado como "La llanura de los muertos", título inicial bajo el cual empezó a trabajar su autor y los muertos en la guerra como punto de referencia, pero pronto fue rebasado este título por el más genérico de "Los muertos". Con él se abrió a mayor altura, respondiendo a la idea religiosa del autor, para intentar presentar el tema teológico que había sido preocupación permanente a lo largo de su corta vida.

 

            Sin salirse ya de esta línea, la primera parte de las cuatro en que está dividido el libro es una "exposición" de muertos. Es la presentación de los personajes que van a intervenir en el drama y del tema que desarrolla en el conjunto de la obra. La segunda y tercera partes son más agresivas, encarándose con el Creador. Surgen las tremendas preguntas. Cree encontrar la luz que todo lo ilumina, pero cae nuevamente en la duda que permanece abierta desde el principio del libro. Increpa al Creador desde la distancia de esta duda en una inmensa agonía unamuniana. La última parte se presenta como una precipitación hacia la nada, hacia el poema final, "La belleza", donde nos muestra sus manos vacías después de tan inquietante búsqueda. Todo el contenido del libro es un enfrentamiento ante el tremendo hecho de la muerte; un enfrentamiento con la Divinidad en busca de respuestas a problemas y cuestiones relacionadas con la vida del ser humano y la trascendencia que la muerte encierra.

 

            Una lectura poco atenta de Los muertos puede contribuir a hacer creer que se trata de un libro en el que la desaparición del hombre como ser vivo es su fin principal. No, en él aparecen los muertos como una negación de la vida, que es la protagonista que corre por sus oscuras galerías. Como escribió Manuel Teira en su libro Idea de la vida y de la muerte en la obra literaria de José Luis Hidalgo, "cualquiera diría que [su autor] está hondamente preocupado con la muerte, cuando ocurre todo lo contrario: lo que le preocupa, lo que le duele, son los vivos o, mejor dicho, la vida".

 

            En el libro nos dejó Hidalgo un acercamiento a su teología particular. Fue el arco corto, pero tenso de su vida. En él quedó esbozado un intento de posible teoría filosófica que su muerte nos ha dejado sin saber si podía tener continuidad. Es una muestra de su interés por los problemas fundamentales de la vida reflejados desde su anverso, la muerte.

 

            Volvamos a recordar a don Miguel de Unamuno, quien en su ensayo "Del sentimiento trágico de la vida", dejó escrito: "... poetas y filósofos son hermanos gemelos, si es que no son la misma cosa".

 

 

Publicado en:

La revista EXTRAMUROS de Granada el 1 de julio de 1997

 

domingo, 25 de junio de 2023

Torrelavega por un camino cultural

 

¿Habrá entrado Torrelavega por un camino cultural

 largamente deseado?

Al margen de una exposición de cerámica

 


            La temporada artística está transcurriendo en nuestro pueblo normalmente. Se han sucedido las exposiciones en Espí, en Puntal -2, en las salas del Banco de Bilbao y de la Caja de Ahorros; cada una de ellas, con sus peculiaridades y circunstancias, nos han ofrecido muestras muy estimables. No queremos distinguir, ni es preciso hacerlo para el motivo de estas notas.

 

            Lo que nos lleva hoy a escribir estas cuartillas es producto del entusiasmo provocado por la sorpresa ante la exposición de cerámica que tiene lugar estos días en la sala de la Caja de Ahorros. Antes fue la escuela de Arte con una valiosa exposición de las obras de sus alumnos, quien también nos asombró con la muestra de los resultados conseguidos en un primer año de tanteos y dificultades. Había en aquella exposición grandes dosis de vocación y entrega, que se repartían entre los alumnos, felices con los hallazgos, y los profesores más dichosos todavía que los alumnos por el premio que reportaba a su desinteresado magisterio.

