domingo, 16 de abril de 2023

PANORAMA DE LA CULTURA SANTANDERINA EN LA DÉCADA DE LOS 40. Las artes plásticas

 

PANORAMA DE LA CULTURASANTANDERINA

EN LA DÉCADA DE LOS 40



I - Las artes plásticas ;

 

            Como ustedes han podido leer en la convocatoria de este breve ciclo sobre la cultura santanderina en los años cuarenta, mi propósito se reduce a trazar un panorama, o crónica, que pueda proporcionar a los que no vivieron una idea suficiente sobre lo que representó aquella difícil década en la cultura de esta ciudad. Para los que fueron testigos de estos aconteceres a que me voy a referir, no pretendo más que avivar el rescoldo de la nostalgia, pues muchos de ellos podrían ocupar hoy mi puesto con mayores méritos que yo.

 

            Buscando un cierto orden en mi exposición, he dividido en tres partes el panorama que voy a ofrecerles: en la primera, hoy, hablaré de las artes plásticas; en la segunda, de las letras y, como final, en la tercera, de los hombres que intervinieron en el desarrollo de las artes y las letras, repartido todo en tres días sucesivos. Pero aun desarrollando mi intervención a lo largo de tres días y consumiendo cada día el tiempo normal que se acostumbra en estos actos, me he visto obligado a prescindir de pormenores que confío no mermen en exceso esta información. Necesariamente, el panorama va a quedar incompleto, pues sería preciso hacer mención de otras actividades, como por ejemplo los importantes actos musicales que tuvieron lugar aquellos años, pero no queda otra opción que la de cortar por algún sitio para que pueda caber todo en un prudente lapso de tiempo.

 

            Una última observación: no pretendo una deificación nostálgica de la época de que voy a hablar. Insisto en que mi propósito es solo dejar constancia de unos hechos culturales tal como sucedieron, sin cuyo conocimiento no se podrían explicar los que vinieron a continuación. Leí recientemente que “la necesaria transformación de la cultura, en ningún caso debe surgir de la negatividad total de lo construido”, frase de completa aplicación al caso concreto de mi tema.

 

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            La década de los cuarenta, no sólo en Santander, sino también en otros lugares de la geografía nacional, está esperando un estudio serio sobre sus circunstancias desde un punto de vista socio-cultural; los años transcurridos, permitirán realizarlo con una perspectiva histórica suficiente para que tenga el rigor debido. Yo me voy a limitar a hablar de lo que ocurrió y, por lo tanto, van a quedar en el aire preguntas cómo ¿por qué ocurrió? ¿Por qué en ese momento en que, como dijo el poeta, media España había helado el corazón de la otra media, se produjo en Santander aquel resurgimiento cultural tan valioso? Permítanme únicamente, aventurar una hipótesis de trabajo, con la esperanza de que sirva de acercamiento a la cuestión.

 

            Creo que en Santander, por lo menos en los aspectos que yo conozco, este resurgimiento fue el resultado del encuentro de unos hombres y unas circunstancias, pero no en el sentido más o menos restrictivo que dio Ortega a este feliz hallazgo expresivo, sino entendiendo las circunstancias como creación humana. Valga un ejemplo que vivimos entonces para tratar de aclarar mis palabras: un hombre creó unos modos de impulsar la cultura, sin restricciones ni condicionamientos, es decir, sin partidismos. A este hombre le sucedió otro que decidió avivar el fuego de la calefacción con las publicaciones a que dio lugar la labor del anterior. Son maneras significativas de enfrentarse dos hombres ante un problema, el cultural, y, como consecuencia, de crear unas circunstancias. Dichosamente para Santander, como veremos más adelante, la eficaz obra de Joaquín Reguera Sevilla, primer hombre a quien me he querido referir con el ejemplo, saltó por encima de todas las barreras convencionales con que se pretendió desvirtuarla.

 

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            Mis comentarios de hoy sobre las artes plásticas, van a estar centrados en tres actividades: las desarrolladas en el Saloncillo de Alerta, las de la Casa de Proel y las de la Escuela de Altamira, hitos indiscutibles de esos años, manteniendo in mente, y en algún momento citándolas, otras manifestaciones que no deben olvidarse.

 

            Pero, en primer lugar, aun cuando no sea más que por un deber de cortesía con la casa que hoy nos alberga, me referiré a las actividades del Ateneo de Santander, con lo que, además, no hago otra cosa que reconocer una realidad.

 

            La sección de artes plásticas del Ateneo, que fue encomendada después de la guerra civil al recordado amigo Fernando Calderón, reanudo sus labores en la inmediata posguerra dentro de unas condiciones difíciles, contra las que sus hombres lucharon con entusiasmo, situando los resultados en unos límites relativamente decorosos. Cuenten entre estas dificultades las muy duras que produjo el incendio de febrero de 1941, que si bien no llegó a destruir por completo el domicilio social, le mutiló seriamente. -Más de uno de ustedes recordaran aquellas arriesgadas escaleras por las que, después del incendio, se ascendía al Ateneo de la calle San José-. Si unimos a esto la precaria situación de la ciudad en todos los ordenes, podremos valorar con más justicia los méritos de unos hombres que se aprestaron en este Ateneo, casi heroicamente, a reanudar la vida de la entidad.

 

            Entre las actividades iniciales de la sección de artes plásticas, me complace hacer mención de una exposición de arte infantil, con motivo de la cual llegó por primera vez al público el nombre de un artista precoz, Fernando Calderón, hijo, que se alzó con el primer premio de dibujo; después, vendrían también por primera vez, la presencia de las obras de los artistas montañeses Carlos Rincón, Agustín Pardo, el caricaturista Francisco, Miguel Vázquez, José Luis Hidalgo, Julio de Pablo… Y alternando con estos nombres, las exposiciones de dos grandes de nuestra pintura: en 1942, Agustín Riancho, y en 1947 José Gutiérrez Solana, los dos autentica sorpresa y novedad para la mayor parte de los que las visitaron. Mas tarde, dos clásicos locales, Flavio San Román y Cesar Abin, a los que siguieron el murciano Molina Sánchez y el burgalés Modesto Ciruelos. En 1950 expuso aquí Pancho Cossío su no muy afortunado retrato del ministro Peña Boeuf, que hoy se encuentra en el Museo de Bel1as Artes de esta ciudad.

 

            Sin pretender hacer una exhaustiva reseña, citaré también las exposiciones de María Mazarrasa, Luis Polo, Genaro Lahuerta, Aurelio Blanco, José Moreno, Ángeles Parra, Winkelhofer y Manuel Lledías, cerrándose la década, a finales del año1950, con una exposición antológica de Daniel Alegre, en homenaje a su autor, fallecido el año anterior.

 

            He de insistir en que para valorar lo que representó esta labor del Ateneo, es preciso no perder de vista las circunstancias que se estaban viviendo. A los miembros de la junta directiva de esos años iniciales debe Santander agradecimiento por lo que representó de puesta en marcha de las actividades después de la guerra civil, que cubrieron un vacío que pudo resultar peligroso para la cultura local, aun cuando tengamos que lamentar, y sin duda comprender, que muchos de los actos celebrados eran parientes pobres y lejanos de la cultura.

 

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            Además de aquel grupo que se movía en torno al Ateneo, existía otro que podemos centrar en el diario Alerta y su director Francisco de Cáceres, que les daba cobijo en la casa donde se editaba el periódico, de cuyo grupo algunos eran los mismos que dirigían las actividades del Ateneo. Me estoy refiriendo a lo que se llamaría más tarde el Saloncillo de Alerta. Se trataba de una pequeña dependencia del edificio, situada en la primera planta, nada más subir los escalones de acceso al viejo Chalet de la calle Santa Lucia. Todos los sábados se reunían allí un grupo de amigos, con una preocupación intelectual que reportaba un alto nivel a las conversaciones que se provocaban en la sabatina. No quiero decir con esto que todo lo que se hablara lo fuese en tono doctoral, porque los que hemos tenido la suerte de ser contertulios de Ricardo Gullón, que era asiduo a las reuniones, sabemos el buen humor y la gracia con que en ocasiones salpicaba los temas mas eruditos. Allí acudían entre otros, además de los citados Cáceres y Gullón, José Simón Cabarga, Pablo Beltrán de Heredia, Fernando Calderón, María Teresa de Huidobro, Pepe Uzcudun, Felipe Mazarrasa, Ramón Bárcena, Carlos Fernández Sanjurjo, Ignacio Aguilera, José Luis Maruri, los hermanos Jesús y Fernando Gómez Collantes…

 

            De estos encuentros surgió la idea de emplear aquella reducida habitación para algo más que tertulias, y así nació el “saloncillo”, cuya época activa se alarga desde 1945 hasta 1950. La inauguración tuvo lugar con actos literarios, a los que me referiré mañana de acuerdo con el orden que me he fijado. La primera exposición estuvo a cargo de José Luis Hidalgo, quien el 19 de noviembre de 1945 colgó una muestra de su más reciente obra, compuesta por nueva retratos a lápiz y cuatro acuarelas. El bautizo del saloncillo como lugar de exposiciones, reunió a destacadas personalidades del mundo intelectual santanderino. Ricardo Gullón publicó en las páginas de Alerta un comentario haciendo referencia en particular a los retratos, entre los que figuraba uno suyo, que por generoso obsequio del retratado cuelga hoy en una de las paredes de mi casa. Simón Cabarga, que también escribió sobre la exposición, destacó en su comentario la maestría que se revelaba en las acuarelas, añadiendo en su articulo: “El saloncillo de Alerta se ha estrenado noblemente con esta hospitalidad a uno de los más sinceros valores en plena formación estética de nuestra pintura.” Era la segunda y última exposición de Hidalgo en Santander; la primera tuvo lugar, como ya hemos visto, en el Ateneo; después vendría otra en la Casa de Proel, pero esta ya a título póstumo.

