lunes, 21 de marzo de 2022

DÍA DE LA POESÍA

 

REVISTAS ESPAÑOLAS DE POESÍA

 

 


 

            La inclusión en estas Jornadas de Poesía del tema de las revistas, es una prueba más del interés que han despertado de cara a una mejor comprensión de la literatura poética de los últimos 50 años. Los estudiosos del tema han llegado a la conclusión de que sin el conocimiento de estas publicaciones, quedaría marginada la fuente más importante de datos de que disponemos para este fin; y a1 escudriñar sus páginas se han encontrado con una realidad sorprendente: las revistas poéticas del periodo de la guerra civil y posguerra, al cual me voy a referir, fueron herramientas imprescindibles en el desarrollo de la poesía de entonces. El interés de aquellas publicaciones, hoy prácticamente inencontrables en el mercado habitual,  a llegado incluso a propiciar su edición facsimilar que, a pesar de su elevado costo, son absorbidas ávidamente por el público. Estas reproducciones -algunas muy fieles-, y los estudios que se vienen haciendo apoyados en la serenidad que reportan ya los años transcurridos, nos sitúan en condiciones para valorar con un cierta rigor la poesía de la posguerra y al mismo tiempo reconocer la aportación que han supuesto las revistas.

 


            Nuestro reciente Premio Nobel, Vicente Aleixandre, refiriéndose a ellas, destacó ya en 1951, en la publicación gerundense Ámbito, que era un "fenómeno que había que analizar algún día para apreciar su cabal sentido y significación." Y el profesor Víctor García de la Concha afirma en su libro La poesía española de posguerra que "todo intento de comprensión crítica del proceso evolutivo de la poesía de la posguerra española, ha de cimentarse en un estudio detallado y riguroso de las revistas publicadas entonces." Fanny Rubio insiste en el libro Las revistas poéticas españolas: “Es imposible -dice- acercarse a la historia literaria de nuestra guerra sin considerar en profundidad el material y documentación que permanece encerrado en esas publicaciones periódicas.”

 

            Como ustedes ven, se ofrece ante nosotros un mundo apasionante, en el que hemos de adentrarnos siempre que pretendamos conocer en toda su dimensión esa época poética de nuestra literatura. Una época que las circunstancias en que transcurrió y los poetas que la vivieron, la llenan de valioso contenido.

 

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            En mis palabras de esta tarde, me voy a referir únicamente a las revistas de poesía -o literarias en general con dedicación de alguna manera a lo poético-, que aparecieron en los años comprendidos entre 1936 y 1950, como les he dicho al principio. Son quince años que habría que analizar, en todos los aspectos, con el anteojo de la razón vital de Ortega. Ustedes, a pesar de su juventud, conocen la inmensa tragedia que encerraron para los españoles de entonces; este conocimiento me permite saltar por encima de las circunstancias, con todo el respeto que nos merecen, con el fin de ceñirnos más al tema que nos hemos propuesto, aún cuando sin perderlas de vis, lo que nos permitirá abreviar min intervención para bien de todos.

 

            Dando pues por conocido ese mundo y teniéndole siempre presente en nuestra mente, entremos en el argumento de hoy, para lo que voy a dividir el periodo que me he fijado, en dos etapas: la primera, la de los años de la guerra, de 1936 a 1939, y la segunda, la de la inmediata posguerra, hasta 1950. Los dos periodos es preciso subdividirlos a su vez en otros dos; en el primero el de las dos zonas en que quedó partida España durante la guerra; en el segundo será necesario distinguir la labor de los españoles del interior de la de los españoles trasterrados. Como ven, siempre las dos Españas propicias en el verso de Antonio Machado a helar el corazón de los españolitos que lleguen al mundo. Quizás fuera preciso tener en cuenta también, entre los españoles del interior, las intenciones y creencias de los que militaron en uno y el otro bando, que obligaría a volverlo a dividir, pero esto nos llevaría lejos de nuestro propósito de hoy y no cabría ya en el tiempo que nos ha sido señalado.

 

            De las dos zonas geográficas en que permanece separada España desde 1936 a 1939, nadie puede negar hoy, en un estudio objetivo del problema, que en la España franquista contaron muy poco, por no decir nada, las revistas de poesía; la única que se puede citar es Isla, la publicación de Pérez-Clotet,  en Jerez de la Frontera, en su segunda época, de 1937 a 1940. Si a esto le añadimos las libros de poesía que aparecieron en esos años en una y otra zona, quedaría suficientemente claro de que lado se iba a inclinar la balanza. De tal modo que, a cuarenta años vista y teniendo en cuenta que nos encontramos en el desarrollo de unas jornadas poéticas, se puede decir, cuidando de que esto no se interprete como una frivolidad, que si los ejércitos franquistas ganaron las batallas militares, las poéticas fueron ganadas por los hombres de la Republica. Recordemos que del lado del gobierno de Madrid habían quedado los más prestigiosos poetas del momento, y que de su empeño y entrega iban a nacer unas publicaciones periódicas y unos libros de excepcional categoría.

 

            Veamos la primera parte, la centrada en 1936-1939.

 

            Cundo parecía que las horas que se vivían no daban más que para pensar en la lucha despiadada en que nos habíamos visto envueltos, en uno de los dos campos de batalla, en el que permanecía leal al gobierno legalmente constituido, no cesa la inquietud intelectual, más bien se acrecienta; los hombres del espíritu se agrupan en la Alianza de Intelectuales Antifascistas, que se encarga de canalizar la mayor parte de las actividades culturales de la zona. Al frente de la Alianza, como elementos más destacados, Rafael Alberti y su mujer, María Teresa de León, con Manolo Altolaguirre. A la labor de este grupo se uniría la desarrollada por el servicio de cultura creado en el Quinto Regimiento y la de la Casa de la Cultura en Valencia y Barcelona; ésta última entidad buscando un nivel intelectual más elevado.

 

            En este periodo y en esta zona es imprescindible citar tres revistas: Hora de España, El Mono Azul y Madrid, cuadernos de la Casa de la Cultura.

 

            El Mono Azul fue una publicación singular, que tuvo una orientación netamente popular; estaba dirigida al lector ocasional de las trincheras, poco habituado a este tipo de lecturas y pretendió recoger la obra poética, o seudopoética, de los combatientes, arropada entre romances de los poetas consagrados.

 

            Madrid fue una publicación de gran empaque; buen papel, buenas reproducciones y buenos propósitos, pero quizás fuera de la realidad que se estaba viviendo. Si no se tomara la expresión en sentido despectivo, me atrevería a recordar aquí el slogan tan repetido y tan acertado, que circulaba por Santander cuando nuestra provincia se mantenía todavía al lado del gobierno de Madrid y que decía: "menos cerveza y más fortificaciones". A la revista Madrid se le podría aplicar la frase, pues en las fechas de su publicación existían unas necesidades militares perentorias que la presencia de esta revista de lujo parecía olvidar.