 

            Primero la Escuela de Artes y ahora el Taller Escuela de Cerámica, nombre que nos trae resonancias llenas de nostalgia del Instituto Libre de Enseñanza, nos hacen pensar si no habrá entrado Torrelavega por el camino cultural que tanto hemos deseado y buscado algunos; si no se estará proyectando en estas exposiciones la labor de años de continuo bregar de personas que tuvieron siempre fe en que esto tenía que suceder; si la labor de cada artista con su obra, de cada sala con su afán de ofrecer lo mejor que ha estado a su alcance, de tantos esfuerzos individúales, no estará encontrando ahora su recompensa.

 

            Pero a alegría, la gratísima sorpresa experimentada surge no solo de la obra contemplada, sino de la reflexión ante sus autores. Muchos, la mayor parte, son muchachos y muchachas que no están dispuestos a pasar ante la vida limitando su existencia a que la vida pase ante ellos. Quieren ser protagonistas, luchar por conseguir un puesto digno en la parcela de la existencia que nos ha tocado a cada uno. Si piensan que el mundo no está bien hecho, su actitud no es de deserción; al contrario, quieren colaborar en el cambio. Estos artistas que hoy nos ofrecen el resultado de la obra de unos meses de labor ante el torno de alfarería, como hace pocos días los que pasaron muchas horas del curso ante el caballete, son un admirable ejemplo de cómo el mundo joven debe de enfrentar la corrección de lo que no le gusta. No es justo, ni humano, ni digno de seres conscientes y civilizados, situarse egoístamente en la vía pasota. Los expositores de la Caja de Ahorros, a los que nos venimos refiriendo, son un vivo y alto testimonio de cómo los jóvenes pueden ayudar a que el mundo deje de estar mal hecho.

 

            Los responsables de la política cultural de nuestro pueblo no pueden dejar de apoyar estos esfuerzos; están obligados a potenciarlos hasta donde sea preciso y como sea posible, con imagina y entusiasmo, con ese mismo entusiasmo con que proceden las personas que intentan este acercamiento del pueblo y sus habitantes a las manifestaciones culturales.

 

Publicado en:

El Diario Montañés, el 26 de junio de 1979

 

domingo, 18 de junio de 2023

Gerardo Diego en Santillana del Mar

 

Gerardo Diego en Santillana del Mar

 


            La presencia de Gerardo Diego en esta exposición de Santillana del Mar, en la Torre de Don Borja de la Fundación Santillana, entendemos que no queda limitada a lo puramente artístico a través de las imágenes que se ofrecen al visitante, con ser esto muy valioso. Tampoco al carácter anecdótico que puede representar el que con ella estamos contribuyendo a recordar el centenario del nacimiento del poeta, aun cuando la anécdota esté elevada a categoría, como quería siempre para casos como éste el maestro D'Ors. Si sólo se admitiera que tiene esos fines estaríamos dejando fuera de lugar la faceta más hermosa, al tratarse de Gerardo Diego y Cantabria: la amistosa. Faltaría, de ser así, la referencia al aspecto de la relación humana que el poeta cultivó con generosidad en este su Santander, su cuna y su palabra.

 

            Los recuerdos que en este último sentido se pueden traer al conocimiento del visitante de la exposición son muchos y todos contribuirían a reforzar el conocimiento de su relación entrañable con los hombres de la tierra que tuvo el privilegio de verle nacer. Desde los años iniciales de su vida literaria y profesional, con su presencia en la tribuna del Ateneo de Santander defendiendo la poesía ultraísta y su relación ya entonces con José del Río Sainz y los pintores Pancho Cossío y Gerardo Alvear, a los que se puede añadir los nombres de Miguel Artigas, José María de Cossío y los de otras destacadas personalidades del Santander intelectual de esos años; su encuentro, más tarde, con los jóvenes protagonistas del grupo Proel; el recuerdo de la inolvidable Carmen, que salió de los talleres de Aldus en Santander; la presencia de su obra poética en la revista y colección de libros de La Isla de los ratones; la publicación de cerca de una docena de libros suyos en ediciones e imprentas de Santander; sin olvidar aquel «Brindis» del poeta dedicado a sus amigos en memorable ocasión, todo fue centrando su persona y sus cualidades humanas en una larga relación de afectos comunes, que sólo se extinguió a su muerte y que ahora perdura en la memoria.