 

            Las exposiciones en el saloncillo quedaron suspendidas hasta 1948. En el verano de ese año se encontraba pasando una temporada en Santillana del Mar el pintor alemán Mathias Goeritz, utilizando un estudio que había preparado para el Gustavo Gili, en su palacio del Marqués de Santillana. Por la amistad que unía al pintor con Beltrán de Heredia y Gullón, decidió exponer su obra al público santanderino. Fueron doce acuarelas que dieron mucho que hablar, de un figurativismo ingenuo lindante con el de los artistas de la prehistoria. Un avisado comentarista anunció en su columna: “Antes de indignarse con las reproducciones de los cuadros que acompañan a estas líneas, sería de desear que el lector esperase a ver los originales.” Naturalmente, surgió la indignación en una parte importante de los visitantes. Yo me acordaba, cuando aquella exposición, de la polémica que había provocado la publicación de la “Oda a Platko”, de Rafael Alberti, en mayo de 1928 en El Diario Montañés, que alguno de ustedes recordará la encendida polémica periodística a que dio lugar, en la que llegó a calificarse al poema de Alberti de tomadura de pelo. La inauguración de la exposición de Goeritz tuvo lugar el 22 de setiembre, presidida por las autoridades provinciales y fue objeto de comentarios en artículos escritos por Gullón y José Hierro. Este último, que se iniciaba entonces como crítico de arte, proporcionó en su trabajo una acertada lección sobre la que hoy todavía se puede meditar: “Frente al académico -decía Hierro-, nos gusta Goeritz, por lo que a él no le gusta; por lo que tiene de revulsivo. Frente al hombre culto, al abierto a todo soplo de novedad, nos desagrada por aquello que a él le atrae: por ser arte en que lo humano ha sido ahogado.”

 

            A la exposición de Goeritz siguió una de Julio Maruri, a quien solo se conocía como poeta. Fue inaugurada el 9 de octubre y su obra parecía estar situada en el polo opuesto de la del alemán. Y digo parecía, porque a pesar de que la representación de niños y payasos, que era el mundo que Maruri reflejaba en sus dibujos, en una primera impresión semejaba estar alejada de la muestra anterior, sin embargo, ante la agilidad y gracia con que empleaba el pincel para sus trazos, se podía rastrear en ella un común enfrentamiento con el arte. Pancho Cossío fue padrino en esta primera salida plástica de Maruri y con tal ocasión escribió unas 1íneas para el catálogo, insistiendo en la fuerza de la obra del poeta. “Un imperio le está esperando”, decía Cossío; vaticinio que fue confirmado pasados unos años: primero, en la Galería Sur, en una exposición de ceras y gouaches que presentó al público en febrero de 1958 y, más tarde, en “La Galerie”, de París, en diciembre de 1975.

 

            En un enjundioso artículo publicado por Pancho con este motivo, resumía una curiosa teoría sobre la pintura, que concluía diciendo: “Corolario de la teoría: se empieza por la gracia; con la disciplina (se refería a la Academia), se pierde la gracia; a través de la disciplina se vuelve a encontrar la gracia.”

 

            Después de Julio Maruri expuso en el saloncillo Fernando Calderón y nuevamente fue Cossío quien con un artículo periodístico hizo valer su peso especifico en el elogio a la obra de este artista. Y una firma poco frecuente en los diarios de la época, la de Pablo Beltrán de Heredia, muy involucrado por otra parte en los medios culturales santanderinos, terció también en el tema de la exposición de Calderón.

 

            El 1 de diciembre le tocó el turno a Ricardo Zamorano. Este pintor valenciano había llegado a Santander un año antes, invitado por José Hierro y por mí. Zamorano fue acogido con generosa hospitalidad en los medios del grupo Proel y la vida en la ciudad le debió de resultar muy grata, pues aquí se quedó una larga temporada. Su pintura cuando llegó al saloncillo ya era conocida por el público local, pues en noviembre de 1947 había expuesto en la sala de la Subsecretaria de Educación Popular, otro lugar de difusión de las artes plásticas que ha sido poco recordado y en el que bajo la dirección de Julio Maruri tuvieron lugar algunas exposiciones notables.

 

            El 8 de enero de 1949 se vistió de gala el saloncillo para recibir la obra de Benjamín Palencia, que llegaba a Santander con un reconocido prestigio artístico. Ricardo Gullón, testigo excepcional de la cultura de la ciudad durante estos años, dedicó un artículo a Palencia, extendiéndose en consideraciones sobre el arte en esos momentos.

 

            A esta exposición, cuyo autor se nos había presentado de vuelta de tantas maneras de pintar, siguió la de un hombre que había caído sobre la acuarela con la intención de un niño y la “santidad” de Fray Angélico. Me refiero a Manuel Liaño, el pintor autodidacta que iba a asombrar al público desde el primer momento con la delicadeza de sus aguadas. Liaño había dado sus primeros pasos como pintor en la cárcel, donde estuvo recluido, como tantos españoles de su tiempo, por motivos políticos. A José Hierro, compañero de cautiverio, le debe Liaño muchas de sus primeras pinceladas. Y fue Hierro, precisamente, quien se encargó de poner prólogo al catálogo. “La obra de Manuel Liaño -decía el poeta- está limpia de ese pecado capital que se llama literatura”, frase definitiva y definidora para las maneras acuarelísticas de este pintor.

 

            Liaño ya era conocido de los interesados por la pintura, pues, lo mismo que Zamorano, había expuesto en la sala de la Subsecretaria de Educación Popular, dos años antes. Para aquella primera exposición había escrito Julio Maruri unas líneas que aparecieron en el catálogo que, a mi juicio, no han sido superados por la crítica que ha acompañado desde entonces a su obra: “Nadie sabrá nunca -comentaba Maruri-, por que este hombre de apariencia campesina, está tocado con la gracia de un arte exquisito, la refinada acuarela. Nadie sabría descubrir tampoco, la misteriosa razón de por que el alma de un lírico se ha venido a vivir a esa tostada corteza de pan moreno que es el cuerpo de Manuel Liaño.” Este pintor ha sido pasto de líricos, quizás porque su acuarela ha estado siempre en los límites de la poesía; recuerden lo que les leí hace un momento escrito por Hierro, lo de ahora de Maruri y añadan lo que más tarde iba a decir de él Manuel Arce, quien con motivo de una exposición en la casa de Proel le llamó “cazador de nieblas”.

 

            Después de una colectiva de artistas aragoneses en mayo de 1949, vino prácticamente la clausura del saloncillo, aun cuando para ser exactos hemos de hacer referencia todavía a la que presentó Antonio Riera en Octubre de 1950, con acuarelas humorísticas de temas deportivos.

 

* * *

 

            El saloncillo de Alerta pareció cerrar sus puertas para dar paso a la Casa de Proel, que las abrió el 25 de Junio de 1949, instalado en un barracón de los construidos por el Ayuntamiento para albergar provisionalmente a los comercios santanderinos afectados por el incendio de 1941. La ciudad ya había sido reconstruida y los establecimientos mercantiles se fueron alojando en locales definitivos, dejando vacíos los barracones. Uno de ellos, situado en La Plaza de José Antonio, con entrada por la calle General Mola, fue cedido a los proelistas. La casa contaba con una sala para exposiciones, que podía ser utilizada, y de hecho lo fue, para conferencias y conciertos, y dos habitaciones destinadas a despachos. En la sala había una acogedora chimenea diseñada por Pancho Cossío, con bancos de albañilería a los lados, “al amparo de la cual y presididos por alguna alta personalidad intelectual, discutíamos libremente de todo”, según escribió algunos años más tarde su director, Pedro Gómez Cantolla. La puesta en actividad fue un alarde artístico de primera magnitud; sus paredes se bautizaron con la obra de Daniel Vázquez Díaz y la exposición se inauguro con una conferencia del profesor Lafuente Ferrari. Julio Maruri, que iba a alternar en lo sucesivo con José Hierro las notas de los catálogos, escribió para el de Vázquez Díaz: “En la fiesta con que inauguramos esta sala, no podía faltar este andaluz universal -hermano y paisano de Juan Ramón-, a quien las gracias dieron manos de oro y abundancia de bienes.” Joaquín de la Puente comentó pasados los años, refiriéndose a esta exposición: “!Qué ocasión perdida por los inversionistas y coleccionistas sitos en el señorial Paseo de Pereda y otros distinguidos aledaños! Hoy ya saben cuánto cuesta un Vázquez Díaz.”

 

            La siguió la primera muestra de becarios de Santillana del Mar, otra labor plausible de Reguera Sevilla, entre las muchas que se le deben reconocer de aquellos años.

 

            La Casa de Proel permaneció abierta hasta 1952, en que fue derribado el barracón, y en ese intervalo pasaron por ella algunos de los mejores pintores españoles del momento. La Escuela de Madrid inició su presencia con Eduardo Vicente, uno de los más representativos. Después vino la sensacional de Pancho Cossío en el Museo Municipal de Pintura, pues la casa propia se quedó pequeña para poder albergar toda la obra. Fue inaugurada el 13 de agosto de 1949, con un catálogo de excepción, en el que además de una abundante reproducción de cuadros, iban dos bella fotografías hechas por Ángel de la Hoz, un breve trabajo en francés, reproducción del que había escrito su autor Paul Fierens, para presentar una exposición de Pancho en Perís en 1929 y la introducción de Julio Maruri, quien en su escrito llamó al pintor “águila real del arte de nuestro tiempo.” José Hierro terminaba un artículo suyo publicado en Alerta en estas palabras que, tristemente, no han sido desmentidas por los hechos: “Santander no poseerá jamás un puñado de estas admirables obras. De esto no se puede culpar a nadie.” Y añadía irónicamente: “El Ayuntamiento es pobre. El Museo es pobre. Los capitalistas son pobres. Y de esto no tiene nadie la culpa.” Esta ciudad pudo comprobar antes que la mayor parte de los entendidos del ámbito nacional, que nos hallábamos ante uno de los grandes de la pintura contemporánea.

 

            Aquí es el momento de recordar que en octubre de aquel año 1949 las artes locales perdieron un hombre importante con la muerte del escultor Daniel Alegre, maestro en muchos aspectos y amigos en todas las ocasiones. A su residencia en La Ciudad Jardín fuimos algunas veces; todas las disculpas eran buenas para charlar con él y admirar un cuadro de Nonell que colgaba en una pared del vestíbulo de la vivienda. Pero, volvamos a la Casa de Proel después de este paréntesis de homenaje al amigo.

 

            Ricardo Zamorano, a quien ya hemos recordado con motivo de sus exposiciones en la Subsecretaria de Educación Popular y en el saloncillo de Alerta, mostró en Proel su obra última; una colección de veinte oleos, que tuvo el honor de albergar entre ellos una conferencia-concierto de Gerardo Diego y otra actuación del pianista Enrique Luzuriaga. A Zamorano le siguieron Francisco Arias, después Martínez Novillo y más tarde Álvaro Delgado, con lo que Proel exhibió en Santander las obras de los artistas más destacados de la escuela madrileña de pintura, que se completaría en agosto con la presencia de Menchu Gal y Luis García-Ochoa.