 

            He dejado para el final Hora de España, para detenerme un poco más. Nunca antes y ni posiblemente después, se ha publicado en nuestro país una revista de semejante categoría intelectual. Sin el lujo de Madrid pero con una primorosa calidad tipográfica y de contenido, Hora de España será ejemplo siempre del bien hacer en este tipo de publicaciones. En todos los aspectos está de manifiesto de forma clara la mano de Manuel Altolaguirre, el artesano maravilloso de Litoral, la revista malagueña. El contenido, de los 23 números que llegaron a publicar es de imprescindible lectura para el cabal conocimiento de la poesía de la guerra civil; en ella se nos ofrecen las primicias de algunos de los libros de poesía más importantes este siglo XX, como España en el corazón, de Neruda; De un momento a otro, de Alberti; Llanto en la sangre, de Emilio Prados, o España aparta de mí este cáliz, de Vallejo. Una poesía de acentuadas resonancias guerreras o elegiacas, propias de la ocasión en que se crea. La mayor parte de los poemas que aparecieron en Hora de España, a pesar de responder a exigencias muy circunstanciales y por lo tanto estar expuestas a reflejar unas vivencias momentáneas, se mantienen en una lectura de hoy con un rango verdaderamente excepcional.

 

            De la zona franquista ya he hecho referencia a la nula presencia de revistas poéticas con la excepción de Isla.

 

            Indudablemente en el bando de Burgos existían intelectuales que podían haber desarrollado una labor aceptable en éste sentido; no olvidemos los nombres de los hermanos Panero, Dionisio Ridruejo, Luis Rosales, Vivanco, Tovar, Laín -los hombres de la generación de 1936-; nuestro Gerardo Diego y Manuel Machado y hasta José María Pemán (no estoy estableciendo una tabla comparativa con los del otro bando), pero fue una zona en la que lo intelectual quedó subordinado totalmente al objetivo prioritario de ganar la guerra. ¿Romanticismo en un lado y pragmatismo en el otro?... No me atrevo a calificarlo.

 

            No tenemos tiempo para extendernos más en este primer periodo que hemos considerado. Pasemos al segundo, al de la posguerra, que hemos convenido en limitar a los años cuarenta, pues de otra manera habríamos de resumir en exceso. Por otra parte, esos diez años constituyeron una base de partida importantísima para lo que vino después, y que en ellos tuvo su apoyo.

 

            Hemos hablado al principio de que esta segunda parte también había que dividirla en dos: por un lado hay que considerar lo que se ha llamado la España interior, vivida por los hombres que por unas u otras razones se quedaron sobre el suelo patrio; por el otro, la de los españoles que se vieron obligados a buscar raíces fuera de la geografía hispana; los trasterrados, en frase feliz de Juan Larrea. Y aun dentro de estos grandes grupos sería preciso matizar algo más, pues como dije antes refiriéndome a la España interior, ésta estuvo tipificada por dos posturas: la de los vencedores y la de los vencidos, aferrados ambos a las ideas y creencias que habían defendido en los tres años de lucha. Esto propició el que el bando de los vencidos se sintiera totalmente afín con los exiliados, hasta el extremo de considerarse, de alguna manera, como el exilio interior.

 

            En cuanto a los trasterrados, si bien en un principio estuvieron unidos en una cohesión de defensa humanamente normal, pasados los años se produjeron colisiones no menos humanas a las que lleva la necesidad material de sobrevivir... Pero antes ya apunte que siguiendo este camino nos íbamos a ir demasiado lejos del tiempo previsto. Únicamente quiero insistir en que ya poseemos la suficiente perspectiva histórica para desterrar la tajante opinión sin matizar, de que los que se quedaron fueron los malos y los que se marcharon los buenos o viceversa, como en una película de cow-boys. Hay que verlo todo "a la altura de las circunstancias" como quería don Antonio Machado.

 

            Entre los exiliados, con la imagen de España todavía próxima a los ojos y la seguridad de una vuelta pronta, surgieron importantes publicaciones, un poco como continuación de lo que habían hecho en el periodo anterior, en las que se repiten los nombres de los colaboradores. Si bien las revistas que surgieron en la esperanzada ausencia del exilio, no fueron eminentemente poéticas, es preciso señalar que la poesía estuvo siempre presente en ellas. Sin perder apenas comba, un grupo de españoles que se trasladan por vía marítima desde Francia a Méjico, editan una revista; se llamaba Sinaia, como el barco en el que iban, y estuvo a cargo principalmente de Manuel Andujar. La tirada era en multicopista y en ella apareció un poema a México de Pedro Garfias.

 

            Ya en Méjico, la primera publicación literaria de los hombres del exilio fue España Peregrina, bajo la dirección de José Bergamín (a quien se debe el título) y de Josep Carner, Juan Larrea y Eugenio Imaz, a quienes se incorporaría más tarde León Felipe. El primer número se abrió con un Manifiesto que pretendía ser la respuesta cultural de la emigración a la dictadura franquista y que yo tuve la suerte de oír de labios de Juan Larrea, en Méjico, hace unos años, en una lectura pública nostálgica y apasionada. “Consumada la tragedia que ha padecido nuestro pueblo español…”

 

            A España Peregrina seguirían en orden cronológico, Romance. Uno de sus fundadores, Antonio Sánchez Barbudo, escribió: "Queriamos que el intelectual se acercase al pueblo y viceversa. Hacer una revista de masas, que a la vez fuese culta."

 

            Después vendría Litoral, en su segundo empeño; el primero fue el glorioso de Málaga. No fueron más que tres números los que publicaron en Méjico, dedicados con preferencia a la poesía, destacando también las prosas de grandes poetas.

 

            En octubre de 1946 apareció una nueva revista, con el título de Las Españas, al cuidado de Manuel Andujar y José Ramón Arana, de la que daré cuenta únicamente de su primera etapa, que comprendió desde octubre de 1946, fecha del número primero, hasta agosto de 1950. Merece especial mención a propósito de esta revista, el que a su alrededor te creo el grupo de “Amigos de Las Españas”, del que procedería más adelante el Ateneo Español en México.

 

            Tiene una larga y atrayente historia La Española después de 1950, pero se sale de fecha para nosotros y hasta del tema.

 

            En la imposibilidad de comentar otras revistas del exilio, las citaré por lo menos, como homenaje al esfuerzo y la dedicación de aquellos hombres, que pusieron en ellas todo su empeño y saber: en Méjico, Ultramar, 1947, Presencia, Clavileño, en 1948. En Colombia, Espiral, 1944; En Cuba, Nuestra España, 1939; en Argentina, Cabalgata, 1946; en Francia, Revista de Catalunya, continuación de la que se había venido publicando en Barcelona con este mismo nombre. Sin una destacada presencia de lo poético, no faltan sin embargo en cada una de ellas, con frecuencia, poemas importantes.