 

            Cuando nació en Santander una revista de poesía con el título de Peña Labra, allá por el casi remoto año 1971, desde el primer momento se pensó en un número monográfico, donde se pusieran de manifiesto una vez más aquellas condiciones humanas que le adornaban. Al comentar por carta la relación de posibles nombres que iban a intervenir con sus escritos, respondió: «La lista de colaboradores me parece bien, aunque me abruma y presumo que algunos, a quienes no conozco apenas y que sospecho que no les gustará mi poesía, no lo harán o lo harán de mala gana». Aquellos algunos en que el pensaba, fueron muy pocos, que además se apresuraron a excusarse con creíbles razones, en las que resplandecía el cariño y la admiración que sentían tanto por el poeta como por el amigo.

 

            El entonces presidente de la Diputación de Santander, don Rafael González Echegaray, encabezó así este numero de homenaje: «Esta tierra nuestra, parca en elogios y honda en afectos, se siente siempre una con sus hijos preclaros; y se alegra con los triunfos de éstos que la saben a propios y se duele con la injusticia humana de silencios u olvidos ajenos que la escuecen el alma».

 

            Pues bien, aquí, en Santillana del Mar, donde en verso suyo «los horizontes suenan aun manadas de bisontes. Y los siglos de Dios duran desnudos», la Fundación Santillana se une al recuerdo inolvidable de quien fue gran poeta y amigo.

 


 Publicado en:

 Catálogo de la exposición “Pintando adrede a Gerardo Diego” . Celebrada en la Torre de don Borja de Santillana del Mar en noviembre y diciembre de 1996. (Entre otros lugares). Y en el Catálogo de la exposición “Gerardo Diego. La literatura y el arte. En el centenario de su nacimiento” de la Fundación Santillana Junio-agosto 1996

 


domingo, 11 de junio de 2023

RECORRER CANTABRIA

 

PRESENTACIÓN DEL LIBRO RECORRER CANTABRIA

 


            En primer lugar quiero hacer público mi agradecimiento a las Ediciones Estudio y a la Consejería de Cultura y Turismo de Cantabria, que han hecho posible la publicación de este libro dentro del conjunto, que con el titulo general de "Encuentro con ... ", ha puesto en marcha las ediciones citadas.

 

            Estos itinerarios por las cuencas de los ríos de Cantabria nacieron en la mente del autor, provocados por el reflejo emocionado a que dio lugar la singularidad y belleza que reúne cada uno de ellos.

 

            La aproximación a la naturaleza, al patrimonio monumental y a la vida cultural que se ofrecen al lector, como se indica en las notas de introducción, salen destacadas al encuentro del viajero por cualquiera de los itinerarios que se utilicen dentro de las cuencas fluviales de nuestra región.

 

            La geografía primero y las sucesivas oleadas de la historia que han transcurrido sobre Cantabria, conceden a estos itinerarios unas peculiaridades singulares, proporcionando a cada comarca un atractivo encanto.

 

            El lector encontrará intercalados en el texto breves párrafos originales de destacados escritores que añaden al conjunto un interés complementario.

 

            No se ha pretendido confeccionar un catálogo exhaustivo, sino ofrecer una orientación mínima sobre el tema.

 


 

Leído en:

La Diputación de Santander

21 de junio de 2002


 

domingo, 4 de junio de 2023

El correr hacia la vida de Pepe Hierro

 

