miércoles, 26 de agosto de 2020

Chus. Cuarenta años después


Este blog quiere unirse a la celebración del 25 aniversario del fallecimiento de Jesús Otero. Para ello publicamos las palabras que leyó Aurelio García Cantalapiedra en el acto homenaje que se celebró en el Parador Gil Blas, el 30 de agosto de 1980





Chus. Cuarenta años después



            Hace poco más de diez años, publiqué un libro con el titulo de Cuatro amigos. Había llegado entonces a los cincuenta de edad y en la introducción que precedía al breve texto, quedó reflejo de una parte del examen de conciencia a que me sometí en aquel alto del camino, declarando cuanto debía yo a los cuatro amigos de que se hablaba en el librito, Jesús Cancio, José Luis Hidalgo, Mauro Muriedas y Jesús Otero. En las páginas que seguían a la introducción prevalecía el aspecto ético sobre el estético y todo era resultado de mis largas horas a lado de estas personas, de las que me consideraba deudor en el capítulo más importante de los que integran la contabilidad humana, el de la amistad. De Jesús Cancio dejé constancia de que había tratado de aprender en él a ser amigo sin límites; José Luis Hidalgo, a llenar la amistad de profunda y afectuosa seriedad; de Mauro Muriedas, de este gran Mauro Muriedas, a procurar que estuviera matizada con noble acentos. De Jesús Otero, a quien hoy homenajeamos, escribí que era un “amigo leal hasta más allá de donde llegan los demás, con cualidades que surgen precisamente cuando son necesarias y entonces te maravillan”, expresión que repito aquí textualmente, pues el paso de los años no hecho más que consolidarla en mi sentimiento.

 

            No se la fecha exacta de mi encuentro con Jesús; tampoco lo considero necesario, porque pienso que nos conocemos desde el otro lado del tiempo. Mis recuerdos de esta amistad no precisan de fecha, ni de apenas palabras que lo confirmen, ni casi de hechos que puedan citarse como testimonio. Creo que, para definirla, debo hablar con más certeza de impresiones. La primera, ya lejana, quizás fue la de su manera de estar entre los demás, respetuosa e inquirente. Escuchaba no solo con los oídos, sino también con los ojos. Podemos imaginarle así en la tertulia e “La pájara pinta” que había reunido Víctor de la Serna en Santander. Era entonces aprendiz de escultor en la capital montañesa y acudía a la tertulia a escuchar; a escuchar, entre otros, al pintor Ricardo Bernardo, que entre palabra y palabra gruesa, entre “taco” y “taco” que provocaban la sonrisa de Otero, dejaba caer ideas inteligentemente elaboradas sobre el arte y sobre la vida, que en buena parte han sida y son para Jesús soporte de sus vivencias personales. A veces, -no tantas como sus amigos deseábamos-, iba a Torrelavega, y en la Biblioteca Popular continuaba viendo y oyendo importantes exposiciones y no menos interesantes conferencias.

 

            Estuvo en Madrid, pensionado; yo no le vi allí, pero estoy seguro de que siguió con los ojos y los oídos abiertos a cuanto de alguna manera tuviera relación con a belleza artística. Preguntarle  por aquellos años y sus palabras de contestación veréis que también están repletas de ternura cuando se refieren a los amigos que compartieron con él la aventura de la Escuela de Bellas Artes. En lugar preeminente colocará al pintor Santiago Montes.

 

            Pero no penséis por estas notas que anteceden, que en Jesús ha prevalecido la cultura sobre el hombre. Algo ha quedado dicho al hablar de sus cualidades como amigo. Todo lo visto, escuchado o intuido en la época de aprendizaje en Santander, o de pensionado en la capital de España, lo ha trasladado a su pueblo natal. Aquí, en Santillana del Mar, ha tenido en todo momento, además de su taller de escultor, su campo de observación más importante, el de la condición humana. !Con qué amor me ha comentado de personas de esta villa de las que según él tanto aprendió! Jesús Otero nunca estuvo realmente fuera de Santillana, ni aún en sus horas y días de alejamiento físico.

 

            Después vino el aguijón de la guerra civil, a la que trató de aplicar noblemente las lecciones de alta moral que había aprendido en tanto mirar y oír a los demás y a las que a lo largo de su vida había sometido, en todas las ocasiones, a un filtro de insobornable honestidad. En la guerra y en la posguerra, pudo ver y sufrir los incomprensibles comportamientos de los hombres. Otero fue mal interpretado y, sobre todo, mal correspondido, su alma quedó rasgada con heridas que en otros, con menor categoría humana que la suya, no hubieran cicatrizado jamás; a él solo le dejaron el dolorido sentir.

 

            Volvió, entristecido, a la piedra; se refugió en su observatorio de los misterios de la naturaleza; buscó comprensión en el tan querido mundo de los animales, y algunos continuamos siendo sus amigos. La verdadera amistad, que permite la gracia de horas de soledad en compañía, nos ha proporcionado momentos, en el silencio de su taller, en los que apenas si las palabras eran necesarias; de vez en cuando, en el descanso de maza, sus comentarios sobre las grandes aplicaciones científicas, a las que ha venido dedicando su intuición, o sobre recientes hallazgos arqueológicos, devolvían nuestro espíritu al tiempo y al espacio. ¡Qué de horas ganadas en su taller! A mi memoria viene un día de otoño, en que la poesía entraba en él a raudales, empujada por el atardecer. No estábamos solos, pero aquella otra persona también se había sentido herida por el momento y callaba con nosotros. En el gran bloque de piedra que ocupaba toda la estancia, estaba apareciendo una “Piedad”; sobre el regazo esbozado de una figura femenina, el cuerpo caído, en extraño escorzo, de un Cristo humano, muy humano, como todos los creados por Otero, deslumbrante de poesía.

 

            Una de mis últimas experiencias a su lado, ha sido un viaje relativamente reciente a Santiago de Compostela, en el que confirmó que mis relaciones con Jesús se siguen moviendo a golpe de impresiones temporales. Los que le conocéis de cerca sabéis de su juego infantil con la edad; le habéis oído decir que tiene 29 años, o que acaba de cumplir 30. En aquel viaje yo pude entrar en el secreto de este juego porque descubrí su joven antigüedad de diez siglos. Nuestra presencia ante el Pórtico de la Gloria me permitió comprobar que Otero había trabajado con el maestro Mateo. Tal era el gesto emocionado al acariciar sus manos las sabias labras del Pórtico, que más que hallazgo primero, encuentro con algo suyo que había quedado oculto por las nieblas de tiempo. Esta impresión se repetiría en La Liébana, cuando realizó el relieve para el Monasterio de Santo Toribio. Yo vi como Jesús trabajo en él en una transfiguración de mil años, cómo se sentía a gusto dando los últimos golpes de maza necesarios para terminar el Monasterio.

  

            Permitirme, como final, unas breves palabras que pretendo queden despojadas de su carácter verbal para convertirse en escrito oficial. Están dirigidas al Alcalde del Ayuntamiento de Santillana del Mar y a su Corporación: “Los que suscriben -y me refiero con esta expresión a todos los que estamos reunidos e este acto-, se dirigen a usted con la seguridad de que lo que piden es justo, solicitando que por ese Ayuntamiento se tome acuerdo en el que se reconozca oficialmente cuánto le debe Santillana del Mar a Jesús Otero Oreña, el escultor y el hombre, natural y vecino de esta villa en la calle del Cantón, cuya obra y personalidad han encontrado amplio elogioso eco fuera no sólo de nuestros límites locales, sino de los provinciales y aún de los nacionales, eco al que en todo momento ha estado unido el nombre de este hermoso pueblo, gracia que, de concederse, honrará a Santillana y a quienes la concedan.”





sábado, 22 de agosto de 2020

Aniversario del fallecimiento de Jesús Cancio

En el aniversario de su muerte
Recuerdo del poeta Jesús Cancio




         La vida de Jesús Cancio, como la de tantos miles de españoles de su época, quedó dividida en tres etapas importantes: los años anteriores a la guerra, la guerra y los años que siguieron a ésta.

