PANORAMA DE LA CULTURA
SANTANDERINA
EN LA DECADA DE LOS 40
III - Los hombres de las artes y las letras
Terminé
mi conferencia de ayer anunciando que hoy iba a tratar de completar y al mismo
tiempo humanizar, mis dos intervenciones anteriores, hablando de algunos de los
hombres que tomaron parte activa en la cultura santanderina de los años
cuarenta.
Si
bien en el transcurso de mis comentarios de días anteriores, han sido puesto de
manifiesto los nombres de las personas que de una forma u otra estuvieron
vinculados a estas actividades, mi intención es dar hoy mayor contenido a la
presencia humana sobre la de los hechos materiales acaecidos. Aun cuando
resulta una verdad de Perogrullo decir que, tras de los hechos están las
personas que los provocan, considero preciso insistir en este aspecto para
desechar, sin lugar a dudas, el arte por el arte o la poesía por la poesía y
para presentar el arte y las letras como consecuencia de la actividad humana,
como reflejo del quehacer de los hombres. Precediendo a la mano que pinta o
esculpe, o que escribe, está el cerebro del hombre, con su grado de inteligencia,
con su magnitud de imaginación, con su sensibilidad. Hablo de la creación honesta,
sincera; estoy excluyendo, por lo tanto, las falsas creaciones, las que son producto
de la picaresca intelectual, construidas solo para epatar al burgués, que si bien es necesario recordarle de vez en
cuando la posición que ocupa en la escala humana, se pude hacer sin el
equilibrio. Entiendo que el creador y lo creado son inseparables y deben explicarse
como un solo hecho.
* * *
Igual
que en mis intervenciones anteriores en este ciclo, también la de hoy he de
presentarla resumida, porque de otra manera no seria posible exponerla en el
limitado tiempo de una conferencia, lo que plantea una cuestión: qué personas
deben ser elegidas para que resultan representativas. Cuando me hice esta
pregunta no tuve duda alguna, centrándolo en dos: para hablar de las artes, en
Pancho Cossío; para hablar de los hombres de las letras, en Ricardo Gullón. Es
una decisión naturalmente discutible, pero en la que estoy seguro de que muchos
de ustedes me acompañarán. Sin menosprecio para las demás personas que pude
haber tomado como referencia, creo que ambos fueron figuras eminentes en
aquellos años, cada uno en su campo, y la incursión en su currículum puede
completar mi crónica de estos dos días.
* * *
Pancho
Cossío estuvo vinculado a la vida de Proel desde el primer momento, y, como
consecuencia, a la de la cultura
de entonces, a la que además aportó el conocimiento de su importante obra
plástica. Su presencia y comentarios en las tertulias del Bar Namur primero y
más tarde en las del Trueba, a las que también acudían algunos miembros del grupo
que giraba alrededor de la revista,
resultó valiosa para los jóvenes creadores, que tenían fe absoluta en los
valores de la pintura de Cossío y escuchaban con admiración sus juicios y
consejos. A esta devoción correspondió Pancho con un afecto entrañable hacia
todos y cada uno, en el que entraba un cierto orgullo infantil por considerarse
amigo de ellos.
Pancho
Cossío vivía entonces con sus hermanas en una casa de la calle Gómez Oreña, en la que era convecino de los hermanos González
Echegaray y de Beltrán de Heredia, de cuya consideración gozaba, así como de la
del grupo de amigos que le rodeaban en las tertulias, en los que se había
refugiado de rechazo de algunos sinsabores de esos años, rumiando ingratitudes
pasadas y recogiendo afectos. “Santander había comenzado a ser el lugar de
trabajo y reposo de Pancho”, escribió años más tarde su crítico y biógrafo Juan
Antonio Gaya Nuño, quien insiste: “Era la continuidad de sus sueños y aficiones
de carácter deportivo, el mar predilecto, y, todo ello, creo que en mayor medida
que nunca.” Opinión confirmada de cerca por Manolo Castellanos, asiduo a las
tertulias del Namur, quien en una nota periodística aparecida en Alerta
del 24 de mayo de 1953, afirmaba: “En lo que todos coincidíamos era en la admiración
a Pancho.”
Cossío había ido en 1942 a Madrid, llamado por Dionisio Ridruejo para hacerse cargo
de la dirección artística de la proyectada revista Escorial, pero del encuentro
con aquellos intelectuales que ocupaban y copaban la vida cultural madrileña,
había salido rebotado hacia su Santander. No le gustaba hablar de estos primeros
años cuarenta; tenían para él demasiada carga de tristeza y en cuantas ocasiones
se llevaba la conversación a este terreno, siempre lo eludía. Cuando Eugenio
Mediano Flores le interrogó para una serie biográfica que apareció en Alerta,
en febrero de 1958, también recoge esta impresión: “No parece que ponga mucho entusiasmo
-dice-, al hablar de esta época de su vida. Hay un deje de amargura en sus
palabras, aunque él quiera disimularlo
tras un falso humor."