El correr hacia la vida de Pepe Hierro

La trayectoria humana del último Premio Nacional de las Letras

Tuve la fortuna, la inmensa fortuna, de que muchas de las horas de la época de Proel, y también en años anteriores a ellas, las pasara junto a José Hierro. En la biografía que escribí de José Luis Hidalgo quedó testimonio de esto en las cerca de sesenta citas en las que aparece su nombre. Años de vino y rosas fueron aquellos; años primeros de juventud en los que no faltaron las espinas, pero a los que nosotros supimos dorar con la poesía. Y no es retórica esta expresión, porque la poesía vivida en común fue camino que hicimos entonces. El propio Hierro lo confirmó así en una conferencia suya, en 1958: "Piensen ustedes -dijo-, que esto ocurría en torno a la guerra española, en un momento en que la poesía andaba total, absolutamente, aislada; no pertenecía en verdad a la vida real. Nosotros teníamos necesidad de hacer versos -continúo leyendo a Hierro-, tratábamos de hacerlos. Teníamos para nosotros una biblia que nos pasábamos, que comentábamos, que discutíamos sobre ella, que era la Antología de Gerardo Diego

Todo esto estaba sucediendo en los angustiosos años de la guerra civil. Recuerdo el día primero que me encontré con José Hierro; la fecha exacta no importa, pero sé que fue en el otoño de 1936, después de que las fuerzas militares del general Franco hubieran conquistado San Sebastián.

           El estudio del fotógrafo Duomarco, la casa de Pepe Hierro y los arenales y jardines de El Sardinero en la capital montañesa, serían enseguida escenario de lectura de poemas, de discusiones pictóricas y de los más divertidos proyectos. Fueron los tiempos en que Hierro conoció a José Luis Hidalgo, "en ocasión -escribió más tarde-, de haber escrito yo unos versos que él leyó". Tiempos de amistad con Luis Corona y Jesús Cancio y con el pintor Antonio Quirós. 

Desde la cárcel, Hierro iba a sentir pronto, en años muy jóvenes, la brutalidad de aquella separación impuesta que a todos nos había dispersado, y temía que, cuando nos volviéramos a ver otra vez, no coincidiéramos en nuestras apreciaciones, y que la amistad sería "puro cuerpo muerto y forzado", como le decía a Hidalgo en una carta. 

Eran los años en que Hidalgo escribía los poemas que después iban a incorporarse a su libro primero Raíz, y Hierro alternaba sus sueños de "raquero" en el muelle de Maliaño con la poesía y con la estancia en la cárcel. ¡Cómo los amigos de entonces podemos olvidar esos años! ¡Cómo olvidar las horas en la casa de Pepe, en la santanderina calle de Vargas, en aquél cuarto piso del número nueve de la calle de Vargas! ¡Qué comuna aquella! Cuánta hambre nos quitó doña Esperanza la madre de Pepe, con inconcebibles pucheros de alubias en los que todos los que llegábamos teníamos derecho a meter la cuchara. Qué bien nos sabía aquel horrendo café de recuelos que nos servía de postre. Allí llegaban en los primeros años de relación José Luis Hidalgo, Manolo Concha, Eduardo Rincón...nómina que más tarde se ampliaría a los amigos del grupo Proel.

En septiembre. de 1938 pareció que todo esto había llegado a su fin. Una decisión política llevó a la cárcel a una parte de aquel grupo de amigos. El día 13 ingresó Pepe Hierro en la prisión Provincia, permaneciendo detenido, en ésta y en otras prisiones, hasta los primeros meses de 1944, con algunas breves salidas temporales intermedias. Cuando quedó en libertad definitivamente fijó su residencia en Valencia, junto a Hidalgo que vivía allí. José Campos, el otro gran amigo de todos, muerto repentinamente después de sufrir la tragedia de su inesperada ceguera, escribió así de la llegada de Hierro a la ciudad levantina: "Poco más equipaje traía que unos versos, una novela inédita y un acordeón". No necesitaba más para emprender una nueva vida; para adaptarse a un ambiente en el que Hidalgo, representaba la continuidad recuperada. Pronto sería reconocido por El rudo cántabro e impuso enseguida su ley de cordialidad, de dinamismo, de la fuerza imparable que tiempos después llevó a Ricardo Gullón a preguntarse en un acto público¨ ¿A dónde corres Pepe Hierro?". Este correr hacia la vida, o huyendo de la muerte, como le contestó el poeta, ha sido su genuina manera de ser.