         Cada uno de estos periodos fue tan distinto a los otros, que puede decirse que constituyen tres vidas independientes; llevadas por una misma persona, pero con un espíritu tan diferenciado en cada una de ellas, que las hace radicalmente distintas.

         Antes de 1936, la vida de Cancio tiene una localización, Comillas, y una manera de vivirla, la poesía. Para Jesús todo lo que le rodea se transforma en poesía: el mar Y sus tragedias y alegrías; los amigos, el paisaje... Preferentemente el mar. Lo que no sea Poesía o no tenga relación con ella, no le vale. Es la hora hermosa de "Olas y cantiles ". del "Romancero del mar" con las ilustraciones de Ricardo Bernardo, de la visita de García Lorca al poeta en Comidas, de la que a Cancio le quedaría el recuerdo inolvidable de un paseo por la playa en el que Federico, ante la naturaleza y él amigo, dejó volar el entusiasmo y la poesía. Es la época del retrato de Quirós, del retrato de Ricardo Bernardo, de la cabeza en piedra que le hizo Jesús Otero.

         Sus ojos, ya dañados, todavía le permiten moverse con soltura y gozar de las cosas que le rodeaban. Cancio vive entregado a su obra y a sus amigos y canta y llora con ellos. Nótese bien esto, porque la época que viene después se diferenciará en una forma ostensible. Mientras ahora las sensaciones tienen fundamentalmente una dirección fuera-dentro, a partir de 1936 serán de sentido contrario. Le llega tan profundamente lo que ocurre a su alrededor, lo que le ocurre a el mismo, que su poesía deja de ser objetiva —narrativa más bien, en muchas ocasiones—, para convertirse en doloridamente subjetiva. Son tantas las cosas que le afectan a él y a sus amigos, que su musa no podrá ya eludirlas. Y la poesía de Cancio se torna melancólica. Todos sus Poemas, a partir de este momento, cantan desde dentro.

         En el período de la guerra, que para él como para muchos, se prolongaría hasta los primeros años de la postguerra, sufre personalmente las consecuencias de ésta. En este momento le conocí. Yo llevaba entonces muy cercana la lectura de Lorca y sabía de memoria muchos versos de la obra dramática de este poeta que en las horas angustiosas y largas de entonces me hacía repetírselos. Era "la fuente fresca" que manaba junto a él, solía decirme.

         Este período pasó y Cancio tuvo la suerte de caer en manos de la familia Corona. Con ellos, singularmente con Luis, vivió años de afectos que le compensaron de muchos sinsabores. Volvió a ser un hombre feliz, pero su poesía había sido tocada hondamente en los años anteriores y acusó hasta el final la tristeza de la guerra.

         A Jesús Cancio, como a Manuel Llano y como a tantos hombres de espíritu sensible, nuestra guerra civil les hirió para siempre. Algunos, como Llano, no pudieron resistir la tragedia y murieron en ella. Otros. como Cancio, la sobrevivieron, pero heridos de muerte.

         El 22 de agosto de 1961 dejó de existir. Murió en la casa de los Corona, en Polanco, junto a la cajigona de Pereda y fue enterrado en Comillas. Su sepultura está junto a una vieja puerta por la que se sale al mar. A su mar.




Publicado en:
El diario Alerta el 7 de agosto de 1968
Reproducido en el libro Cuatro Amigos, Editado en 1969


sábado, 1 de agosto de 2020

¿Qué diría don Antonio hoy?

¡Cómo crece La Vega!
"La Peñuca", aquel lugar donde lloró don Antonio




         Don Antonio tiene prisa por llegar a la Vega. La caballería que le transporta no siente la inquietud de don Antonio y continúa con su paso cansino. No comprende por qué ha de tener prisa don Antonio. Vienen andando juntos muchas leguas; han reposado en muchas ventas y sienten los dos de muy distinta manera el viaje. Para el animal, en todas las ventas hay qué comer y todos los caminos son más o menos Iguales. Para don Antonio la comida no importa, el camino no importa. Son sus ojos los que buscan ansiosos. No es su cuerpo el que clama, es su espirito. Salió hace muchos años del valle. Era mozo, Los del Infantado se hablan fijado en él y le llevaron a su servicio a la corte. Desde entonces don Antonio sólo sabe del valle muy de tarde en tarde. Cuando el señor venia de la villa, él le preguntaba. La contestación siempre fue la misma: «No lo conoceríais, don Antonio. ¡Cómo crece la Vega!».

UN AÑO Y OTRO

         Así había sido un año y otro año. Su imaginación, tan Infantil primero, no comprendía cómo pudiera crecer la Vega. Más tarde, ya mozo, se fue dando cuenta de que lo que el señor le quería decir era que crecían las cosas de la Vega, Los bosques umbrosos eran más umbrosos todavía, Las viñas producían más vino, porque cada vez eran más extensas. A las dos torres del palacio se le habla añadido una tercera; más grande y más esbelta. ¡Cómo crecía la Vega!

         El animal ignoraba el afán de don Antonio. Subía el camino empedrado de la cuesta con el mismo paso, lento, mortificante, Al pasar por la ermita de San Blas, don Antonio se descubrió; se hubiera apeado y hubiera entrado, pero estaba muy cerca el alto. Pudo más la tó  impaciencia que la devoción, Prometió a San Blas volver; después, pasados unos días, cuando sus ojos hubiesen visto todo. A la derecha estaba la venta. La caballería intentó acercarse, pero él corrigió sus pasos. Todavía el bosque de robles le impedía ver los caseríos. A la izquierda. La Capía. Don Antón volvió a descubrirse instintivamente. Pesaba mucho en su recuerdos aquel pico. El era niño cuando marchó, pero precisamente por eso. Tras de aquel monte estaba el mundo. El mundo al que iban y del que venían los señores.

Y DETUVO LA ANDADURA

         En un claro del bosque detuvo la andadura. Tenía ante él el milagro del valle. La Vega estaba delante de sus ojos, Ya no se lo tenían que contar. Inclinó el sombrero adelante delante para defenderse del sol. Brillaron las lágrimas, Era cierto; la Vega había crecido. A sus pies estaba Pando. Casi lo, tocaba con la mano. A la izquierda, Tonos. Viérnoles. Los recuerdos surgían cuando su boca pronunciaba los nombres. Entre las nieblas del río, al fondo, a la izquierda, Cartes, con sus torreones hermosos. A la derecha, Campuzano. Más a la derecha, Torres. Pasado el río, cerca de donde se juntaban el Saja y el Besaya, Garzo; después Duález. Recordó los salmones que cogía furtivamente en sus orillas. Más a la derecha Barrerla; casi no se veía. Y en medio de todo, rigiéndolo todo, señorial, la Casa de la Vega. La torre nueva que le habían contado. Y las otras das torres.

         Ya tenía delante de él las torres de la Vega, ¡Cuántos años y cuántas amarguras hasta llegara este momento! Pero todo lo daba por bien servido. Y lo que no hizo ante la ermita, lo hizo aquí. Bajó de la montura, se quitó el sombrero, se arrodilló y lloró. Dios sabría, sin duda, comprender sus lágrimas.