 

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            Los años cuarenta en la España interior, desde un punto de vista poético, fueron de singular transcendencia, como ha quedado apuntado en renglones anteriores, y en ellos destacaron las revistas con inusitada fuerza. En el número doce de La Estafeta Literaria, de fecha 10 de setiembre de 1944, apareció una historia de parte de estas revistas de poesía que veían la luz en aquel momento, escrita por colaboradores de las propias revistas. Salió bajo el profético titulo de "He aquí a la literatura de mañana" y constituye un vivo documento para la iniciación del estudio de esta parcela de la literatura. Digamos de paso que La Estafeta llevó a cabo una labor divulgadora de nuestra poesía muy oportuna, resultando de gran interés el conocimiento de los cuarenta números que publicó en esta primera época. En el número doce que he citado, se hacían ya la pregunta de “qué dirá la historia de nuestra poesía actual” Y afirmaban a continuación: “Si difícil es profetizarlo, no lo tanto prever que bien pudieran considerar este periodo los futuros profesores de literatura, como uno de los más fecundos en tentativas y experimentos poéticos.” Fíjense que hablaban de tentativas y experimentos que se iban encauzando par las revistas sin transformarse en libros precipitadamente. Lo que si se puede insistir es en que constituyó un periodo de aprendizaje importante, que, cuando se llegó a traducir en libros, dio lugar a una serie de obras que se mantienen hoy dignamente en nuestras bibliotecas.

 

            En un análisis estadístico de los que cita Poesía Española en el número especial que dedicó a las revistas de poesía o en muy estrecha relación con la poesía en los primeros sesenta años del siglo, aparecen nada menos que 64 publicaciones como nacidas en la década de los cuarenta, cifra impresionante y significativa.

 

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            Hemos dicho al principio que consideramos suficientemente conocida la situación socio-política y económica de la época, lo que nos permite avanzar en nuestro comentario sin tener que referirnos a ello, para evitar que el tema se alargue en exceso.

 

            Quizás el primer intento de agrupar a los poetas que escribían entonces, fue el del suplemento SI, del diario Arriba, que apareció el 19 de abril de 1942. Adolece, como cabía esperar, de que la nómina que reúne está muy mediatizada por unos condicionados que dejan fuera de ella nombres de los que normalmente no se hubiera podido prescindir. "Pretendemos ofrecer -decía el editorial del suplemento-, un panorama literario lo más completo posible del tiempo que aproximadamente brota de nuestra guerra." Siguen poemas de Manuel Machado, que abre el número con un soneto publicado a toda pagina y con todos los honores; y en páginas sucesivas van los hermanos Panero, Alfaro, Vivanco, Garciasol, Foxa, Muelas, Rosales, Ridruejo, García Nieto y otros poetas más o menos menores. La selección, como ustedes pueden ver, está marcada, en cuanto a la casi totalidad de los nombres, por una orientación determinada. Destaquemos como ausencias a tener en cuenta, Gerardo Diego, Vicente Aleixandre y Dámaso Alonso. La explicación del criterio con que está hecha la selección podemos buscarla en otros párrafos del mismo editorial, cuando alude al tipo de poesía que se venía haciendo en España después de la guerra: "Representa -escriben- el paso de la llamada poesía pura a la que pudiéramos denominar poesía viva. Hoy vuelven a buscarse en el campo de la experiencia vital, en el conocimiento que deja el acontecer sobre la sangre, lo que antes se espigaba en una pura actividad del intelecto o del ingenio." El soneto, que habría de adquirir su máximo auge inmediatamente, con la revista Garcilaso, no está muy representado todavía en esta selección, o por lo menos no lo está tanto como pudiera esperarse.

 

            En este mundo de 1942, la poesía española está derramada en varios frentes. Por un lado, la fracción más importante de los hombres que habían publicado poesía antes de 1936, ha marchado al exilio. De este grupo de cabeza habían quedado en el país, los tres poetas que acabo de citar hace un momento, Diego, Aleixandre y Dámaso Alonso; de los tres, únicamente el último publicaría un libro en el que se reflejaría de alguna manera “el acontecer sobre la sangre” que pedían desde Arriba. Aludo a Hijos de la ira, de 1944, que años más tarde se pudo decir que en él “están muchos de los antecedentes, muchas de las causa que justificaron la llamada poesía social, el tremendismo, y la dramatización de los problemas del hombre como individuo y como colectividad.” Fuera de esa línea quedaban Ángeles de Compostela y Alondra de Verdad, aparecidos en 1940 y 1941, y en cierto modo Sombra del Paraíso, de Vicente Aleixandre, también de 1944.

 

            Cuando en este año de 1944 La Estafeta nos da su número 12 con la información a que he aludido, se asoman a sus páginas las siguientes revistas: Cauces, de Jerez de la Frontera; Corcel, de Valencia; Garcilaso, de Madrid; Intimidad poética, Tabarca y Sigüenza, de Alicante; Proel, de Santander; Espadaña, de León; Entregas de Poesía, de Barcelona y Lazarillo, de Salamanca. No son todas las que salían aquel año, pero entre ellas están las que han tenido una mayor resonancia. Cada una tiene unas características propias: Las de Garcilaso las fija Felix Grande diciendo que "aparece y avanza amamantándose en el retroceso"; Espadaña se define así misma en un editorial, diciendo "nacimos proyectados por los hombres y por las cosas -que son vida- y en ella nos reintegramos, quizás sintiendo que le debemos parte muy principal de nuestra fuerza creadora."

 

            En la colección de Espadaña podemos ver como esta revista va a conseguir, con una nómina de colaboradores muy distinta a la que reunía Arriba en su suplemento, una aproximación a los objetivos que este periódico pretendía al decir que lo que ellos querían era ofrecer el paso de la llamada poesía pura a lo que se podría denominar poesía viva. Claro que Espadaña con muy distintos planteamientos, pues en el número 39 de la revista “asomó un húmero de Cesar Vallejo” como muy gráficamente comenta Félix Grande. La polémicas en defensa de las propias posturas éticas y estéticas, se sucedieron. En el numero 40, Espadaña se siente muy viva, aun cuando ya iba de cara al final de su existencia y trata de provocar a las demás en forma airada: “Vivimos una época de luchas tremendas -dicen- de polémicas gesticulantes y gritos desaforados. Y como si fuese un paraíso poblado de evadidos del mundo circundante, el campo de la poesía española no conoce la lucha ni hierve en la polémica.”

 

            Esta polémica buscada constantemente por los de Espadaña, ya aparecía encendida en La Estafeta Literaria que bajo la inteligente orientación de Juan Aparicio desde la Dirección General de Prensa, procuraba fomentar las discusiones en este terreno que, al fin y al cabo, nunca podrían hacer llegar la sangre al rio. Todavía la poesía en España no estaba cargada de futuro, por lo menos en el sentido que apuntaría más tarde Gabriel Celaya. Sería momento de recoger aquí algunos aspectos de este encono, con la intervención de Pedro Caba y Jesús Juan Garces en La Estafeta, pero no podemos detenernos en ellos. ¡Qué importante fue para la poesía de los años cuarenta este ambiente que ayudó a depurar los conceptos y las formas, en muchas ocasiones! Esta polémica que dejo apuntada nada más, tuvo lugar, precisamente, en ese año1944, en el que se iba a producir el gran salto adelante de la poesía española de la posguerra.

 

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            Sobre este breve mosaico de introducción al mundo de las revistas poéticas de la década de los cuarenta, sin duda muy desdibujado por la necesidad de abreviarle, veamos, como final, en forma también muy resumida, algunos aspectos de las más significativas revistas de entonces, con lo que pretendo redondear el tema hasta donde ello sea posible.