De estos años de Valencia vino la amistad con Jorge Campos, ya citado, con Ricardo Blasco, con la familia Ribes, con Pedro Caba, con Ricardo Zamorano, con Vicente Gaos, con Eusebio García Luengo, con Carmelo Pastor... 

Años valencianos de bohemia, de dificultades, de añoranza de Santander en versos. Después vendrían unos años santanderinos, tras la muerte de José Luis Hidalgo en febrero de 1947; quizás los años vividos más apasionadamente por Pepe en su Santander. Se van a suceder los tiempos de la generosa y protectora amistad con Pedro Cantolla dentro del Grupo Proel donde vio publicado su primer libro Tierra sin nosotros, que yo no puedo leer, a pesar del tiempo transcurrido, sin que sus versos me emocionen. Aquel grupo donde se añadieron nuevas y buenas amistades: Julio Maruri, Marcelo Arroita-Jaúregui, Leopoldo Rodríguez Alcalde, Carlos Salomón. Enrique Sordo, Ángel de la Hoz, Manuel Arce, Víctor Fernández Corujedo, Joaquín de la Puente. Emilio Arija... Son los años de la amistad con Pancho Cossío, de exposiciones y conferencias en de Proel; de las primeras críticas de arte en ALERTA... Los años en que se inicial la buena amistad con Ricardo Gullón y Pablo Beltrán de Heredia, con quienes participa en las reuniones de la Escuela de Altamira. 

Hasta que un día Pepe tuvo que irse a Madrid con su mujer y los hijos para emprender un nuevo camino en donde hoy rumia nostalgias de aquellos años.

Publicado en:

El diario Alerta, el 3 de junio de 1990

 


domingo, 28 de mayo de 2023

Patrimonio Arquitectónico Civil de Cantabria

 

Patrimonio Arquitectónico Civil de Cantabria

 


            Cuando Ortega y Gasset llega a nuestra región en uno de sus viajes descubriendo España, no puede menos de admirarse ante la presencia de las casonas y palacios que encuentra en su recorrido. La exclamación con que encabeza sus palabras es elocuente: "Cantabria o ¡venga escudos!" y refiriéndose a las viviendas que ostentan estos escudos añade enseguida: "La casona no es, en rigor, una casa muy grande, y, sin embargo, se comprende que deje un recuerdo enorme de si misma"(1). Tras el escudo, la casona, o palacio, con su rotunda y abundante presencia en el paisaje. Y no solo es el maestro Ortega quien se siente llamado por la singularidad de los monumentos arquitectónicos de Cantabria. Otro ilustre escritor, con acusada sensibilidad poética, también nos habla de ellos: "La arquitectura civil montañesa -escribió Dionisio Ridruejo- es notable y [...] se integra admirablemente en el paisaje. Las piezas más antiguas son las torres fuertes o torronas, pues en la Montaña hay pocos castillos de gran formato". "Los palacios y las casonas -dice el mismo autor- se diferencian sobre todo, por el énfasis y el tamaño, en las que suelen integrarse tres elementos: la residencia, la torre y la capilla"(2).

 

            Más ejemplos podríamos citar de ilustres escritores que han visitado Cantabria o de nativos sensibles a la belleza de estas edificaciones: el profesor Lafuente Ferrari, en su inigualada obra El Libro de Santillana; Amos de Escalante, que en su recorrido por los rincones de Cantabria fue capaz de detenerse admirado ante estos monumentos, sin que la proximidad de su origen cántabro desenfocara la visión; la condesa de Pardo Bazán; Gaspar Melchor de Jovellanos; en sus Diarios; y tantos otros que también se han sentido atraídos por estas piedras y los paisajes en los que están asentadas.