Publicado en:
El diario Alerta 14 de agosto de 1968


sábado, 18 de julio de 2020

Las acuarelas de Alberto Van den Eynde









         Conozco la “saga” de los Van den Eynde desde hace años y sé de las inquietudes espirituales de todos los hermanos, por lo que no me ha causado extrañeza esta llegada de Alberto al mundo del arte. Yo sabía que pintaba; había visto alguna acuarela suya en exposiciones colectivas, Pero siempre pensé que no era más que la salida natural a esa inquietud espiritual que le suponía, que no se trataba de una dedicación continuada, total y apasionada, como se deduce ahora de esta exposición en la sala del Ayuntamiento de Llanes. El verde cobijado dentro de colectivas me hacía pensar que estaba buscando el sentirse arropado para su aparición en público, como si la pintura, que él empujaba, le obligara a vencer la timidez del principiante. Timidez personal y hasta profesional, de artista, porque cuando ahora ha visto el conjunto de la obra que exhibe, he reflexionado sobre la posibilidad de si a Alberto Van den Eynde no le estaría ocurriendo como a los poetas con sus poemas, en los que van desnudado su alma a golpe de versos.  Porque también esto puede ocurrir en la pintura, como en la música y en los demás artes. Aún cuando no sea con la diafanidad con que se puede detectar en la poesía, en la pintura como la que nos ofrece este artista, que se convierte en espejo mágico colocado por él frente a la naturaleza para recoger lo que hay en ella de vibración del alma, o para re-crear el mundo por las secretas galerías de su sensibilidad, también se está desnudando el alma.

         Ante la obra de este pintor nos parece encontrarnos en la creación primera luz: luz, y dominado por la luz, el color. Como debió ser el mundo cuando nació, antes de que los hombres tuviéramos tiempo de mancharle.

         Cuando se ofrece ante nuestros ojos una colección de acuarelas como a la que me vengo refiriendo, se siente uno tranquilo ante el futuro de la pintura, que siempre está a punto de descarrilar por el camino de la fácil copia de lo circundante. Porque hacer arte es estar inventando cada día. Cuando don Eugenio d’Ors escribió que en arte lo que no es tradicional es plagio, nos estaba ofreciendo una gran lección para la interpretación de la estética del hombre, porque tradición es la sucesión en cada momento, de cada época de la vida, y cada época carecía de valor como referencia tradicional sino estuviera respondiendo en sus vibraciones humanas, a la interpretación que le corresponde de la historia y del arte.

         La acuarela de hoy, para entrar dignamente en su tradición pretendida por d’Ors, debe respirar en la atmósfera vital que nos ha correspondido a los seres que estamos tocando con la mano del año dos mil. No se puede hacer ya acuarela como la que empezaron a hacer los maestros ingleses del siglo XVIII o los maestro españoles del XIX. Aquella aventura refinada, exquisita, estaba representando su mundo y lo reflejaba adecuadamente, incorporándose por lo tanto a esa tradición pretendida por el pensador catalán. Cuando el año 1910 pintó Kandinsky la primera acuarela abstracta, dio el serio y necesario aldabonazo por ese camino del auténtico que exigía nuestro siglo XX. La sensibilidad del pintor ruso le había hecho intuir la importante advertencia que precisaba escuchar el arte de la acuarela.

         Con estas palabras nos estamos acercando a la pintura de Alberto Van den Eynde. El visitante de la exposición como el pintor, en su más conseguidas obras, nos está ofreciendo una visión del mundo en que vivimos con “aldabonazos” de color, para que nuestra imaginación, la imaginación de cada uno, pueda sintonizar tras ellos, el monte, el mar, el cielo, el paisaje posible permitido por nuestra sensibilidad. Nos está invitando a entrar en su concepción del arte, dejándonos vivir con él la creación primera tal y como él la concibe. Tras los grises atenuados y azules transparentes, sin efectismos inútiles, se abre ante nuestros ojos una nueva naturaleza, la suya, la que lleva dentro el artista.

         Que hay algunos fallos sin duda; es posible que, en algún rincón se puedan rastrear titubeos a la hora de extender la mancha; que las transparencias intentadas en otros momentos no hayan llegado a la plenitud que se estaba exigiendo a sí mismo el pintor, pero en conjunto estamos asistiendo a una importante y seria muestra de pintura a la acuarela.




Publicado en:
El Oriente de Asturias. Llanes, el 18 de Julio de 1981
Incluido en el libro: Torrelavega. Érase una vez el arte… los artistas y el mundo que les rodea. Editado por el Ayuntamiento de Torrelavega 1999



miércoles, 1 de julio de 2020

LA LEYENDA NEGRA DEL CAMINO DE LA COSTA

LA LEYENDA NEGRA DEL CAMINO DE LA COSTA
EN LAS PEREGRINACIONES A SANTIAGO



            Somos conscientes de que el tema de que se va a hablar en esta comunicación, es de escasa importancia dentro de lo que representa el estudio general de las Peregrinaciones a Santiago, de las cuales se va a tratar en esta III Semana de Estudios Medievales. Parece un poco de osadía venir a hablar a Estella del camino de la costa en las peregrinaciones, pero cuando el que habla de ello está convencido, no solamente de sus propias limitaciones, sino de la escasa magnitud del tema si se le compara con los estudios sobre el camino francés tradicional, creo que ya tiene disculpa y el nihil obstat de los grandes de la peregrinación para poder seguir adelante.

            Por otra parte, piensa el que esto escribe, que para los estudiosos tentados por la Historia, no hay documento, piedra, o camino despreciables, por muy reducidos que sean.

            Con vuestro permiso, pues, vamos a tratar de abrir una pequeña brecha en la alta mural1a que se ha creado en relación con las primeras peregrinaciones de la costa, con respecto a 1as cuales se ha llegado a asegurar la casi imposibilidad de que existieran.

***

            El que pretenda meterse en este terreno, como lo estamos haciendo ahora, se encontrará atrás y adelante, a derecha e izquierda, con terribles anatemas sobre la región que cruzaba aquella posible ruta y sobre sus habitantes. Anatemas que parten ya de los propios peregrinos. El asustado cronista del obispo de Porto, que acompaña a su señor en 1120 cuando éste se ve obligado a desviarse del camino tradicional por las amenazas del rey de Aragón, habla horrorizado de “aquellos montes apartados y lugares extraviados, entre hombres feroces de idioma desconocido y prontos a cualquier crimen”. Añade a esto e1 obstáculo que presentan los ríos, perpendiculares siempre a la dirección de su marcha.

            Ante este texto nos preguntamos ¿no habrá creado este cronista una leyenda negra que la imaginación ardiente y mística de aquellos primeros peregrinos esparciera por sus zonas de origen al regreso de Compostela?

            Veamos sobre ello los comentarios de tres de nuestros mas notables medievalistas de hoy.

            Menéndez Pidal: “Orígenes del español”

"era entonces penosísimo (-el camino-), pues por temor a los moros, iban en continuos altibajos a través de los valles de la costa de Álava y de Asturias"

            Lacarra: “Peregrinaciones a Santiago”

“Todavía en el siglo XII estas regiones tenían fama de estar habitadas por gentes salvajes, a lo que contribuía mucho el diferente idioma de sus moradores. Estos vivían dispersos en caseríos, sin núcleos urbanos de ninguna clase” … “además por la costa no había ningún camino fácil cortada como estaba por las profundas entradas que hace el mar en las numerosas rías”

            Uría: “Peregrinaciones a Santiago”

“Ni la diplomática, ni la arqueología nos proporcionan elementos de juicio suficientes para poder afirmar que 1a ruta de la costa haya sido frecuentada casi hasta el siglo XIII sobre todo por los extranjeros”

            ¿No estaremos -como se dice anteriormente- ante una leyenda negra que, por estimarla de menor cuantía desde el punto de vista del historiador, no ha merecido la pena de molestarse en desbrozarla?

            El propio Sr. Uría, en la obra citada, nos lo manifiesta así cuando dice:

“En todo caso, adelantaremos la afirmación de que esta ruta tiene muy poca importancia, si
tenemos en cuenta que su frecuentación por los peregrinos se realiza en época tardía”.