 

            Empecemos por Corcel, la revista valenciana que fundó y dirigió Ricardo Blasco con la colaboración importante de Jorge Campos y José Luis Hidalgo, y empezamos por ella porque fue la primera en el tiempo, ya que su número uno apareció en noviembre de 1942. Aún a riesgo de que pueda parecer a alguno de que es propaganda, no tengo más remedio que decirles que para un conocimiento más amplio de lo que fue esta revista pueden recurrir al número 6 de Peña Labra, que dedicamos íntegramente a Corcel. La publicación de Ricardo Blasco pudo alcanzar gran independencia gracias a que no tuvo más protección económica que la que le proporcionaban los suscriptores, pues a ellos estaban destinados los 300 ejemplares que tiraban. También Corcel tuvo su manifiesto o "Propósito", como su director le llamó: "servir a la poesía -decía- y que por tal entiende toda defensa y aliento de la verdad poética. O sea: de la expresión vital, suprema y humana, de lo que, enraizado e inexpresable en el corazón del poeta, toma curso, como la sangre, libre de todo encasillado o moda." Como ven otra vez aparece la sangre en una definición poética.

 

            Una anécdota de esta revista nos permite comentar las dificultades de todo genero que representaba la censura en aquella época. Cuando intentaron publicar una colección de poemas de José Luis Hidalgo, los que este recogería después con el título de Los Animales, el censor prohibió la inclusión del titulado "Caballo" por entender que era una blasfemia el verso que decía "tratando a Dios de Tu como un hermano". Es una muestra más indicativa do los escollos con los que tropezaban los animosos creadores de publicaciones de este tipo.

 

            Garcilaso nació en mayo de 1943. Desde el primer momento fue objeto de duros ataques y no menos vioentas defensas, desde todas las direcciones poéticas, cosa que pienso que resultó sana para los fundadores y colaboradores habituales. Eugenio de Nora, cofundador más tarde de Espadaña, escribió en la revista Cisneros, que los sonetos que publicaban los garcilasistas eran puro virtuosismo, y ya sabemos con que intención era empleado el termino, y no vaciló Nora en llamar a la poesía que aparecía en Garcilaso, engolada, sin sangre, presumida, de mal gusto. En El Español se publicó entonces un artículo en el que al referirse a esta revista se decía que lo que se nos venía encima con estos versos era peor que un neoromanticismo, era la cursilería integral.

 

            Es difícil encontrar una publicación de este genero que haya tenido que aguantar mayor cantidad de agrias censuras. Contra esta avalancha se defendieron sus colaboradores y José García Nieto, director de la revista, escribió entonces con serenidad y elegancia: "Tiempo al tiempo, por favor" y creo que tuvo razón, pues hoy, desde la altura que proporcionan los años es preciso reconocer el interés poético que se encierran en sus 36 números. ¿Por qué esta irritación tan violenta? Aparte de razones de otro tipo que pudieron influir en ello, como las políticas, ya que fue una revista que gozo de la protección de la Dirección General de Prensa, creo que la orientación que la pretendió dar su director contribuyó a ello, pues pecó de una excesiva devoción hacia un libro que había influido sobremanera en él. Me refiero a Abril, de Luis Rosales. El acento de este libro, la perfección formal, la elegancia de la expresión, todo parece haberse pasado con armas y bagaje a Garcilaso, lo que dio lugar a ese empalago provocado por tanto soneto que se tradujo en un cansancio natural y en una reacción lenta, pero firme, hacia la poesía que "fluía del acontecer de la sangre"

 

            Por las páginas de Garcilaso pasaron prácticamente todos los que hacían poesía entonces en la España interior: Aleixandre, Dámaso Alonso, Gerardo Diego, Alfaro, Alonso Alcalde, Azcoaga, Ricardo Blasco, Bousoño, Cano, Cela, Carmen Conde, Crémer, Gaos, Garciasol, Hidalgo, Hierro, Maruri, Manuel Machado, Panero, Ridruejo, Valverde, Vivanco y un larguísimo etcétera de cerca de 200 autores.

 

            Proel, la revista santanderina de la década de los cuarenta, nació realmente sin un criterio de grupo definido. Se trataba de hacer una publicación para recoger la producción de los vates locales, sin más pretensiones iniciales; pero por el entusiasmo de sus fundadores y el apoyo decidido de su mecenas, Joaquín Reguera Sevilla, y del director, Pedro Gómez Cantolla, pronto se les marchó de las manos, hasta llegar a convertirse, sobre todo en la segunda época, en una de las distinguidas. Realmente no llegó a crear un estado de opinión y esto no se debe achacar a la dependencia económica a que estaba sujeta la revista, como podría pensarse, ya que tanto su mecenas, como el director, fueron hombres de un abierto sentido liberal. Lo siento, pero nuevamente me veo obligado a hacer autopropaganda citando Peña Labra pues el número 8 le dedicamos a estudiar testa revista desde los años de hoy.

 

            Como dentro de breves días les va a hablar a ustedes José Manuel González Herrán de la poesía cántabra de posguerra y estoy seguro de que les dará cabal cuenta de Proel, yo no insisto en ello.

 

            En mayo de 1944 se publicó en León el primer número de Espadaña, la revista de Nora, Crémer y Lama, que ha sido, posiblemente, la que ha provocado más estudios y más importantes que cualquier otra de las de su época. Como hemos visto en lo que les he dicho anteriormente, nació para la polémica. Cremer, que fue alma y vida de la misma hasta su final, escribió en uno de los números: "Va a ser necesario gritar nuestro verso actual contra las cuatro paredes o contra los catorce barrotes soneteriles con que jóvenes tan viejos como el mundo, pretender cercarle, estrangularle." Está clara la contestación a Garcilaso. Pero Espadaña, como podría parecer por lo que llevo dicho, no llega hasta la poesía social que se iba a imponer unos años más tarde: "se queda en un plano teórico dentro de una línea de corte clásico", dice Víctor de la Concha; postura que Gabriel Celaya les echaría en cara escribiendo que la realidad es maravillosa, aunque sea impura, brutal y hasta sucia. Esto no quita para que Crémer, ya en el número 46 (el último fue el 48), proclamara su deseo de que la poesía de ellos fuera recogida por el pueblo.

 

            Espadaña fue una revista que ejerció en forma contundente y seria la crítica, con provecho notable para la poesía de aquellos días. Aun cuando en cierta ocasión fue calificada como órgano del tremendismo poético, hoy, con la perspectiva que proporcionan los años y el desarrollo sufrido por nuestra poesía, nos parece que lo fue más en la forma que en el fondo.