Después
de muchos años de silencio, la pintura de Cossío es presentada al público al
mismo tiempo que nace Proel. En abril de 1944 colgó su obra en la galería
Estilo, de Madrid, donde vuelve chocar con un ambiente adocenado. Apenas si aquel
mundo intelectual se entera de que en esta exposición está representado uno de
los artistas más importantes del momento. Era la primera que realizaba desde 1929,
fecha en La cual había expuesto en París. En Madrid solo vendió dos cuadros. La
Estafeta Literaria del 30 de abril, publicó un artículo firmado por Miguel
Noya Huertas, comentándola sin grandes aciertos en sus opiniones, pero a pesar de
ello, el pintor se mostraba agradecido, pues, según yo conozco, fue el único trabajo
que se dedicó a la exposición. Siempre pensé que había sido Juan Aparicio, impulsor
de la Estafeta y amigo de Pancho, quien provocó su publicación con afán
de ayudarle, y he pensado así, porque pocos días después apareció en la misma
revista un artículo del propio Pancho, con el título de “Mi genio pitagórico”, que
le había sido pedido por Aparicio. Era la época en que todavía conservaba el
ceremonioso “Francisco” para escribir su nombre y así firma el artículo; no
había llegado aún para el público el sonoro e infantil “Pancho”, que le acompañaría
ya hasta su muerte. El artículo era desenfadado: “…en momentos, como cuadra a
hidalgo, -decía-, he escrito serio, doctoral. En otros gusto del balancín de la
cuerda floja.” Y en otro párrafo: “… en los estudios superiores había aprendido
que por Irún se iba a Paris.” Pero entre estas frases, jugosas y saltarinas,
surge el dolorido sentir y la tristeza por el momento que atraviesa el arte en
España: “¿Qué es lo que se ha hecho en París? -escribe-. Poca cosa. Se ha hecho
un impresionismo, -sus esencias son españolas-; cubismo, -su genio más
representativo es español; surrealismo -sus dos jefes son españoles-. Se ha
hecho más; -insiste-, se ha hecho pintura fáustica de gran raigambre tradicional
y sus creadores y maestros han sido españoles. Y aquí, ¿no se ha hecho nada? se
nos dirá también. Aquí se han hecho cosas más importantes: se ha perpetuado el
farolillo, la manzanilla y el olor a churros de las verbenas.” Este desplante
final de Pancho, tan característico como forma suya de expresión, está lleno de
esa melancolía de que daba muestras el pintor cuando hablaba de nuestra España
de pandereta.
En
Santander no pasa desapercibid la exposición de la galería Estilo. En Alerta
del 15 de junio aparece un comentario sin firma, con e1 título de “La Montaña
debe un homenaje a Pancho Cossío” y del joven proelista Enrique Sordo otro
artículo en el mismo periódico, en un intento de comprensión de su pintura, confirmación de la vinculación de
Pancho a Proel y de los colaboradores de la revista a Pancho.
El
16 de julio de 1945 vio la luz en El Español. De Madrid, un ensayo do José Luis
Hidalgo con el título de “La pintura de Cossío”, que tuvo suma importancia para
aquellos momentos de la vida del pintor. Hidalgo daba vuelta en su trabajo a
las teorías expuestas por Moya Huertas un año antes. “Cossío -dice Hidalgo-, pinta
lo que ve, ni más, ni menos” y aludiendo al artículo de La Estafeta
escribe: “No busca cuartas dimensiones, espacios metafísicos, ni nada que esté
mucho más allá de nuestros cinco sentidos.” Yo fui testigo casual del encuentro
de Cossío con Hidalgo, en el Paseo de Pereda santanderino, el día que llegó a
esta ciudad el semanario madrileño que contenía el artículo y pude oír de
labios del pintor expresiones de sincero agradecimiento. Le habían satisfecho plenamente
los juicios emitidos. En circunstancias como éstas, Pancho siempre era parco en
palabras, pero aquel día la conversación resultó larga y sabrosa. Cuando dos
años después estuvo recluido José Luis Hidalgo en el sanatorio en que murió,
Cossío siguió con ansiedad el curso de los largos meses de enfermedad del
amigo.