            Bien; aquí nos da pie el Sr. Uría para echar a andar nosotros, cuando dice que tiene poca importancia por haberse frecuentado en época tardía. Por el contrario, nosotros creemos
firmemente que la importancia de la ruta de la costa le viene de haber sido la primera utilizada por los peregrinos; otra cosa es que estos no hayan sido ni muchos ni importantes y que tras ellos, en aquellos primeros años, no arrastraran una corriente comercial y cultural transcendente. Aquí radica precisamente su relativo y pobre interés histórico. Pero pensamos en estos primeros pasos como dados en la época romántica de las peregrinaciones. Así como por el camino francés se crea después una ruta comercial importante, llena de vida y por lo tanto de posibilidades de todos los Ordenes, el camino de la costa no tuvo tiempo de cuajar en algo concreto, al ser desplazado muy pronto por el tradicional. Vemos a estos primeros peregrinos entregados a una fe sin mites, para la que la luz de Santiago es cegador foco de atracción que no les permite ver ni apreciar las tribulaciones y penalidades de marcha tan dificultosa.

            Estos pioneros del camino, procederían todos, o casi todos, de las zonas españolas liberadas de los musulmanes (vasco-navarros, vascos-franceses). Todavía no habría habido tiempo de que corriera la voz en forma efectiva por encima de los Pirineos, ni de que los de Cluny organizaran la invasión cultural de España con los vivificadores aires del románico.

            Pero veamos algunas de las afirmaciones de la leyenda negra, (no sin antes hacer constar que en esta comunicación no estamos refiriendo a la zona geográfica que se conocía con el nombre de Cantabria).

            Nos interesa particularmente la que se refiere “al estado salvaje en que se encontraban aquellas gentes”, y la otra, en la que se dice que vivían “dispersados en caseríos sin núcleos urbanos de importancia”.

            Que el cronista del obispo de Porto dijera que se encontraban en estado salvaje, no es raro, porque siglos más adelante, y a pesar de la casi perfecta organización del camino francés, son relativamente frecuentes los asaltos a los peregrinos en este camino. En la guía clásica de Américo Picaud, se habla de cómo no solo robaban a los peregrinos, sino que los cabalgaban como asnos y los mataban. En otro pasaje del mismo Códice, se cuenta la historia de los dos navarros afilando sus cuchillos al lado del rio Salado esperando que las bestias bebieran las aguas del río, tenidas por letales. Como se dice en la guía publicada por la Diputación Foral de Navarra el año 1954, bien es verdad quo el clérigo francés no tenía muchas simpatías a los navarros y abunda en exageraciones, pero siempre en todas las exageraciones, hay un fondo de verdad.

            No es de extrañar, como decimos en el párrafo anterior, que el cronista del año 1120 dejara constancia de este estado salvaje, ya que era lo único con que él se podía tropezar en su marcha precipitada. Lo que resulta mas raro es que los autores modernos que hemos leído, no hagan referencia a la situación histórica de esta zona en los siglos IX y X, que les podría dar una pauta para dejar las cosas en su justo medio. Si dejamos a un lado la región vasca, con hombres de “idioma desconocido” para algunos de los primeros peregrinos, es preciso tener muy presente los años que acaban de vivir Cantabria y Asturias desde la invasión musulmana hasta el año 813 que se cita como fecha probable de la aparición del sepulcro.

            Un mundo numeroso e importante que huye de la corte visigoda de Toledo y primero de la sede de Sevilla ante el empuje árabe, se refugia tras la cordillera cantábrica. Y se refugia allí con todo el bagaje que han podido arrastrar consigo, del que sin duda es el más importante el cultural. El Duque Pedro de Cantabria, último mandatario godo de la región, vería llegar a estas huestes con la natural zozobra del gobernante que sabe los problemas que le crea una
invasión, aun cuando ésta sea de signo pacifico. No se puede fijar, ni aproximadamente, la importancia numérica de los refugiados pero no hay duda de que fue cuantiosa y de que era arrastrada por una minoría selecta.

            Es decir, para cuando los pasos del primer peregrino cruzan el camino de la costa para ponerse a los pies del Apóstol, ya ha transcurrido más de un siglo en el que esta gente del sur y del centro civilizado de España está conviviendo con los rudos cántabros, en sus verdes valles; son más de cien años los que llevan desarrollando su vida entre ellos. Son más de cien años los que tuvo que influir notablemente, aparte de la cultura y de las formas de vida que trajeron consigo los refugiados, el esplendor de la corte de Asturias que en su empuje creador desde Don Pelayo y Don Pedro de Cantabria, arrastraría el entusiasmo de los habitantes de la zona costera. Que si bien este empuje es de signo militar y por lo tanto poco dado a las “veleidades” culturales, proporciona otro elemento de civilización de que tan necesitados estaban los hombres de entonces; nos referimos a la disciplina que impondrían en sus legiones y con ella la regresión, hasta donde es posible en guerra, de la barbarie suelta por los caminos.

            En el orden cultural destacan en forma importante, el des arrollo que alcanza el arte mozárabe y la resonancia que adquiere en el orbe católico la escuela del Beato de Liébana.

            Otro dato muy significativo encontramos también, que habla en forma elocuente de la vida en esta región. Se trata de las fundaciones religiosas que proliferaron en forma tan acelerada en los primeros años de la reconquista.

            Tenemos el texto de un documento dado en el año 823 de la era cristiana, por los obispos Ariulfo y Severino, por el que hacen donaciones a la Iglesia de San Salvador de Oviedo del monasterio de Santa María de Yermo (a 5 km. de Torrelavega), fundado por ellos, y otras muchas iglesias y heredades dependientes de este monasterio. Y en este documento, al hacer relación de las propiedades de tan importante monasterio, se citan más de 20 iglesias que pertenecían al mismo en una zona muy reducida. Santa Águeda, en el pueblo de Bárcena Mayor; Santa Eulalia, en Ucieda; Santa Leocadia, en Terán San Adriano, en Valles; San Andrés, en Selores; San Clemente, San Miguel de Co; San Román, en Viérnoles; Santa María, en La Montaña; el monasterio de San Vicente Abad, en Zurita; Santa María, en Renedo; Santa María, San Cristóbal y Santa Leocadia, en Oruña; San Cristóbal, en Ongayo; San Román, en Quijas; el monasterio de San Juan Bautista, en Tudanca; Santa María, en Alleiga; San Juan, en Tara; Santa Eulalia, en Duña; San Pedro, en Cabezón de la Sal; San Félix y San Doroteo, en Ibio. Es decir, veintitantas iglesias y monasterios con sus dependencias -en algunos casos muy importantes- en una zona relativamente pequeña de aquellos pueblos bárbaros. A estas iglesias dependientes de Santa María de Yermo, sería preciso agregar las pertenecientes a la Colegiata de Santillana del Mar, las de la Colegiata de Castañeda, las del este de la provincia, en la Merindad de Trasmiera, etc., que sino de tanta importancia entonces como la de Yermo, reunían a su alrededor un núero igualmente digno de ser tenido en cuenta.

            En cuanto a las dificultades que presentaban a los peregrinos la orografía acusadísima y la hidrografía abundante, vertical a su paso, también tenemos que hacer nuestras reservas, ya que se encontrarían con muchas posibilidades de salvarlas con facilidad utilizando las calzadas romanas, principalmente la conocida con el nombre de Vía de Agrippa, que cruzaba la provincia de Santander entrando por Castro-Urdiales, atravesando lo que más tarde se conocería con el nombre de Merindad de Trasmiera y con el de Asturias de Santillana. Esta calzada presenta todavía hoy numerosas dificultades de localización, observándose incluso una vía paralela a la misma; una de ellas iba muy ceñida a la costa y la otra más al interior.
Esta última es particularmente interesante para nosotros, ya que es la que pasaba por Santa María de Yermo. El camino entraba en el valle de Torrelavega por La Montaña y por Viérnoles caía sobre Riocorvo, cruzando el río Besaya por un puente romano por el que a su vez tenía paso la calzada que unía Julióbriga (en Reinosa), con el puerto de Santander.