 

            Entregas de poesía nació en Barcelona, en enero de 1944, al cuidado de Juan Ramón Masoliver, Fernando Gutiérrez y Diego Navarro (Insisto en la transcendencia del año 1944 para la poesía española). La circunstancia de tener su residencia en la capital catalana, la proporcionó un carácter más cosmopolita que a las demás. La proximidad de Francia ha concedido siempre a Cataluña la primacía como ventana cultural de España, abierta hacia la Europa que queda detrás de los Pirineos, y la revista Entregas de Poesía respondió a esta circunstancia. En su "manifiesto" (llamado así a una hoja de presentación que repartieron a los posibles suscriptores), escribieron que no venían a poner orden ni a arremeter contra los demás grupos. "Nuestro propósito -decían-, es brindar material de estudio a los poetas y buena poesía a quienes gustan de las letras". A pesar de estos propósitos iniciales, uno de los directores, Fernando Gutiérrez, no deja de aprovechar la ocasión que le brinda La Estafeta Literaria, al hablar de su revista, para meterse con Garcilaso, diciendo de la tremenda infección de soneto y de la décima, a los que califica de fuegos de artificio. "Nuestra guerra primero -comenta- y luego la demás, no permiten ya estas cosas, que suenan a falso." La preocupación por la poesía que se hacia fuera de nuestras fronteras, es uno de los signos más destacables de esta revista, como lo fue también, en cierta manera, de Corcel. En este mismo terreno no debe debemos olvidar que Proel editó un volumen de su colección de libros recogiendo una amplia antología de la poesía francesa, en versión debida al conocimiento y a la sensibilidad poética de Leopoldo Rodríguez Alcalde.

 

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            No debo terminar estas notas sobre las revistas de poesía de la posguerra, sin citar una que nos llega también muy cerca. Me refiero a La Isla de los Ratones, que a partir de 1948 y hasta 1955 nos ofreció 26 números, publicados a sus expensas por el montañés de adopción Manuel Arce. La nómina de sus colaboradores a lo largo de esos 26 meros que alcanzó de vida, fue amplia e importante. Junto a nombres ya consagrados, aparecieron en ella los de otros que iniciaban entonces su andadura poética. Fue un esfuerzo meritorio, imprescindible de recordar siempre que se hable de las revistas de poesía de aquellos años.

 

            Pienso que con lo que queda expuesto se ha dado un repaso a lo que fue el mundo de las revistas de poesía publicadas durante la guerra civil y en la década de los cuarenta. Un repaso breve, quizás demasiado breve, pues no quedaba opción para otra cosa. Creo que han podido ver que el tema es amplísimo, pero yo debo terminar aquí pues me parece que he abusado de su paciencia.





lunes, 7 de marzo de 2022

Una pequeña flor para Rosita

 

Una pequeña flor para Rosita, la compañera inseparable

 

Flora de Tenerife

 


         Alejandro de Humbolt, el sabio geógrafo y naturalista alemán, viajó por el mundo entero recogiendo datos científicos relacionados con sus especialidades. De la amplitud de estos viajes nos dará una idea el que hayan sido necesarios treinta volúmenes para hacerlos llegar al público. Pues bien, cuando el barón de Humbolt llegó a la isla de Tenerife. en 1.799, se asomó a lo que hoy es el mirador que lleva su nombre, sobre el valle de La Orotava, y aseguran que la emoción le hizo postrarse de rodillas. Aquel hombre, que conocía toda la superficie de la tierra, quedó sobrecogido ante el espectáculo que estaba contemplando. A pesar del tiempo transcurrido y del turismo, que está modelando el paisaje a su capricho en lucha implacable contra la naturaleza, el valle de La Orotava continúa siendo singular.

 

         Podemos fijar en él nuestro punto de partida para realizar esta visión panorámica, y forzosamente resumida, en la que queremos presentar a nuestros lectores la riquísima vegetación tinerfeña, ascendiendo desde las plataneras, junto al mar, hasta la cima del Teide, el monte más alto de España (3.707 metros), trazando una serie de estratos botánicos, para asentar sobre ellos su vegetación.

 

         En un trabajo que se publicó hace unos años en la revista “Montes”, que nos ha servido a nosotros como base técnica para confeccionar estas notas, se divide la isla en cinco zonas, atendiendo a su altitud, que es precisamente lo que da lugar a la distribución y diversificación botánica en tan corto espacio de superficie. Para una contemplación total de la isla a estos efectos, habríamos de tener en cuenta las dos hermosas masas arbóreas en lo que se llama la espina dorsal de Tenerife: el bosque de las Mercedes, al norte de Santa Cruz, en el que se pueden encontrar especies rarísimas, y el de la Esperanza, al sur de La Laguna, Sería preciso señalar todavía una tercera zona, pero esta a efectos negativos en cuanto a vegetación: la zona sur de la isla, de una aridez casi absoluta, sobre la que se están construyendo hermosas urbanizaciones turísticas.

 


         La primera de las cinco zonas a que hemos aludido es la llamada zona baja, cálida y seca, pero regada con notables esfuerzos. Produce plantas crasas con potentes tallos carnosos, merced a los cuales se defienden en las épocas de sequia. Es la zona que linda con el mar, donde abundan las chumberas y todo genero de cactus, que en la época de la floración dan lugar a una extraordinaria variedad de flores. Entre las chumberas y los cactus surge un paraíso de jardines, en los que a las bellas plantas autóctonas se han ido adaptando otras de origen tropical. Pero la planta reina de la zona baja es la platanera, producto de importación procedente del Caribe, que ha arraigado prodigiosamente y constituye una de las riquezas de la isla. Mención aparte hemos de hacer del árbol conocido con el nombre de “drago”, que a su posible longevidad y aparatosa forma une una serie de leyendas sobre las virtudes de su savia, que es de color rojizo. Merece la pena ver el que se conserva en Icod de los Vinos, encuadrado en bellos jardines, Esta zona baja llega hasta los 500 metros de altitud.

 

         De los 500 a los 1.500 metros entramos en la zona de las nieblas, con monte verde, caracterizada por la espectacularidad que presenta frecuentemente, al estar envuelta en un mar de nubes, por entre el que podemos observar, si la suerte nos acompaña, a través de un claro, el panorama del valle de La Orotava desde una cota más alta que Humbolt. Viñedos, patatas, maíz y bosques de castaños, pero, sobre todo brezos, que llegan a constituir auténticos bosques, se presentan a nuestros ojos en esta zona. Con un poco de suerte también podemos encontrar algún mocán, botánicamente muy cerca del te y de las camelias, con cuyos frutos fabricaban los guanches su mejor golosina.

 

         A partir de los 1.500 metros, y hasta los 2.000, es lo que podemos llamar la zona del pino, con abundancia de jaras, tomillos y escobones adaptados a esta altitud, en la que se desarrollan solamente plantas de este tipo.

 

         La ultima zona de vegetación es la de la retama (de los 2.000 a los 2.600 metros). Entre las grandes extensiones de “malpais” (escorias de lava petrificada) crece la retama del pico. Su florescencia en primavera proporciona a esta zona alta de la isla, conocida por las Cañadas del Teide, una belleza que no es fácil de olvidar. La retama, en su lucha con el medio en que vive, ha adquirido una fortaleza y vigor sorprendentes.

 

         A partir de los 2.600 metros estamos en el cono del volcán. La retama y todo vestigio de vegetación han desaparecido; atrás han quedado también las Cañadas, con su preciosa zona de Los Azulejos y el incomparable llano de Ucanca. Estamos alcanzando la máxima cota, y si llegamos a las grietas del mismo cráter podemos comprobar la persistencia de los gases sulfurosos. Todo es piedra y arena. Pero si la ascensión se realiza en agosto y nuestra curiosidad botánica nos lleva a rastrear entre las piedras, podemos recibir la sorpresa de encontrar, agazapada entre ellas, la preciosa violeta del Teide. Ni hierbas, ni hojarasca; solo lava y, alguna vez, esta modesta y delicada flor, tan apetecida por los botánicos para sus colecciones.