En marzo de ese
mismo año había concurrido Pancho Cossío con dos oleos a la exposición de
Floreros y Bodegones de Artistas Españoles Contemporáneos, celebrada en el
Museo de Arte Moderno de Madrid. Presentó “El bodegón del melón” de 1941 y “Las
porcelanas” de ese mismo año 1945, una de las joyas pictóricas que Cossío
realizó en Santander en las fechas de que vengo hablando. Son, sin duda, estos
años santanderinos, los más prolíferos de su vida y en ellos pintó algunas de
las mejores obras que nos ha dejado. Por encargo del Ayuntamiento de Santander,
hizo en 1946 el retrato del ministro Peña Boeuf, que ha quedado incorporado al actual
Museo de Bellas Artes de la ciudad. Con ocasión de este retrato, Gerardo Diego
publicó un artículo en Alerta en el que decía: “El último cuadro de
Pancho Cossío, el retrato de don Alfonso Peña, es eso, un cuadro, un retrato,
un oleo que huele apintura, a museo de los de siempre, desde cien pasos que se
le empiece a columbrar. Calidad prodigiosa de un material trabajado en el
fervor atómico y el calor poético de un Lucrecio de la pintura.” No podía faltar
la presencia de Proel en estos comentarios a la obra nuevamente fue
Enrique Sordo quien le dedicó un breve trabajo en las páginas del mismo
periódico, haciendo equilibrios entre los innegables defectos de la pintura y
el afecto entrañable que les
unía.
Del
otoño del mismo año 1946, son
las declaraciones a un periodista local, que le preguntaba si pensaba volver al
extranjero: “Sí, -le contestó-, estoy esperando a que acabe la guerra de la
paz. Quizás después me acerque al mundo a ver cómo lo han dejado.” En esta
misma entrevista se recoge una curiosa referencia que merece ser recordada:
“¿Tiene usted inconveniente - pregunta el periodista-, en decirnos lo que le dio
el Museo de Arte Moderno por el cuadro representativo de su señora madre?”
“Veinticinco mil pesetas, ¿soy un pintor caro?” contestó Pancho.
A
finales de 1946 labró su cabeza en Piedra el escultor José Villalobos, viejo
amigo de Pancho. Julio Maruri escribió a propósito de ella “Esta hermosa testa
de Cossío, nos ofrece su depurado contorno, como ejemplo de la sabiduría con
que con que Villalobos sabe captar la más leve calidad de un alma, e1 matiz más
imperceptible de un rostro.” Hoy se encuentra esta obra en el Museo
Santanderino, en la sala dedicada al pintor.
La
relaciones de Cossío con la vida y los
hombres de Proel se fueron estrechando. El estudio fotográfico de
Ángel de la Hoz se convirtió en lugar de cita en muchas ocasiones y allí la
sensibilidad artística del fotógrafo recogió, parra la posteridad, la imagen de
cuantos pasaron por él. La primera colaboración de Pancho en la revista fue en
el número cuatro de la segunda época, en el verano de 1947, cuando publicó un
artículo con el título de “La pervivencia”. En este trabajo y en los que aparecieron
a continuación en los números cinco y seis, fue depositando aquella filosofía
suya amasada entre los montes de Cabuérniga de su niñez y destilada en su paso
por París. El último de los artículos “La política en el arte” le creo algunos
problemas. de ellos se acordaría años más tarde, en una entrevista concedida a
José Montero Alonso, publicada en ABC:
“Fue un estudio -le comenta al periodista-, que contribuyó a cerrarme
las puertas, por las verdades que allí decía. Sufrí entonces las consecuencias de aquella sinceridad. Y las sufro
todavía.”
EL
año 1948 aparecieron en Alerta un serie de artículos de Cossío. Está contento;
pinta confiado y seguro; sabe del valor de lo que está haciendo y de esta
euforia surge el juego da la palabra en aquellos artículos. Se inicia el 19 de
octubre, con ocasión de la exposición de
Julio Maruri en el saloncillo de Alerta; le titula “En torno a la
gran polémica. La intuición frente a la Academia” y le firma con su nombre completo:
Francisco Gutiérrez Cossío. No tengo noticia de que Pancho publicara otros artículos
entre éste y aquel de La Estafeta Literaria que he citado anteriormente.