            La toponimia viene en nuestra ayuda en esta zona de Yermo con nombres que confirman la existencia de esta calzada por la que pudieron transitar los peregrinos al amparo de tan numerosas iglesias. Nombres como “Campos de Estrada”; una ermita dedicada a Santo Domingo de la Calzada, en el barrio de Herrera y numerosos lugares en los que se encuentra el nombre de “la calzada”, “vía” y derivados de esta última palabra.

            Esta calzada seguía por Cabezón de la Sal y San Vicente de la Barquera, adentrándose en Asturias y a lo largo de la misma no dejan de ser frecuentes los hospitales y fundaciones
como los que había establecidos en Yermo.

            Nos parece que un estudio meditado de esta época, podría deshacer la leyenda negra que pesa sobre estos años y estos territorios y abriría a Los Amigos del Camino de Santiago la posibilidad de que existiera en los primeros años de la peregrinación un camino de la costa por el que transitaron los pioneros de la misma en los siglos IX, X y hasta el XI, cuando las razzias frecuentes de Almanzor hacían intransitable el camino francés. Camino que si bien no tuvo la trascendencia de la ruta clásica, no por eso debe de ser menospreciado hasta el extremo de llegarse prácticamente a ignorarle

Torrelavega para Estella, a 1 de setiembre de 1.965. Año Santo Compostelano



Comunicación que presenta Aurelio García Cantalapiedra del Seminario de Prehistoria y Arqueología “Sautuola”, en Santander, a la III Semana de Estudios Medievales de Estella.


sábado, 27 de junio de 2020

Los primeros años de la Escuela de Artes y Oficios de Torrelavega

Los primeros años de la Escuela de Artes y Oficios de Torrelavega





         En un artículo que publicamos con ocasión del 25 aniversario de la muerte de D. Hermilio Alcalde del Río, aludíamos a la necesidad de aprovechar estos aniversarios redondos, que provocan con más fuerza el recuerdo de las personas o de los hechos que se celebran. No se debe de desperdiciar ocasión para volver sobre los hombres o los acaeceres significativos, pues, desdichadamente, el tiempo y con él la incuria propia de los humanos, ya se encargan de ir borrándolos de la memoria. Es una obligación moral evitar que pasen inadvertidos; cada uno en la medida de sus fuerzas y posibilidades debemos de airearlos, pues según vamos desapareciendo mueren con nosotros recuerdos que después resultan totalmente irrecuperables. No olvidemos que, como decía cierto escritor, la memoria se va muriendo cada día.

         Algunos de estos recuerdos quizás no tengan interés para los demás, pero no hay duda de que todos tenemos algo que contar, aunque sea en un tanto por ciento pequeño, que provoque cierta curiosidad. España, lamentablemente, es un país en el que no se prodigan los libros de memorias; en general, somos muy modestos en este aspecto y nos parece, que lo que a nosotros nos ha sucedido, carece de interés fuera del grupo reducido con el que nos rodeamos y esto es un error, porque con cada minúscula vida de cada español, se teje la historia de España.

         Nosotros venimos a aportar hoy nuestra colaboración al recuerdo que se merecen la Escuela de Artes y Oficios de Torrelavega y su profesor, don Hermilio Alcalde del Río, sabio prehistoriador, destacado folklorista, honesto escritor y, sobre todo, gran pedagogo. La fama de don Hermilio Alcalde como prehistoriador ha recorrido el mundo. Hay una época en esta rama del saber, realmente cuando se inicia como disciplina de estudio, en la que no se puede prescindir de citar a Alcalde del Río, como ha demostrado ampliamente Benito Madariaga en su libro(1). Pero los científicos que consultan sus obras y comunicaciones, relativos a las investigaciones que realizó sobre los albores de la vida del hombre, no saben que la cota máxima la alcanzó en su labor de maestro; ignoran que en la localidad de Torrelavega, que queda en medio de dos centros importantes de investigación prehistórica, Altamira y Pico del Castillo, realizó Alcalde del Río una labor que no desmerece en altura de la que llevó a cabo en sus años de paciente e inteligente exploración de algunas cuevas. Una labor que se reflejó eficazmente en esa pléyade de alumnos que pasaron por su Escuela.

(1) BENITO MADARTAGA DE LA CAMPA: Hermilio Alcalde del Río. Una escuela de prehistoria en Santander. Ed. Patronato de las Cuevas Prehistóricas de Santander, 1972.


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         La Escuela de Artes y Oficios de Torrelavega, fue una institución que dotó a la clase obrera de esta zona de una preparación, y hasta de una sensibilidad poco frecuente en aquellos años y aun me atrevería a decir que ni en los actuales. y ello se debe al magisterio de don Hermilio, promotor con otros torrelaveguenses de la última década del siglo XIX, de la «Asociación para el fomento de la instrucción de las clases populares», creada en 1892, con el objeto de mantener e impulsar una Escuela de este tipo.

         El entusiasmo con que surgió esta Asociación es notable. Torrelavega se sentía en aquellos momentos con fuerza y con una voluntad tremenda de desarrollo, reflejo quizás de esa engañosa idea de «restauración» o «regeneración» que se respiraba en España y que nos condujo, paradójicamente, al desastre de 1898. Recordemos, volviendo a Torrelavega, que ese mismo año 1892 el pueblo está empeñado en la realización de una obra que parece escapar de las posibilidades humanas de sus convecinos. Solamente la voluntad firme de un hombre como don Ceferino Calderón, podía osar la construcción de un templo como el que habían proyectado, cuya primera piedra se puso el 25 de septiembre de 1892. Pues bien, exactamente cinco días después, el 1º de octubre, quedan redactados los artículos del Reglamento por el que se iba a regir la Asociación para el fomento de la instrucción de las clases populares. En las dos empresas encontramos repetidos algunos nombres, como los de Buenaventura Rodríguez Parets, José María Quijano, Carlos Castañeda, Ramón y José Fernández Hontoria y Joaquín Hoyos.

         Como decía Julio Mayora en un artículo publicado en el diario «Alerta», hasta los títulos de los periódicos de aquella época que se editaban en Torrelavega, reflejaban esta inquietud, esta pujanza hacia el futuro: El Porvenir de Torrelavega, El Impulsor, El Progreso, El Fomento ... Son títulos muy fin de siglo, efectivamente, pero no por eso dejan de tener para nosotros un evidente significado.

         La Asociación promotora de la Escuela de Artes y Oficios, además de las personas que acabamos de citar, contaba, como socios, con Victoriano del Campo, Eugenio Lemus, (un torrelaveguense que era entonces director de la Calcografía Nacional de Madrid), Eduardo Pérez del Molino, Luis Cotera, Lorenzo Guerra, Federico Busch, Emilio Rasquinet, (de nacionalidad belga, que estaba empleado en las minas de Reocín como Ingeniero Químico y que falleció muy poco después de fundarse la Escuela), Federico Herrero, Gilberto Quijano, Bernardo Alcalde (hermano de don Hermilio), Emilio Alvear, Bartolomé Maura, Ricardo Merino, Bernardo Argumosa, Isidoro Ruiz de Villa, Eugenio Carranza, Manuel Rodríguez, Joaquín Cacho Campuzano, Arcadio Varillas, Aurelio Belso, Nicanor Guerra, Alfonso Redón, Calixto Rodríguez, Feliciano Bilbao, Francisco San Pedro... todos nombres dignos de nuestro mejor recuerdo y cuyos descendientes, en su mayor parte viven hoy entre nosotros.

         Pero sobre todo estaba Don Hermilio Alcalde del Río, con 26 años de edad, recién graduado en la Escuela de Pintura, Escultura, Grabado y Arquitectura, de Madrid.