 


 

Publicado en: La revista “Sniace. Nuestra vida social” nº 135

marzo – abril de 1973

lunes, 21 de febrero de 2022

Tiempo y Memoria

 

Tiempo y Memoria

 

 

            Se trata de una memoria que no puede remontarse muchos años atrás. La técnica que lo permite se empezó a conocer solo hace siglo y medio. Para Torrelavega el tiempo que lo limita es más corto; en torno al año 1880. Bernardo Riego nos ha hablado del año 1879 para fechar la llegada a la villa del primer fotógrafo, Justo V. Blanco, “y quizás antes, el ambulante Bernardo Ruíz, que procedía de Oviedo, [ ... ] tuvo un gabinete instalado en Mártires, 7”. Más adelante, en el mismo libro, precisa el autor citado que el primer fotógrafo establecido de manera permanente en Torrelavega, fue Alfonso Redón “que debió comenzar en 1883; su estudio estaba situado en el pasaje de Saro”.

 

            Es corta esta fidedigna memoria recogida en las placas fotográficas de entonces, pero suficiente para ensanchar la imaginación por los caminos pisados por nuestros antepasados. Instantes conservados en el viejo baúl de la abuela, mezclados con objetos de un uso ya agotado, en revuelto orden que el tiempo ha dispuesto. Aroma de años lejanos, de fechas que aún tenían futuro. Tiempos fijados para siempre en estas imágenes; pasado y presente que también se nos antojan nuestros.

 

            Es tiempo también que nuestros ascendientes hicieron realidad para nosotros, incorporándolo con sus recuerdos a la memoria con que los vivimos hoy. Pasear la mirada por este libro puede dar lugar a que la recuperemos humedecida. Nombres desaparecidos, sitúan lugares que la añoranza busca inútilmente: Tras la Torre, el Majuelo, la Puebla; o el Regato, el Nogal, la Calleja... y unidos a estos nombres, el de hombres y mujeres que vivieron aquella existencia. De la mano de la historia, que también por estos recuerdos pasa, nuevos nombres de calles y lugares fueron sustituyendo a aquéllos, incorporándolos a la vida más cercana: el Cantón, la Confianza, Herrerías, Tudescos ...

 

            Cuando llegó la fotografía ya transitaban por algunas de estas calles las diligencias. La Quebrantada, el Comercio, la Plaza Mayor, el Mortuorio, eran camino obligado a Santander. La Quebrantada estaba formando sus "Cuatro Caminos". Desembarcaban de las diligencias los viajeros ante el curioso mirar de los vecinos; atuendos extraños para los nativos; baúles con el misterio de su contenido. Y allí, la oportuna cámara del fotógrafo que todavía ignora que está trabajando para la historia. Junto a los carruajes, y humildes edificios, con establecimientos que orientan su actividad hacía el mundo que allí se recrea: talleres de carros para atender las posibles averías; coches de alquiler, para prolongar el viaje a puntos no comprendidos en la ruta trazada; hospedajes, herreros, ... ¿De dónde este nombre de Quebrantada?, se preguntan los viajeros. ¿Qué parte de nuestra historia recuerda? ¿Fue don Diego Hurtado de Mendoza quien dejó huella con sus batallas en este lugar yen el del Mortuorio? La historia lejana parece afirmarlo así.

 

            Cuatro Caminos va alargando sus brazos, delineando su cruce; la carretera que lleva a Asturias está siendo modelada por las ruedas de las diligencias. Las viviendas que allí se construyen atraen también el objetivo del fotógrafo que nos deja constancia de ellas.

 

            Nacía entonces el tejido viario de la todavía villa pero pronto ciudad. La calle del Comercio, ampliando sus actividades, confirmaba así el nombre, que perdería en 1911 cuando recibe el de José María de Pereda. Era el enlace entre Cuatro Caminos y la Plaza Mayor. Obligado tránsito en los días de mercado para las mercancías que llegaban a los rústicos tejadillos en que se ofrecían al público en la plaza. Sobre el no menos rústico empedrado y suelo de tierra, la cerámica doméstica ocupaba la mayor parte de su superficie. Campo abierto los más de los días para solaz de los vecinos, donde ya se encuentran muestras de pretenciosos edificios que se levantaban en sus márgenes con soportales corridos y varias alturas de pisos. Los maestros de obra Pablo Piqué y José Varela introducían con ellos nuevas maneras. Empezaban a asentarse en estos soportales, con la prudencia de su etnia, los comercios pasiegos. Tímido y retraído en personas y mercancías, pero decididamente anclado en modestos huecos y amplia trastienda.

 

            Pronto extendieron su diligente actividad a la mayor parte del pueblo, sentando así una de las bases de la prosperidad económica local, a la que contribuiría muy eficazmente el dinero de los indianos que llegaba de América.

 

            El empuje de unos y el dinero de otros, concurren a la apertura de nuevas calles. Una de ellas con el nombre inicial de " Camino de la estación", que en 1876 pasaría a ostentar oficialmente el de "Calle de Julián Ceballos". Por aquí se fue extendiendo la villa hasta la estación del ferrocarril de Isabel II. En sus márgenes levantaron pronto la vivienda familiar Genaro Perogordo, Crespo Quintana, Argumosa... Un cronista de la época hablaría así en 1880 de la vía recién abierta: ... entre prados multiplicados de un eterno verdor, llegamos a la estación de Torrelavega De aquí parte, hasta la villa, una nueva y recta carretera, festoneada ya por ambas bandas con chopos y plátanos frescos y frondosos, que apenas hace recordar que median pocos años que era todo este trazado un monte áspero y despoblado [..] Casi todas sus construcciones son obra de los que por la necesidad o el ejemplo, han sabido lograr en lejanas tierras una regular fortuna, saliendo pobres y volviendo más que ricos, con el opulento nombres de indianos.

 

            El "Camino de la estación" fue lugar de expansión para el comercio. Un nuevo núcleo urbano se apoya en su trayecto, con el nombre de calle Consolación. En los primeros años fue conocida como "la calle de los Pasiegos", sobrenombre que se utilizó durante mucho tiempo, con justificado origen en los abundantes comercios de tejidos que abrieron también aquí los inmigrantes que llegaban de las villas pasiegas.

 

            En la confluencia de esta calle con el camino que conducía a la estación del ferrocarril, manaba una fuente, la de la Ribera,... vulgarmente conocida por la de los Cuatro Caños, que sólo arroja agua por tres de ellos y en tan escasa cantidad que en vez de chorros sólo eran unas cuantas gotas lo que cada uno producía, como dijo de ella el año 1878 el ingeniero Eduardo Miera. Agora torrelaveguense, punto neurálgico de citas y reuniones, escribe Serafin Escalante, lugar por donde ( ...) sin distinción de clase, a una u otra hora del día, transitaban todos sus habitantes. Cuando el "Camino de la estación" quedó abierto al tránsito rodado, fue punto de partida para los carros de caballos que cubrían el trayecto a la estación del ferrocarril.