En ambos firmó con su nombre y los dos apellidos. Cuando Fernando Calderón expuso,
con Maruri, en el Saloncillo, volvió Pancho a coger la pluma: “No soy crítico
de arte, -dice- ni de nada. Aunque ayer por Maruri y hoy por Calderón, haya
tenido un desliz de esta naturaleza, es decir, de crítico, no es por vocación,
ni por frivolidad, sino por un hecho emocional.” A estos dos artículos
seguirían otros en el mismo periódico, con los títulos de “Es peligroso jugar
con el alfabeto: las confusiones que origina la T”; una serie bajo el nombre de
“Recuerdos de un presente”, que comprendía “Mi amigo el forzudo”, “Algo de
urbanismo y un poco de pedagogía” y “Carta a Mister O’Connel” Todos ellos
responden a ese estado de ánimo placentero a que he aludido, proporcionado por
su entrega a la pintura, a los amigos que le arropaban con auténtico cariño y
por sus diversiones con una motora que había adquirido, que le permitía gozar
mejor de su pasión por el mar.
Estos
trabajos literarios de Cossío creo que merecen ser rescatados de las diversas
pub1icacines en que están dispersos, para reunirlos en libro. Pienso que si
Cossío quedó perfectamente definido como artista en sus cuadros, su compleja
humanidad, precisa para ser comprendida, de la lectura de esta prosa, como le ocurre a
Gutiérrez Solana y a tantos otros artistas españoles.
1949.
Nuestro pintor se viene preparando con entusiasmo para una importante
exposición en las Galerías Layetanas, de Barcelona, cuya sala estaba regida por
Juan Antonio Gaya Nuño. “Luego diréis que no trabajo”, dice el pintor en sus declaraciones a un periodista
local. mostrándole su labor de aquel año. Allí se encontraban, entre otros, los
retratos de las señoras de Galán y de Revilla, “Una flecha en Domingo de
Ramos”, que adquirió en Gobierno Civil de Santander, bergantines, naufragios,
acantilados, mástiles, toda una teoría del mar, con porcelanas y frutas y una
serie de deliciosos gouaches que dan fe de la afanada entrega del autor a su
obra.
Los
cuadros saldrían inmediatamente para Barcelon, con el propósito de hacerlos seguir
a Italia después de las muestras Leyetanas, país en el que tenía previstas una
serie de exposiciones. Pero dejemos que esta aventura de la ciudad condal nos
la cuenta Gaya Nuño, que la vivió en primera fila. Quizás la cita sea un poco
larga, pero creo que es necesaria para centrar este episodio de su vida: “Que por
los años cuarenta y tantos -escribe Gaya-, fuese Barcelona 1a ciudad de España donde más se movía el dinero,
no hay que razonarlo… Por entonces residía yo allí y, puesto a fomentar exposiciones
de artistas castellanos, logré una magnífica de Benjamín Palencia y, a poco,
otra de Pancho. Esta, con tan detestable fortuna que ya para esa fecha -se inauguro el 21 de mayo de 1949, había
cesado el optimismo económico… Al pobre Pancho siempre le escoltaron las
crisis. En medio de esa crisis se abrió una exposición inolvidable. Y preparada
con el más exigente de los esmeros… Es posible que jamás se hubiera visto en
Barcelona exposición tan cuidada y selecta de un pintor vivo… La exposición fue
visitada, cierto, pero creo que ni se solicitaron precios de los
cuadros y es innecesario notificar que no se vendió ni uno.”
Gaya
afirma que Pancho aguantó bien el innegable feo; la realidad es que regresó a
Santander desolado. Pero aquí estaban sus fieles de Proel dispuestos a
deshacer el entuerto, organizando la amplia exposición de desagravio que tuvo
lugar en el Museo Municipal de Pintura, de
la que di cuenta en mi primera intervención en este ciclo. El pintor declaró a
la prensa: “La insistencia del grupo Proel me hizo dar el paso
definitivo.” En el catálogo escribió Julio Maruri: “… Cossío ha querido reunir,
como en familia, a todo e1 pueblo, para mostrarnos sus pinturas, moderno espejo
veneciano en el que se reflejan los laureles de Rembrandt.” Era la misma obra
que había llevado a Barcelona y que luego tendría que seguir a Italia, según
confirmo en declaraciones a la prensa: “ Me voy a Italia -dijo-. El gran marchante Carlos Cardazzo me ha
invitado a exponer en Milán y mentiría sino le dijera que esta nueva salida a
Europa me ilusiona enormemente. Tanto, que aspiro a no terminar en Italia mi
aventura.” Proyecto que se quedó sin realizar; Pancho inició el viaje por Madrid
y allí se quedó. Todavía antes de marchar de Santander asistiría a las reuniones
de la primera semana de arte de la Escuela de Altamira.