 

            Pero la polémica surgió y en forma airada, con la muestra exhibida por la pintora italiana Carla Prina. Un título genérico agrupaba las quince obras expuestas: “Composiciones absolutas”, inaugurada el 25 de setiembre de 1950, aquello resultaba, para gran parte del público, más intolerable que las obras que había expuesto Mathias Goeritz en Alerta. Francisco Cubría, una de las plumas más leídas en los ambientes conservadores de la ciudad, no vaciló en calificar la exposición de “embustes absolutos”; menos mal que Eduardo Westerdhal, con el peso de su gran prestigio como crítico a nivel nacional, defendió desde la páginas de Alerta, el universo de Carla Prina, con lo que , por lo menos, se sembró la duda, cosa que para aquellos tiempos ya era bastante.

 

            Detrás vino el murciano Molina Sánchez, que como escribió Joaquín de la Puente “llenó de ángeles el bienaventurado barracón” tras la borrasca provocadas por la pintora italiana. Fernando Calderón y Manuel Liaño ocuparon con su obra la primera y segunda quincena de noviembre, con la que acabaron de tranquilizar el ambiente. Calderón, recién llegado de Italia, donde había estado pintando una temporada, confirmó su excelente dominio del dibujo. Liaño, que como hemos visto ya no era nuevo en la plaza, recibió en este caso la alternativa de manos de José Hierro y Manuel Arce, ocasión en que, como ya comenté, este último le llamó “cazador de nieblas”.

 

            Obedeciendo a los límites señalados en el enunciado de este ciclo, debiera terminar aquí mis comentarios a las exposiciones de la Casa de Proel, pues con la de Liaño se cerró el año 1950, pero me parece que no debo hacerlo sin dejar por lo menos constancia de la labor desarrollada hasta su clausura en 1952, ya que estas actividades, a pesar de la fecha, han de ser consideradas como propias de espíritu de la década de los cuarenta. En un resumen apretado de ellas, anotemos la presencia de la exposición-homenaje a José Luis Hidalgo, en febrero de 1951; la de Zuloaga “El Mozo”, en mayo; en abril los hermanos Gómez Raba; después María Mazarrasa. Capítulo aparte merece la colectiva de dibujos colgada en el mes de julio, en la que se exhibió una muestra procedente de cincuenta y nueve artistas, algunos de gran prestigio, como Picasso, José Caballero, Llorens Artigas, Pancho Cossío, Benjamín Palencia, Guinovart, Maruja Mallo, Capuleto, Jean Cocteau, Ángel Ferrant, Ramón Gaya, Cristino Mallo, Joan Miró, nuestro Riancho y José Gutiérrez Solana; Tapies, Tharrats, etc. Un total de 11 obras cuyo conjunto no resulta fácil de olvidar.

 

            A esta colectiva siguieron la de la tercera y última promoción de pensionados de Santillana; más tarde, Carlos Rincón, Cesar Abín, Luis García-Ochoa y Julio Antonio, clausurando la sala José Cataluña, en agosto de 1952, con una de las escasas muestras que hemos podido ver de este pintor y que José Hierro recibió en su nota al catálogo, con un alborozado y confiado saludo. Poco después fue derribado el barracón que había albergado una empresa cultural como no se había conocido en la ciudad, con un característico aire joven lleno de vientos nuevos. Creo que no es necesario insistir sobre la transcendencia que tuvo para el mundo cultural santanderino la Casa de Proel, en la que, además de las exposiciones a que he hecho referencia, tuvieron lugar una serie de actos que por su carácter literario, hablaré de ellos en mi conferencia de mañana. Cuando hace tres años escribió Manuel Arce una breve reseña sobre estas actividades, publicada en el catálogo editado con motivo de la exposición “Santander y la vanguardia”, ya hizo notar como con la Casa de Proel, Santander se integraba al renacimiento de la pintura española después de la guerra civil.

 

            Quiero repetir, para los que lo saben y para los que lo ignoran, y para los acaso empeñados en que se ignore, que la existencia de Proel gozó de la protección decidida y entusiasta de Joaquín Reguera Sevilla, gobernador civil de Santander entonces, hombre de fina sensibilidad e inteligencia, a quien Pedro Gómez Cantolla, subjefe provincial de Falange, secundo en este menester con muy notable acierto y tacto. De Cantolla partió la idea de la creación de la revista y el fue el auténtico patrón de la aventura emprendida.

 

            No se había cerrado aun el barracón de Proel, cuando la actividad artística de Santander trasladó su foco más importante a Santillana del Mar, proyectada desde la ciudad por Ricardo Gullón y Pablo Beltrán de Heredia. Me refiero a las dos Semanas de Arte organizadas por la Escuela de Altamira que, si bien no tuvieron su residencia en la capital, aquí encontraron apoyo y reflejo.

 

            La Escuela de Altamira fue una de las mas brillantes rea1izaciones culturales de los años cuarenta santanderinos, a pesar de su carácter elitista, y es precio apuntarla también al haber de Reguera Sevilla. Así fue reconocido públicamente por Ricardo Gullón en el acto de inauguración de la Primera Semana de Arte organizada por la Escuela. Sus palabras iniciales al dictar la lección con que se abrió la semana, fueron: “Estas reuniones no hubieran podido celebrarse sin el apoyo de don Joaquín Reguera Sevilla, persona en quien artes y letras encuentran siempre patrocinio desinteresado y generoso.”

 

            La Escuela se proponía “constituir el núcleo coordinador de los esfuerzos hasta ahora realizados al servicio y en beneficio del arte actual”, según se podía leer en uno de sus textos fundacionales, para lo que pretendían llevar a cabo una serie de reuniones de diversas personalidades mundiales del arte, que tendrían continuación en publicaciones, residencias para estudiantes, museos, etc., con base en Santillana del Mar. Pero como todos los propósitos humanos, terminó con los hombres que lo plantearon, con su dispersión y, sobre todo, con la marcha de Santander de Reguera Sevilla, al cesar como Gobernador Civil.

 

            Aun cuando el currículum de la Escuela pudiera parecer demasiado breve (que realmente lo fue si lo comparamos con los proyectos iniciales), se hace precise valorar debidamente la transcendencia de la obra que llegaron a realizar, que alcanzó especial resonancia, incluso a nivel internacional. En los encuentros de Santillana del Mar, en setiembre de 1.949 y en el mismo mes de 1950, tomaron parte también algunas figuras locales de las artes y las letras, que salieron de ellas enriquecidos culturalmente y en algunos casos particulares, proyectados hacia una continuación de lo allí tratado.

 

            La Escuela fue una idea del pintor alemán Mathias Goeritz, a quien ya hemos recordado con motivo de la exposición en el Saloncillo de Alerta. De las reuniones en su estudio con el pintor mejicano Alejandro Rangel, la historiadora Ida O´Gorman y Pablo Beltrán de Heredia, saldrían los primeros pasos de los que iba a ser la Escuela de Altamira. A estos se unieron muy pronto Ricardo Gullón y el escultor Ángel Ferrant. La idea y los proyectos se consolidaron y del 19 al 25 de septiembre de 1949 pudo celebrarse la Primera Semana de Arte, que estableció su cuartel general en el Parador de Gil Blas. Para estas fechas, su creador, Mathias Goeritz ya no estaba en Santillana, pues se había visto obligado a salir para Méjico el día 1 de setiembre, con el objeto de hacerse cargo de  una cátedra de historia del arte en aquel país, no sin antes haber realizado por encargo de Reguera Sevilla un cartel sobre el tema de las Cuevas de Altamira, que fue editado con texto en varios idiomas para emplearlo como propaganda. Su mujer, Mariana, hizo una serie de fotografías de las que algunas pasaron a ilustrar la admirable obra del profesor Lafuente, El Libro de Santillana.

 

            A primera semana asistieron el arquitecto e historiador del arte, Alberto Sartoris, el profesor Lafuente Ferari, los críticos Sebastián Gasch, Ricardo Gullón, Rafael Santos Torroella, Eduardo Westerdhal y Luis Felipe Vivanco; los artistas Pancho Cossío, Antony Stubbing, José Llorens Artigas, Ángel Ferrant, Eudaldo Serra, Ted Dyessen y Jesús Otero. No acudieron por causas ajenas a su deseo, Eugenio d'Ors (que en diciembre siguiente pronunciaría una conferencia en la Cámara de Comercio de Santander organizada por la Escuela), tampoco Joan Miro, Ben Nícholson, Bárbara Hepworth y Wili Baumeister, a quienes se Consideraba como miembros fundadores. Allí estuvieron también, como miembros activos, José Hierro y Julio Maruri y la figura imprescindible de Pablo Beltrán de Heredia, coordinador del desarrollo adecuado de los actos. La sesión inaugural tuvo lugar dentro de las cuevas de Altamira y después serían marco para las distintas ponencias, La biblioteca del Palacio de la Infanta Paz de Borbón, el estudio del palacio de la Archiduquesa Margarita de Austria y el Palacio del Marques de Santillana.

 

            La segunda semana, como ya he indicado, se celebró en setiembre de 1950 y a la lista de las personas que acudieron a la primera se unieron la pintora Carla Prina, esposa de Alberto Sartoris, Cícero Dias, pintor brasileño, el también pintor Willi Baumeister, el crítico de arte Joan Teixidor, y los pintores Tapies y Cuixart. Faltó en este segundo encuentro Pancho Cossío, que por motivos personales se separó de la Escuela. El programa resulto tan sugestivo como el de la primera reunión y fue preparado por Beltrán de Heredia con e1 mismo acierto y cuidado. La inauguración tuvo lugar en el Claustro de la Colegiata con una conferencia a cargo de Sartoris y para los actos que siguieron fueron utilizados los mismos lugares de reunión del año 1949. El jardín del Parador, donde se hospedaban los participantes, era lugar de conversaciones por las mañanas, don se discutían las ponencias presentadas el día anterior.

 

            Como índice del interés de estas reuniones, habida cuenta de la categoría personal de los asistentes, veamos algunos de los temas tratados: “Ideas sobre Altamira y el arte moderno”, “Clasicismo de Altamira”, “El arte no figurativo actual y sus antecedentes”, “Situación del arte abstracto”, “Sentido transcendental del arte contemporáneo”, “La crítica de arte y sus problemas”, “La génesis de la creación artística”,… títulos que creo que nos dicen bastante sobre el contenido de los encuentros.