 

            Al Patrimonio Monumental de Cantabria le ha sucedido como a tantas otras cosas hermosas de la vida, que al tenerlas tan cerca, y en forma tan abundante, han perdido brillo ante los ojos que las contemplan asiduamente. Y así, los mismos cántabros han dado a veces la sensación de no reparar en la existencia de estos monumentos. La valoración y el cuidado de ellos no ha sido en el tiempo pasado todo lo correcta que merecía, salvo en lo que se refiere a unos pocos casos concretos. El primero de estos monumentos que se encontró protegido legalmente fue la colegiata y el claustro de Santillana del Mar, el año 1889, y poco después, en 1895, la colegiata de Cervatos. Hasta 1924 no se declararían después bienes culturales a proteger las cuevas de Altamira, La Pasiega, El Castillo y Hornos de la Peña. En 1930, la iglesia de Yermo y la colegiata de Castañeda; al año siguiente, la ermita de San Román de Moroso, las iglesias de Santa María, de Castro Urdiales y la de Nuestra Señora de los Ángeles, de San Vicente de la Barquera, la catedral de Santander y la colegiata de San Martín de Elines, así como la iglesia de Nuestra Señora del puerto, en Santona; en 1953, el monasterio de Santo Toribio de Liébana.

 

            Tendrían que pasar más de veinte años para que se continuara tan importante labor, que, a finales de la década de los setenta, y sobre todo en la de los años ochenta, alcanzaría un impulso importante dedicado con preferente atención a la protección de casonas, palacios y otras construcciones civiles.

 

            El dinamismo que en este sentido se está manifestando desde el Consejo de Gobierno de Cantabria en los últimos años, proporciona la tranquilidad de ver como aquellos monumentos que todavía no han sido vencidos por la incuria del pasado, principalmente los de tipo civil que habían permanecido ignorados hasta ahora, desde este punto de vista, van a quedar a salvo para las generaciones venideras.

 

            Para una más completa información, incluimos relación de aquellos Bienes de Interés Cultural que en el momento de instalarse esta exposición están en trámite de declaración oficial, con el correspondiente expediente incoado, sin que esta distinción entre ya declarados o en expediente actualmente de incoación, suponga una posición jerárquica en cuanto a su valor monumental.

 

(1) José Ortega y Gasset, Obras Completas, Ed. Revista de occidente, Madrid, Torno II,1946, pág. 431.

(2) Dionisio Ridruejo, Castilla la Vieja. Santander, Ed. Destino, Barcelona, 1980, págs.. 50/51

 

 

Patrimonio Arquitectónico Civil de Cantabria

Conjuntos históricos

 


            La geografía de Cantabria esta salpicada, en toda su extensión, por torres y numerosos palacios y casonas que la dan una característica arquitectónica especial. Ya nos hemos referido a ello en la introducción a este catálogo. Pero hay otro aspecto de no menos singularidad en este sentido; existen conjuntos urbanos en los que la historia ha parecido remansarse, conservando ese "halito vivo del pasado" que cita el profesor Lafuente Ferrari al referirse a la villa de Santillana. Se trata de núcleos de población que si bien en ciertos casos se han visto afectados por el transcurrir del tiempo, sin embargo han conservado las esencias de los años en que fueron creados. Si la torre, el palacio o la casona guardan en su interior la intimidad de las familias que los ocuparon, los conjuntos urbanos son la suma de esta intimidad de cada una de las casas que los forman y que les concede una fisonomía propia.

 

            Cada uno, según su situación geográfica, adopta una forma distinta. Así, en los pueblos del interior, las casas se presentan agrupadas en torno a unos elementos urbanos condicionantes (Bárcena Mayor, Tudanca, Mogrovejo...); en otros lugares estos conjuntos aparecen ordenados a lo largo de la vía de comunicación que fue su razón de ser (Riocorvo, Cartes, Alceda…). Cada uno con características propias, nos habla de ese transcurrir entrañable que va tejiendo los pueblos a lo largo de los años y que les concede un valor histórico y hasta artístico de gran belleza.

 

            Son pueblos que exigen una visita reposada para dejarse impresionar por el misterioso latido de su silencio. No se debe buscar en ellos alardes arquitectónicos y sí disfrutar de detalles peculiares que el visitante sensible vera aparecer con frecuencia ante sus ojos.

 

            En otros conjuntos podrá encontrar edificios que por su singularidad también podrían ser calificados como Bienes de Interés Cultural.