La
década se cerró para él con el más notable de los éxitos de su vida
profesional: la Exposición en la sala
grande del Museo de Arte Moderno, de Madrid, en enero de 1950. “Estoy asustado,
así, asustado –dice en carta a Gaya Nuño-. He batido todos los records. No
recuerdo un éxito semejante en Madrid.”
* * *
En
torno a este mundo de las artes
plásticas en el que se movía Pancho en los años cuarenta en Santander, y para
intentar completar desde un aspecto humano, tenemos que citar otras personalidades
y artistas, que de alguna manera incidieron en aquellas actividades. Pero he de
limitarme casi a citar el nombre porque en todos los casos encontraría argumentos
y situaciones que justificarían una amplia referencia, lo que no es posible por
el tiempo de que dispongo. Así, desde el punto de la crítica artística, ocupó
el primer lugar José Simón Cabarga, que en mis comentarios de los dos días
anteriores ya le vimos juzgando con sus escritos desde el diario Alerta
las exposiciones que se sucedieron en aquellos años. A sus artículos hemos de volver
siempre que queramos enterarnos de lo que pasó en el mundo local del arte de
los años cuarenta. De él son también los estudios aparecidos en la “Antología de
Escritores y Artistas Montañeses” dedicados a Daniel Alegría, Manuel Salces y Agustín
Riancho, con una escapada al terreno de las letras en el volumen correspondiente
a don Marcelino Menéndez Pelayo de esta misma colección. En el aspecto de conferenciante,
destaquemos las que pronunció en este Ateneo sobre Agustín Riancho en 1942; sobre
Solana, en 1947 y sobre Daniel Alegre en 1950-
En cuanto a los
artistas plásticos, anotemos la presencia de Juan José Cobo Barquera, que
también ejerció de crítico y de conferenciante y que en la misma colección
dedicada a los escritores y artistas montañeses publicó su estudio sobre María
Blanchar; de Cesar Abín, que en 1951 expuso una buena parte de su obra más
reciente en la casa Proel, en cuya revista colaboró en el último número; de
José Cataluña y María Mazarrasa, a quienes ya me referí en la primera
conferencia de este ciclo.
Detrás
de estos nombres en un orden cronológico
y de alguna manera vinculados al grupo Proel, encontramos a Fernando Calderón; a Esteban de la
Foz; a Enrique Gran; a Ricardo Zamorano; a Ángel de la Hoz, fotógrafo privilegiado
de Pancho Cossío y miembro activo del grupo; a Manuel Liaño y a Jesús Otero, desde Torrelavega y Santillana del
Mar se acercaban a Santander con frecuencia para disfrutar con la amistad y el
ambiente artístico de aquellos años; a Ángel
Medina; Manolo Raba; a Julio de Pablo, subyugado en sus primeros tiempos por la
obra de Agustín Riancho; a Miguel Vázquez que un día tiró los pinceles de los
años cuarenta para refugiarse en la arisca cerámica… Sin olvidar al buen amigo Fernando
Calderón, padre, que siempre tuvo algo que ver en cuantas actividades artísticas
se sucedían.
Antes
de que se nos vaya más tiempo, veamos la incidencia de Ricardo Gullón en la vida
literaria de la ciudad, a quien he elegido, como dije al principio como
representante de las letras. En las líneas que siguen a continuación no he
podido sustraer mi propia presencia.
Había
llegado Gullón a Santander en noviembre de 1941 y aquí permaneció ejerciendo
oficialmente el cargo de Fiscal de la Audiencia Provincial hasta 1953, año en
que marchó a Puerto Rico contratado para explicar un curso en la facultad de leyes
de la Universidad de Rio Piedras.
Como
recordó Pablo Beltrán de Heredia en el artículo que publicó en la revista Ínsula,
de Madrid, eran momentos, los de la
llegada de Gullón a la ciudad, en que “apenas le quedaba a Santander otra cosa
que la belleza inmarchitable. Era un pueblo casi muerto, como tanto otro pueblos
de España por aquellas fechas.” Este párrafo que he leído, escrito como digo
por Beltrán de Heredia, testigo inteligente e informado como nadie de los años
a que me vengo refiriendo, nos permite valorar en toda su importancia lo que
pudo representar la evolución cultural de
Santander, que partía de la cota cero.
El
nuevo fiscal encaró su función con fuerte sentido humano. Él mismo nos explicó
su criterio sobre este cargo en unas declaraciones periodísticas: “La función
fiscal, tal como yo la entiendo y la entienden mis compañeros, consiste en la defensa
de la ley, y la ley no suele ser imperfecta. Tiende a favorecer al débil, al
ciudadano indefenso. Estoy hablando de lo que podríamos llamar leyes normales.