 

            La labor de la Escuela se prolongó en sus publicaciones. En la serie “Monografías de la Escuela de Altamira”, aparecieron tres trabajos en 1951: uno sobre el ceramista Llorens Artigas, escrito por Sebastián Gasch; otro de Luis Felipe Vivanco sobre la arquitectura de Alberto Sartoris y un tercero, en torno a la obra escultórica de Ángel Ferrant, por Ricardo Gullón, en bellas ediciones impresas por los Hermanos Bedia bajo la dirección de Beltrán de Heredia. En la serie “Textos y Conferencias” solo vieron la luz dos títulos: “No hay tal prehistoria”, resumen de la conferencia de Eugenio d’Ors a que he hecho referencia y “La esencia humana de las formas”, de Ángel Ferrant. En dos volúmenes publicados en 1950 y 1951, fueron recogidos los textos de las ponencias y conversaciones de las dos semanas. Estas publicaciones y la del único número de la revista Bisonte, pretendido órgano informativo de la Escuela, que salió entre una y otra semana, constituyen hoy auténticas joyas bibliográficas de muy difícil adquisición.

 

            Entresaquemos algunos párrafos de las conclusiones de la Escuela a que llegaron los reunidos, para tener una idea aproximada de sus orientaciones:

 

-       La Escuela se acoge al signo de Altamira, por considerarle símbolo de arte vivo, de arte fuera del tiempo histórico, de arte por encima de todo nacionalismo.

-        La noción de abstracción va unida al concepto de necesidad artística. La obra de arte tiende a integrar en un orden de innumerables formas, la realidad estéticamente incompleta de la naturaleza.

-        La tentativa de vulgarizar el Arte y la Cultura es síntoma de crisis. Esta tentativa surge cada vez que el hombre se encuentra en una encrucijada histórica.

 

            Creo que son muestras suficientes para entender en qué terrenos teóricos se movían los miembros de la Escuela de Altamira; también nos sirven para comprender por que, aparte de los hombres de Santander ya situados en terrenos artísticos avanzados, el resto, a pesar de la amplia y puntual información de la prensa diaria, vivió de espaldas a estas actividades de Santillana del Mar.

 

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            Para los que se sentían inquietos y desasosegados con la vida artística local, tanto el saloncillo de Alerta, como la Casa de Proel y la Escuela de Altamira, fueron revulsivos importantes que les pusieron en un camino nuevo, cuyo resultado se refleja en el mundo del arte de la década siguiente, la de los cincuenta. Así, por ejemplo, en julio de 1952, Manuel Arce abrió su prestigiada galería SUR, que continua desde entonces manteniéndose en el mismo alto nivel artístico con que empezó; en junio de 1954, Fernando Baños y Ángel de la Hoz fundaron la sala DELTA instalada en El Sardinero, con un breve pero interesante itinerario de exposiciones a lo largo de cuatro temporadas veraniegas; y en 1955 y siguientes, Manuel Docal, con su galería DINTEL, aportaría el conocimiento pictórico de algunas de las mejores firmas del momento.

 

            Como les dije al principio, mi propósito no ha sido otro que exponer ante ustedes un apretado panorama del desarrollo que tuvieron las artes plásticas en la década santanderina de los años cuarenta, sin pretender profundizar en el por que, ni presentarles el ambiente social en que se produjo, pues, como hemos visto, el tiempo no daba para mas. Pienso que ha sido suficiente para que no ocurra, como me sucedió no hace muchos días, que un amigo, al enterarse de que iba a hablar de este tema, me dijo: ¿Pero es que en Santander hubo algún asomo de cultura en aquellos años?

 

            Mañana completaré el panorama hablando de lo que fueron las actividades en referente a la vida literaria.

 


Ateneo de Santander, 23 de abril de 1980


 

domingo, 9 de abril de 2023

PEÑA LABRA. Número 60. POESÍA CANARIA

 

Número 60 de la revista PEÑA LABRA

Poesía Canaria

 


            Mis primeras palabras en este acto tienen que ser de agradecimiento. Agradecimiento a la Universidad Internacional Menéndez Pelayo que, una vez más, con su iniciativa, nos ha permitido presentar un numero de Peña Labra; en esta ocasión, el numero sesenta dedicado a recoger monográficamente una muestra de la poesía canaria actual. De agradecimiento también a Andrés Sánchez Robayna, que ha tenido la gentileza de incluir nuestra revista en la exposición que ha instalado en esta casa. No puede, ni debe faltar en este capítulo de gracias, el reconocimiento a la labor realizada para este número por el crítico Jorge Rodríguez Padrón. Si encuentran ustedes algún mérito en este Peña Labra atribúyanselo a Rodríguez Padrón y a la colaboración que nos ha prestado Carlos Galán. De las dos queda referencia impresa en él.

 

            Con estas valiosas ayudas ha podido hoy Peña Labra volver a navegar por el Atlántico, con el particular interés que representa, en esta oportunidad, su pretensión de convertirse en vínculo de acercamiento más estrecho entre dos regiones de España en las que la palabra poética es de uso común entre muchas de sus gentes. Si en números anteriores cruzado el para enlazar con el México de la segunda generación de poetas del exilio español, o con el de la gran poesía de Octavio Paz; con el mundo lírico colombiano encabezado por Álvaro Mutis; con el Chile de Gonzalo Rojas o con la Argentina de Eduardo González Lanuza, hoy tenemos la alegría de poder hacerlo con el de estas islas, tan afortunadas en muchos aspectos. Sobre todo, en el de sentir y hacer la poesía, que es el hilo que hoy nos une. Por nuestro lado, por el de la región de Cantabria, respondiendo al reto de su “musa del septentrión, melancolía”, que le atribuye a la poesía del norte el delicado poeta montañés Amos de Escalante. Por el del archipiélago canario, respondiendo también a otro desafío, situado en el extremo de la fuente de inspiración, que en este caso vuestro está envuelta en bellísima luz, que define y pule las palabras de sus poetas.

 

            Es cierto, como me decía uno de vosotros en carta reciente, que, en ocasiones, vuestra lírica se resiente de un cierto  aislamiento literario con relación a la península; es cierto que la poesía que se hizo y se hace en Cantabria cuesta que llegue hasta aquí y que la vuestra llegue hasta aquella otra orilla del Atlántico, hasta nuestro mar Cantábrico. Contra esto hemos de luchar vosotros y nosotros. Como lo hace la Universidad Internacional Menéndez Pelayo con la acertada ubicación de esta sede que con el nombre del ilustre polígrafo montañés está uniendo ya los dos puntos, tan distanciados en el espacio. Menéndez Pelayo es un símbolo en este intento de encuentro. Como bien sabéis, también fue poeta pero su vasta cultura le empujó hacia caminos más fríos que le impidieron llegar a ser el egregio lírico que llevaba dentro.

 

            En este acercamiento deseado entre los hombres de aquellas latitudes y los de estas, yo recuerdo ahora como hace ya muchos años, un poeta de aquel mar, Jesús Cancio, poeta marinero en cuerpo y alma, me hablaba con encendido entusiasmo de vuestro Tomás Morales. Cancio se sentía hermanado con él en la divina borrachera de unas estrofas líricas que tenían como fonda el mar. Con luz tamizada por el gris de nuestras nieblas que la impregnaban de melancolía, en el caso de Cancio; con la trasparencia clarificadora de vuestra luz, en el de Tomás Morales. Pero, en los dos casos, sintiendo la común emoción que provocaba en sus almas el rumor del mismo mar, que inundó la poesía de ambos de lírico azul a manos llenas.

 

            Hoy llega Peña Labra hasta este mar vuestro con afán y misión de puente. Y llega arrastrando tras de si, para ponerlo también ante vosotros, algo más de medio siglo de revistas poéticas, de las que es, por el momento, su epígono. Detrás de Peña Labra, a la espalda de sus recientes años, hay una tradición en la que se siente apoyada, en la que se recuesta voluptuosamente. Recordar aquella Carmen, de Gerardo Diego, de finales de los años veinte; la milagrosa Proel, surgida en los angustiosos tiempos primeros de la posguerra española; milagrosa, porque milagro fue el surgir poético que se reflejó en las revistas que vieron la luz en la España de aquellos años difíciles. La Isla de los Ratones, otra aventura poética próxima cronológicamente a la de Proel, que estuvo apoyada en las solas manos de Manuel Arce.

 

            Son tres ejemplos que anteceden a Peña Labra, en los que esta ha bebido con fruición. Tres ejemplos que mostramos orgullosos los hombres de la poesía de Cantabria.

 

            Las tres revistas nacieron gobernadas de modo distinto; más ciertamente, Carmen y La Isla de los Ratones, fueron obra cada una de ellas de una sola persona, pero con matices que las diferencian en este aspecto. Proel, fue el resultado de una labor en equipo; de un grupo excepcional de personas que coincidió en Santander en los años cuarenta y que, la dieron vida, creando al mismo tiempo un movimiento cultural que deja profunda huella en la vida literaria de Santander.

 

            Carmen, como he repetido y ya conocéis, fue obra personal de Gerardo Diego, que la dirigió desde Gijón donde se encontraba entonces como profesor en el Instituto Jovellanos. El primer número apareció en diciembre de 1.927 (¡Fíjense que fecha para una revista de poesía: 1.927!), Y tanto este como los restantes, hasta los siete que llegó a alcanzar, fueron impresos en los talleres de “Aldus”, de Santander y administrados y distribuidos desde la capital montañesa. Cito el taller en que se imprimió porque sobre ella he de volver enseguida, ya que el tema de la bella tipografía es una de las peculiaridades de estas revistas a que me refiero.

 

            El esfuerzo y entusiasmo de Gerardo, unidos a su puesto en la primera fila de la poesía contemporánea, le permitieron llegar hasta ese numero siete que se había propuesto como límite al iniciar la publicación, manteniendo una calidad excepcional en la línea de colaboradores. Su director la subtitulo “Revista chica de poesía española”, pero ya conocéis como se le fue de las manos resultando una de las revistas grandes de la época, junto a Litoral y más tarde Cruz y Raya . Las firmas que ocuparon las páginas de Carmen dicen suficiente sobre lo que se podría comentar en torno a su contenido: Cernuda, Alberti, Guillén, Larrea, Lorca, Salinas... Todos, todos están en sus paginas, en las que quedaron impresos poemas que hoy nos resultan clásicos. Allí se publicaron por primera vez poemas de Alberti de Sobre los ángeles; de Guillén, que quedarían en su Cántico; de Pedro Salinas, que irían a engrosar su Razón de amor. Páginas admirables estas de Carmen, que si bien tuvo una vida nacional, no puede olvidarse que nació en Santander.