 

            El llamado Pasaje de Saro unía este lugar de Cuatro Caños con otro de los espacios urbanos: la antigua Plaza del Grano. Aquí el recuerdo se agranda, coge más vuelo. En uno de sus lados, los restos de los edificios de lo que un día fue Palacio de la Casa de la Vega, nos hablaban de historias primeras; de fosos de defensa inundados por el río Sorravides; de jardines con naranjos, limoneros y parrales... todo desaparecido hoy. Años e historias en los que sus hechos habían pasado ya a los libros. Unido a aquellos restos, se conserva la vieja iglesia parroquial, derribada en 1937, cuyo origen estaba en la Capilla del Palacio. Era este un antes que había escapado al objetivo de las máquinas fotográficas y que se guardaba en la cámara oscura de la memoria, perpetuándose de generación en generación. El mismo Fernández Escalante citado, llamó al conjunto Aristocrático barrio torrelaveguense, a fines del siglo XIX... y árboles y bancos para el paseo y  descanso en una elevada zona central, enlosada, trataban de embellecer el lugar.

 

            Rodrigo Amador de los Ríos se refirió a ella diciendo que era una espaciosa plaza, plantada de arboles, en la que se hallaba la Casa Consistorial, edificada en 1855 sobre porches.

 

            La añoranza mitifica los recuerdos y endulza asperezas. Las costumbres y anécdotas contadas por los abuelos, aparecen en la memoria con nitidez de días claros y perfección de formas.

 

            Han transcurrido los veinte años finales del siglo XIX. La memoria gráfica se multiplica. Se acercan con ella abundantes imágenes, que se nos antoja vividas por nosotros. Pero nada más que en la ilusoria existencia que provoca la nostalgia... En las viejas calles vemos congeladas siluetas de ayer y de hoy; establecimientos comerciales, en los que cremas reconocer a sus dueños. La calle Ancha, la Estrella, la Avenida de la estación del Cantábrico... Pero no, no eran tiempos nuestros. Sería años más tarde cuando para nuestra juventud primera, todas las calles llevaban a la Plaza Mayor. Como llevaban al ferial de la Llama, cuando éste se llenaba de ganado y tratantes y de figones en los que acababan las conversaciones de compra y venta.

 

            En el campo de Pomar, próximo al ferial, se construye una nueva iglesia. El dinero de los vecinos pudientes y el denodado empuje del párroco, don Ceferino Calderón, hicieron realidad un proyecto arquitectónico ambicioso.

 

            Cuando Torrelavega entra en el nuevo siglo parece salir de la adolescencia y pasar a la madurez. Una vida económicamente en marcha ascendente colabora en el sosiego de sus habitantes. Se crean asociaciones de recreo y culturales; se consolida la presencia de periódicos nacidos unos años antes; nace la Escuela de Artes y Oficios. Ahora ya es ciudad, titulo que colma el orgullo de los vecinos. Pero desaparecen lugares y nombres que los habían identificado: el Pradejón, los Corrales, el Hoyo, y el callejón de Sal-si-puedes...

 

            De estos años quedan otros instantes de la memoria. Por delante, una vida nueva que las cámaras fotográficas han ido recogiendo en mayor abundancia. Vida densa en hechos y en ambición colectiva y privada, en la que hoy nos encontramos inmersos.

 


 


 

Publicado en: El libro “Instantes de la Memoria” (Torrelavega en sus fotos)

Ayuntamiento de Torrelavega, 1996

 

El diario Montañés el 21 de febrero de 1997

 

domingo, 13 de febrero de 2022

A JULIO SANZ SAIZ

 

PALABRAS EN HOMENAJE A JULIO SANZ SAIZ


 

 


 

 

            La vida de Julio Sanz Saiz aparece con claridad en mi memoria a partir del año 1953, cuando se inicio la publicación en Torrelavega de la revista Dobra. Julio fue en ella un colaborador asiduo y destacado desde el número uno, en el que se le presentaba como director artístico, hasta octubre de 1955 en que desapareció esta publicación. Su última colaboración fue una bella prosa a la que tituló Acuarelas otoñales.

 

            En aquel número primero que llevaba la fecha de junio de 1953, ya nos ofreció una visión emocionada de nuestra comarca en la que sonaba su alma de poeta, con la misma pasión con que lo iba a hacer siempre.

 

            En un escrito reciente de Juan José Crespo resaltaba su autor, con pleno conocimiento, las cualidades, las muchas buenas' cualidades que adornan a Julio, de las que entre otras cosas “tiene vocación de hacerse necesario” y en renglón siguiente habla de “su extraordinaria facilidad para recuperar la capacidad de maravillarse y abandonarse luego en los amorosos brazos de la vida”.

 

            Cuánta verdad se encierra en el artículo de Crespo, sobre la vida de, Julio Sanz Saiz y qué bellamente escrito.

 

            Pero aquel mundo literario pronto se le iba a quedar pequeño a Julio y su espíritu lírico se extendió por toda Cantabria: La Liébana (1976); El Valle de Cabuérniga (1983); El Vállle de Torrelavega (1983); El Real Valle de Reocín (1989); Tudanca y el Nansa (1990) al que subtituló Evocaciones y paisajes, con el que saltan a sus páginas las amistades que cultivó en La Casona de José María de Cossío, principalmente con su propietario; Ríos de Cantabria (1991)... En todos ellos trascienden impresiones líricas que han deslumbrado a nosotros, sus lectores.

 

            Todo este mundo de nuestra Cantabria por el que Julio ha pasado y del que hemos disfrutado con su lectura cuantos nos hemos acercado a sus páginas, nos hará contar siempre con estos testimonios. Y en especial en lo referente a la vida de nuestra comarca de Torrelavega que ha dejado marcada con su personalidad, su obra artística, su poesía y las amarguras circunstanciales de su vida familiar, que en todo momento nos han salpicado a todos como propias.

 

 


 

Publicado en:

El Diario Montañés y en el Alerta con distinto titular.

13 de mayo de 2002.

jueves, 3 de febrero de 2022

José Luis Hidalgo

  75 AÑOS HACE DE LA MUERTE DE

JOSÉ LUIS HIDALGO

Por ello traemos a este humilde blog dos escritos de su amigo; uno, cuando le recordaba a los veinticinco años; y el otro, a los cincuenta año del luctuoso acontecimiento


25 ANIVERSARIO DE LA MUERTE DE JOSÉ LUIS HIDALGO

 

  Estas notas que voy a leer a continuación, están dedicadas a la memoria de Don Gabino Teira, y también, a Alfredo Velarde y Pedro Lorenzo, mentores de José Luis desde la Biblioteca Popular, en los años de adolescencia.

 

            A las diez y media de la noche de hoy, se cumplirán veinticinco años de la muerte de José Luis Hidalgo.

 

             Cuando un hombre muere, la memoria que nos queda de él se valora por sus obras o por su personalidad y la amplitud de la onda de su permanencia, nos dice claramente de su categoría. Lo normal es que las dos -obra y personalidad-, sean del mismo orden y que a mayor personalidad correspondan obras más importantes, si es que la personalidad ha llegado a dar sus frutos. Una obra transcendente, que nos arrastre tras de ella, tiene detrás, sin duda, un creador de altura paralela.