         Don Hermilio era un hombre de la generación del 98; la tan traída y llevada generación del 98. Cuando se produce el desastre de Cuba no puede menos de acusar el golpe, como todos los de su generación y meditar sobre sus causas y consecuencias. España, que había iniciado un proceso regeneracionista en 1875, tras casi un siglo de constante descenso histórico y de luchas internas, parece haber conseguido, como dice Laín Entralgo, «un remanso de paz fecunda y reparadora». Pero esto no era más que un falso espejismo; la progresiva desilusión que se viene produciendo en los últimos años, tiene un violento remate en la pérdida de las colonias que nos quedan, resto de aquel imperio en el que no se ponía el sol.

         En 1869, tres años después del nacimiento de Don Hermilio, había muerto un pensador español que había traído a nuestra patria un saludable aire europeo, que caló, años más tarde, en lo más profundo de la intelectualidad española; nos referimos a Julián Sanz del Río.

         Citamos esto, porque se nos antoja que don Hermilio fue un hombre formado en su escuela, aun cuando lo fuera indirectamente. Y hacemos esta afirmación, después de haber leído algunos de sus discursos de apertura de curso en la Escuela de Artes y Oficios, que luego comentaremos.

         En un reciente libro sobre Ricardo Macías Picavea, montañés significado en el pensamiento krausista, al hablar del ideal de Giner de los Ríos, se dice: «el medio más lógico y eficaz para resolver los litigios, habrá de nacer de la vida interior de los ciudadanos, de manera que en la conformación de esa vida, en el rigor de su idealismo y espiritualidad, en su educación e inquietud culta, y no en el deseo del poder, en el engaño y en las miserables luchas del falso patriotismo, se habrá de hallar la forma de que toda la nación marchase con un paso acomodado al progreso que ansiaba».

         La cita parece que viene a encajar perfectamente en la labor que se propuso y realizó Don Hermilio en su Escuela.

         Pero vamos a centrarnos en el tema que nos hemos propuesto, porque de sobra encontraremos en él argumentos y situaciones que nos dirán cómo fue don Hermilio en estos años de empuje de su juventud.

         El primer curso se inicia en 1892, contando Alcalde del Río con la colaboración del maestro don Lorenzo Guerra, que se ocupó de las clases de preparatorio. Cuando un grupo de alumnos decidió homenajear a su Director el año 1943, éste, en su discurso de agradecimiento se refirió a esta puesta en marcha: «Corría el año 1892 y se echaba de menos en la entonces villa, pero ya promesa pujante, de Torrelavega, un centro de esta clase, donde atender el perfeccionamiento técnico de los distintos oficios».

         Este primer curso 1892-1893, comienza con una matrícula de cuarenta y cuatro alumnos y, «dato curioso -apunta don Hermilio en el citado discurso- el primer alumno matriculado, José Peón Gómez, herrero-cerrajero de oficio, es también quien obtiene el primer premio de honor por decisión del tribunal examinador, al terminar el curso». Las lecciones se inician en los locales de la escuela de la Villa, sitos en la plaza de Baldomero Iglesias, impropios desde el primer momento, y con el pensamiento puesto en alcanzar un lugar adecuado en el que cupiesen todas las ambiciones de sus creadores.

         Durante el segundo curso (1893-1894), el eco que ha alcanzado, merece la atención oficial y la Diputación Provincial y el Ayuntamiento de Torrelavega consignan sendas subvenciones; la Escuela Central de Madrid envía una espléndida colección de modelos; el Ministerio de Fomento una escogida biblioteca; la Calcografía Nacional una magnífica serie de estampas que sirven de estudio para los alumnos. También los particulares se vuelcan sobre la Escuela con donaciones, entre las que hay que hacer resaltar, por su singularidad, la de Federico Herrero, que en un viaje a Estados Unidos adquiere y regala después al Centro, una colección de herramientas que eran lo más moderno que se utilizaba entonces en el mundo.

         Pero quizás el hecho más destacable en estos primeros años, es el triunfo que logran un grupo de sus alumnos en el concurso abierto para realizar el rosetón de piedra que adorna hoy la fachada principal de la Iglesia Parroquial de la Asunción, de Torrelavega. Es sacado a subasta pública y a ella acuden, seguros y animosos -respaldados por su Director- varios alumnos. Años más tarde, en ese discurso de 1943 de que hemos hablado, lo recordaría así, con orgullo, don Hermilio: «Los especialistas canteros catalanes que acababan de construir en Comillas las grandes obras sufragadas por el primer Marqués, no pueden competir con los obreros torrelaveguenses. En la junta administrativa de las obras cunde la sorpresa y el desasosiego. Se ponen reparos. Es necesario que la clarividencia de don Ceferino Calderón ponga el peso de su fe en aquella balanza de indecisión para que se tenga en cuenta la demanda». Es justo citar aquí los nombres de estos muchachos a los que algunos hemos conocido después ya hombres: Florencia y Joaquín Fernández, Federico Gutiérrez, Joaquín, Félix y Teodoro Herreros, José Manuel Casuso y Emilio Andrea. Ellos mismos serían encargados después por la propia junta, de realizar la balaustrada del coro, la del altar mayor y la pila bautismal, así como de levantar la torre.

         Al insistir en estos triunfos, don Hermilio comenta: «Lo consigno porque lo conceptúo un triunfo de la Escuela, ya que aquellos muchachos no tenían más preparación que la recibida en este Centro».

         Al inaugurar el curso 1896-1897, quinto desde que se fundó la Escuela, su director pronuncia un discurso en el que queda plenamente de manifiesto su preocupación por la formación de la clase obrera, que trataba de promocionar. Se queja de la falta de un local suficiente, que obliga a que las clases de dibujo estén mezcladas con las de modelado, vaciado y prácticas de taller y que además impide la creación de un Museo, «privando por tal motivo -dice- al obrero de las enseñanzas que en su formación habían de provenir» Y añade: «Es un acto de justicia, de compensación y de gratitud, todo lo que tienda al mejoramiento de una clase, que al fin y al cabo es la que más contribuye con su óbolo de sudor y de sangre al sostenimiento de las cargas sociales».

         Empezamos aquí a encontrarnos ya con el sobresaliente pedagogo que tratamos de destacar y con el defensor entusiasta de la promoción de los trabajadores.

         Sesenta y siete alumnos tomaron parte en el curso 1895-1896 y en el cuadro de honor establecido al final del mismo, podemos leer nombres que fueron después personas destacadas en sus respectivos oficios: Joaquín Fernández, a quien nos encontramos repetidas veces en este cuadro de honor; Luciano Herrero, Nazario Asensio. Gaspar Leza, Pedro Redón, Victoriano Montoto y su hermano Fernando, José Peón, Gilberto Cotera, Francisco Cotera, Victoriano Daguerre. Vicente Esquivel y Julio G. del Río, hermanastro de don Hermilio. El director está entusiasmado con su obra y termina así su discurso de inauguración del curso 1896-1897, después de haber requerido la colaboración de la Corporación Municipal y del Estado: «Con estas cooperaciones podremos colocar a la Escuela de Artes y Oficios de esta ciudad, en análogas condiciones que otros Centros modelo de este género, formando Museo y Laboratorio, estableciendo talleres y ampliando las actuales enseñanzas, en una palabra completando los elementos actuales hasta construir lo que con mucha propiedad se ha dado en llamar las Universidades del porvenir».

         Vean en estas líneas la gran ilusión y altura de miras que animaba a su Director que en 1896, hace ya setenta y seis años, habla de las «Universidades del porvenir», refiriéndose a unos centros de culturalización de la clase obrera, que hoy estamos viendo desarrollar en algunas naciones del mundo.