Estoy excluyendo a las leyes de excepción, las dictadas con intención política”
Beltrán de Heredia, que fue y es amigo inseparable de Gullón, ha podido
escribir: “Porque Ricardo, fiscal y escritor, acertó a poner en su profesión el
mismo sentido de generosidad humana que a sus aventuras literarias.”
Para
unos pocos iniciados de los que le conocieron en los primeros tiempos de su llegada
a Santander, Ricardo Gullón venía ya arropado con un prestigio intelectual. Antes
de nuestra guerra civil había colaborado en la puesta en marcha de diversas
empresas literarias. De 1928 es su primera aventura de este tipo, fundando en
Astorga, su pueblo natal, una revista con el título de Humo, en compañía
de los hermanos Juan y Leopoldo Panero; en 1930, con Ildefonso Manuel Gil, Brújula,
y, con el mismo colaborador, poco después, Boletín último, revista con título
juanramoniano, de la que no salieron más
que un número y tuvo un solo suscritor, el propio Juan Ramón Jiménez. Eran esfuerzos
juveniles, similares a los que después viviría entre el grupo Proel. En
1934 editó, también con Ildefonso Manuel Gil, la revista Literatura, que
llegó a alcanzar singular categoría entre las de su época. Literatura
tuvo su complemento en una serie de libros publicados bajo el nombre de “PEN
colección”, entre los que apareció Fin de semana, de Gullón. Su figura se agrandaría más a
nuestros ojos, al saberle colaborador de Revista de Occidente, la publicación de Ortega y Gasset, tan
exigente al escoger sus colaboradores.
Todo
ello creaba alrededor de él un clima de admiración, que se preocupó de borrar
con cuidadoso tacto. Consiguió, desde el primer momento, que nos sintiéramos
cómodos en su compañía, sentados en los divanes del café “La Austriaca”, en donde
nos reuníamos los domingos por la tarde algunos amigos. En un artículo publicado
por Marcelo Arroita-Jauregui en Alerta, en I957, quedó clara expresión del afecto que le unía a Gullón, cuyas
líneas podemos suscribir todos los amigos de aquellos años: “Allí conocí -dice
Arroita-, la autoridad crítica de Ricardo Gullón y su incitación a la lecturas para
siempre ligadas a mi existencia.” De entonces es nuestro conocimiento de libros
que él iba comentando en las tardes dominicales y desde las páginas de Alerta; cada autor y cada
título tenían el oportuno juicio en el verbo crítico que teníamos la suerte de tener
a nuestro lado.
Con
lo queda escrito se puede deducir ya la magnitud intelectual que tuvo la presencia
de Ricardo Gullón en el grupo que pululaba alrededor de Proel y en la
vida intelectual santanderina en general. pues su colaboración en las páginas de
Alerta era muy frecuente. Tengo registrados cerca de un centenar de
artículos suyos en este periódico en el tiempo comprendido desde 1944 hasta
1952. En aquellos momentos en que no resultaba fácil para un lector de provincias
estar al tanto de lo que se editaba, su labor fue importante; la penuria
económica obligaba a seleccionar con sumo cuidado las compras de libros, que no
habían llegado a constituir como ahora, un artículo más en la línea del
consumismo dirigido. Los amigos de Gullón y los seguidores de sus comentarios
en Alerta no vacilábamos en decidirnos por tal o cual libro siguiendo su consejo.
El
año 1942 empezó a trabajar en la biografía
de José María de Pereda, publicada por Editora Nacional en 1944 y agotada hace
ya muchos años de la que tengo noticias de que un editor local está tratando de
conseguir su reedición, tan esperada.
Su
contacto con el grupo Proel es de 1944, cuando empezó a publicarse la revista. En el
mes de septiembre de ese año apareció el número cuatro al que Gullón dedicó en Alerta
su comentario: “En general –escribió- la voz de estos jóvenes es todavía poco
definida… Pero por encima de todo queremos destacar el encanto de esta revista
en donde al amante de la poesía le espera la delicia de la sorpresa, el placer
del hallazgo, del encuentro con almas arrebatadas, generosas, de corazones que
publican su secreto, de ese afán adolescente por la belleza, que es una de las
más envidiables prendas de la mocedad” Escribe entonces Gullón algunas de las
más brillantes páginas sobre poesía,
como las que vieron la luz en la revista Escorial con los títulos de “Tierra de
olvido”, “Estrella de siete mares”, y sobre todo, “Poesía, primavera del
hombre.” Por aquellos años comenzó a trabajar en su ambiciosa obra sobre el
Modernismo, de la que ha ido publicando algunos capítulos y en la que sigue trabajando,
así como sobre la figura de Galdós, otra de sus pasiones.