 

            De que Hidalgo, en su breve paso por la vida, dejó proyectada su personalidad en una obra de interés, damos testimonio nosotros aquí, con nuestra presencia, pues ella nos convoca. Un puñado de versos ha sido suficiente para que aquella onda de que hablábamos se haya ensanchado hasta rebasar los límites de lo nacional. Pero lo que yo quiero trae hoy ante Vds., como pórtico a una lectura de sus poemas, no es la obra de Hidalgo, sino su personalidad. Quien ahora me interesa es el hombre que está detrás de sus libros, su autor, pero no como autor, sino como hombre; me interesa el hombre que hay detrás del autor, la personalidad que fue capaz de llegar a concebir y trasladar a signos inteligibles para nosotros, los hondos, los tremendos problemas que se plantean en sus libros, de manera especial en el titulado Los muertos.

 

            ¿Cómo era ese hombre? ¡Cómo se comportó ante los demás hombres y que reflejo de él quedó en nosotros? !Qué tema más tentador si dispusiéramos del tiempo necesario para desarrollarle! Pero forzosamente he de ser breve, porque nos espera el goce de sus versos y por eso, para contestar a esas preguntas sin que el tiempo se me vaya de las manos y porque con esta decisión saldrán ganando Vds. y el homenajeado, voy a leer la semblanza que nos dejó de el un altísimo poeta; una semblanza lírica y emocionada, que brotó de la pluma de Vicente Aleixandre y que nos contesta a las preguntas que nos hemos planteado. Muchos de Vds. la conocen, pero merece la pena recordarla en esta ocasión, como prologo a los poemas que nos esperan.

 

* * *

            Hoy se cumplen veinticinco años de la muerte de este hombre. Paso a paso, año tras año, recordándole siempre, hemos llegado a este veinticinco aniversario. Paso a paso, sí; latido a latido, hemos vivido estos cinco lustros, construyendo con nuestro homenaje de cada día, el monolito dedicado a su memoria. La trágica coincidencia de su muerte y de sus muertos en aquel febrero de 1947, produjo en nuestro espíritu un escalofrío que vuelve en esta ocasión envuelto en la neblina de los años.

 

            Nosotros, sus amigos, hemos creído que la mejor manera de homenajear a Hidalgo, como a cualquier poeta, es volver a leer sus versos; volver sobre sus versos, porque en ellos está todo él. Está su vida y está la proyección de ésta. Leer otra vez los poemas iniciales de Raíz, adolescentes, pero llenos de atisbos; los hallazgos jugosos de Los animales y los trágicos endecasílabos de Los muertos; esos versos secos y rotundos, con la innegable belleza de una poesía hecha dolor y muerte, tristeza y desesperanza. Con esta lectura podemos llegar a una íntima comunión con su persona de ayer y de siempre, entrando en su poesía, por la que, a veces, parece escapar un hilo de futuro, que es vencido enseguida, inflexiblemente, por la dolorosa certidumbre de la nada. Una poesía dentro de la nea de nuestra lírica eterna, desde Jorge Manrique hasta Unamuno, pasando por el mejor Quevedo.

 

            Ricardo Blasco, el amigo entrañable de Hidalgo en el último lustro de su vida, me decía en una carta reciente: “No puedo acercarme a los poemas de José Luis sin que estos se levanten todavía ante mí, sin que los años compartidos con él, años de esperanza y rebeldía, de interrogación y desafío, de temor y de hambre, no se agolpen otra vez, impidiéndome toda perspectiva. La amistad, el recuerdo, pueden más y en cada verso que leo, leo otras muchas cosas que no están allí escritas.”

 

            !Para que añadir más a esta ternura de que están llenas las palabras de Blasco, que todos los amigos suscribimos!

 

            Empecemos a leer otra vez esta noche. Escuchemos sus versos en estas voces que nos van a sacar de ellas todo su encanto expresiva y la madurez de su pensamiento. Después, mañana, y pasado, y siempre, en la intimidad, volvamos a abrir sus libros y dejemos que nos guíen hasta la suprema belleza de las cosas que no se ven.

Leído en el Colegio José Luis Hidalgo de Torrelavega. 3 de febrero de 1972


Recuerdo emocionado

 

 

            Han transcurrido cincuenta años desde la muerte de José Luis Hidalgo. Para los que fuimos amigos de Hidalgo, para los que estuvimos a su lado en tan corto paso suyo por la tierra, resulta difícil sustraerse a la atracción que produce esta fecha redonda del aniversario. Son años que el tiempo se ha encargado de ir dorándolos con la pátina del recuerdo emocionado. Cincuenta años en los que la poesía que nos dejó José Luis Hidalgo, ha ido creciendo sobre el corazón y la mente de los hombres que se han acercado a su obra; cincuenta años en los que su poesía se ha extendido incansablemente.

 

            La coincidencia de la muerte del autor con la aparición del libro que tituló Los muertos, sólo separado por unas horas, llevó a pensar entonces en la relación muerte/Los muertos. El tiempo, que se encarga de decantar las fantasías y coloca inexorablemente cada hecho en su estrato, nos ha mostrado que el tema que se desarrolla en los versos de este libro no tiene nada que ver con las circunstancias que concurrieron en la hora de su aparición, aun cuando cuesta separar la muerte del autor del contenido del libro. Cuesta quitar del pensamiento de sus lectores la creencia de que entre uno y otro hecho existió una cierta relación; que el libro contiene una premonición. No hubo premonición; no hubo escape del mundo por la escala de la poesía. Que esto fue así nos lo confirma el que Hidalgo venía trabajando en estos poemas desde 1944, con el título provisional de La llanura de los muertos, nacido de la confrontación bélica en nuestra guerra civil.

 

            Todo el contenido del libro es un enfrentamiento de su inquietud religiosa con el tremendo hecho de la muerte; un enfrentamiento unamuniano con la Divinidad, en busca de respuesta a problemas y cuestiones relacionados con la vida y la muerte del ser humano y la trascendencia que ello encierra. En él van surgiendo preguntas que, al final del libro, se precipitan hacía la nada; hacia ese poema último que tituló "La belleza", donde muestra sus manos vacías después de tan dura búsqueda.

 

            Si en algún momento se pudo pensar que Hidalgo había dejado reunidos en los tres libros que publico, Raíz, Los animales y Los muertos, lo que consideraba mejor de su producción lírica, se puede desechar esa idea a la vista de la colección completa de su obra. Sólo el orden que se impuso al publicarlos o la limitación material que por algunas razones exigieron las respectivas ediciones, le pudo obligar a dejar fuera de estos libros poemas que no desmerecen en nada respecto a los que vieron la luz en su día. Véanse, por ejemplo, para pensarlo así, el intento de "diario poético" (¿Unamuno?), que se apunta en los poemas reunidos bajo los títulos de "Marzo" y "Abril".

 

            Hidalgo no será sólo "el poeta de los muertos" y se comprenderá el por qué la autorizada voz de Juan Ramón Jiménez dijo de él. "Era quizá el poeta más natural y espontáneo de estos años. Muy conseguido. Algo así como un Bécquer de nuestra época, de otra época [...] es el más cercano a Becquer de cuantos después de este hicieron poesía".

 

Publicado en: El Diario Montañés, 31 de Enero de 1.997