 

            Abrían de transcurrir dieciséis años y la tremenda guerra civil española, para encontrarnos con Proel. Como he indicado antes, un grupo inicial de amigos, todos unidos por sus aficiones poéticas, crearon las bases de lo que sería la revista. Carlos Salomón, Guillermo Ortiz, Leopoldo Rodríguez Alcalde, Marcelo Arroita-Jáuregui, Enrique Sordo, Eduardo Rincón, Carlos Nieto… fueron sus primeros impulsores. El apoyo generoso que recibieron de Joaquín Reguera Sevilla, un gobernador civil rara avis en estos puestos y en esos años, propicio la salida de Proel, cuyo primer número vio la luz en abril de 1.944.

 

            La revista presentaba en este primer número y los inmediatos siguientes, las características de todas las revistas poéticas de provincia en la posguerra. Los poemas impresos en ella procedían de autores que en su mayor parte era la primera vez que veían impresos sus versos. Había entusiasmo y destellos liricos, pero todo en estos primeros números, en un tono menor. A partir del cinco se incorporarían a sus páginas Gerardo Diego y jóvenes poetas de otras provincias que ya habían visto su obra recogida en libros. Al núcleo inicial que he citado, se unió enseguida el formado por José Hierro, José Luis Hidalgo y Julio Maruri, así como la autoridad crítica de Ricardo Gullón. Todos ellos residían en Santander en la década de los cuarenta, constituyendo un foco intelectual deslumbrador que se iría proyectando sobre la ciudad y que enseguida alcanzo nivel nacional. La revista tuvo una segunda época, con nuevo formato y diverso contenido, perdiendo la exclusiva poética que la había caracterizado para transformarse en una publicación de amplio sentido cultural. Proel deja de salir el año 1950, después de haber editado 24 números.

 

            Si Carmen fue espejo brillante de la gran poesía del grupo del 27, Proel contribuyo a consolidar la de aquel otro grupo que se empezó a mover en los años 40, al que nuestro José Hierro bautizó con el nombre de “Quinta del 42”, que como sabéis ha utilizado para título de uno de sus libros.

 

            Sin haber desaparecido Proel, apareció en mayo de 1.948 La isla de los Ratones, debida a la inquietud intelectual de Manuel Arce. La isla sobrevivió hasta 1955, dando veintiséis números. El primero se abrió con un saludo de Vicente Aleixandre, generoso siempre para con toda nueva empresa poética, y ya desde ese momento, todos los poetas con obra de algún interés que escribían entonces en España, llegaron a colaborar en La Isla de los Ratones, como ocurrió también en Proel. Las dos publicaciones no se limitaron a los poetas que residían en España, pues consiguieron que en sus páginas se pudieran leer poemas de los hombres del exilio, lo que constituía una “osadía” en esos años.

 

            Tanto Proel como La Isla de los Ratones resultan hoy insustituibles para el conocimiento de la lírica española de la Quinta del 42. Alguno de los números de La Isla fueron dedicados a temas distintos de la poesía, como lo hiciera Proel en la segunda época, pero el contenido fundamental de ambas publicaciones fue poético.

 

            Peña Labra nació con este pedigree tan valioso. En la primavera de 1.971 surgió la idea en la Institución Cultural de Cantabria, organismo dependiente de la Diputación de Santander, de crear una revista de poesía. Era director de la Institución en esos años Miguel Ángel García Guinea, un hombre culto, de espíritu sensible, que quiso que junto a las demás secciones integradas en esta Entidad y que estaban dedicadas a la historia, la etnografía, el arte, etc… existiera una que tuviera como objetivo la poesía. La fortuna hizo para mi que García Guinea me ofreciera la dirección de esta sección, que se iba a concretar en la publicación de una revista, cuyo primer número apareció en el otoño de ese año 1.971.

 

            Es curioso observar la cadencia cronológica que se había producido. Entre el fin de Carmen (año 1928) y el nacimiento de Proel (1944) transcurrieron dieciséis años. Entre el último número de La Isla de los Ratones (1955) y el inicial de Peña Labra (1971) otros dieciséis. Y si queremos apurar más esta coincidencia temporal se puede añadir que desde que nació Peña Labra hasta su llegada a estas islas con un número monográfico, han pasado también dieciséis años. Es un ritmo “poético” que aun cuando naturalmente se debe a coincidencias circunstanciales y sin que medie intención premeditada alguna, puede dar la impresión de que obedece a oscuras presiones líricas extrañas a lo humano. A mi, personalmente, me gusta jugar con esta idea.

 

            Paara aquel número primero del otoño de 1.971 escribí una presentación en la que se hablaba de los compromisos que adquiría la revista en su salida al público y de los propósitos que la guiaban. Me permito leer a continuación unos párrafos de aquel texto porque entiendo que con ellos queda definido el origen y los móviles que la han guiado. Decía así:

 

“¿Qué es y que pretende Peña Labra? -se leía en la primera línea-. Qué es. La Institución Cultural de Cantabria es un organismo de la Diputación Provincial de Santander por el que ésta viene encauzando sus actividades relacionadas con la cultura. Una serie de Institutos, cada uno especializado en una faceta, son los encargados de hacerlo realidad. Estaba previsto, desde el primer momento, la puesta en marcha de una revista poética que, hija predilecta de la Institución, la diera el tono lírico y si queréis intrascendente, que toda obra importante necesita para que los ojos y el cerebro, fatigados por el rigor de lo científico, descansaran en sus aguas.

 

Qué pretende. -sigo leyendo aquella presentación-. Ya lo habéis leído; ser remanso y oasis lírico en las actividades de la Institución. Espejo claro para los cantos de los poetas nuevos. Páginas estremecidas que levanten el secreto de lo cotidiano por su lado más vulnerable, el poético, y que, como siempre, resulten vislumbre de lo porvenir que es la misión más alta del poeta. Todos tendrán cabida en sus hojas para este menester y a todos acudimos en una amplia y generosa llamada.”

 

            Así se decía en la primera página del numero uno; eran aspiraciones y deseos que se han ido manteniendo hasta hoy. No nos hemos apartado de aquellos objetivos. En las páginas de estos sesenta números han ido apareciendo nombres de poetas que se estrenaban con nosotros, junto a los de las grandes figuras de la lírica española. Hemos podido ver, con el natural orgullo, como algunos de estos poetas nuevos se iban consolidando en su aventura inicial y aparecían libros suyos que nos emocionaban en nuestro padrinazgo. Puede sonar a vanidad el que empezara a enumerar aquí a los grandes poetas que nos han honrado con su colaboración, y por eso no lo haré, pero si quiero citar una frase de Ricardo Gullón en la que situaba, a Peña Labra a la cabeza de las revistas poéticas de lengua española, o aquella otra de Pablo Beltrán de Heredia, un nacido en estas islas, que graciosamente la ha tildado de “lujoso perro afgano”.  Pero permitirme que recuerde por su significado, incluso por la carga de afecto que contenían, algunos números monográficos, como los dedicados a Gerardo Diego, José Luis Hidalgo o José Hierro; aquellos otros que sirvieron para reflexionar sobre la importancia de las revistas Proel, Corcel, Espadaña y La isla de los Ratones; los que estuvieron dedicados a las grandes figuras de Antonio Machado y Juan Ramón Jiménez, en los que tan brillante parte tuvo Beltrán de Heredia; los que escrutando en la singular colección poética que se conserva en la Casona de Tudanca recogida por José Mª de Cossío, han tenido como fin presentar a los lectores lo que allí se guarda de Rafael Alberti, García Lorca, Fernando Villalón, Dámaso Alonso, etc. Es difícil para mi, como padre de estas ediciones, singularizar en unos pocos nombres lo que a lo largo de dieciséis años se ha ido publicando.

 

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            Aquí debiera terminar mis palabras para no cansaros más y dar paso a las más autorizadas de Jorge Rodríguez Padrón auténtico creador de este número dedicado a vuestra poesía, pero recordar que he dejado anteriormente un cabo suelto, cuando me refería a la edición de la revista Carmen citando el nombre de la imprenta en que se hizo. Pues bien, lo hice con el deliberado propósito de poner de relieve la importancia que han tenido en Cantabria los talleres tipográficos a la hora de acoger la poesía. Aldus, la imprenta de Carmen, fue un modele en este sentido. Produce hoy un auténtico placer estético, aparte del poético, hojear la revista Carmen por la belleza de su tipografía, por la elegancia de los tipos empleados en su composición, por la pulcritud de la impresión. Eran los mismos años en que Manuel Altolaguirre y Emilio Prados daban en este sentido lecciones de bien hacer desde Málaga, con su revista Litoral y con los libros que salían de las maquinas de su imprenta. Málaga y Santander, en los dos extremos de la península, fueron los polos geográficos que marcaron entonces su sello personal en bellísimas labores editoriales. Esto no es solo mi opinión, que podría ser poco digna de tenerse en cuenta; son las palabras también de quien fuera rector de esta Universidad, Don Francisco Ynduráin, a quien Peña Labra recuerda siempre con afecto, el que un día lo confirmaba así desde la tribuna de la UIMP en Santander: “Málaga y Santander están unidas en su distancia geográfica por este bien hacer a la hora de editar libros y revistas poéticas.” Claro que cuando se habla de este tema no se puede olvidar el gran vuelo de águila real que represento Juan Ramón Jiménez, al que hemos de recordar siempre con devoción los amantes del libro. Con sus cuadernos Sucesión, Presente o Unidad, o en Canción de la editorial Signo, en 1935, dicta a todos la gran lección de lo que es el libro bien hecho.

 

            La semilla sembrada por los buenos operarios de Aldus no se ha perdido. De los Talleres Tipográficos de Bedia, en Santander, bajo la experta mano de Pablo Beltrán de Heredia, han salido joyas bibliográficas que algunos conoceréis y que no es ahora ocasión de comentarlas. Allí se editó una parte de Proel y La Isla de los Ratones, con el buen criterio de entender que no sólo hay que cuidar la belleza de la fachada, como es costumbre hacer hoy en los libros, porque esta puede convertirse en un cheque sin fondos. Peña Labra se imprime en estos talleres. Lo que podáis encontrar en la revista de perfección tipográfica tenéis que atribuirlo a sus operarios.

 

            Termino aquí. No quiero seguir por este camino y con este tema porque se nos escapa del fin que nos reúne hoy y, sobre todo, porque es mi debilidad y las debilidades suelen llevar a cometer excesos. Me permito únicamente recordar una frase procedente de la autoridad intelectual de Jesús Aguirre, el Duque de Alba, quien a propósito de esto dijo:

 

“Yo, cuando tengo en mis manos un libro mal editado, he de hacer esfuerzo para leerlo. Se puede pensar que es esteticismo. Yo lo llamo amor al libro.”