 

            Notablemente distintos son otros de los conjuntos que han sido declarados como tales. Su fisonomía es eminentemente ciudadana y el legislador ha buscado con su actuación la protección de núcleos cuyas características arquitectónicas resultan irrepetibles: El Paseo de Pereda y una zona en El Sardinero, en Santander, son una muestra de esta modalidad, con un tono burgués que contrasta con el radicalmente rural al que nos hemos referido mas arriba.

 

PATRIMONIO DECLARADO

 

Mogrovejo.

Carmona.

Cartes.

Riocorvo (Cartes).

Comillas.

Alceda (Corvera de Toranzo).

Laredo.

Bárcena. Bárcena Mayor (Los Tojos).

Zona vieja de la villa de Potes.

Zona vieja de la villa de San Vicente de la Barquera.

Santillana del Mar.

Tudanca.

Agüero (Marina de Cudeyo).

Paseo de Pereda y "El Sardinero". Santander.

 

PATRIMONIO EN TRAMITE DE DECLARACIÓN

 

Renedo, Valle y Terán (Cabuérniga).

Puebla Vieja (Castro Urdiales).

Dobres y Barrio de Cucayo (Liébana).

Conjunto ermita de San Andrés y puente de acceso. Liendo.

Una zona de Liérganes.

Zona de Las Llamas. Santander.

Aldea de Ebro (Valdeprado del Río).

 

 

Comillas

 


            La plaza central, asfaltada y con amplia balaustrada, que la cierra por una de sus partes, -el Paredón-, es el centro de reunión de la villa, y se conoce como "Corro de Campios". La plaza del Generalísimo es austera, de planta cuadrilonga, en uno de cuyos ángulos casi convergen la fachada de la iglesia parroquial y la del Ayuntamiento.

 

            Mas abajo existe una plazuela, -la de la Fuente de los Tres Caños- con un magnífico edificio de solida arquitectura. Enfrente de él una Casona solariega con su torreón y piedra de sillería. Otras plazas -la de San Pedro, la de La Fuente Real-, o la calle de los Arzobispos, entretejen la villa.

 

            De entre los principales monumentos arquitectónicos de esta puebla vieja de Comillas cabe destacar la iglesia parroquial de San Cristóbal, construida a finales del siglo XVIII y principios del XIX. Otro monumento importante es el Hospital de la Villa, fundado por el comillano don Tomás Ruiz de la Rabia. La Casa Consistorial, magnífico edificio situado en el centro de la población, data del año 1780. Está sostenido en sus fachadas este y sur, por macizos arcos de sillería, los cuales amparan un amplio soportal.

 

            En un extremo de la villa se encuentra el cementerio, que fue antigua iglesia parroquial, de la que se conservan todavía algunos restos arquitectónicos cuyo origen parece remontar a los siglos XI o XII, coronado todo por alado Ángel, obra del escultor Llimona.

 

            Una serie de residencias privadas, levantadas en épocas más recientes, completan este conjunto urbano de Comillas, entre las que destacan el palacio de Sobrellano, mandado construir en 1881 por el marqués de Comillas.

 

Potes

 


            "El barrio viejo esta repartido entre las dos orillas del río, siendo más llano en la izquierda y más tortuoso y en desnivel en la derecha. Ambas partes están unidas por dos puentes (San Cayetano y de la Cárcel), uno de ellos de vieja arquitectura muy posiblemente medieval. Algunas de sus calles conservan aún un típico ambiente de otras épocas con casas populares, como las del barrio de la Solana" (Miguel Ángel García Guinea, Cantabria guía artística).

 

            El mismo autor se refiere a la Torre del Infantado con estas palabras: "El centro de atención histórico y monumental de Potes está en su reconocida Torre del Infantado que, al otro lado del río, destaca con su severa prestancia y cubica armadura solo desgeometrizada por las torrecillas angulares almenadas". Otros edificios deben citarse dentro de este conjunto monumental de la villa de Potes, como la iglesia de San Vicente, con algunos restos románicos en su arquitectura, pero especialmente importante como documento histórico; la Torre de Orejón; la Casa de los Bustamante en la calle del Sol; la Casa Solariega de La Canal, actualmente convertida en Casa de Cultura; la Torre de Canseco, en el grupo del Llano; la llamada Torre de Osorio; Casas de la familia Rábago y Reda y la de Josué, etc. En el barrio de San Roque, la casa natal del violinista Jesús de Monasterio.