En
el número de la revista Ínsula
a que he hecho referencia antes, dedicado en importante a Ricardo Gullón, podemos
leer unas declaraciones suyas relativa a su intervención en Proel. El
periodista alude a su “transcendente intervención”, pero él se excusa elegantemente:
“No, no; los chicos de Proel
no necesitaban nada. La revista la hicieron, entre otros, Carlos Salomón, José Luis
Hidalgo, Julio Maruri, Enrique Sordo y, cuando llegó a Santander, Pepe Hierro.”
Los que vivimos aquellos años alrededor de la revista y sus actividades,
sabemos de la importancia de sus consejos y orientaciones, sobre todo en el número
especial dedicado a Quevedo y en los de la segunda época. Su primera colaboración
en la revista fue en el número 13, de abril de 1945 y llevaba por título “La
juventud de Rosamond Lehman” que con idéntico texto y enunciado pasó a engrosar
su libro Novelistas Ingleses Contemporáneos, publicado ese año 1945 en
Zaragoza. En el número catorce encontramos el comentario a Ansia de la
gracia, e libro de poesía de Carmen Conde; en e1 15/17, con las iniciales
RG ofreció un breve “Itinerario de revistas” de la época, y en el 18, como homenaje
a Quevedo, una sustancial prosa, “Dos o tres quevedos”.
Como
ya he indicado, la más interesante incidencia de Gullón en la revista Proel, se produce en la
segunda época, de la que vengo insistiendo en que fue, en parte importante,
obra suya, y en la que colaboró con sus escritos en cinco de los seis números
publicados.
En
1949 vio la luz en Zaragoza el libro La poesía de Jorge Guillén, obra de
colaboración de Gullón y José Manuel Blecua, a la que seguiría en 1951 Cisne
sin lago, y en 1952, De Goya al
arte abstracto. Pero quedaría incompleto el resumen bibliográfico de
estos años, si no hiciera referencia a los numerosos escritos aparecidos en las
revistas Ínsula, Escorial y Cuadernos Hispanoamericanos,
de Madrid, así como en Realidad, de Buenos Aires y Asomante, de
Puerto Rico.
Su
labor de los años cuarenta no quedó limitada a lo que he reseñado, que ya de
por si sería suficiente para considerarla importante para la cultura de
Santander; todo lo que de alguna manera
tuvo que ver con a vida literaria
y artística de la ciudad tiene el sello de distinción y el consejo valiosísimo suyo. Ya he hablado
de sus intervenciones en el saloncillo de Alerta, en Proel y en la Escuela de Altamira. Sus relaciones con
el Ateneo de Santander no fueron amplias, a pesar de que siempre le unió buena
amistad con muchos se sus directivos; de las intervenciones desde la tribuna de
esta casa ya quedó constancia en su momento.
Julio
Maruri ha escrito sobre estos años “Ricardo Gullón -el inolvidable-, decoraba
Santander.” Y Pablo Beltrán de Heredia, apostillando la frase de Maruri nos recordó
en un artículo: “Ricardo Gullón fue un tiempo, el decoro de Santander”
* * *
Aún
cuando a lo largo de mis dos intervenciones han ido han ido apareciendo los nombres
y quehac3res de las personas que marcaron esta época con su actividad, ampliaré
muy sucintamente las referencias a algunas de ellas. Así, Ignacio Aguilera, de
quién al hablar de su colección “Antología de Escritores y Artistas
Montañeses”, ya dije que era un acierto exclusivamente suyo; pero no insistí lo
suficiente en destacar sus logros en otras actividades, como las realizadas
desde la dirección del Centro Coordinador de Bibliotecas, las que es preciso
añadir las del Ateneo, las muy eficaces como secretario general de la Universidad
Internacional y las de director adjunto de la Biblioteca Menéndez Pelayo desde
Noviembre de 1944 hasta su paso en la década siguiente a titular de la
dirección de dicha biblioteca. Muchas cosas importantes habría que contar de la incidencia de
Aguilera en la vida cultural local.
Por debajo de mis palabras dedicadas a Proel ha estado latente en todo Momento la
presencia de Pedro Gómez Cantolla, tal y como él ejerció la dirección de la
revista y de la Casa del barracón; sin alardes, sin personalización vanidosa. Cantolla
era el hombre a quien se recurría siempre en las necesidades, en la seguridad de
encontrar solución a los problemas
propios, que en cualquier circunstancia los hacía suyos. Necesidades que, en
ocasiones, tenían un carácter vidrioso por la situación política que se vivía, lo
que nunca representó un obstáculo para que las atendiera desde las
posibilidades que le concedía su proximidad al gobernador civil y su posición
de subjefe provincial de Falange. El fue, como ya dije, el creador de Proel.