         Durante el curso 1897-1898 se registra un hecho luctuoso para la Escuela, el fallecimiento de don Emilio Rasquinet, a quien hemos citado al principio. Este ingeniero belga al servicio de la Real Compañía Asturiana de Minas, llevó su entusiasmo hasta el extremo de testar un legado de cinco mil pesetas a favor del Centro. «Realizó este acto de humanitarismo -se dice en la Memoria del curso- y al propio tiempo de cariño a la clase obrera, haciéndose acreedor a la gratitud eterna de todos los que en este Centro compartimos las tareas de la educación popular». En recuerdo del Sr. Rasquinet estableció la Escuela un premio extraordinario que llevó su nombre, que recayó en José Peón, el cerrajero ajustador que ya se había distinguido desde el primer curso, padre de Rufino Peón, que tanta maestría y premios alcanzó también después en el mismo oficio, y que todos recordamos, y de Salvador Peón, que continúa hoy la tradición en tan difícil y bella profesión. Otro premio de este mismo curso, patrocinado por la Asociación impulsora de la Escuela, fue otorgado a Joaquín Fernández Herreros, «de oficio tallista de piedra», se dice en la concesión, que fue siempre modelo de profesionales y de ciudadanos honestos.

         La Escuela se desenvuelve con este entusiasmo y con una fuerza prometedora. El aumento de matrícula (este curso 86 alumnos), obliga al nombramiento de un profesor auxiliar, pero la escasez de medios económicos no permite que ese cargo sea retribuido y surge para el mismo Julio García del Río, hermanastro de don Hermilio, que se apresta a colaborar desinteresadamente en las clases de dibujo de adorno y figura.

         En enero de 1898 se convoca en Barcelona un certamen con el nombre de IV Exposición de Bellas Artes e Industrias Artísticas y la Escuela se prepara para acudir al mismo. El pueblo de Torrelavega colabora en los gastos que se han de originar, mediante una suscripción pública. Independientemente del éxito obtenido por los alumnos del Centro, hay una circunstancia muy singular, digna de ser considerada hoy, a los setenta y cuatro años de haber ocurrido y que pone en evidencia las dotes pedagógicas de su director, en las que venimos insistiendo. La Escuela, como decimos, se propone acudir a este certamen y don Hermilio con un criterio democrático muy elogiable, anticipándose en muchos años a las normas que rigen hoy en algunos centros de enseñanza, nombra una junta formada por los propios alumnos para que coordinen toda la labor necesaria conducente al fin propuesto. En los pocos escritos que hasta la fecha se han publicado sobre don Hermilio Alcalde del Río, no se ha hecho constar nunca esta visión pedagógica de tan gran alcance. No se conforma con dirigir y dar vida a la Escuela de su creación, sino que piensa y sabe que es precisa la participación de los propios alumnos para dotarla de la eficacia necesaria. Les responsabiliza en las tareas de la Escuela; esto cuando todavía estábamos a finales del siglo XIX, época en la que aún se mantenía el criterio de que la letra con sangre entra. Si don Hermilio no hubiera sido más que esto en su vida; si no hubiera sido el prehistoriador eminente que fue, sería suficiente esta manera de llevar la Escuela de Artes y Oficios para hacerle acreedor a nuestro homenaje y gratitud, por la repercusión que indudablemente tuvo en la forma de ser y comportarse después, en la vida, de sus alumnos, los obreros que frecuentaron la Escuela.

         De aquella Exposición de Barcelona, se traería el premio instituido por la Infanta Doña Isabel. En otra exposición celebrada en Gijón al año siguiente, de las tres medallas de oro concedidas, la segunda fue a manos de nuestra Escuela.

         En el cuadro de honor del curso 1897-1898, del que estamos hablando, figuran con premio, Joaquín Zamanillo, carpintero; Félix Herreros y Emilio Andrea, canteros; Vicente Peña, ajustador mecánico; Joaquín Fernández Herreros, tallista en piedra; Manuel Blanco Gómez, cajista; José Redón, fotógrafo; José Peón, cerrajero-ajustador; Gumersindo Ingelmo, ebanista; Victoriano Daguerre, carpintero y Fermín Cotera, tornero.

         El curso siguiente, 1898-1899, comienza a impartirse ya en nuevos locales. La vieja y muy sentida aspiración de la Escuela, se ha visto coronada por el éxito gracias a la generosa colaboración de don Luis Bachiller, quien habilita unas instalaciones adecuadas en terrenos de su propiedad de la calle Alonso Astúlez. En el nuevo local ya se dispone de un salón destinado a exposiciones y clases preparatorias y otro para clases de dibujo, taller de prácticas y modelado y vaciado, debidamente separados. Las «universidades del porvenir», que había profetizado poco antes su director, parece que están ya en vías de conseguirse. La Escuela va camino de ser algo importante para Torrelavega.

         El desastre colonial de este año 1898, también se acusó en nuestro pueblo.
Don Hermilio Alcalde del Río, hombre de su generación como hemos comentado, hace oír su voz sobre este tema en cuantas ocasiones tiene. He aquí un párrafo de uno de sus discursos de apertura de curso, que es toda una sabia lección. Quizás la cita sea un poco larga, pero creemos que merece la pena: «A raíz del de sastre de nuestras últimas guerras coloniales, y no repuesto nuestro ánimo de la estupefacción y amargura que la pérdida de las colonias nos produjo, se suscitó en todos los espíritus un ansia vivísima de. regeneración que, apartándonos de la rutina y del marasmo en que estábamos sumidos por espacio de cuatro siglos de atrofiamiento intelectual y moral, nos hiciese entrar francamente en las vías del progreso y del mejoramiento por las cuales caminan firme y resueltamente las naciones cultas de Europa... Comprendimos la necesidad de vivir nuestra vida, de cambiar de procedimientos y de variar radicalmente el concepto de aquélla; de moralizar las costumbres y elevar la cultura general, particularmente y muy especialmente, la de la masa popular, atrasada en más de un siglo entre nosotros, respecto de Bélgica, Francia y Alemania, como he tenido ocasión de observar personalmente. Nos persuadimos de la urgencia de mejorar la enseñanza general y especialmente la profesional, la Popular, la de industrias, artes y oficios». Lleva más lejos su crítica y añade: «No ha habido Ministro que no haya ido al ministerio con un plan de reformas enmendando o deshaciendo la obra de su antecesor... Por este camino no vamos a ningún resultado serio y práctico».

         Consideramos muy interesante este discurso de don Hermilio para comprender su inquietud y su afán. Habla en él de «nuestra ingénita y tradicional pereza». Se admira de los resultados que observa en su viaje a Perís, con motivo de la Exposición Universal, donde tiene ocasión de comprobar las diferencias con nosotros al enfocar los problemas de la educación obrera.

         Y a esta falta de preparación de la clase trabajadora en nuestro país, de la que nadie se había preocupado, atribuye en el mismo escrito el fracaso de numerosas industrias. Con estos discursos y escritos, el director iba complementando la formación de los alumnos, uniendo al perfeccionamiento técnico, el cultivo de la mente.

         Había acudido a París en 1900, como hemos indicado, con motivo de la Exposición Universal, acompañado de los alumnos distinguidos José Peón Gómez y Joaquín Fernández Herreros, presentando diversos trabajos con los que consiguieron la primera medalla de plata. El «tallista en piedra», Joaquín Fernández, asombró a algunos miembros del Comité Organizador de la Exposición, con su destreza y dinamismo en ciertos trabajos que realizó «in situ», durante los días de permanencia en la capital francesa.

         En el curso 1902-1903, la Escuela cuenta con una matrícula de 101 alumnos. En los premios de este año aparecen nombres que, como aquellos que he citado anteriormente, resuenan hoy para nosotros, en el eco de sus descendientes: Lorenzo Berrazueta, Prudencia Velarde, Virgilio Herreros, Vicente Hidalgo, Arsenio Palacios, José Redón, Pedro Bolado...