 

Mogrovejo

 


            Es el conjunto arquitectónico de Mogrovejo uno de los más singulares de Cantabria. Un grupo de apiñadas casas populares se van escalonando hasta verse coronadas orgullosamente por la torre medieval, que como dominante nido de águilas vigila desde sus rotas almenas la ruta de penetración en los Picas de Europa.

 

            La historia -y a veces la leyenda-, han concedido a Mogrovejo un lugar preeminente en las luchas de la Reconquista. Nada se puede señalar con absoluta certeza sobre el origen de la construcción de su señera torre, aún cuando si se tiene la seguridad de que es la más antigua de la región y fue reformada en el siglo XIX. En su origen tuvo una muralla que cercaba el conjunto de edificios, en el que está comprendido el palacio condal, construido en el siglo XlV.

 

            Una pequeña iglesia, que responde en su obra a las características de las iglesias de alta montaña, junto a otras casas en las que todavía puede observarse en algunas sus origen señorial, además de un hórreo y varios chamboretos, le conceden a Mogrovejo una fisonomía propia, inigualable: la situación geográfica; la airosa torre, cubierta en parte por una decorativa yedra; el palacio condal, que se aprieta junto a los muros de la torre; la humilde iglesia; las peculiares casas rurales… Todo está contribuyendo a la belleza de este rincón de la Montaña.

 

Carmona

 


            Desde la Collada de Carmona se ofrece al viajero una panorámica de los dos núcleos de edificaciones que componen el conjunto del pueblo de Carmona: a la derecha, el barrio de San Pedro, en el que se aprietan antiguas viviendas rústicas, donde no se ha puesto una piedra nueva desde el siglo XVIII; a la izquierda, el núcleo que recibe el nombre de Carmona.

 

            Las construcciones rurales son prototipo de las edificaciones montañesas del siglo XVII y aún anteriores, con su estragal y solana con contrafuegos.

 

            En el conjunto de la izquierda destaca "el Palacio", nombre con el que es conocido en el pueblo el edificio restaurado recientemente, dedicado a hospedería. De traza herreriana, tiene dos torres cuadradas de tres alturas y un cuerpo central, más bajo, un clásico soportal de tres arcadas.

 

            Otras casas en el conjunto de este barrio le conceden una personalidad acusada, casas de amplia solana y sobresalientes aleros de madera, que el viajero encontrará en su recorrido por los barrios que el pueblo conoce con los nombres de "La Vera", "El Robreo", la calle del Sol. etc.

 

Riocorvo

 


            Muy próximo al conjunto histórico-artístico de Cartes se encuentra el de Riocorvo. Ambos fueron hasta no hace muchos años angosto lugar de paso en la carretera que conducía de Torrelavega a Reinosa.

 

            Riocorvo se presenta al viajero en una marchita antigüedad, en la que muy escasos edificios muestran los restos de la grandeza pasada de unas construcciones que desde el siglo XV al XVIII fueron configurando su entorno. El núcleo principal se extendía, como el de Cartes, a lo largo del camino real, en el que se fueron incrustando modestas casas populares. La historia habla de un antiguo lazareto y hospital para peregrinos, al que pertenecían la fachada de una capilla y los edificios anexos que aún se conservan. En mejor estado se encuentran una típica casona señorial, construida en sillería, en la que destacan bellos balcones de púlpito y otra casona, también de sillería, con ostentoso escudo.

 


Publicado en:

El catálogo de la exposición “Patrimonio arquitectónico civil de Cantabria” organizada por la Fundación Santillana en la Torre de Don Borja en Santillana del Mar. Mayo-Agosto 1989