 

            Peña Labra intenta seguir por este camino, en el que se encuentra apoyada por la Consejería de Cultura del Gobierno de Cantabria.

 

 


 

Leído en el Parque Cultural “Viera y Clavijo” (Santa Cruz de Tenerife)

9 de abril de 1987

 


 

jueves, 30 de marzo de 2023

TORRELAVEGA EN SIGLO XIX

 Hoy 104 aniversario del nacimiento de Aurelio García Cantalapiedra

TORRELAVEGA: SIGLO XIX

 

 


 

            El título con que esta anunciada mi intervención en este Curso acota debidamente en el tiempo la época de que quiero hablar, pero dado el carácter histórico de las notas que voy a leerles, me veré obligado a iniciarlas algunos años antes para que podamos entrar en ellas con una base que nos permita hacerlo con mayor comodidad. Algunos hechos y situaciones de los primeros años del siglo XIX, no se comprenderían sin esta cala en el siglo anterior, pues cuando se aborda la historia de una centuria, aún cuando no sea más que con un carácter de divulgación, hay que tener en cuenta, como decía el doctor Marañón que “el comienzo y el fin de los cien años son fechas arbitrarias…” con lo que quería decir el ilustre doctor que no podemos pedir a la historia que se atenga a nuestro calendario.

 

            Vaya por delante la opinión de que hemos de considerar el siglo XIX, sobre todo a partir de su mitad, hacia el año 1850, como la época en que Torrelavega inicia su despegue urbanístico y social; podemos decir que nuestro pueblo sienta entonces las bases de su evolución hacia la modernidad. Evolución que, como veremos, había tenido unos principios esperanzadores en la última mitad del siglo anterior, que se vieron truncadas por las luchas a que dio lugar la invasión de España por las fuerzas francesas.

 

            Cuando en 1753 se construyó el primer camino, muy rudimentario, de Santander a Reinosa, empezaron a abrirse para Cantabria en general y para Torrelavega muy en particular, las puertas de un incipiente desarrollo lleno de posibilidades. Tengan en cuenta que hasta ese momento nuestra provincia carecía de comunicaciones adecuadas con el resto de la península, con la que no tenía más medio de relación que el que permitía la vía marítima. Después, cuando esta ruta de penetración hacia Castilla fue acondicionada en 1978 para e1 transito rodado, el tráfico del trigo castellano hacia los puertos de nuestra costa sufre un fuerte incremento. Y es alrededor de esa fecha el momento en que se implanta la importante industria harinera en la cuenca del Besaya, con unas consecuencias económicas de las que Torrelavega se iba a beneficiar de manera principal por su situación privilegiada sobre este camino y por su proximidad a los puertos de embarque.

 

            Nuestra villa había permanecido hasta entonces marginada de las rutas que partían de Santander, ya que la que se dirigía hacia el occidente de la provincia buscando la región asturiana, se orientaba desde la capital hacia Santillana del Mar atravesando el Pas por el barco de Mogro y la ría de San Martín de la Arena por Santo Domingo, siguiendo por Cortiguera. Otro camino utilizado hasta esos años, en la misma dirección, pasaba el Pas por el puente de Arce y por la barca de Barreda continuaba a Santillana. El que llevaba al valle de Buelna tomaba inicialmente la misma ruta y por Puente San Miguel y Cartes se adentraba aguas arriba del Besaya. El acondicionamiento del paso carretero a Reinosa fue pues decisivo para la villa de Torrelavega, que quedaba así situada en la fundamental expansión comercial terrestre de la provincia, situación que terminaría por considerarse excepcional cuando en los primeros años del siglo XIX quedó abierto el que uniría Asturias con Vizcaya, que se cruzaban aquí con el llamado “camino de las barinas”. Así, no es de extrañar que cuando Dionisio Ridruejo escribió hace relativamente pocos años su deliciosa guía sobre Castilla, pudiera afirma que “Hoy en Torrelavega se cruzan todos los caminos.”

 

            El prometedor empuje industrial que se produjo en este valle de Torrelavega en el último tercio del siglo XVIII se concreta en 1779 con la instalación en Campuzano de una industria harinera y un importante curtido; por otra parte, los Duques del Infantado construyeron en 1793 una fábrica textil en el margen derecho del río Besaya, próximo a la confluencia con el Saja, en Torres, y en esos mismos años finales del siglo se interesan por las explotaciones mineras de carbón en el monte Dobra. Para completar este resumen del panorama industrial, que sin duda tuvo que influir decisivamente en la economía del valle, añadan el interés que estaban adquiriendo las ferrerías y los alfares establecidos en Viérnoles, así como el detalle de que el puerto de Requejada absorbía un porcentaje grande de los embarques que salían fuera de la provincia.

 

            Como consecuencia de la riqueza que reporta este movimiento industrial se produce el auge de la actividad mercantil, que se concreta en los mercados semanales concedidos a la villa por una Real Orden de 1 de setiembre de1767, pero que no llegan a su puesta en practica efectiva hasta el 4 de julio de 1799, día éste en que tuvo lugar la celebración del primero, después de laboriosas gestiones para llegar a un acuerdo con los doce pueblos que constituían el mayordomo del Infantado y los seis de la del Onor de Miengo.

 

            El lugar de la Vega había sido hasta esta etapa de inicial industrialización, únicamente un concejo agrario, con un censo de l50 vecinos en 1780. A pesar del apoyo sostenido e interesado de la casa del Infantado, la villa no había podido competir con las localidades próximas de Cartes y Santillana del Mar. El mijo, el maíz, la vid y el lino, además de las huertas con legumbres y hortalizas y los arbolados de castaños y manzanas, eran la base de la riqueza agraria, a los que se unirían más tarde las patatas y las alubias. El ganado, en estos tiempos a que me vengo refiriendo de finales del siglo XVIII, estaba al servicio de la agricultura y no llegaba a constituir una riqueza propia como ocurre en nuestros días.

 

            Ya he dicho como este prometedor despegue industrial se iba a malograr con la invasión de las tropas francesas, que causaron la destrucción de algunas de las instalaciones fabriles, como la textil de los Duque del Infantado. Desde 1808 hasta 1812, la villa de Torrelavega se vio afectada por la presencia, en nuestro suelo, de un contingente del ejército de Napoleón. Aquella vida sosegada, de relativa abundancia, que se movía al ritmo marcado por las industrias y los mercados de las tres plazas, alterada ocasionalmente por el paso de los fuertes cargamentos de harinas que se dirigían a los puertos de Requejada y Santander, o cuando aparecían los carruajes de los “entradores” oficiales con vinos y aguardientes, fue sacudida de repente. Sobre este pueblo, ajeno prácticamente a los aconteceres del mundo, cayó un día de finales de junio de 1808 las primeras tropas francesas al mando del general Merle. Para mayor desgracia, la feliz situación geográfica de la villa, en el corazón de la provincia, decidió meses más tarde al general francés Bonet a establecer aquí su cuartel general, con lo que aumentó el número de fuerzas acuarteladas y con ello la depauperación progresiva de la ya dolida economía. Los mercados continuaron celebrándose y en cierta manera enriquecidos por el mayor número de potenciales compradores, lo que dio lugar a que la especulación se disparara, amenazados de escasez no solo por la mayor demanda, sino también por la menor oferta que estaba generándose provocada por la retracción de los agricultores que veían mermada su producción por las requisas de los soldados franceses. Por otra parte, el almacenamiento de víveres y la concentración que suponía la reunión aquí de un buen número de las tropas invasoras de la provincia, hacía de la villa una codiciada presa para los ataques de las guerrilla cántabras en su lucha contra el invasor.

 

            Hasta el verano de 1812 no se vio Torrelavega libre de los franceses, pero las consecuencias económicas de la ocupación durarían todavía algunos años más, pues era preciso contribuir a la recuperación general del país y al mismo tiempo al sostenimiento de la Milicia Nacional hasta su disolución en 1857.

 

            En los años anteriores próximos a 1850, la situación se va estabilizando y el valle no es ajeno a un nuevo resurgir industrial y comercial de la región, en el que desdichadamente se había perdido cincuenta años. Los mercados se consolidan y los establecimientos comerciales proliferan alrededor de ellos. En la Plaza Mayor se levantan nuevos edificios que en escritos de la época se les califica de “modernos” y en los bajos se alojan los pasiegos con sus tiendas de quincalla y paños.

 

* * *

 

            Creo que merece la pena que nos detengamos en estos años a caballo de la mitad del siglo XIX, porque en ellos, como dije al principio, está localizada la iniciación de la prosperidad económica de la villa y su desarrollo urbano, sobre los cuales se asentaría en el último tercio del siglo la evolución cultural y espiritual de sus vecinos.

 

            Como ha ocurrido en todas las ocasiones a lo largo de nuestra corta historia, tan corta que como dijo el periodista Víctor de la Serna se podía escribir al dorso de un sobre, habría de ser la situación geográfica la causa de esta prosperidad; situación que dio lugar, por ejemplo, a que el trazado del ferrocarril llamado de Isabel II, o de Alar del Rey a Santander, cruzara el valle, con unas consecuencias que no es preciso comentar. Los trabajos de esta línea férrea se iniciaron el año 1852, pasando el primer tren por Torrelavega el 23 de octubre de 1858, que venía de los Corrales de Buelna con seis mil arrobas de harina destinadas al puerto de Santander.

 

            Un cronista que recorre la provincia en l850 y que recoge sus impresiones en la publicación titulada Semanario Pintoresco Español, ve así nuestra villa. “Torrelavega -dice- destaca desde lejos su torre del señor Duque del Infantado, la que se eleva sobre toda la población y en medio de la gran llanura que la circunda.” Y a continuación escribe: “Lo que más realce da a Torrelavega es la campiña extensa que llaman la Mies, por cuyo recinto cruzan y serpentean los ríos Saja y Besaya; en ella se levantan las fábricas de harinas de los señores de Hornedo; contigua a ella hay una cascada artificial…; próxima está también otra fabrica, del señor Duque del Infantado; en otro tiempo trabajó en tejidos; ahora está parada e inutilizada desde la guerra de la Independencia, en la que sufrió estragos…” El autor de estas notas acusa también la necesidad de reformas y mejorar en las callea, sobre todo en la Plaza Mayor, de la que dice “cuyas prominencias y mal colocados guijarros privan de instalar allí el paseo”, acusando la falta de una Iglesia parroquial “puesto que la que sirve para celebrar la misa y demás solemnidades -son palabras suyas-, es una capilla del palacio del Duque del Infantado que, aparte de ser poco decente está amenazando desmoronarse en un día de tormenta”, añadiendo que es notable la falta de una casa ayuntamiento.