         En el año siguiente, la matrícula continúa subiendo; ahora, son 109 alumnos y un completo cuadro de disciplinas a estudiar: matemáticas y geometría; dibujo geométrico industrial; dibujo artístico industrial, dibujo artístico, colorido ornamental y composición; modelado, vaciado y prácticas de taller. Las recompensas con premio recayeron en Luis Villegas, cantero; José Oreña, agricultor; Virgilio Herreros, carpintero; Florencio Fernández, marmolista; Félix Herreros, cantero; Manuel Martínez, ebanista; Rafael Marín, estudiante; Nazario Asensio, confitero; José Redón, fotógrafo; Ángel Herreros, carpintero y Antonio Gutiérrez, naturalista.

         Vuelvo a insistir en la importancia que tuvo para Torrelavega esta Escuela. Piensen en esa serie de oficios que aparecen junto a los nombres y en los numerosos maestros de cada profesión que salieron de ella, que a su vez trasladaron a sus ayudantes y aprendices el magisterio que ellos habían adquirido.

         Nuevos nombres aparecen en el cuadro de honor de 1904-1905: José Llata, agricultor; Cipriano Mirones, carpintero; Ángel Medicuchía, herrero, Feliciano Montaña, ebanista; Donato Balbás, jardinero; Ignacio Martínez, comerciante...

         Muchos, muchos de estos nombres han representado hasta hace relativamente poco tiempo, a talleres y actividades brillantes. Tenemos que pensar, con la seguridad que nos permite la dedicación y entrega a su labor de don Hermilio, que él, con su Escuela, fue parte importantísima en esta prosperidad profesional que vivió Torrelavega después.

         La apertura del curso siguiente (1905-1906), que hace el número quince de los que impartió la Escuela, adquiere una especial importancia, ya que el discurso inaugural corre a cargo de don Isidoro Ruiz de Villa, Presidente de la Asociación protectora del Centro y, el propio Alcalde, el Barón de Peramola, se suma al acto clausurándole con unas palabras de elogio para la Escuela y su director.

         Pero antes de referirnos al discurso del Sr. Ruiz de Villa, detengámonos unos momentos en las palabras que pronunció el director, pues todos los escritos y discursos de don Hermilio de aquella época nos van revelando la personalidad de su autor. La lectura de estas páginas nos da a conocer su amplia formación humanística y su orientación decidida y desinteresada hacia los hombres de Torrelavega que formaban la clase obrera que él trataba de elevar, dolido por aquella comparación que había saltado insultante a sus ojos en la visita ocasional a Francia a que antes nos hemos referido. Insiste machaconamente en la comparación de nuestro proletariado con el del extranjero, con la sana intención de su redención: «La labor educativa de la Escuela de Artes y Oficios o de Artes Industriales -se lee en uno de estos escritos- es de alta transcendencia social y uno de los sostenes que más sólidamente se han de afianzar para conseguir llegar al ingreso de nuestra patria en el concierto de los países modernos».

         Fíjense que son palabras escritas hace más de medio siglo. Al hacer notar que España, tras un breve período de intento de despegue después del desastre de 1898, parece acusar un estacionamiento en la evolución emprendida, no vacila en afirmar que una de las causas es la escasa formación del obrero: «Es preciso multiplicar el número de Escuelas, fomentar la instrucción primaria y acrecentar y mejorar las Escuelas de Artes y Oficios».

         La lección dictada por don Hermilio en la apertura de este curso, fue muy importante. En otro pasaje de ella alude a la enseñanza artística haciendo hincapié en que deben de ser iniciadas desde la niñez: «No ya sólo por lo que estas enseñanzas encierran de útil -dice- en cuanto son susceptibles de múltiples aplicaciones prácticas, sino también por la emoción estética que despierta en el espíritu de los niños el elemento de lo bello que señaladísimamente contienen». «Muéstrense a los niños en las paredes de la escuela -continúa- entre los demás materiales de enseñanza, estampas y reproducciones de buenos modelos que les den idea perfecta, por ejemplo, de un trozo arquitectónico de la fachada de un suntuoso edificio; pinturas y esculturas determinadas de los buenos maestros; póngase al alcance de su mirada ora colecciones de tapices, ora de orfebrería, en que aprecien los exquisitos detalles de su repujado o cincelado, ya de talla y cerrajería artística... Y, sobre todo, déjese al alcance de su mano, dibujos y carpetas que hojeen libremente».

         Si no hubiéramos leído estas páginas en un impreso de la época, podríamos dudar de si estarían escritas en los momentos actuales, dictadas de cara a la nueva Enseñanza General Básica.

         Y cuando más adelante explica lo que él entiende como continuación de esa educación, dice: «juntamente con los estudiantes del bachillerato coexistirán los obreros, los artesanos, que también tienen derecho a percibir lo bello y a atesorar lo útil».

         No dudamos en transcribir tantas citas de don Hermilio, porque creemos que para el fin que nos hemos propuesto, son mucho más elocuentes sus propias palabras que las que podamos decir nosotros. Algunas de las teorías pedagógicas que Alcalde del Río propugna entonces, son hoy habituales en nuestros centros de enseñanza, por eso insistimos en que hay que verlas situadas en la época en que se expusieron.

         Queremos destacar también en este proemio a la inauguración del curso 1905-1906, un párrafo del discurso inaugural porque es una buena muestra de la inquietud intelectual de su autor y de su visión moderna de los estudios: «Ni en nuestros Institutos -comenta-, ni en nuestras Universidades, se cursa la Historia del Arte, como si para conocer la vida de un pueblo bastase el saber el índice cronológico de los reyes y la descripción de sus batallas, mientras se ignoran por completo las características de las artes que en él florecieron, en sus diversas épocas, reflejando las distintas civilizaciones que en él se asentaron y marcando los movimientos industriales que en el mismo se desenvolvieron».

         Como pueden ver, cada escrito de Alcalde del Río que traemos a colación, nos pone delante de un hombre rebosante de una preocupación humanística verdaderamente importante. Ese estudio de los movimientos industriales dentro de la historia, que don Hermilio reclama en 1906, sólo ha sido realizado hace bien pocos años y las más notables escuelas actuales, han emprendido esa ruta recientemente.

         No terminaremos este comentario al curso 1905-1906, sin aludir a las palabras del Sr. Ruiz de Villa, en las que pone de manifiesto cómo la Escuela está cumpliendo a la perfección su cometido «iniciando a los jóvenes obreros en el conocimiento de las artes industriales, con la enseñanza del dibujo de todos los órdenes... despertando en ellos el sentimiento de la belleza».

         En el cuadro de honor de fin de curso, junto a nombres que hemos visto en años anteriores, surgen algunos nuevos: Agustín Revuelta, estudiante; Justo Ibarrondo, carpintero; José Oruña, carpintero; Carlos Lamsfus, ajustador; Abelardo Fernández, marmolista; Domingo y Luis Alonso, ajustadores ...

         ¡Qué hermosa preocupación la de aquellos hombres! Merece la pena que dejemos aquí constancia de quiénes fueron, con nuestro recuerdo agradecido y para que sirva de orgullo a sus descendientes. A la lista que dimos al principio de estas notas, en la que figuraban los socios fundadores de la «Asociación para el fomento de la instrucción de las clases populares», se unieron en estos años iniciales a que venimos aludiendo, Adolfo Ruiz de Rebolledo, Alfredo Sáinz, el Barón de Peramola, Cesáreo Varela, Francisco Teira, Manuel González Tánago, el Conde de Torreanaz, Eladio Hoyos, Gregorio del Campo, Jacobo Díaz y José Luis G. Obregón.



Texto de la conferencia pronunciada en Torrelavega en el XXV Aniversario de la muerte de D. Hermilio Alcalde del Río. Publicado posteriormente en: La revista Altamira, del Centro de Estudios Montañeses en 1974