Y alrededor suyo, con un entusiasmo juvenil capaz de mover montañas, los
muchachos que le acompañaron en el primer momento: Salomón, Nieto, Arroita, Sordo,
Ortiz, Reina, Marino Sánchez, Rincón, Leopoldo Rodríguez Alcalde. De los que no es preciso añadir más a lo que
ya he dicho para concederles el transcendental papel que les corresponde en la
vida cultural santanderina. Si acaso, destacar entre ellos, por su vida
intelectual dedicada íntegramente a Santander, a Rodríguez Alcalde; mientras que
los demás se fueron dispersando temporal o definitivamente por la geografía
española, la presencia de Leopoldo en las actividades culturales de la ciudad
no ha faltado nunca.
De
José Hierro, de José Luis Hidalgo, de Julio Maruri, solo citar sus nombres, porque
cualquier otro propósito tendría que extenderse forzosamente en otras tantas conferencias.
Otra figura de la vida intelectual de entonces, a quien tampoco se le puede
encasillar en unas líneas, fue Pablo Beltrán de Heredia; renuncio a cualquier
ampliación de las citas que se han sucedido referidas a él a lo largo de estos
tres días, pero sí es preciso insistir en su
inteligente contribución al servicio del desarrollo de las actividades
culturales de Santander en la década de los cuarenta. No hace muchos meses
escribí que de Beltrán de Heredia partieron entonces buen número de ideas que
se llevaron a la práctica sin que su nombre apareciera para nada.
He
dejado para el final a Joaquín Reguera Sevilla, a quien yo he calificado anteriormente
como hombre de fina inteligencia y sensibilidad acusada. A su generosa entrega a
la labor cultural, poco común en el mundo de la política, debe Santander el esplendor
de esos años. Llegó a esta ciudad en noviembre de 1942, como Gobernador Civil,
cargo al que iba unido el de delegado especial del Gobierno para la
reconstrucción de Santander. “Para mí -me decía en una carta de muchos años
después-, esta era también
una ocasión para experimentar mis inquietudes literarias y artísticas.” ¡Y bien que lo ejerció! Promocionó la residencia
de becarios de la Escuela de Bellas Artes de San Fernando, en Santillana del Mar,
localidad a la que dedicó con preferencia sus afanes, impulsando la
reconstrucción del Parador Gil Blas, encargando al profesor Lafuente Ferrari El
libro de Santillana y sufragando la edición de Santillana del Mar, libro
de piedra, Manuel González Hoyos. Por su encargo pintó Stolz los murales
del salón del trono del Gobierno Civil; bajo su gobierno se iniciaron los espectáculos
de la Plaza Porticada; coloquios y
conferencias fueron quehaceres permanentes de los que cuidó con esmero. El 20 de
abril de 1949 convocó un concurso internacional sobre la Marina Cántabra y Juan
de la Cosa, con motivo del V centenario del navegante montañés, que fue adjudicado
a don Antonio Ballesteros Beretta, patrocinando con tal motivo un ciclo de conferencias
que se desarrolló en agosto del mismo año, en el que distinguidos profesores
universitario hablaron del ilustre navegante y de problemas relacionados con nuestra
marina y los descubrimientos.
En
la exposición celebrada en 1950 con el título de “El avance montañés”, y en el
voluminoso libro editado sobre esta exposición, quedó reflejo escrito de lo que
fueron estas actividades de Reguera. A la fría reseña contenida en el libro es
indispensable añadir el caudal de entusiasmo que puso su valedor en la
realización de todas y cada una de las actividades.
Hace
cuatro años, comenta Pablo Beltrán de Heredia con estas palabras la labor de
Reguera con ocasión de un acto celebrado en la Universidad Internacional Menéndez
Pelayo: “Joaquín Reguera Sevilla, hábilmente
secundado por el subjefe provincial de Falange, Pedro Gómez Cantolla, supo
tender siempre la mano, a cuantas personas encontrara a su alcance propicias a
colaborar en toda clase de venturas culturales, sin preguntarles de dónde
procedía. En aquel generoso gesto suyo hubo siempre un sincero propósito de la
más auténtica y liberadora amnistía”
Creo
recordar que Joaquín Reguera Sevilla no tiene una calle o una plaza con su
nombre en Santander.
Ateneo de Santander, 24 de abril de 198