 

            La vida de la villa en estos años centrales del siglo, es eminentemente rural, a pesar de contar con esas industrias harineras y algún curtido de que he hecho mención. Todo discurría alrededor de los mercados, añadamos como dato curioso, que en 1844 estaba iluminada por tres faroles, cuyo encendido y mantenimiento de aceite y mechas estaba encomendado a un convecino; y que en 1859, se ve obligado el Ayuntamiento a recordar a todos la necesidad de que no dejen circular libremente por las calles al ganado de cerda y que las caballerías sean llevadas de la mano en sus desplazamientos a los abrevaderos.

 

            Otro testimonio interesante de aquellos años, es el Diccionario Geográfico e Histórico de don Pascual Madoz, publicado en 1843, en el que se lee que Torrelavega tenía entonces 9 almacenes de tiendas de telas, 2 de géneros catalanes, 4 de quincalla, 7 de comestibles, 8 tabernas, 2 sombrererías y 3 confiterías, y añade. “Todos los jueves se celebra mercado de granos en la plaza de la Iglesia; de ganado de cerda en la Quebrantada y de teda clase de artículos de necesidad y de lujo en la Plaza Mayor, el de ganado vacuno tiene lugar cada l5 días junto al Campo Sato” y al hablar del clima de que disfrutaban nuestros antepasados comenta que predominaban los vientos llamados del noroeste y dice “por lo que son frecuentes los catarros”. Las ferias de ganado en La Llama a que alude, habían sido autorizadas por una Real Orden del 8 de octubre de l844, celebrándose la primera el l4 de noviembre siguiente.

 

            La villa que vieron don Pascual Madoz y el cronista del Semanario Pintoresco Español, quedó reflejada gráficamente en el plano que levantó en 1852 don Hilarión Ruiz Amado, en el que nos han quedado recogidos nombres tan evocadores de nuestro pasado como el de la Plaza del Cantón, la Plazuela de la Ribera, las calles de las Herrerías, del Rincón, de los Tudescos, de los Churros, de las Viñas, del Pozo de las Anguilas; el callejón de “Sal, si puedes”, y las fuente del Pradejón del Rey, todos ellos desaparecidos. (¿en el polígono del zapatón?)

 

            Los ríos, tanto el Saja y el Besaya, como sus afluentes locales, constituían una buena fuente de riqueza, pues proporcionaban salmones, truchas y anguilas. Estas últimas, y lo cito como dato curioso, eran abundantes en el río Sorravides, a su paso por Sierrapando. Pero si por un lado estos ríos aportaban tan estimable contribución a la economía de la comarca, también causaban en ocasiones graves perjuicios con las inundaciones provocadas por sus crecidas, o “arriadas” como las llamaban entonces los vecinos. El 2 de junio de l844, en pleno verano pues, se desbordó el río de la Cárcel, el Sorravides, causando grandes daños en las calles y casas de la villa. En otra “arriada” de 1846, el Besaya se llevó el puente de Torres, a pesar de que a finales de 1842 había realizado importantes obras de defensa de sus instalaciones don Antolín de Hornedo, propietario de la fabrica de harinas de Torres. Obras en las que podemos encontrar el origen del nombre de los campos de deportes actual, pues se las conocía aquellos años con el nombre de “obras del malecón”, ya que se trataba de la construcción de un malecón defensivo en aquella zona. La de l844 que he citado, fue de tal magnitud y consecuencias, que dio lugar a que se trasladara a Torrelavega el jefe político de la provincia, con el objeto de estudiar la situación provocada, aprovechando las autoridades locales para plantearle otros problemas apremiantes de los que su enumeración nos permite conocer algo de la situación urbana del pueblo. Se trató en aquella visita de la fortificación y arreglo de los puentes sobre el río Sorravides, del “encañamiento” -así se lee en los documentos de la época-, de las aguas potables, allanamiento y rebaje de las plazas de mercado y sus calles próximas; nuevo edificio para el Ayuntamiento; reedificación de la Iglesia; construcción de un nuevo cementerio, de hacer más transitable el camino llamado de La Montaña hasta enlazar con la carretera general de la Rioja, que pasaba por Vargas.

 

            Merecería la pena profundizar en cada uno de estos capítulos planteados a la autoridad provincial, pues obtendríamos una idea detallada de como era nuestro querido pueblo en esos años de mitad del siglo XIX, pero el tiempo de que disponemos no nos permite hacerlo. Únicamente voy a hablar de algunos de ellos, así como de otros que quedan fuera de esta enumeración de los que poseo referencias.

 

            Se realizaron entonces trabajos de nivelación y total reforma de la Plaza Mayor y de acondicionamiento de las calles Ancha, Mártires y Consolación, con su alcantarillado, se consolidan los muros de la Iglesia parroquial y se restaura el interior, se proyecta el camino a la estación del ferrocarril de Isabel II, hoy calle de Julián Ceballos; son reformadas las fuentes de la Ribera y la del Rey, y hasta se designan y enumeran las plazas, calles y casas de la villa. Es curioso observar como en 1858 se conserva todavía en condiciones de habitabilidad el palacio de los Duques del Infantado y de Osuna, dato que nos lo confirma el que el l2 de junio de ese año se le ofrece el Ayuntamiento al gobernador provincial para establecer en él un destacamento penal, pues cuenta, le dicen “con tres espaciosos cuerpos, cuadras, patios y huertos de tapias que los rodean…”, añadiendo que Torrelavega podía dar trabajos por muchos tiempos a los penados, “empleándolos en las urgentes reformas de calles y en la reparación de las inmediatas vías de comunicación.” En cuanto a la construcción de un nuevo cementerio que se pedía a la autoridad de la provincia, se llevó a efecto en 1855 y fue acondicionado de manera urgente y provisional como consecuencia de la epidemia de cólera que asoló la población en ese año y en el anterior. Este nuevo cementerio se emplazó junto al terreno ocupado por el primitivo, pero separado de él por una tapia. El cementerio primitivo a que aludo, se encontraba situado en el lugar en que hoy está un bloque de nichos y el depósito de cadáveres de nuestro cementerio actual, y fue construido en 1809, siendo este el primero que se habilitó después de prohibirse los enterramientos en la iglesia.

 

            Otros datos de interés habría que consignar para estos años centrales del siglo XIX, como la iniciación de los trabajos por la Real Compañía Asturiana de Minas, en 1853, quienes poco después, desde el mes de julio de 1857 hasta el 30 de noviembre del mismo año ya habían llegado a despachar por el puerto de Requejada 102 barcos cargados con calamina, pero me parece que con lo comentado podemos tener una idea aproximada del importante desarrollo de esos años en los que he insistido por considerarlos de gran interés para el conocimiento de los orígenes de la industria, el comercio y el urbanismo de la villa, que ya en 1855 quedó estructurada administrativamente en su demarcación actual, agrupando el Ayuntamiento los pueblos de Barreda, Campuzano, Duales, Ganzo, La Montaña, Lobio, Sierrapando, Tanos, Torrelavega, Torres y Viérnoles. El año 1842 nuestro ayuntamiento había perdido Cohicillos, que quedó incorporado a Cartes.

 

***

 

            Veamos ahora cómo esta época que sigue, la que he comentado, va a mostrar una clara diferencia sobre la anterior. En el principio de mis notas dejé ya dicho que tras de esos años a caballo de la mitad del siglo, se produciría el despegue urbanístico y social, en los que se asentarían las base de la modernidad. Podemos insistir ahora, cuando nos vamos adentrando en el último cuarto del siglo, en que estos año son los de la evolución cultural y espiritual de la villa.

 

            Una de las causas de tan importante paso hemos de buscarla en el avance que se produce en las comunicaciones. Las distancias se acortan por una mayor velocidad de los medios de transporte, lo que unido a la aparición de los periódicos originaría una relación más intensa entra los pueblos y sus habitantes. Torrelavega, por su situación geográfica quedaría sometida de manera principal a la influencia del mayor tránsito por los caminos. Aumenta el número de visitantes por nuestras calles y nuevos vecinos se asientan definitivamente en ellas con sus comercios y sus aires nuevos. Se vive en una situación económica acomodada que empuja a los vecinos hacia el futuro con optimismo. Se perfilan entonces los nombres de personas y de algunas familias que constituirían las élites conductoras del lanzamiento a que inexorablemente parece estar abocado el pueblo. Estos nombres que cito a continuación, por si o por sus descendientes, los encontraremos moviendo todos los impulsos que se producirían en este sentido: Tomás y José Fernández Hontoria, Pedro Ruiz Tagle, Ignacio Saro, Isidro Bustamante Terán, Venancio Díaz Bustamante, Francisco González Campuzano, Gregorio Ceballos, José María Ruiz de Villa, Enrique Urbina, Joaquín Hoyos, Manuel Carrera, Gabriel Ruiz Rebolledo, Felipe Ruiz de Salazar, Gabino Herreros Fernández, Julián Ceballos, González Tanago…

 

            Quizás de estos años los que fijen nuestro interés de manera preferente sean los que se centran sobre 1880 y 1890. Así, vemos que en 1873 aparece en la todavía villa el primer periódico con el título de El Porvenir de Torrelavega, que sale en agosto de dicho año, al que seguiría enseguida, en diciembre, El Impulsor. Vean lo significativo de estos títulos, que estaban reflejando en sus cabeceras la pujanza a que me he venido refiriendo. El Porvenir de Torrelavega, El Impulsor, El Progreso, El Fomento... son nombres que están dentro de la moda de esos primeros años del periodismo, pero que no por eso dejan de tener para nosotros un evidente significado. En las colecciones de estos periódicos podemos encontrar nuestra pequeña historia con las noticias que ofrecen sobre la vida local y hasta en los anuncios con que los establecimientos intentan llamar la atención del público.

 

            Precisamente mientras preparaba estas notas para ustedes, tenia a la vista entre otros papeles un ejemplar de El Impulsor que me confirmaba en esta opinión sobre el interés de los anuncios comerciales que nos hablan de la vida de la villa con el calor y la evidencia que reporta el estar reflejando la realidad del día. Así, pude leer que las señoritas María y Emilia Castañeda son excelentes profesoras en su colegio de Nuestra Señora del Carmen, instalado en la calle Consolación; que “se vende o arrienda” la casa que fue del Conde de Udella, “con sus jardines y huerta”, lo que hoy nos hace pensar en la decadencia de esta casa propiedad del General Castañeda, Conde de Udalla, que hemos conocido como antiguo cuartel de la guardia civil; “No hay rostro hermoso sin buena dentadura”, decía en un anuncio el cirujano dentista Cipriano Cayón, que pasaba su consulta en Quebrantada, frente a la fonda de Tiburcio Bilbao. Siguiendo el hilo de estos anuncios encontramos el de la sastrería de Eduardo Herreros, en la calle de la Estrella; el de “Los Chicos”, de Rodrigo y Piñero, frente a la botica de Cacho, en la esquina de Consolación y Argumosa, que ofrecía a su distinguida clientela medias, calcetines y “camisetas y pantalones de punto para señoras”; el taller de Agustín Hevia, ofreciendo braseros dorados al precio de 5 pesetas uno y por docenas a 40 pesetas. En la cochera de Carranza estaba puesta a la venta una “carretela ligera”; Martín destacaba en grandes titulares sus géneros de invierno y otros en su establecimiento del Pasaje de Saro, esquina a la plaza de la Iglesia, mientras que Francisco Teira recordaba a sus clientes que su sastrería y sombrerería estaba frente a la relojería de Arthaud, en la calle Consolación, esquina a la fuente de los 4 caños, insistiendo en el anuncio, para que no hubiera perdida, que estaba instalado en el primer piso.

 

            A esta actividad que les he retratado recogiendo los anuncios de un periódico de la época, deben añadir que en noviembre de 1880 se inauguró el ferrocarril minero de Reocín a Hinojedo; en 1881 se celebran las primeras ferias de Santa María y Santa Isabel y en el mismo año se está construyendo la carretera a Viérnoles. La Iglesia parroquial, que había sido restaurada a mediados del siglo, vuelve a presentar problemas, pues se ha desplomado la torre por dos de sus lados y la bóveda en parte. Si pensamos ahora que era la única iglesia de la villa, podemos darnos cuenta de la preocupación que esto originaría.

 

            En la vida de estos años próximos a 1880 se está reflejando un deseo de modernización, en el que el Ayuntamiento, como corporación, está claramente comprometido y entregado en el empeño. Situaciones que se consideran fuera de estos deseos y de la época que se intenta construir, provoca bandos y ordenes oficiales en los que se acusa que no se ha alcanzado todavía el nivel que se busca. Así, como ejemplo citemos un bando municipal en el que se advierte a los vecinos que no se permite la costumbre de dar de comer a los cerdos en las calles, ni colgar en los balcones ropa de color recién mojada.

 

            Uno de los hechos más transcendentales de estos años, le encontramos en 1881, con la puesta en marcha de una iniciativa que iba a tener como fruto la edificación del Asilo-Hospital para sustituir a la casa de caridad que estaba funcionando en tan precarias condiciones dirigida por las religiosas Siervas de San José. En el mes de enero de ese año el Alcalde convoca a los vecinos más notorios, por iniciativa del párroco don Ceferino Calderón para plantearles el tema; el l2 de junio ya se aprueban las bases por las que se regiría su construcción y el 8 de setiembre se adjudican las obras a Ángel Laguillo, según planos de Carlos Larrañaga. El edificio se construiría sobre una finca de don Ramón de Castañeda y otra de doña Amalia Bustamante, quedando terminadas las obras en 1884.

 

            Si 1881 fue el año del Asilo, el siguiente, 1882 sería el de la iniciación de las gestiones para un nuevo cementerio, que no llegaron a concretarse hasta 1890, después de generosas donaciones de distintos señores de la localidad que habían comprado previamente los terrenos para cedérselos al Ayuntamiento, entre los que encontraremos en primera fila a don Ceferino Calderón.

 

            De los comienzos de la década siguiente, la última del siglo, poseemos una preciosa descripción en el libro de Rodrigo Amador de los Ríos titulado Santander. Copio algunos párrafos de este libro, en el que después de aludir a que el movimiento ascensional de la villa parte de cuando Torrelavega arrancó de Cartes la administración de correos, dice: “De entonces acá, cuan diferente se presenta. !Cómo dan ya razón de su prosperidad en nuestros días los edificios que se dilatan a uno y otro lado de la carretera de Oviedo, convertida en calle de Julián Ceballos, dándole un aspecto señorial y autorizándola! Cómo, con lo regocijado de su atavío proclama sus excelencias y sus ambiciones y patentizando su población nueva, que nada conserva de las añejas galas con que hubieron pretendido engrandecerla sus señores, goza con la libertad omnímoda de que disfruta, y en la posesión de si propia, todas las ventajas y todos los beneficios de la vida moderna.”

 

            Amador de los Ríos se encuentra sorprendido ante el Torrelavega que se ofrece a sus ojos, que ha cambiado de fisonomía en brevísimo plazo de tiempo. En otro párrafo podemos leer: “Recorrida gran extensión de la indicada carretera –se sigue refiriendo a la entrada en Torrelavega por la calle Julián Ceballos-, trocada en espaciosa vía, y bordeada de elegantes construcciones de varios pisos, viene por último a penetrar -[el viajero]- por su extremo, en espaciosa y rectangular plaza, que es la Mayor, con sus cuatro alas de anchurosos y cómodos soportales de cantería… que ofrece hermosa perspectiva y sobre la cual se alzan edificios modernos en mayor número… Allí -continua-, ha establecido el comercio sus reales con preferencia…”

 

            Otra información de primera mano sobre estos años, nos la ofrece una guía editada en 1892, por la que nos podemos enterar, por ejemplo, de que existe un servicio de coches entre Santander y Torrelavega, que tardaba tres horas en realizar el recorrido y que los habitantes del municipio eran 7.452, de los que el 50% no sabía ni leer ni escribir; que además de la parroquia, existían los santuarios

de San José y San Ramón Nonnato y la ermita de San Bartolomé, esta última localizada junto a los depósitos de agua del camino que lleva al Alto de las Tres Cruces.

 

            Este año de l892 en que fue editada la guía citada, es el de la creación de la Escuela de Artes y Oficios. Un grupo de personas, entre los que encontraremos a algunos de los que he mencionado anteriormente, las mismas que poco más o menos volveremos a encontrar al año siguiente, al promoverse la construcción de una nueva Iglesia parroquial, apoyan a don Hermilio Alcalde del Río en sus propósitos de “atender al perfeccionamiento técnico de los distintos oficios”. Crean así la “Asociación para el fomento de la instrucción de las clases populares”, que serviría de apoyo para la puesta en marcha de la Escuela, que, sin perdida de tiempo, aquel mismo año de l892 inicia los cursos con una matricula de 44 alumnos. Algunos de ellos competirían en concurso abierto con los canteros catalanes que construían en Comillas el Palacio del Marqués, ganando la adjudicación del rosetón de piedra que adorna la parte superior de la fachada de acceso a la Iglesia Parroquial de la Asunción.

 

            El primero de febrero del año siguiente, 1893, se reparte entre el vecindario, un prospecto con el que se trata de llamar la atención sobre las obras de la nueva iglesia, que se está construyendo desde el 25 de setiembre de 1892 que se puso la primera piedra. “Habrá de ser un templo -dicen en el escrito-, con capacidad suficiente para contener el numero de fieles que en esta villa acuden a la casa del Señor y que dentro de aquel encontrarán las condiciones de higiene y seguridad que tan necesarios son en recintos donde han de permanecer por algún tiempo gran número de personas.” y aluden a “las naturales exigencias de una población numerosa y culta.” Del texto que se ofrece en este prospecto podemos confirmar algunos de los puntos a que me he referido anteriormente, como el deplorable estado de la iglesia de la Plaza del Grano y la evolución de la población hacia una vida más espiritual. Al pie de este documento se citan los nombres de las personas que componen la Junta proconstrucción del templo, entre los que encontramos algunos que ya he citado y otros nuevos como Justo Alonso Astulez, Santiago Sañudo, Perogordo, Alvear, Trevilla, Ruiz de Villa, Velarde, Crespo Quintana, Macho, Etchart, etc.

 

            En l895 recibe Torrelavega el título de Ciudad. En la Gaceta de Madrid del 1º de febrero se publica el correspondiente Real Decreto, en el que se lee. “Queriendo dar una prueba de Mi Real aprecio a la villa de Torrelavega, provincia de Santander, por el aumento de su población y progreso de su industria, vengo en conceder a la expresada villa el título de Ciudad.” El desarrollo industrial de la nueva ciudad al que hace referencia el Real Decreto, era patente. En 1888 se había instalado la primera fábrica de zapatillas, ramo en el que se iba a distinguir Torrelavega desde entonces durante un largo periodo. Los hermanos Pedro y Juan Bautista Sañudo la pusieron en marcha en un viejo caserón llamado “El Parador”, de la calle Los Mártires, donde las mulas se encargaban con sus vueltas de mover la maquinaria. Las Minas de Reocín y Mercadal estaban En plena explotación. Aquella breve lista de comercios que les ofrecí referida a 1842, se había ampliado notablemente. Los curtidos ahora eran dos, el de Alejo Etchart, en la calle Posada Herrera y el de Benito Sollet en Campuzano. Las tabernas proliferaron: una guía de 1896 da cuenta de la existencia de 29 establecimientos de este tipo dentro de la circunscripción del Ayuntamiento; existían dos fábricas de harinas, seis de chocolate, l6 tiendas de ultramarinos…

 

            Pero el hecho más importante de estos años de la última década del siglo para el desarrollo de Torrelavega fue la inauguración el 2 de enero de l895 del Ferrocarril Cantábrico, que dio lugar a que la recién titulada ciudad se acercara más a la capital, reduciendo, a una sola, aquellas tres horas que tardaban los coches de caballos.

 

            Podríamos así seguir evocando hechos y circunstancias del viejo pueblo, pero el tiempo ya no nos lo permite. Habría que haber comentado como se divertían nuestros antepasados, pues esto forma parte principal en la vida de una comunidad, como las proporcionadas por los corros de bolos, o la costumbre ya desaparecida de encender grandes hogueras en las fiestas de la Patrona, las romerías, los paseos… y quizás haber dedicado mayor amplitud a alguno de los temas tocados, pero, como digo, creo que ya he consumido más minutos de lo debido por lo que les pido excusas.

 

 


 

Leído en el Aula de la Tercera Edad de Torrelavega (Casa de Cultura)

31 de marzo de 1981